Ahogó su doloroso rugido con estoica entereza


Cuando el domador introdujo la cabeza en la enorme boca del león, el público aplaudió su arrojo; pero cuando el león metió su cabeza en la desmesurada boca del domador, el público lo tomó como un aburrido acto derivado del anterior, y, exigente y riguroso, abucheó el número, que desconcentró al domador cerrando intempestivamente su boca, cortando de un tajo con sus afilados dientes la hermosa cabeza del disciplinado felino, que ahogó su doloroso rugido con estoica entereza, lo cual hizo sonoramente aplaudir de admiración al pasmado público.


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