Enterrados

Como con otros dispositivos, el smartphone libera y esclaviza a la vez. Y no, no se trata de un cliché.


¿Recuerda la película de Buried (2010), esa excelente cinta cuyo guión fue escrito por Chris Sparling, dirigida por Rodrigo Cortés y protagonizada por Ryan Reynolds? En ella, un contratista estadounidense que labora en Irak despierta dentro de un ataúd. Ha sido enterrado vivo. A la mano sólo tiene tres objetos de los cuales dependerá su vida: un encendedor, un bolígrafo y un teléfono celular. Este último se convertirá en el medio de comunicación que le permitirá mantener contacto con el mundo, negociar el pago de su rescate y tratar de salvar, así, su existencia. Paulatinamente, el protagonista recordará cómo fue que llegó ahí. El celular se convertirá en su única conexión con la “superficie” y con la vida.

Aunque el objetivo de este one man show no fue hacer de las interacciones mediadas por tecnologías su tema central, lo ilustra parcialmente y con ecuanimidad. En la lógica de “me conecto, luego existo”, el escritor e investigador Israel Márquez nos ha recordado atinadamente que “algunas encuestas de hábitos mediáticos han demostrado que un teléfono móvil, o más bien un smartphone, es a menudo el primer objeto que toca un sujeto al levantarse y lo último que utiliza cuando se va a la cama”. A las nuevas generaciones, el smartphone las puede recibir al nacer, y a las viejas las puede despedir antes de morir. Testigo predilecto, hoy, de vida y muerte, es el dispositivo tecnológico (quizá) más importante para el ser humano. La facilidad para operarlo, para llevarlo de un lado a otro, su empequeñecimiento, su abaratamiento, su ligereza, su capacidad de registro, envío y recepción de información, así como su capacidad de comunicar lo han colocado en el centro de nuestras vidas. El teléfono celular podría ser, acaso, el dispositivo más emblemático del “paradigma de la convergencia” o más representativo de la convergencia cultural.

Mientras el viejo y equivocado “paradigma de la revolución digital presumía que los nuevos medios desplazarían a los viejos”, dice el profesor de comunicación Henry Jenkins, “el emergente paradigma de la convergencia asume que los viejos y nuevos medios interaccionarán de formas cada vez más complejas”. El teléfono celular ha logrado integrar cualquier cantidad de funciones que ofrecían distintos dispositivos. Gracias a su posibilidad de conexión a Internet y su interoperabilidad, sus funciones se han ampliado. La integración de aplicaciones para realizar acciones cotidianas simples y complejas, ha elevado nuestra dependencia hacia él. Sin lugar a duda, es uno de los objetos más importantes en la vida cotidiana del tiempo presente.

Es probable, incluso, que usted esté leyendo este artículo en la pantalla de su celular mientras se encuentra en el baño o en la cama o en la sala de su casa o en su oficina. Quizá no se haya dado cuenta aún de cuántas de sus actividades cotidianas dependen del celular. O de cuántas horas pasa frente a la pantalla del mismo. O del tiempo que acumula a lo largo del año utilizando distintas plataformas. Hoy día puede saber todo esto de manera sencilla gracias a alguna aplicación o habilitando una simple función en el mismo dispositivo. El celular, además, puede ser utilizado como despertador, agenda, radio, televisor, cine, reproductor de videos, grabadora de audio, block de notas, asistente personal, casino, galería de imágenes, temporizador, mensajero instantáneo, buzón de correo electrónico, editor de textos, de páginas web, estudio multimedia, sismógrafo, GPS, banco, escáner, lector de códigos QR, cámara fotográfica, etc. Y también para hacer llamadas. La función esencial para la que fue creado ha quedado relegada cada vez más de manera sistemática. De acuerdo con datos de julio de 2020 de la agencia de marketing y comunicación We Are Social, somos más de 5.15 mil millones de usuarios de teléfono celular, lo que equivale al 66% de la población mundial; Internet tiene una penetración del 59 % y los social media users del 51%. Esto quiere decir que más de la mitad de la población de todo el mundo dispone de un teléfono celular, está conectada a Internet y es usuaria activa de algún social media. Y sí, no se trata de un cliché: el teléfono celular es un dispositivo —como muchos otros— que libera y esclaviza a la vez.

Muy a pesar de la generación de nostálgicos restauradores, la utilización de los dispositivos fijos y móviles con conexión a Internet durante el confinamiento (también con datos de We Are Social), ha resultado fundamental para realizar actividades como obtener información acerca de la covid-19, permitir la educación a distancia de los hijos, lograr que las personas estén en contacto con sus familias, trabajar, mantener entretenidos a los hijos, ayudar a hacer las compras, pedir alimentos a domicilio, ayudar a tener acceso a médicos e información en el cuidado de la salud, ayudar a las personas a ejercitarse y a mantener o mejorar los ingresos. Durante el confinamiento, como puede deducirse, la utilización de todo tipo de dispositivos con conexión a Internet se incrementó significativamente.

Debido a que la situación de “encierro” ha suprimido en buena medida uno de los elementos esenciales de la interacción social y de la vida cotidiana, que es la condición de copresencia física, los dispositivos tecnológicos han intentado llenar ese vacío sin mucho éxito. Pero si sumamos a esto la condición de distancia necesaria e institucionalizada por las políticas sanitarias para salvaguardar el bienestar individual y de la comunidad, la cosa empeora un poco más. Vernos sin tocarnos. Vernos sin abrazarnos. Vernos y hablarnos sin acercarnos demasiado. Vedere ma non toccare devino política y llamado a la responsabilidad sociales. Esta situación de confinamiento ha dejado ver lo que los interaccionistas sabían de sobra: que la condición de copresencia física es parte fundamental de la vida social. Que, sin ella, muchas de las cosas que hacemos en lo cotidiano pierden sentido. Que se hace un vacío que no puede llenarse con nada. En su tiempo, las risas grabadas en los programas pretendían favorecer la risa del espectador en situación de claustrofilia doméstica. Hoy día, las televisoras hacen malabares para dar la ilusión de tribunas ocupadas en los eventos deportivos con pequeñas pantallas digitales de los aficionados que están en sus casas. En algunos estadios de futbol se han colocado “hinchas de cartón” para tratar de enfrentar el vacío que genera la ausencia de la gente. La falta de copresencia física, en algún sentido, nos ha enterrado, dejándonos con los teléfonos celulares en las manos (como en Buried, la película que se mencionó al inicio).

Mientras las célebres nulidades de la televisión transmiten desde la comodidad de sus casas y apartamentos de lujo, mientras se muestran de manera grosera e infame desde sus piscinas, sus jardines o sus casas en la playa, mientras siguen atentando contra la cultura generando contenidos de ínfima calidad, afuera, en las calles, se vive el espectáculo indigno de ser televisado: el que no es susceptible de ser nombrado, ni tocado por la magia de la industria de medios; el que no está enterrado, sino en la superficie. Es decir, el que es real. Gente sin empleo, sin casa, sin trabajo, sin comida, sin familia, sin “megas” para comunicarse siquiera.

Prescindir de la copresencia física en una situación como la que estamos viviendo es un lujo, no una cuestión de voluntad. ¿Cómo se le dice a la gente que tiene que ganarse el pan a diario que se quede en casa? ¿Cómo se le dice que si sale es irresponsable? Mientras la gente siga enterrada con el celular en la mano podrá seguir aplaudiendo y divirtiéndose con los espectáculos despolitizados e indignos que les ofrecen los reality shows, que han demostrado que no sólo funcionan bien durante el verano cuando la gente suele irse de vacaciones, sino también en situación de confinamiento. Mientras la gente siga enterrada con el celular en la mano podrá mantener entretenidos a sus seguidores en TikTok y garantizar así su membresía al club de los idiotas de esa o cualquier otra plataforma afín. Mientras la estupidez siga triunfando sobre la razón habrá millones de personas dispuestas a preocuparse más por lo que acontece en los reality shows o en los programas conducidos por chismosos profesionales, que por lo que pasa en la superficie. Solo los enterrados seguirán atreviéndose a firmar sus publicaciones con frases huecas y sin sentido como “síganme para más consejos”. Sin copresencia física, entregados de manera dócil al entierro, la fuente del pensamiento, que es la conversación, ha perdido también. Enterrados y con el celular en la mano, los medios seguirán llevando la batuta en la organización del pensamiento y los afectos.

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