«Arquitectura», cuadro del pintor mexicano Rodrigo Ayala.

Entre lo interior y lo exterior, entre lo privado y lo público…

Un acercamiento a la obra de Rodrigo Ayala.

Dedicamos nuestra «Galería Emergente» a la obra del pintor mexicano Rodrigo Ayala. Nos hemos centrado en su más reciente serie «Megaciudad-Intimidades» (2019). Integrada sobre todo por óleos sobre tela y madera, además de grabados láser, con ella Rodrigo Ayala ha querido explorar las contradicciones entre lo interior y lo exterior, lo privado y lo público. A través de retratos, paisajes naturales y arquitectónicos, expresiones geométricas y figurativas, esta serie es resultado de “una reflexión sobre los secretos que existen en un hogar, los cuales contrastan con la vida que surge en sitios públicos como el cine o el teatro”, explicó en su momento el propio artista. De esta serie —pero también de su trayectoria— nos hablan Carlos Villanueva (en “Grafías prismáticas de Rodrigo Ayala”) y Luis Rius Caso (en “Una existencia virtual”)…


Una existencia virtual

Luis Rius Caso

La serie de Rodrigo Ayala, «Megaciudad-lntimidades», muestra un momento culminante en la trayectoria de este pintor, uno de los más sofisticados que conozco y uno de los más reconocibles y sorprendentes en sus constantes y en sus cambios.

La serie reúne al Rodrigo Ayala de las magníficas abstracciones, concentradas  en  resultados  de  composición, forma,  materia  y color, y también al figurativo, de desnudos femeninos y temas de un culteranismo vivo e inspirador. Pienso en una síntesis marcada por el asombro de todo lo nuevo que se incorpora.

Lo primero en atraparnos son los espacios, de una lobreguez inquietante e invadidos por el azul encendido que, en varias piezas, se cuela por una pequeña ventana. Las escenas, o mejor, los escenarios, parecen serlo de filmación o de representación teatral, lo cual refuerzan las presencias de Bertolt Brecht y Ava Gardner, cautivan por su estética de grises profundos, muy diversos, combinados con áreas de color vivo, ya sea en verde, rojo, amarillo, y sobre todo azul

(Estudio I). El empleo de transparencias en blanco y colores de tierra imprime también gran riqueza visual, como lo logran, asimismo, las texturas reales y virtuales, y el empalme de la perspectiva frontal y la perspectiva aérea.

Este cruce de perspectivas, tan propicio en los formatos romboidales, amplifica nuestra percepción y agudiza nuestras posibilidades interpretativas o de simple disfrute y registro de sensaciones. El despliegue de rigurosas geometrías, apoyado compositiva y plásticamente en motivos reconocibles (libros, sillas, mesas…), invita a simbolizar. Para el propio Rodrigo Ayala las sillas y las mesas implican un tema de presencia­-ausencia. Claros ejemplos al respecto lo son Espacio suspendido IV (arpegio), Historias, Tarde en el campo, entre otras.

La yuxtaposición de exteriores e interiores (de megaciudad e intimidades) en una misma escenografía, también son recurrentes: Ava Gardner y Bertolt Brecht en la ciudad, Ava Gardner y Bertolt Brecht a la orilla del arrullo de los Arrayanes, Epifanía. En otras piezas, el afuera penetra o abre el interior, como en las ya mencionadas, con ventanas celestes, y en la muy bella Amanecer (sala). Esta poética pintura revela con claridad otra de las combinaciones tan notables de Rodrigo Ayala, en este caso entre espacios concretos, reales, y otros abstractos, de una existencia virtual.

El trabajo de  perspectivas  obliga  al  espectador  a  percibir de manera diferente  el  espacio,  como  también las  yuxtaposiciones  y combinaciones antes referidas. Por ello, ante estas pinturas, el espectador tiene la opción de limitarse a una observación neutra, detrás de la “cuarta pared”, o puede “romperla” y entrar en una compleja relación de realidad y representación, de participar a plenitud en la puesta en escena, tal como lo planteara Bertolt Brecht en su teoría dialéctica del teatro. No es casual que Rodrigo Ayala lo invoque, con tan grata compañía.


§§§


Grafías prismáticas de Rodrigo Ayala

Carlos Villanueva

Toda obra de arte conlleva una tensión en su interior que radica en la pugna entre la intención del artista al producirla y las diversas maneras en que es percibida por los demás, es decir su decodificación e interpretación a partir de su existencia misma. Dicho de otra manera, la tensión se produce al chocar la vida  privada del autor y su obra, relación signada por la intimidad y el diálogo interior contra su existencia pública, en la cual es necesario que se interrumpa este aparente idilio para dar paso a la mirada escrutadora de los otros.

A partir del estudio del manifiesto ultraísta, escrito por un joven Jorge Luis Borges en 1921, Rodrigo Ayala crea una relación íntimo­-pictórica en la que retoma la intencionalidad renovadora que menciona Borges y que va más allá de la temporalidad y las vanguardias, para adoptar una actitud vital. Para ello toma como símiles, siguiendo dicho manifiesto, la estética activa de los prismas contra aquella pasiva de los espejos, es decir, pasar de un intento de reproducir de manera supuestamente objetiva el entorno o el interior psíquico, para proponer visiones inéditas donde los referentes del pasado queden atrás.

Este anhelo compartido parte del perenne deseo de muchos artistas de romper con las formas antiguas para buscar caminos personales. En este sentido, Ayala es congruente en una búsqueda donde los espacios intimistas a que nos tiene acostumbrados se pueblan de nuevos personajes que enriquecen y complejizan su discurso. Así, podemos ver a Bertolt Brecht, quien se encargó de alejarnos del mundo de los espejos teatrales y su consecuente catarsis, para enfrentarnos con un distanciamiento que nos confronta a las ideas y las decisiones . O revisiones al tópico de la modelo en el estudio, replicando la imagen de una Ava Gardner que es representación representada dentro del ámbito del espacio creado por la pintura: juego de prismas que, al reflejarse unos a otros, crean una imagen inédita.

Otra referencia al cine, quizá la más prismática de las artes, se encuentra en la incorporación de John Wayne. En este caso, el sempiterno vaquero porta en su mano, en lugar de arma, un celular, y el jefe indio usa un vehículo electrónico Segway, mostrando la tecnología como vía para la construcción de un nuevo orden en el que la imagen espectral del individuo reine sobre lo que nos empecinamos en llamar “realidad”.

Es en las lecturas, representadas por pilas de libros, que Ayala encuentra las claves para acercarse al entorno. Son los textos y las reflexiones que suscitan lo que permite generar una idea del universo, tamiz que explica, protege y hace inteligible aquello que se nos escapa. Y la cámara fotográfica, objeto prismático por antonomasia, permite establecer, a través de su ojo-lente, miradas nuevas a objetos y situaciones comunes. Es decir, libros y cámara son, en Ayala, algunas de las herramientas para lograr desechar recetas que, en ocasiones, pesan sobre la creación y lograr la epifanía con visiones novedosas. Los anteriores elementos se unen a mesa y silla para completar un scriptorium desde donde se ve hacia el horizonte, se trasciende la cotidianidad y se apela a una apertura creativa.

En todo el conjunto de obras, Ayala hace énfasis en el deseo como instrumento para la consecución de la creación y es en el contacto íntimo del autor con su obra que se consuma dicha pulsión.

Las anteriores palabras son parte de aquello que pertenece a la vida pública de la obra, es decir, a su interpretación. Queda al público asomarse y participar de este diálogo para, a su vez, conformar una versión propia; ya que, al final de cuentas, ese es el propósito del arte: permitir la construcción, a partir de las subjetividades, de nuevos mundos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *