«Tener un patito es útil», de Isol. (Detalle de portada)

Toda historia de ida, tiene un camino de regreso

Los patitos de Isol…

El libro Tener un patito es útil es una verdadera historia sin fin en la que Isol, su autora, juega con los prejuicios del mundo adulto sobre lo que significa para los niños tener un juguete, prejuicios que ignoran, desde luego, lo que para el juguete significa tener a un niño con quien jugar.


Si tuviéramos ojos en la espalda quizá podríamos ver el pasado, pero también nos permitiría mirar desde otra altura. El mundo sería distinto. No sólo percibiríamos lo que siempre se mantiene oculto detrás de nosotros (cada vez que volteamos algo vuelve a desaparecer a nuestras espaldas), también aprenderíamos a observar a otro nivel. La ilustradora, cantante y escritora argentina Marisol Misenta, Isol, nos propone, en uno de sus hermosos libros, que no es necesario tener un par de ojos más apuntando en sentido inverso y a otros horizontes para apreciar la realidad de forma distinta. Basta con saber que toda historia de ida, tiene un camino de regreso.

Cuando se extrae del duro cascarón que lo envuelve, Tener un patito es útil, de Isol, nos narra con texto e ilustraciones la vez en que un niño encontró un patito de plástico (como esos que hay en las bañeras) y lo agarró. Desde entonces, lo usa, entre otras cosas, para montarse en él y mecerse; para lucirlo como sombrero; para limpiarse los oídos después de bañarse; o para colocarlo como tapón en la tina.

Pero el libro, que tiene forma de acordeón, nunca acaba, y cuando uno cree que llegó al final de la historia se da cuenta de que ésta anda ahora en sentido inverso. Ya no son los ojos del niño los que miran, es el patito el que nos cuenta que un día encontró un nene y, desde entonces, entre otras cosas, recibe masajes en la espalda; se posa en la cabeza del niño para observar desde las alturas la existencia; aprovecha las orejas del nene para encerarse el pico; o encuentra, al terminar el día, su huequito de dormir en el lugar por donde escapa el agua de la tina.

Es un trabajo para niños que la propia autora reconoce como conceptual, un volumen de gruesas y sólidas páginas publicado por el Fondo de Cultura Económica que juega con los prejuicios del mundo adulto sobre lo que significa para los niños tener un juguete, prejuicios que ignoran, desde luego, lo que para el juguete significa tener a un niño con quien jugar. Es una obra que mira lo que los adultos nos perdemos obsesionados por creer que sólo somos capaces de percibir lo que está frente a nuestros ojos.

Ayudada por su talento para el dibujo, con trazos sencillos, casi infantiles, Isol sabe que en la aparente simpleza de sus imágenes cabe la posibilidad de mostrar sus paisajes interiores. Se nota que le gusta mucho contar historias dibujándolas. Se nota que piensa con imágenes. Acaso de ahí deriva la magia: a Isol le gusta la música, como a los niños, quienes aprenden mejor cantando; a Isol le fascina dibujar, como a los niños, quienes representan el mundo con garabatos y colores; a Isol le gusta inventar historias, como a los niños, quienes habitan realidades siempre distintas a la escueta realidad unidimensional del mundo adulto.

Ande. Vamos. Tome cualquier libro de Isol y revíselo con calma. Aléjese de su hijo porque si lo descubre se lo va a quitar. Deténgase a mirar los dibujos. Ahora vea los colores. Observe a detalle los trazos. Note cómo cada texto no es en realidad un texto sino una imagen que brota a semejanza de un geiser. En este punto guarde especial cuidado, pues Isol ha ilustrado libros de otros autores. Así que cerciórese, para que todo esto se cumpla, que, de preferencia, el libro haya sido ilustrado y escrito sólo por ella. Aquí van algunos títulos: Cosas que pasan, Regalo sorpresa, Intercambio cultural, El globo, Secreto de familia, Tener un patito es útil (¡desde luego!), Nocturno, El menino, Abecedario a mano o Imposible.

Es verdad que conforme crecemos, vamos adoptando y normalizando pautas de comportamiento impuestas por los grupos con los que convivimos, el lugar en el que trabajamos, la posición social de la que nos sentimos parte o la condición que uno mismo se adhiere como integrante reconocido de ese universo adulto, de madurez, de seriedad o como sea que se lo quiera llamar. Tenemos miedo o sentimos vergüenza por la forma en que los demás podrían mirarnos si descubren en nosotros un rasgo, ya no digamos un comportamiento, de esos que llaman “infantil”. Pero es que nuestra sociedad ha asumido que lo infantil es algo estúpido. Y no. No es así.

Tener un patito es útil (o, si se quiere, Tener un nene es útil) nos permite penetrar en la aventura de recrear los actos más simples de nuestra existencia desde la natural mirada del otro. Del otro infantil. Ese otro que no nos juzga. Ese otro que no nos humilla. Ese otro que no nos desprecia. Ese otro que no hiere nuestra libertad con sus juicios. Tener un patito es útil (al que podemos llamar también Tener un nene es útil) nos presta un par de ojos para mirar que lo infantil puedes ser (y de hecho lo es) una realidad sensorial y estética que lo envuelve todo. En esta realidad no hay elementos separados. Lo vivido, se vive como una totalidad, como una esfera que contiene la experiencia completa. No es una línea del tiempo. Es una burbuja en la que en cualquier lugar puede estar cualquier suceso en cualquier momento con todos los sonidos que quepan en esa experiencia, con todos los olores, con todos los colores, con todas las palabras, con todas las sensaciones táctiles.

Así que cuando el niño de Tener un patito es útil se monta en el pato, al mismo tiempo para el pato esta acción es un masaje; cuando el niño se pone el pato de sombrero, la cabeza del niño es en ese instante un mirador para el pato; cuando el pico del pato es un hisopo que usa el niño para sacarse la cerilla de las orejas, la cera del niño sirve al momento al pato para pulirse el pico; cuando el niño deja al pato en la bañera, el hueco del desagüe se troca de inmediato en un nido para el pato.

Si la realidad de los niños es total, en ella cualquier historia es de ida y vuelta, y se experimenta igual que si se tuvieran ojos en la espalda. No extraña, por lo tanto, saber que Isol hace en su vida las mismas cosas que cuando era chica: enrosca su día a día alrededor de la literatura, el dibujo y el canto. Lo que le permite, sin duda, compartir en sus libros una gozosa búsqueda que la hace conectar con sus lectores: esos otros que miramos, desde el lado contrario de la historia, con naturalidad, aquello que nos es común desde todos los sentidos.

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