Cubierto de ruinas,
en gélido invierno,
al par que las mechas
fingidas y rubias,
el viejo chiquillo
se postra en la tumba,
y en voz suplicante
revienta y murmura:
“Mamá, soy Donaldo;
no haré travesuras”.

Y un sistema impasible
sentencia y lo culpa.

“¡Qué bien que me acuerdo!
La tarde de furia;
los fustes grandotes
que olían a chusma;
y aquel Capitolio,
tan tieso, tan mudo,
tan frágil y cerca,
y casi sin muros.
“Mamá, soy Donaldo;
no haré travesuras”.

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