Una leve mirada al rock femenino mexicano

Rita Guerrero, diez años después…

Sí: Rita Guerrero (1964-2011) fue mucho más que una cantante de rock: fue actriz, fue intérprete de música antigua, fue conductora de televisión y, los últimos ocho años de su vida, fue directora del coro de la Universidad del Claustro de Sor Juana. Vocalista del grupo Santa Sabina, del que fue la figura más notable, al concluir su ciclo con esta banda de rock formó parte del Ensamble Galileo, proyecto dedicado a la interpretación de música barroca. Activista de diversas causas sociales, Rita falleció en marzo de 2011, a causa de un cáncer de mama. A diez años de su partida, su influencia aún se percibe en el ámbito musical; su legando, además, forma parte de la historia de la música mexicana reciente.


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Las primeras rocanroleras, como dependían directamente de la entonces nueva industria de la televisión, no tenían un gramo de rebeldía pese a representarla. Julissa, Angélica María, July Furlong o Emily Cranz simbolizaban, curiosamente —más que la identidad juvenil de aquellos tiempos de revuelta—, la novedosa figura mediática que nacía entre luminosos reflectores y persistente propaganda. No se admitían las contestaciones, so pena de ser expulsados del Paraíso, tal como le ocurriera al sinaloense Leopoldo Sánchez Labastida, Polo, excantante de los Apson Boys —surgidos en 1957—, marginado del programa para solistas elaborado por Telesistema Mexicano —después Televisa— debido a leves desobediencias normativas, que lo obligaron a retornar a la vocalización grupal ahora con Los Rebeldes del Rock donde encontrara la muerte, a sus 29 años de edad —ahogado en una alberca el 30 de julio de 1974—, durante una gira de este conjunto en Mérida.

Tres años después de la inauguración del aparato recepto televisivo en el país, el presidente Adolfo Ruiz Cortines promovió —en 1953— las reformas constitucionales para otorgarle legítima ciudadanía a la mujer, de modo que en las elecciones federales de 1955 las mujeres por vez primera depositaron su voto en las urnas. Cuando las féminas fueron parcialmente seleccionadas para formar parte del elenco rocanrolero del incipiente emporio electrónico, apenas la mujer tenía menos de un lustro de “incorporarse” a la visualidad ciudadana: Julissa, por ejemplo, comenzó a grabar en 1961 —había nacido en abril de 1944— como baladista no sólo en el género del rock and roll sino también temas telenoveleros, apegada a los lineamientos de la empresa televisora.

Y no podía ser de otro modo: la manipulación de los sujetos musicales se dio desde el mero inicio de la televisión mexicana, que recibió, por supuesto, a los artistas que se habían hecho solos (Pedro Vargas, Agustín Lara, Las Tres Conchitas, Piporro, Chava Flores, et al), pero fue la última camada de individualidades independientes, porque de ahí en adelante la televisora escogería, según su propia definición de lo artístico (hombres y mujeres atractivos, la fealdad fue arbitrariamente excluida del posible talento), con la irremediable condicionante del innegable obedecimiento. Las mujeres como Janis Joplin no tenían cabida, en lo absoluto, en una empresa familiar.

Y las primera rocanroleras mexicanas lo entendieron muy bien.

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En el segundo periodo roquero de México las mujeres, de algún modo, lograron esquivar la custodia televisiva amparándose en una independencia de aparador porque, de manera soterrada o descarada, ahora en vez de acatar lineamientos empresariales nativos se regían bajo los cánones extranjerizantes al grado de componer en inglés. Mujeres como Baby Bátiz, Marisela, Norma Valdez o Mayita Campos exponían sus cantos en un idioma que no era el suyo, porque el rock mexicano de finales de los sesenta, si bien ya no partía de traducciones o de reproducciones facsimilares de creaciones anglosajonas, esta vez se asumía como complemento enraizado de una tierra ajena. La mayoría de los grupos creía, a pie juntillas, que el rock debía ser trabajado en inglés porque esa era su forma originaria. Y nadie debía quebrantar la básica reglamentación.

Las mujeres, solícitas, se apegaban a esta rígida disposición porque, en la práctica, no eran independientes del basamento masculinizado del rock: cantaban porque, finalmente, ellos las secundaban, no al revés.

La liberación femenina musical se dio, en realidad, en la corriente de la nueva canción, donde una Amparo Ochoa o una Tehua, Betsy Pecanins o Eugenia León, valoraban su criterio imponiéndolo por encima de cualquier circunstancia. Y tanto el canto nuevo como el auge del rock coincidieron en su ascenso en fechas similares.

El rock femenino, en este sentido, fue infinitamente rebasado por las exposiciones vocales del folclor, el canto regional e incluso el de protesta.

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Después del Festival de Avándaro, ocurrido hace medio siglo en Valle de Braco un 11 de septiembre, las cosas cambiaron drásticamente para el rock nacional no sólo por la intransigencia e intolerancia de un gobierno presidido por Luis Echeverría Álvarez al prohibir todo aquello que se relacionara con el rock cerrando las fuentes laborales de los músicos, sino también porque empezó a efervescer otro tipo de rock en el país en su tercer —y definitivo, por no decir último— periodo que alcanzó, por decirlo de una manera amable y precautoria, su innata madurez casi dos décadas después del surgimiento de esta música en México.

Es cuando eclosiona la versión en castellano del rock mexicano, aunque se oiga así de estrambótica la aseveración… ¿pues no debió de haber sido, desde un inicio, en castellano el rock mexicano?

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De uno u otro lado de la República surgen veintenas de agrupaciones o solistas tratando de escalar un estatus armado por la televisora de la familia Azcárraga, cuya directiva elegía, al final, a los artistas que debían someterse a sus normativas. Por eso este rock es completamente aleatorio en su fortuna o en su transitoriedad. Es cuando aparecen en la escena mujeres ahora sí autónomas y radiantes de solvencia creativa, aun cuando no pudieran exponerla completamente. Damas como Ely Guerra, Kenny Avilés, Tere Estrada o Rita Guerrero se desarrollan contra viento y marea, entre la disfuncionalidad de un aparto artístico que no tiene, e imposibilitado de crear, canales dónde exhibir los talentos roqueros y la propia rivalidad inherente en la condición humana.

Por ejemplo, Rita Guerrero (Guadalajara, 22 de mayo de 1964 / Ciudad de México, 11 de marzo de 2011). Base vital de Santa Sabina, una banda de rock fundada en 1988, la cantante llevó a su grupo a escalas complejas de música progresiva, si bien paradójicamente no era un conjunto que mereciera este arduo calificativo, situación que se evidenció en noviembre de 2003, en el Auditorio Nacional, durante su actuación de apertura a la inmensa banda británica King Crimson que se presentaba por vez primera en México. Rita Guerrero fue abucheada por un impaciente público que, por escuchar a Robert Fripp, cerró sus oídos a los sonidos de Santa Sabina y las dramatizaciones tanto vocales como corporales de Rita Guerrero.

Dos años después, Santa Sabina se retiraba de los escenarios y Rita se acogería a la docencia musical en el Claustro de Sor Juana para instalar un coro en un participativo taller estudiantil.

Pero nadie la detuvo en sus afanosas búsquedas, y concretos encuentros, con la música.

(Más de un espectador, por cierto, se quedaba prendado de la portentosa belleza que emanaba, ella sola, en cada actuación suya.)

Canción-homenaje

A una década del fallecimiento de Rita Guerrero, y como una forma de homenajearla, Pato y Roco (Maldita Vecindad), Alfonso Figueroa y Alejandro Otaola (Santa Sabina), Alfonso André (Caifanes) y Rubén Albarrán (Café Tacvba) compusieron una canción dedicada a ella, llamada sencillamente “Rita bonita”.

El anuncio lo publicó en su cuenta de Instagram Rolando Ortega Cuenca, mejor conocido como Roco Pachukote: “11 de Marzo en plataformas digitales se estrena la canción ‘Rita bonita’. Un homenaje a Rita Guerrero conmemorando 10 años de su partida”, escribió en su mensaje.

Recordemos: Rita se desempeñó como cantante y actriz, también fue maestra de música en el Claustro de Sor Juana, sitio en donde fue velada con música y flores cuando falleció un año después de haber sido diagnosticada con cáncer de mama.

En la canción “Rita bonita”, que está disponible en Spotify, Apple Music, YouTube —entre otras plataformas para escuchar música—, sus compañeros cantan “ríe que ríe, tu voz medieval, cuantas historias y cuantas canciones que nos viniste a regalar, Rita bonita ¿A dónde tú vas?, tan llena de flores tan llena de paz”.

Enrique Montes Pato, autor de la letra, explicó en un comunicado: “Aquella noche le estuvimos cantando sones jarochos; había mucha música acompañando a Rita. De ahí me surgió la idea de hacerle una canción, porque estaba conmovido por mi amiga, quien tuvo actividades extramusicales, como el activismo social y apoyo en distintas luchas”. (Redacción SdE)

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