El escritor uruguayo Mario Benedetti.

Centenario de Mario Benedetti

Los hombres odian, pero las aves vuelan…

Se cumplen los 100 años del nacimiento de Mario Benedetti, uno de los escritores más importantes de las letras uruguayas e hispanas. Prolífico autor, Benedetti escribió poesía, cuento, novela, ensayo y teatro, dejando un legado de más de setenta libros publicados. En este su centenario natal, Víctor Roura lo recuerda con este texto…


Víctor Roura


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Hace un siglo vino al mundo el uruguayo Mario Benedetti. Nació en una región conocida como Paso de los Toros el 14 de septiembre de 1920, siendo bautizado Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farru, dejando de latir su corazón en la capital de su país, Montevideo, el 17 de mayo de 2009.

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En las manos del uruguayo Mario Benedetti, “el cuento aparece como un género de una ductilidad y flexibilidad incomparables”, escribe José Emilio Pacheco. “En la dedicación de Benedetti a escribir cuentos se halla una prueba de su autenticidad. Nadie que buscara un público masivo hubiera optado por un género que se suponía de escasa venta en comparación con la novela. Benedetti ha derruido este prejuicio y cada una de sus colecciones circula en miles de ejemplares. El renovado auge de la narrativa breve está en deuda con su constancia”. El cuento, en sus manos, es el género “más antiguo y el más nuevo —dice Pacheco—. En él todo se ha hecho y todo está por hacerse”.

Buzón de tiempo es uno de los títulos de Mario Benedetti. Publicado en 1999 por Alfaguara, el volumen consta de tres capítulos (más un colofón) que reúnen veinticinco relatos y cuatro poemas, que son la obsesión del autor si bien su especialidad, y aquí no habría arrebatos polémicos, son los cuentos.

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cada siglo es un mito o un escándalo
pero sólo al final nos deja atónitos
sin saber qué ocurrió
qué está ocurriendo
qué dejamos atrás en los jamases
cuál es el mundo real
el que se paga
o el que nos deja el corazón sin dioses.

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Que yo recuerde, a excepción de algunos poemarios (como Las soledades de Babel: Nueva Imagen, 1991) en que los tonos administrados suenan, a ratos, a voces de una revolución antigua, si no es que ya aplastada (“los derrotados mantenemos la victoria / como utopía más o menos practicable / pero una victoria que no pierda el turno / de la huesuda escuálida conciencia / los vencidos concebimos el milagro / como quimera de ocasión / pero siempre y cuando sea un milagro / que no nos cubra de vergüenza histórica / o simplemente de vergüenza”), los demás libros, que es decir todos los otros restantes, son verdaderamente disfrutables, incluido este Buzón de tiempo donde vuelve al género narrativo del cual es un indiscutible maestro.

Ya en los Cuentos completos de Mario Benedetti (que congrega 122 relatos en 616 páginas, Alfaguara, 1994), el prologuista José Emilio Pacheco se asombra de la capacidad literaria del uruguayo: “Del mismo modo que ‘estilista’ pasó a nombrar al peluquero de lujo, ‘polígrafo’ se llama ahora al detector de mentiras y ‘hombre de letras’ a quien hace vida literaria sin tomarse el trabajo de escribir. No queda en nuestro vocabulario un término capaz de abarcar una actividad como la de Benedetti. Poeta, novelista, cuentista, crítico, ensayista, desafía todo intento de clasificarlo y ha enriquecido cada género con la experiencia ganada en los demás. Hasta la oposición prosa/poesía es destruida por Benedetti en El cumpleaños de Juan Angel que restaura como vanguardia la novela en verso y se anticipa en dos décadas al inesperado retorno del poema narrativo”.

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Los Cuentos completos, por supuesto, se hicieron “incompletos” apenas un lustro después de su edición con la incursión en el género de Buzón de tiempo, que nos lleva a conocer dramas de la angustiosa soledad en el capítulo “Señales de humo” (que contiene 13 cuentos), las nostalgias por el intercambio sentimental en las desusadas cartas en el episodio “Buzón de tiempo” (ocho narraciones) y a las crónicas de amores inconclusos en el apartado que cierra el volumen: “Las estaciones” (cuatro relatos).

En “Los Robinsones” Benedetti cuenta la desgracia de dos naufragios, que van a dar casualmente a un mismo sitio desconocido, en los cuales se conocen cinco personas de diferentes nacionalidades: dos hombres y tres mujeres. Acostumbrados a mirarse desnudos, fueron entregándose de a poco, con excepción de la más joven: Paola, quien va a contemplar de manera involuntaria el acto de amor entre dos de los náufragos, situación que le causará aversión y repulsa.

“Cuando volvieron los otros cuatro —cuenta el uruguayo—, ella no quiso comer, dijo que le dolía la cabeza y quería descansar. En el largo insomnio se vio sola, aislada, excluida de los que se unían, y allí, mientras los demás dormían, tomó la decisión”.

En la noche caminó hacia el despeñadero y se arrojó al vacío. La muerte de la joven modelo cambió sustancialmente la vida de los sobrevivientes.

“Se cumplían las tareas imprescindibles. No hubo más uniones de los cuerpos”. Dos semanas después fueron azarosamente rescatados. Ya en tierra, sanos y salvos, intercambiaron direcciones y teléfonos. Era la hora del fin de la aventura. Una pareja de amantes se despidió como si nada hubiera ocurrido, la otra, en cambio, se quedó un momento indecisa (después de todo, cada quien tenía ya una vida organizada por separado), pero ambos ocasionales amantes unidos en un abrazo interminable.

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Los cuentos de Benedetti, la mayoría, son relampagueantes. No se entretienen en los detalles. Van directo al núcleo de la historia. Sin embargo, en toda su obra siempre ha sido fundamental la ideología, tanto en los relatos como en los poemas: la undécima poesía incluida en el referido Las soledades de Babel hay un reproche, por ejemplo, al Nobel mexicano Octavio Paz:

dice octavio que en Latinoamérica
los intelectuales somos la catástrofe
entre otras cosas porque defendemos
las revoluciones que a él no le gustan
somos la catástrofe asimismo
porque hemos sido derrotados
pero ¿no es raro que octavio ignore
que la verdad no siempre está
del lado de los victoriosos?

En su Buzón de tiempo no tenía, obviamente, por qué cambiar de dirección: en “La primavera de otros”, por ejemplo, Miguel dice a Cecilia que no soporta el mundo, “quiero hallarme a mí mismo, por una vez la soledad me es imprescindible. No estoy loco. No desvarío. Cuando esta noche te enfrentes a las noticias de la tele, y veas más esqueléticos negritos en Sudán, pateras con marroquíes que naufragan en el Estrecho, indígenas del Amazonas empujados a su desaparición, cursos básicos de violencia juvenil, así como la incontenible, programada destrucción de la naturaleza, y luego, en el mismo canal o en el contiguo, la soberbia de los gobernantes, demo o autocráticos, casi da lo mismo, exhibiendo sin pudor su fiebre de poder; su indiferencia hacia el prójimo, singular o plural, y asimismo las grandes bóvedas de la Bolsa, con la historia millonaria de los apostadores; cuando veas todo eso —dice Miguel a Cecilia— quizás entiendas por qué ya no soporto el mundo”.

Ese empecinamiento de Benedetti por mostrarse izquierdista es, viéndolo bien, y sin ánimo prejuicioso, una de las máculas (¿sombras?, ¿insuficiencias?, ¿debilidades?) de su límpida prosa, porque si el protagonista no es de izquierdas indudablemente se trata de un perfecto canalla.

Mario Benedetti. / Ilustración de Nino Fernández.

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Mario Benedetti siempre fue un pertinaz lector de haikús, esa forma poética japonesa que se conforma de 17 sílabas elaborada en versos de cinco, siete y cinco distintas líneas concatenadas. El origen de este género literario, como bien lo recuerda el propio Benedetti, se remonta al siglo XVI: “Ciertos eruditos lo vinculan formalmente al katauta, un breve poema que oscilaba entre la pauta 5-7-5 y la 5-7-7; otros los derivan del haikai que se creaba en grupo y podía tener hasta cien versos. Paulatinamente se fue asentando la forma de diecisiete sílabas, en la rígida combinación 5-7-5, que es sin duda la que produce un efecto poético más impactante”.

No obstante, dice el autor uruguayo, “hubo al parecer otras formas precursoras del haikú: chooka, tanka, sedooka y, especialmente, el renga, canción encadenada, fruto de varios poetas, que vino a introducir un elemento festivo en la literatura japonesa”.

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Matsuo Bashoo (1644-1694) es considerado el gran maestro del haikú. Después de él podrían incluirse, según Benedetti, a Onitsura (1660-1738), Chiyo (1701-1775), Taniguchi Buson (1716-1783) e Issa Kobayashi (1762-1826). “Ya en el siglo XX una nueva tendencia, denominada shinkeikoo, hace que los nuevos poetas japoneses se aparten del haikú clásico y su rigor tradicional”.

En su libro Rincón de haikus (Alfaguara, 1999), Mario Benedetti recopila 224 poemas suyos en esta especialidad, unos menos trabajados que otros, unos sólo juegos ocasionales, sencillos acomodamientos de palabras sin destino, líneas jocosas, divertimientos ingeniosos, comicidades involuntarias, como los siguientes:

la mariposa
recordará por siempre
que fue gusano
°
invierno invierno
el invierno me gusta
si hace calor
°
eran los brazos
de la venus de milo
los que aplaudían
°
hijo sé atento
préstale una toalla
al pez mojado
°
cuando prometen
los políticos ríen
con los suplentes
°
la mujer pública
me inspira más respeto
que el hombre público

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Y otros haikús con sonorizado acierto. Pero, finalmente, es la poesía firmada por Benedetti. ¿No el propio Joan Manuel Serrat incorporó en su repertorio, en 1992, una canción de tan bajo relieve como la denominada “Maravilla”, que es letra de Benedetti, nada más por tratarse del insigne poeta uruguayo?

Si hemos de ser estrictos, del último medio centenar de canciones que ha editado Serrat, ésta, la de Benedetti, es la que puede fácilmente pasar al olvido (“qué maravilla / de maravilla / la maravilla. / No hay pie de rey que mida / la maravilla. / Ni balanza que pese / la maravilla. / Y ya que estamos todos en capilla / y donde quiera el mundo se equivoca / aprendamos la vida / boca a boca / y usemos de una vez la maravilla”), además de las del disco La orquesta del Titanic (2012), por supuesto, al lado de Joaquín Sabina. Porque Benedetti tuvo la capacidad, que antes se le llamaba virtud, de adocenar las “diferencias” políticas: en su última etapa su mundo “progresista” fue un mundo relleno de ingenuidades refutables; o, en su caso, de ensoñadores idealismos instalados en los años sesenta del siglo XX.

Y siguió siendo el mismo hasta el día de su muerte (sin comprender las razones de la larga estancia de los Castro en el poder cubano, por ejemplo, o las adaptaciones inmediatas de los revolucionarios sandinistas a las costumbres somocistas, o los camaleónicos zigzagueos de la izquierda mexicana para compartir el pastel presupuestario). Ese es su ejemplo y su glorificación. Benedetti no se movió, políticamente, de su sitio, desde la década del arribo de Fidel Castro a la presidencia de su Isla. Es, fue, ingenuo, como Saramago, y por eso los latinoamericanos los adoramos.

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Su libro Rincón de haikus (de más de 200 páginas que, sin embargo, se lee en menos de media hora) es, modestamente, la espontaneidad lírica de un poeta autónomo que se negaba, con suprema vehemencia, a mirar el derrumbado Muro de Berlín, y por eso el lector, de sensible corazón poético (sobre todo el nacido antes de los setenta, que es el lector fiel de Benedetti), lo siguió de cerca para hacerse a la idea de que este mundo no es como, lamentablemente, es.

Es obvio que los haikús, con el paso del tiempo, han modificado sus esencias. De las viejas sabidurías han pasado a los ejercicios metafóricos y luego a las crónicas de instantes y después a las impresiones personales, un método efectivo de autorretrato, pero también es, hoy, el haikú un entrenamiento lingüístico, el cultivo ya de gracejadas, ya de ingeniosidades. Sobre todo, un juego de palabras (“palabras que arden / palabras que se apagan / palabrería”, reza el haikú número 118 de Benedetti), un juego de momentaneidades. El haikú no es, como lo fuera en sus orígenes, una fuente de reflexiones, ni discurso político. Es, tal vez (que a eso también ha llegado), una composición de parodias y humorismo. Y en este sentido ya se sabe que Benedetti carece poéticamente de humor, elemento que le sobra, por cierto, cuando se introduce en la narrativa, de la cual es un consolidado maestro. Quizás por eso sus haikús carezcan de la gracia indispensable y se conviertan, por lo mismo, en un fugaz soplo de agudezas e incidencias: “sé que el abismo / tiene su seducción / yo ni me acerco”, dice en su ejercicio poético número 149, y debiera ser, más que una pieza poética, una simulada advertencia al lector: los haikús de Benedetti probablemente contengan seducciones que, por abismales, más nos valdría mejor no acercarnos.

los sentimientos
son inocentes como
las armas blancas
°
cada suicida
sabe dónde le aprieta
la incertidumbre
°
tras el desfile
qué solitaria viene
la muchedumbre
°
aquel vigía
se equivocaba a veces
porque era ciego
°
en cada infancia
hay una canción tonta
que allí se queda
°
con la alborada
renacen los mejores
remordimientos
°
los epitafios
vienen a ser la gracia
del cementerio
°
bloqueo / alzheimer
hiroshima / otan / sida
no fue un buen siglo
°
con la tristeza
se puede llegar lejos
si uno va solo
°
si hubiera dios
nadie le rezaría
por no aburrirle
°
los hombres odian
presumen sueñan pero
las aves vuelan
°
el árbol sabe
de quién es cada paso
de quién el hacha. 

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