José Vicente Anaya en 2018. / Foto de Alejandro Arras. (Wikipedia)

Homenaje a José Vicente Anaya

El poeta, ensayista, traductor, editor y periodista cultural falleció el pasado 1 de agosto.

Fue poeta, ensayista, traductor, editor y periodista cultural. José Vicente Anaya falleció a los 73 años de edad, en la madrugada del pasado 1 de agosto. Nacido en Villa Coronado, Chihuahua, el 22 de enero de 1947, Anaya hizo sus estudios de Sociología y de Letras hispánicas en la UNAM. Fue uno de los fundadores del Infrerrealismo. De 1981 a 1983, fue jefe del departamento editorial en la Universidad Autónoma del Estado de México. De 1997 al 2008 fundó y codirigió la revista de poesía alforja. Fue, además, uno de los más destacados traductores al idioma español de los poetas de la Generación Beat, y de autores como Antonin Artaud, Carl Sandburg y Jim Morrison. Escribió los libros de poesía: Los valles solitarios nemorosos (UNAM, 1976); Morgue (UAEM, 1981); Híkuri (Universidad Autónoma de Puebla, 1987); Peregrino (Ediciones alforja, 2002); así como Paria (Ediciones sin nombre, 2010). El periodista y escritor Víctor Roura recupera este texto, a manera de homenaje…


Jim Morrison, un hombre de palabra

En el año 2008 el poeta José Vicente Anaya (Chihuahua, 1947-2020) me llamó para pedirme unas líneas para un nuevo libro suyo: Una oración americana, la obra póstuma del malogrado cantante y compositor norteamericano Jim Morrison (1943-1971) que acababa de traducir al castellano. Un día después le entregaba el texto, que sirviera de prólogo a su libro, con el mismo título que Morrison propusiera, que editara en 2009 Ediciones Laberinto en su colección “Poesía de Largo Aliento”. Ahora que José Vicente nos ha dejado, fallecido a sus 73 años de edad en la madrugada del pasado 1 de agosto, presentamos aquel prólogo en su homenaje. Pocos, en efecto, como él para entender la poesía roquera.

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El grupo The Doors no hubiera sido importante si en sus filas no hubiese estado integrado James Douglas Morrison, que a sus 27 años renunció a la fama roquera, sin que lo supieran ni Ray Manzarek (Illinois, 1939-2013), ni Robby Krieger (Los Angeles, 1946), ni John Densmore (Los Angeles, 1944), que esperaban, ansiosos, y finalmente en vano, que retornara de París, donde fue supuestamente a tomarse un respiro al lado de su amada Pamela, que soportaba todas y cada una de las impertinencias del cantante.

Y, a pesar de la fluida sonoridad de sus acordes, siempre al servicio de la voz de Morrison, y de sus altanerías, de sus rebuscamientos o de sus simplezas, es un hecho que sin las composiciones del poeta The Doors quizá se habría quedado en la mediana estructura rítmica de un, digamos, Big Brother and the Holden Company, que no hubiera pasado a la historia si en sus filas no hubiese estado integrada Janis Joplin, muerta un año antes que Morrison, pero sin las preocupaciones formales de éste por la escritura.

¿Qué era Jim Morrison: un cantante o un poeta? Como lo primero, se asemejaba más a un poeta disidente, salido de las barricadas del 68, en la disciplinada resistencia de incomodar a los poderes establecidos. Como lo segundo, se ponía a la altura del roquero inconforme, hastiado de las convenciones modernizadas de las nacientes empresas discográficas, que muy pronto rebasarían a la industria cinematográfica en su vitalidad económica.

En el rock, los poetas se confrontan a sí mismos como líderes roqueros, de ahí sus visibles inconstancias musicales o sus inmoderados devaneos con la palabra que se niega a ser únicamente una nota musical, sino se desea otra cosa: un espíritu que no se ciña al catálogo melódico, sino quede apresado en la eternidad literaria, que es muy otra cosa.

Por eso Morrison, en su conferencia de prensa parisina, unos días antes de su muerte, decía mostrarse entusiasmado por un nuevo libro suyo poético, que era lo que de veras lo satisfacía. Porque el vocalista de The Doors era uno componiendo rock y otro escribiendo para sí, si bien hay cierta conjugación literaria en varios de sus trazos roqueros. No en balde Hervé Muller, por ejemplo, se ha atrevido a decir que “The end” es “la canción más discutida de la historia del rock” por aquello de que a su padre lo quiere matar y a su madre la desea, dejando a los exégetas del rock completamente mareados buscando la exacta dimensión profética de sus palabras.

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Pero el Morrison roquero más cercano a sí mismo es, sin duda, el que aparece en su disco póstumo, que él por supuesto jamás imaginó porque se trata de una valoración enteramente poética llevada a la música sin su autorización. Una oración americana, acaso sin pretenderlo su autor, mas grabada por su propia voz para calibrarse tal vez la tensión y sus desmesuras, ha sido, es, una especie de hito para todo roquero poeta que se precie como tal. Quizá Leonard Cohen, Nick Cave, Tom Waits o el propio Bob Dylan desearían tener un disco de esa magnitud: la voz poética acompañada por la música, no la música acompañada por la voz poética; es decir, la música nacida de la misma entraña poética, no la poesía buscando acomodarse al planteamiento musical: un experimento netamente literario, que ni el propio Jim Morrison probablemente pudo llegar a concebir.

En esta pieza literaria (como lo ha pretendido siempre Dylan creando su narrativa recubriéndola de música posteriormente) descubrimos a Morrison en su desnudez lingüística, que sirviera a la vez de conclusión musical a sus excompañeros Manzarek, Krieger y Densmore, que luego se quedaran como paralizados en sus propias creaciones instrumentales, dando por asentado, ni modo, que The Doors sin Morrison simplemente no podía existir.

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José Vicente Anaya, poeta él, se adentra literariamente en el mejor Morrison en su An American Prayer y nos lo traduce con su versión inmejorable de roquero atento a la sensibilidad musical. Porque una cosa es cierta: Una oración americana, aunque no lo queramos, es un trabajo roquero, una conferencia literaria llevada al extremo de la sonoridad del rock: el único trabajo de esta envergadura musical que suena espontáneamente bien porque la voz y el acompañamiento instrumental fueron, de manera paradójica, construidos, !ay!, de modo asimétrico. Lou Reed lo había intentado con su labor discográfica The Raven, en 2003, y Laurie Anderson ha buscado concretar esta dualidad sonora en algunas grabaciones suyas, no sabemos si con fortuna o infortunadamente.

Pero Una oración americana tiene que entenderse hasta el fondo para poder captar, o asimilar, al autor en su descontento social, en su profunda melancolía humana, en su desazón amorosa, en su angustia existencial, pues el mundo hispanoamericano está lejos, a veces, de las concepciones del imperio (tal vez el único día en que coincide con su jolgorio es durante esa fiesta típica estadounidense que es la entrega de los Oscar, a la que se ha rendido hasta el medio informativo más declaradamente progresista), y ésta es una buena oportunidad, llevados de la mano de José Vicente Anaya, de sumergirnos a los decires de este poeta roquero que no quiso saber más del mundo en julio de 1971, quizás harto del rock, nunca de la poesía.

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La obsesión de Jim Morrison por el pasado indígena norteamericano no lo dejaba en paz. Y en su oración literaria la vuelve a abordar. En versión de José Vicente Anaya, Morrison reflexiona:

Por la vasta playa radiante de la enjoyada Luna fría corren parejas desnudas por la zona del silencio y nosotros reírnos como dulces niños locos,

contentos bobos cerebros blandos de la infancia. Estamos rodeados de voces y de músicas.

Los ancianos tararean y escogen el tiempo que una vez más ha regresado, ahora,

lo escogen y tararean bajo la Luna al lado

del Tiempo Ancestral.

Está de vuelta el suave bosque.

Regresa el sueño de fuego. ¡Vengan con nosotros!

Los destrozos están danzando.

Indios esparcidos por la supercarretera, espíritus que sangran se agolpan contra la frágil cáscara del huevo en la mente del niño.

“Yo y mi —ah, madre y padre— abuela y abuelo íbamos en un carro atravesando el desierto, al amanecer, y encontramos una troca llena de trabajadores indios que había chocado contra otro carro, o, más bien, no sé qué sucedió, pero ahí estaban los indios esparcidos por la supercarretera, sangrando de muerte.

Nuestro carro se coleó, hizo alto. Fue la primera vez que conocí el miedo. Yo tenía cuatro años —niño que es como una flor— en la brisa flotaba mi cabeza,

Mirando al pasado, me doy cuenta hoy

—al pensar en el suceso— que las almas de aquellos espíritus de los indios muertos…

tal vez una o dos…

corrían alrededor, haciendo extravagancias, y entraron en mi alma. Y siguen estando ahí.

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Y la muerte en su oración última no podía faltar:

¿Quién puso a danzar a la muerte?

¿Fue la joven que, de su ilustre hijo, aprendió la música de la canción del espíritu? ¿Fueron los niño sabios?

¿Fue el mismísimo espíritu de Dios

ciegamente balbuceando, animándose, charlando?

Te he llamado para ungir a la Tierra.

Te he llamado para anunciar que la tristeza cae como piel quemada.

Te he llamado para desearte todo bien

y la misma gloria como monstruo nuevo.

Y ahora te llamo para que juntos recemos.

¿Podemos resolver el pasado al esconder quijadas y dividir el tiempo?

El apoyo para alcanzar la madurez, en un sitio seco,

se encuentra en hoyos y cavernas.

Mi amigo maneja durante una hora, cada día, desde las montañas. Con libros en tu regazo andas a tropiezos en autobús. Durante la danza del amanecer

Alguien mató a un pájaro de un balazo.

Regalaron discos a la mejor pareja.

Los eunucos mueven bien sus caderas en el baile.

La música era nueva, como un cromo negro pulido y

cayó sobre el verano cual noche líquida.

El DJ tomó pastillas para no dormir

en siete días haciendo música.

Llegaron al estudio y había uno

que lo conocía, que

conocía al conductor de T V.

Llegó a nuestra fiesta para tocar

discos y cuando salió al ardiente Sol del mediodía

caminó hacia su carro, en el parabrisas los encorbatados escribieron:

CH-Í-N-G-A-T-E

él lo borró con un trapo blanco

y, sonriendo, echó a andar su carro.

Es rico. Su automóvil es enorme.

Mi pandilla te atrapará.

Escenas de violaciones en el arroyo, seducciones en automóviles, rascacielos abandonados,

peleas en los comederos.

Polvo.

Zapatos.

Camisetas abiertas y collares que vuelan.

Brillantes cabelleras esculpidas.

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En un momento dado, Morrison dice en su oración que él es un hombre de palabra. “Y siempre lo seré”, afirmaba.

Y aún hay roqueros que le creen.

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