Alejandro Dumas. / Foto de Nadar (Gaspard-Félix Tournachon). (Wikimedia Commons)

Alejandro Dumas: 150 aniversario mortuorio

La inocencia de los templarios…

Alexandre Dumas Davy de la Pailleterie (24 de julio de 1802-5 de diciembre de 1870), más conocido como Alexandre Dumas, y en los países hispanohablantes como Alejandro Dumas, fue uno de los autores más famosos de la Francia del siglo XIX; acabó convirtiéndose en un clásico de la literatura gracias a obras como Los tres mosqueteros (1844) o El conde de Montecristo (1845). Dumas cultivó desde joven casi todos los géneros literarios: escribió poemas y artículos, relatos largos y vodeviles, dramas, tragedias, melodramas, diarios de viajes y hasta recetas de cocina. Sin embargo, fueron las novelas históricas las que le otorgaron el éxito y la fama al ser publicadas por entregas en los periódicos del siglo XIX, principales fuentes de información y entretenimiento de la época. Se volvió un escritor tan prolífico que necesitó ayudantes para satisfacer las ansias de un público que devoraba sus obras; hasta 80 novelas firmó con su nombre en apenas una década. Uno de sus hijos reconocidos, con el mismo nombre: Alejandro, también destacó en la literatura y, en los últimos años de su arruinada vida y ya enfermo, fue quien se ocupó de él. Justamente, en este 2020, se cumple siglo y medio de su partida…


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Hablamos del padre, porque el hijo, del mismo nombre Alejandro, falleció un cuarto de siglo después, en 1895. Ambos franceses, ambos escritores, ambos industriosos del oficio (acaso los primeros) sacando ventaja del trabajo de terceros para recabar sus beneficios. Pero hablaremos del padre, del autor de más de 150 libros, el famoso autor de Los tres mosqueteros (1844) y de El conde de Montecristo (1845), del autor que puso a trabajar a decenas de personas para que investigaran, todos ellos por él asalariados, los datos que completarían sus acabados relatos, novelas, biografías, pasajes históricos o piezas teatrales. La novela más conocida del hijo es La dama de las camelias (1848), si bien su obra es mínima si la comparásemos con la de su padre: una treintena de volúmenes, sólo. Porque el método de los llamados negros en la literatura (es decir, los que escriben, o indagan, lo que otros firman como suyo… un adjetivo, por cierto, no veladamente discriminatorio, referido tendenciosamente a la esclavitud) lo impuso, o lo construyó, el padre, no el vástago. Alejandro Dumas, el padre, nació el 24 de julio de 1802, Villers-Cotterêts, Francia, muriendo 62 años después, en Sena Marítimo, el 5 de diciembre de 1870. Hace siglo y medio.

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Felipe IV de Francia, llamado El Hermoso, “era uno de los varones más decididos y autoritarios que jamás ocuparon el trono de aquel o de cualquier otro país —dice Alejandro Dumas en su libro Los caballeros templarios (1838)—. Había recibido la corona en 1285 por muerte de su padre Felipe III, a los 17 años de edad; y desde el momento en que se vio investido de la autoridad real pareció resuelto a impedir que experimentase la más mínima limitación en sus manos. Las guerras que había emprendido, aunque la mayor parte fueron victoriosas, le colocaron en grandes dificultades económicas de las que no podían salvarle los expedientes habituales de aquella época. Por tanto, urgía hallar recursos, y Felipe no era hombre que dudase ante los medios de que debía valerse para alcanzar sus fines. Fue entonces cuando, tras incrementar el valor de la moneda mientras la nación pudo asumirlo, medida que se solía emplear en tales circunstancias, se fijó en las ricas propiedades de los templarios y decidió satisfacer sus necesidades con la desgracia de esta famosa comunidad”.

Cuenta Dumas que el origen de la milicia del Temple se fecha en los tiempos “en que Godofredo de Bouillon fue a plantar el estandarte de la cruz sobre los muros de Jerusalén. Sus nueve fundadores, al frente de los cuales figuraban Hugo de Payens y Godofredo de Saint-Omer, después de conquistar la Ciudad Santa, pronunciaron el solemne juramento de defenderla de los ataques de los turcos, y defender a los numerosos peregrinos que entrasen a visitarla”.

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Aparte de los tres votos religiosos ante el patriarca de Jerusalén, “incorporaron otro en virtud del cual se obligaron a combatir contra los infieles. La cruz de esta orden militar era de tela roja, como la de los cruzados franceses, y su estandarte, denominado Baucens o Baucan, estaba partido en negro y blanco”.

El afán de estos “misericordiosos caballeros atrajo a un buen número de imitadores, y al observar el rey Balduino II que otros muchos soldados cristianos ingresaban en la nueva orden, le entregó para su sede, en el año 1118, un edificio aledaño al Temple. De aquí la denominación con que fueron conocidos en lo sucesivo: frailes de la milicia del Temple, caballeros del Temple y templarios”.

En 1128, tras admitir la nueva orden, el Concilio de Troyes “formuló sus estatutos disponiendo que el hábito o el uniforme de los caballeros se compusieran de una capa blanca con una cruz roja en el hombro”.

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Pese a que París fue su sede principal, la comunidad logró expandirse por los países de la cristiandad, entre los que se hallaban Inglaterra, Alemania, España, Portugal, Suecia, Dinamarca, Polonia, Cerdeña, Sicilia, Chipre y Constantinopla.

Según Dumas, estos defensores de la fe no dejaron de contagiarse de la “hosca profesión de las armas, olvidaban a menudo que eran frailes y estaban muy predispuestos a seguir el comportamiento que observaban en los demás soldados. También es posible que cuando estaban en las inmensas y magníficas residencias que poseían en Francia y en otros lugares, redujesen la severidad de la disciplina tomándose muchas libertades a las que ni siquiera hacían referencia sus normas, como han hecho otras comunidades religiosas, sin contar con causa tan buena que alegar en sus pasados servicios y penalidades, o en las tentaciones a que su forma de vida les había expuesto. En definitiva, sus enormes riquezas, el poder que éstas les otorgaban y los cuantiosos placeres que con ellas podían conseguir, motivaron que la soberbia y el desenfreno fuesen las marcas características de la orden; y bajo este juicio, seguro que no carecía de base el cargo de inmoralidad y corrupción que contra ellos se alegó”.

Alejandro Dumas ilustrado por André Gill para la revista La Lune (1866). (Wikimedia Commons)

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Todas estas son suposiciones, por supuesto, porque “también es muy cierto —indica Dumas— que nunca se ha demostrado el menor indicio de irreligiosidad y depravación de que se les acusaba, cuando solamente se buscaba y se anhelaba la total desarticulación de la orden”.

Cuando Felipe el Hermoso posó su mirada en las monumentales propiedades de los templarios, las calumnias contra ellos carecían de cualquier fundamento. Pero a estos caballeros el propio papa Clemente V les dio la espalda para acomodarse, el prelado, a la diestra del principado.

El viernes 13 de octubre de 1307, el Gran Maestre y todos los caballeros templarios que se hallaban en su residencia de París fueron detenidos por orden de Felipe IV. El ambicioso rey se apropió, de inmediato, del castillo del Temple “y se divulgó un panfleto que denunciaba a aquellos desdichados como a unos monstruos malévolos, cuyas acciones, e incluso sus palabras, eran suficientes para corromper la tierra y contaminar el aire”.

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La acusación causó el efecto esperado en la población que se remolinaba en las plazas para, con gran expectación, escuchar las barbaridades demoniacas cometidas por los templarios.

“Después de su encarcelamiento —cuenta el cronista Dumas, el primer literato que trabajaba con equipo de investigación, negros, como son llamados hoy los que hacen la tarea escritural de autores adinerados— se aplicó en todas partes la tortura a los caballeros para obligarles a confesar los crímenes que se les imputaban. Los que habían sido encarcelados en París fueron entregados al piadoso inquisidor Imbert, confesor de Felipe el Hermoso, que según las apariencias era persona no demasiado remisa en el cumplimiento de los deberes de su cargo. La brutalidad de los tormentos que él y sus ayudantes aplicaron a sus víctimas provocó el fallecimiento en sus manos de 36 de ellas. Otros desdichados, incapaces de soportar tan crueles tormentos, confesaron todo lo que sus verdugos quisieron, entre los cuales se contaba el mismo Gran Maestre, Jacobo Molé (Molay), hijo de una noble familia de Borgoña que, aceptado en la orden del Temple en el año 1265, se había destacado en las guerras contra los infieles, y, durante su ausencia en ultramar, había sido elegido jefe de la orden por unanimidad, en 1298”.

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Molé, bajo el atroz suplicio de la tortura, confesó que había negado al Redentor y pisoteado una vez el símbolo de la cruz. Pero repuestos, o resignados —e indignados—, de los tormentos, los templarios decidieron enfrentarse al rey y empezaron, con indecible valentía, a confesar que sus declaraciones habían sido reveladas bajo el desfallecimiento de la tortura. Pronto, 900 caballeros estuvieron dispuestos a confrontar al rey; “pero únicamente se escogieron 75 para llevar a cabo dicha obligación. El 11 de abril de 1310 se empezó, pues, a encauzar formalmente el sumario, que con motivo de una serie de aplazamientos se alargó hasta la tarde del domingo 11 de mayo, habiéndose escuchado la declaración de 14 testigos este día. Entre tanto, el rey parecía haber llegado a la conclusión de que semejante pleito no ofrecía la mejor manera de asegurar el éxito de sus planes”.

Esa misma noche, Felipe el Hermoso mandó encarcelar a 54 de los caballeros encargados de defender la orden y condenarlos a la hoguera, al día siguiente, por “herejes reincidentes”, castigo que desanimó, y doblegó, a los otros testigos.

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Siete años después de las primeras detenciones, los templarios habían sido extinguidos del mapa y sus propiedades incautadas por el monarca y el pontífice.

Sin embargo, los principales autores de la tragedia de estos caballeros no sobrevivieron mucho a sus víctimas: Clemente V murió de súbito seis semanas después de la ejecución del Gran Maestre y Felipe IV falleció como consecuencia de una caída de su caballo antes de finalizar 1314, el mismo año en que fuera sacrificado Molé.

“Bajo el influjo de una superstición no del todo infundada —dice Dumas—, se tuvo por artículo de fe el que Molé, mientras se quemaba en el poste, había convocado a sus dos poderosos perseguidores ante el tribunal de Dios dentro de los breves plazos que les habían restado de vida”.

Pese a su inocencia, nadie alzó su voz a favor de los templarios. Porque, ayer como ahora, contra el poder no hay razonamientos que valgan. En este sentido, la historia siempre ha sido congruente.

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