Las manos son como los tentáculos de las ideas, y por eso, cuando las ideas se deshacen o se descomponen, ahí ve uno a las manos ponerse todas nerviosas, tentando a tontas y a locas hasta que se encuentran la una a la otra y se ponen a estrujarse mutuamente.


Las manos son la única parte del cuerpo que puede guardarse en la bolsa de la chamarra, y también, es la única vez que en la bolsa de la chamarra se guarda materia orgánica, de modo que sus dueños las consideran como cosas, más parecidas a una herramienta que a un salami: como a unas tenazas. Y es que, en efecto, sirven para coger.

Coger es una palabra que echaron a perder los albureros, quienes al creer que le daban doble sentido lo que hicieron fue quitarle todos los sentidos menos uno y hacerla inutilizable, pero era la misma palabra que se utilizaba para pensar (cogitar; cogito ergo sum), que es escoger, discernir, distinguir, ya que lo primero que recogió una mano fue el pensamiento a la hora de írsele ocurriendo ideas a medida que iba agarrando cosas, de manera que sus dueños se equivocan y el asunto es al revés: ellos no traen las manos sino que van detrás de ellas viéndolas a ver qué agarran, por lo que las manos también aparecen como una especie de animalito inteligente que se mueve por su parte, como Dedos, el de Los Locos Adams, que ya se le había ocurrido a Gérard de Nerval cien años antes y, de hecho, las manos incluso se independizan y sustituyen a las personas y se puede hablar de ellas como seres aparte, como cuando se dice “una mano amiga”, “manita santa” o “la mano que mece la cuna”. Y uno puede ver que cuando la mano se cansa de andar por ahí y se pone sobre la mesa tiene algo de cachorrito recostado. Y así, cogiendo, las manos inventan al ser humano.

Ésa es su función. Y, para que a nadie se le olvide, todos siempre andan agarrando algo: un cuaderno, una bolsa, un barandal; históricamente la sucesión fue una espada, un bastón, un cigarro (pero ahora que ya nos lo prohibieron, un celular) y, en ciertos momentos, la mano de otro u otra (entrelazadas, como dicen los cursis), y, cuando no hay de otra, la propia otra mano. El anillo de matrimonio, que los amargados dirían que parece una correa en el cuello del animalito, simplemente es para que a nadie se le olvide que están casados.

Y luego, el ser humano, ya inteligente, inventó las manos, porque las hizo hábiles para las minuciosidades, como escribir con la pluma, tocar el piano, pintar al óleo, coser un botón, aunque, a últimas fechas, cuando el pensamiento se va atrofiando, las manos ya no dan más que para darle la vuelta a la llave del coche, acarrear el mouse, sacar la tarjeta de crédito o apoyar la barbilla en las fotos de intelectuales. Y, de hecho, si bien se ve, los deportes en general, que son modernos, tienen algo de simiesco porque se trata de meter las manos de la peor manera posible, como los boxeadores o los bateadores o los porteros en el fut, y mientras que las tiendas de deportes aumentan, las de materiales para artistas donde compraban las señoras después de ver una exposición de Frida en Bellas Artes, disminuyen muy notablemente.

Las manos se parecen mucho a la cara porque son las dos partes del cuerpo que suelen ir descubiertas, y la ropa que usan, guantes o máscaras, no son de diario, y ha de ser por una razón que se averigua cuando uno se pregunta qué traen las manos en la mano cuando no traen nada, y la respuesta es: gestos, indicaciones y palabras, por lo común palabrotas. Con eso es con lo que se comunican: cuando enseñan las palmas con cara de yo no fui o apuntan como si en la yema del índice hubiera un ojo que disparara miradas o, en general, hacen caracolitos varios. Las manos son como los tentáculos de las ideas, y por eso, cuando las ideas se deshacen o se descomponen, ahí ve uno a las manos ponerse todas nerviosas, tentando a tontas y a locas hasta que se encuentran la una a la otra y se ponen a estrujarse mutuamente.

Y sudan, no de tanto cargar cosas como de tanto cargar el alma porque, ciertamente, a las manos también les toca coger todo el esfuerzo de ser humanos, según se ve en que son a las que más marcadamente les salen arrugas, las que más mal sobrellevan la edad, y se manchan, y les saltan las venas, y tiemblan, las pobres, mientras el resto del cuerpo da la impresión de que todavía la hace. Por ello es bonito el ademán de las manos en la bolsas que tanto usan todos los que quieren parecer despreocupados, ya que significa que las manos, esas arañas con patas de pinza que piensan, cuando no traen nada, ni hacen nada, ni hay una mesa donde echarse, no se quedan colgadas, sino que muy quitadas de la pena regresan a su guarida en la chamarra y ahí se quedan a esperar a que se les ocurra algo.

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