Sólo quería recuperar la paz que me estaban robando

Del libro «Matar / Crónicas desde el infierno».*


Con rabia. Como si en el golpe al balón descargara todos los rencores. Con rabia, intentando quizá dosificar la ira que se acumula entre las rejas, allí donde el silencio se multiplica y es el más implacable de los jueces.

Con premura. Como si las palabras construyeran el más preciado de los caminos para despojar un poco del veneno que carcome.

Es el recuerdo que hostiga. Es la existencia de aquella noche donde un cuchillo se hundió en el cuerpo, por el hartazgo del acoso, según lo argumenta quien se reconoce asesino.

Y parecería que no hay más remedio para la tribulación, que contar. Contarlo todo es urgente. Ahora que el sol cae a plomo sobre la cancha convertida en un premio a consecuencia del buen comportamiento de los presos. Ahora que la victoria contra los morros de la libre que vinieron a ser parte del torneo de fin de cursos es más que celebrable, una manera de enviarles un mensaje a quienes piensan que en la cárcel solo existen vagos buenos para nada. Eso dicen mientras corean el olé olé de la victoria.

En el final de ciclo escolar pasado, el Niño alcanzó la calificación más óptima en el tercer grado de secundaria. Por eso lo incluyeron en la selección de futbol del penal, porque además tiene una zurda privilegiada y la sagacidad es su fuerte: dribla, gambetea, asiste al compañero sin voltear a verlo. Y cuando menos se piensa saca de su chistera el mejor de los disparos a la portería. Gol y el triunfo se dibuja inminente.

Ese es el Niño, el preso más pequeño de esta cárcel para menores. El Niño cuyo mote obedece a su cuerpo escuálido, a su mirada de inocencia y ternura, con su pelo lacio de textura dócil.

Por eso su hermana no dio crédito, no da crédito, a lo que un día él mismo le contó. Por eso es inadmisible creerle esa historia que le ha contado muchas veces, la misma historia que su hermana no cree y no creerá jamás.

Pero las cosas son así, dice el Niño mientras se tumba la camiseta y el trazo de sus costillas se pronuncian con mayor énfasis. Por más que uno le saque la vuelta a los problemas a veces los problemas se aferran, te persiguen hasta hacerte caer. Y luego aquí, todos los días a seguírtela rifando, porque si en un lugar existen los problemas es en la cárcel, en esta pinchi cárcel.

Es viernes por la tarde y la premiación al equipo campeón consiste en un equipo deportivo: balones y redes. Para el mejor jugador hay unos tenis, especiales para cancha de piso. Además de esto, y quizá lo más importante, los integrantes de la selección tienen el privilegio de quedarse un buen rato al margen de la cancha, disfrutando de refrescos y conversación, sin el marcaje personal de los guardias quienes vigilan desde allá, a lo lejos.

Por eso la conversación fluye, y el Niño, que es el centro de atención, toma la palabra como un premio aún más trascendental que la misma victoria que acaban de obtener ante el marcador de trece a cuatro, en un juego de dos tiempos de treintaicinco minutos cada uno.

Cuando uno de los presos, el Shagy, escucha hablar al Niño, en un arrebato irrumpe: “Ayer que platicábamos de fiestas, después de la cena, los morros de la carraca dijeron: al Niño no lo inviten porque luego lo arruina todo”. Y en medio de carcajadas, el sorbo al refresco y uno que otro grito proveniente de los pabellones, el mismo Shagy le pregunta por qué los morros lo excluyen cuando de fiesta hay que hablar.

El Niño esgrime una leve sonrisa, luego se incorpora, mientras sube su shorts, con actitud de quiero decirlo todo aunque sea lo mismo otra vez, cuenta sin parar: “Es que me la aventé en medio de la fiesta, una quinceañera, algo que es muy típico de hoy en día. Por eso los morros se cabrean cuando hablan del recuerdo de sus refuegos, del baile y el borlote, por eso no quieren que yo opine. Pero juro que esa vez yo iba en plan de todo bien cuando unos morros que ni conocía me empezaron a tirar la fiera.

“Ya había pasado todo lo aburrido, eso de la muñeca, las zapatillas y el anillo. El discyei empezó a tocar y la gente de volada abrió pista. A mí se me hace que nomás a eso van: al bailongo. Se me antojó un cigarro y salí a fumármelo, apenas le pegué dos baisas y al fondo estaban unos morros en unas bancas y cuando ya llevaba el cigarro a la mitad, los morros empezaron a tirar chispazos con el encendedor, como tirándome la fiera. Tiré el cigarro y me metí a la fiesta. No nos querían dar cheve que porque éramos menores de edad. Mi compa, ese sí era mayor, fue el que le habló al mesero y le puso un billete en el bolsillo de la camisa y le dijo: ‘Vale más que nos traigas cheve si no quieres que te mate’.

“El mesero se la creyó porque todo el rato que estuvimos allí nos llevó cerveza. Me dieron ganas de ir al baño así que le di la vuelta a la pista de baile y me metí al baño. Lo morros venían detrás de mí. ¿Por qué no podían disfrutar la fiesta y dejar de buscar víctimas? No me dieron en la madre allí mismo porque estaba un guardia, así que hice lo que tenía que hacer, me lavé la cara y salí”.

“¿Y no bailaste, o qué? Mínimo ‘La Chona’”, pregunta el Shagy, impaciente.

“Sí, sí me aventé dos tres ahí, luego me fui a sentar, a remojarme la lengua con la cheve que el mesero seguía trayendo. La neta estaba bien a gusto: ya había bailado, andaba entonadón y con los compas. Pero allá, dos mesas más al fondo, estaban los morros bien aferrados tirándome la fiera. Me sacaron de onda, ya les había aguantado un buen rato y me seguían tirando chispazos. Le pedí el filero a mi compa, lo abrí y me lo eché en la bolsa. No la pensé dos veces. Me paré y fui sobres.

“Cuando los morros se fijaron que iba para allá, se levantó uno primero, como que era el bueno. A ese fue al que empujé y me tiró un putazo, no sé si me dio o no, pero le agarré el cuello de la camisa con una mano y con la otra le solté el primer fierrazo en la boca del estómago. Sentía que no le hacía nada, por eso le seguí tirando”.

—¿Cuántos fierrazos le diste? —pregunta, espontaneo, uno de los integrantes del equipo de futbol.

—Pues los del Ministerio Público dicen que fueron como ocho, yo ni sé porque el corazón me golpeaba bien duro el pecho.

—¿Y luego qué hiciste? ¿La gente empezó a gritar?

—Pues cuando guardé el filero y corrí entre la gente para la salida, miré que una morra se desmayó. Nos fuimos en el carro de mi compa, él iba todo trabado y yo no sabía ni qué hacer, sentía la patraña, así que le dije que me bajara allí mismo. “En cuanto me bajé, desafané el filero. A pesar de la temblorina traía buena puntería porque cuando lo tiré hacia una alcantarilla se fue por el puro medio de los fierros.

“Le seguí caminando, la calle estaba sola. De repente escuché un chingo de sirenas de patrullas, pero se fueron de paso, en la misma dirección que se fue mi compa en su ranfla.

“Estaba desesperado y no sabía qué hacer, así que me metí a una casa y le marqué a mi amá, pero no contestó. Luego le marqué a mi hermana y en el último timbrazo respondió. ‘¡Hey, ¿qué pasó, por qué me marcas a esta hora?’, me dijo. Y sin muchos rodeos y con desespero le dije: ‘Maté a un morro en una fiesta’. Ella se quedó callada un rato y luego me regañó: ‘No estés jugando’. ‘Es neta, maté a un morro’, le volví a decir.

“Las patrullas comenzaron a oírse de nuevo a lo lejos y esta vez no se fueron de paso. Se metieron en la calle donde me encontraba y en pocos segundos las luces comenzaron a golpear las paredes de la casa donde estaba escondido. Los chotas se bajaron a buscarme. Mi hermana me había colgado y en ese mismo instante me volvió a marcar. Ahora su voz era como de pánico, preguntaba ‘¿dónde estás?, ¿por qué lo hiciste?, ¿qué vas a hacer ahora?, te van a matar a ti también o te meterán a la cárcel por muchos años’. Mi carnala no me dejaba hablar, colgué la llamada y me puse de cuclillas. Mientras esperaba a que me agarraran porque sentía que ya estaban cerca los policías, recordé que cuando estaba en la fiesta fumándome el cigarro y tomándome unas cervezas, estaba muy a gusto.

“En eso miré las botas de un policía que se paraba frente a mí. Antes que me pusiera la mano encima recuerdo que pensé: de una u otra manera hubiera valido madre, allí mismo en la fiesta o en cualquier otro lugar, los morros me traían a pan y verga tirándome la fiera y no sé por qué. Ya cuando sentí que el policía me agarró de la camiseta, al irme parando, me dije: ‘Pues ya qué, actué por decisión propia, en este rollo no hubo drogas de por medio, ni estoy en la mafia ni soy sicario, al morro lo maté porque yo solo quería recuperar la paz que me estaban robando’”.

Con desasosiego, entre las muchas miradas, el viernes cae mientras la tarde cierra con la última frase del Niño: “Yo solo quería recuperar la paz que me estaban robando”, al ritmo de los pasos de presos que se encaminan de nuevo al interior de sus celdas, en la más pura nostalgia de un sol que se pone y anuncia el inicio de la noche. La noche, otra vez.

*Texto tomado del libro Matar / Crónicas desde el infierno (Ediciones Proceso, 2020), de Carlos Sánchez, y que Salida de Emergencia reproduce con la autorización de su autor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *