El escritor británico Saki.

150 aniversario natal de Saki

Narrativa inglesa…

Hace 150 años nacía Hector Hugh Munro, escritor inglés de humor caustico e irónico, conocido como Saki. Jorge Luis Borges, escritor argentino, lo definió como el mayor humorista inglés del siglo XX. Autor de relatos cortos, novelas y obras de teatro, es sobre todo uno de los cuentistas mejor dotados en lengua inglesa, al grado de ser admirado por tres eminencias como Graham Greene, Tom Sharpe y Roald Dahl. Munro murió durante la Primera Guerra Mundial durante una de las muchas batallas entre trincheras inglesas y alemanas. Aquí lo recordamos…


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El 18 de diciembre es el 150 aniversario natal del británico Hector Hugh Munro, más conocido literariamente como Saki, muerto por un francotirador, a los 45 años de su edad, en Francia el 14 de noviembre de 1916 durante una de las miles de batallas suscitas en la Primera Guerra Mundial, luego de lo cual su hermana Ethel destruyó todos los papeles que encontró en su paso del escritor verdaderamente, dicen, iracunda contra su hermano, quien a lo largo de su corta vida se vio en la necesidad de ocultar su homosexualismo. Nadie sabe cuánta obra maestra masacró la hermana.

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Saki es uno de los cuentistas mejor dotados en lengua inglesa, al grado de ser admirado por tres eminencias como Graham Greene, Tom Sharpe y Roald Dahl. Empero, no es fácil encontrar sus libros. Hijo del inspector general de la policía británica, su madre murió al poco de haber nacido él en Birmania, por lo que fue enviado a Inglaterra al cuidado de dos viejas tías solteronas, “empeñadas en una infatigable guerra doméstica, que le amargaron la niñez”. En esta infancia desdichada, apunta Graham Greene, “está la clave de la crueldad atildada que constituye la nervadura de casi todos sus cuentos; nadie como él maneja ese humor tétrico que otorga carta de trivialidad a lo horrible”.

En Cuentos de humor y de horror (número 28 de la colección “Contraseñas” de la barcelonesa Anagrama) se incluye una veintena de relatos, a cual más de inmejorable.

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Érase una tarde fría y lluviosa. “Los huéspedes de lady Blemley no se habían trasladado al norte por el canal de Bristol, de modo que aquella tarde estaban todos reunidos en torno a la mesa de té. Y a pesar de la monotonía de la estación y la trivialidad del momento, no había ni rastros en la reunión de esa fatigada inquietud que significa temor por la pianola y un oculto deseo de empeñarse en una partida de auction bridge. La alelada atención de todos se concentraba en la llana personalidad del señor Cornelius Appin. Entre todos los huéspedes de lady Blemley era el de reputación más vaga. Alguien había dicho que era ‘inteligente’, y su anfitriona lo había invitado con la modesta expectativa de que alguna porción de su inteligencia, al menos, contribuyera al general entretenimiento”.

Pero hasta la hora del té de aquel día nadie había logrado descubrir en qué dirección, si la había, apuntaba su inteligencia. “No era ingenioso, ni campeón de croquet, ni poseía poderes hipnóticos, ni sabía cómo organizar un teatro amateur. Tampoco sugería su aspecto exterior la especie de hombre al que las mujeres están dispuestas a perdonar un abundante grado de deficiencia mental. Había quedado reducido a un mero señor Appin y el nombre de Cornelius parecía no ser sino un transparente bluff bautismal. Y ahora revelaba al mundo un descubrimiento frente al cual la invención de la pólvora, la imprenta y la locomotora resultaban meras bagatelas. La ciencia había dado pasos asombrosos en diversas direcciones durante las décadas recientes, pero esto parecía pertenecer al dominio del milagro más que al del descubrimiento científico”.

—¿Y en verdad nos pide usted que creamos —le preguntó sir Wilfrid— que descubrió un método para enseñar a los animales el arte del habla humana y que el viejo y querido Tobermory fue el primer discípulo con el que logró un resultado feliz?

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Era un asunto en el que Cornelius Appin había trabajado los últimos diecisiete años de su vida, “pero sólo hace ocho o nueve meses que mis esfuerzos se vieron recompensados con el mayor de los éxitos —aseveró el modesto científico—. Por supuesto, experimenté con miles de animales, pero últimamente sólo con gatos, esas sorprendentes criaturas que se asimilaron tan maravillosamente a nuestra civilización y que mantuvieron al mismo tiempo todos sus altamente desarrollados instintos ferales. De vez en cuando se encuentra un gato con un intelecto superior, como sucede también entre los seres humanos, y cuando conocí a Tobermory, hace una semana, advertí inmediatamente que estaba en presencia de un supergato de extraordinaria inteligencia”.

La señorita Resker, después de una ligera pausa, le preguntó a Appin si Tobermory podía entender y acaso decir palabras sencillas de una sílaba.

—Mi querida señorita Resker —dijo pacientemente el hacedor de milagros—, de ese modo fragmentario se les enseña a los niños, a los salvajes y a los adultos retrasados. Cuando se ha resuelto el problema de cómo empezar con un animal de inteligencia altamente desarrollada, no es necesario emplear esos métodos entorpecedores. Tobermory sabe hablar en nuestra lengua con toda corrección.

Como no le creían al endeble científico, sir Wilfrid fue en busca del animal y a su regreso, al minuto siguiente, estaba más pálido su rostro que de costumbre y los ojos dilatados por el asombro.

—¡Dios, es verdad! —dijo.

“Su agitación era indudablemente genuina y una ola de renovado interés estremeció a los demás”. Desmoronándose sobre un sillón, continuó sin aliento:

—Lo encontré dormitando en el salón de fumar y lo llamé para que viniera a tomar su té. Guiñó los ojos de la manera que le es habitual, y yo le dije: “Ven, Toby, no nos hagas esperar”. Entonces, ¡Dios de los cielos!, articuló lentamente, del modo más espantosamente natural, que vendría cuando le viniera en gana. Casi me caigo de espaldas.

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La perturbación fue generalizada, obviamente.

Cuando se alzaba “un coro de exclamaciones de asombro dignas de la Torre de Babel”, en medio del tumulto entró Tobermory en el cuarto y se abrió camino “con aterciopelado paso y estudiada indiferencia a través del grupo sentado a la mesa del té. Un silencio tenso e incómodo ganó a los miembros del grupo. Por algún motivo resultaba embarazoso dirigirse en términos de igualdad a un gato doméstico de reconocida capacidad mental”.

Lady Blemley le preguntó si quería leche.

—No tengo inconveniente —fue la respuesta, emitida en un tono de plena indiferencia.

“Un estremecimiento de reprimida sorpresa recorrió a todos, y puede perdonársele a lady Blemley que sirviera la leche con un pulso más bien inestable”.

—Me temo que derramé bastante —dijo en tono de disculpa.

—Después de todo, la alfombra es suya —replicó el gato Tobermory.

El verdadero problema surgió cuando el felino comenzó a hablar de lo que había escuchado de los invitados, de cómo cada uno, entrecruzadamente, se refería de modos ofensivos del otro.

—Cuando se trató de incluirla entre los huéspedes —dijo el gato a Mavis—, sir Wilfrid protestó alegando que era usted la mujer más tonta que conocía, y que había una gran diferencia entre la hospitalidad y el cuidado del débil mental. Lady Blemley replicó que justamente su falta de capacidad mental era la cualidad que le había ganado la invitación, pues era la única persona lo suficientemente idiota como para comprarle su viejo automóvil. Ya sabe cuál, el que llaman “la envidia de Sísifo” porque si se lo empuja va cuesta arriba con suma facilidad.

6

Vaya aprietos.

El insolente minino era una real amenaza entre la sofisticada sociedad. Así que, incomodados por el insuperado invento científico de Appin, los ahí reunidos, para no propalar el indebido ejercicio de la sinceridad, decidieron eliminar al deslenguado gato.

Saki era, es, un magnífico desnudador de almas en su honda narrativa.

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