Eliseo Diego.

Eliseo Diego: cien años de oscuro esplendor

Prosista, traductor, ensayista, y, sobre todo, poeta, este 2 de julio se cumple el centenario de nacimiento del escritor cubano.

Este 2 de julio de 2020 se cumple el centenario de nacimiento de Eliseo Diego, escritor cubano nacido en la Habana en 1920 y fallecido en la Ciudad de México en 1994. Bautizado bajo el nombre de Eliseo de Jesús de Diego y Fernández-Cuervo, Eliseo Diego —como después él mismo se llamaría— se doctoró en pedagogía en la Universidad de la Habana, y posteriormente fue profesor de inglés y literatura estadounidense e inglesa en la Casa de las Américas. Fue notable su trabajo como traductor de Virginia Woolf, Edgar Allan Poe y R. L. Stevenson (desde el inglés), así como de la obra de Pushkin y otros poetas rusos. Además, fue miembro del comité de redacción de la revista literaria Clavileño y de la redacción del importante grupo Orígenes, junto a José Lezama Lima. Eliseo comenzó su carrera literaria en el perímetro del cuento; sin embargo, pronto fue la poesía la que no sólo absorbió su interés, también fue donde desarrolló su más reconocida obra, publicando, entre otros títulos: En la calzada de Jesús del MontePor los extraños pueblosA través de mi espejoLos días de tu vida; Soñar despierto; o Cuatro de oros. Prosista riguroso, traductor implacable, agudo ensayista, y, sobre todo, excelso poeta, Eliseo Diego fue sin duda uno de los habaneros más queridos del siglo XX cubano, pero, también, uno de los más importantes escritores e intelectuales latinoamericanos en el ámbito internacional. Ahora, para celebrar el centenario de su natalicio, publicamos esta entrevista que le hiciera el periodista cubano Ciro Bianchi Ross.[1]


Los inicios

—Lezama Lima me contó que fue a instancias suyas que usted decidió dar a conocer el poemario En la calzada de Jesús del Monte…

—Eso es absolutamente cierto. Concluí En la calzada de Jesús del Monte en 1947 y se imprimió en 1949. La edición original tiene las dos fechas, lo que debe ser un dolor de cabeza para los bibliotecarios. Tardé dos años en decidir si lo publicaba o no. Tenía miedo de mostrarle el manuscrito a Lezama y que no le gustara. Nosotros (hablo de Cintio Vitier, de Fina García Marruz, de Octavio Smith…) éramos muy tímidos con relación a Lezama hasta que descubrimos que él era más tímido que cualquiera de nosotros.

“Pero un día me dijo: Si usted no acaba de publicar En la calzada… me veré obligado a hacerlo bajo mi firma. Cuando el poemario estuvo impreso, mantuve la edición íntegra almacenada en mi casa de Arroyo Naranjo durante largos meses; no le envié un ejemplar a nadie. Lezama insistió de nuevo. Me pidió que fuera a su casa con todos los libros. Yo no quería, pero Bella terminó por convencerme. Una vez allí, me dijo: vamos a dividir los ejemplares en tres grupos: en el primero estarán los libros para los amigos y los poetas que admiras. En el segundo, los de la gente que te interesa que lo tenga. Y en el tercero, los de la gente que no te interesa, pero que es conveniente que sepan al menos que publicaste un nuevo título. Hecha esa distribución, comencé a dedicar los volúmenes”.

—¿Qué opinión tiene sobre su propia obra publicada?

—Siempre he tenido la preocupación por el libro organizado, armonioso, de que cada uno de mis poemarios tenga su propia figuración. Escribí En la calzada… con mucho entusiasmo, con energía, con la vitalidad del hombre de veintitantos años, pero no estaba contento con el libro; había páginas que me parecían y me siguen pareciendo apresuradas. Un crítico cubano dijo que En la calzada de Jesús del Monte anuncia toda mi poesía posterior, que lo que hice después está ya en ese libro. Es cierto. Todo lo que he hecho comenzó con ese poemario, evidencia, claro, un desarrollo y un enriquecimiento.

—Usted ha dicho más de una vez que su título preferido es El oscuro esplendor.

—Lo he repetido mucho, pero ahora llego a la conclusión de que el mejor es En la calzada… Gracias a ese poemario tengo la suerte de que los más jóvenes y, por supuesto, las muchachas, lo que es todavía más reconfortante, me vean y me hablen como a un amigo. Un día iba por la calle y una muchacha se me paró delante y se echó a llorar. “¿Usted es Eliseo Diego? Mi novio y yo lo amamos”. Me dejó estupefacto. Tanto como aquella vez en que otra muchacha me dijo que En la calzada… “la había ayudado a vivir”.

“Eso sucede porque están en comunicación con el joven que escribió ese libro, estamos, ellos y yo, de igual a igual. Es como en un cuento de hadas y yo soy el muchacho de veintitantos años a quien el maleficio de una bruja o de un príncipe envidioso y malvado convirtió en un viejo. Me gusta pensar así ahora en que estos 73 años me molestan bastante”.

—Los niños también lo conocen y lo aman.

—Es que me leen desde muy temprano en sus libros escolares. Hace algunos años el Ministerio de Educación llamó a un grupo de escritores para que asesoráramos a los pedagogos en la confección de libros de texto. Eso hizo posible que en ellos entraran poetas como Juan Ramón Jiménez, Amado Nervo, Lope de Vega… qué sé yo. Nos pedían también otras cosas. Un día me dijeron que escribiera sobre mi casa, mi casa en mi cuadra, mi cuadra en mi barrio, mi barrio en mi ciudad, mi ciudad en mi provincia, mi provincia en mi patria y mi patria en el mundo… y que lo hiciera en dos cuartillas para niños de segundo grado. Fue un ejercicio tan arduo y tremendo que me obligó a aprender a escribir.

—No fue ése, ciertamente, su primer acercamiento al mundo de la literatura para niños.

—Así es; a comienzos de la Revolución estuve al frente del Departamento de Literatura y Narraciones Infantiles de la Biblioteca Nacional José Martí, de La Habana… Tuve una infancia privilegiada. De niño, pude leer lo más valioso y representativo de la literatura infantil. Vivía en la poesía de esos libros y no sentía la necesidad de escribir. Me percaté, sin embargo, de que la mayoría de los niños cubanos no tenía la misma suerte. Los libros venían de España, de México, de Argentina; eran caros, y un obrero o un campesino, puesto a elegir entre la adquisición de un libro o de un litro de leche para sus hijos, no vacilaba en la elección.

“La Revolución tuvo el acierto de designar a María Teresa Freyre de Andrade como directora de la Biblioteca Nacional. Y ella tuvo la feliz iniciativa de crear la primera biblioteca pública para niños que existió en Cuba, y eso propició que nuestros lectores más jóvenes se pusieran en contacto con libros a los que hasta ese momento no tenían acceso.

—¿Ve en esa aceptación, que su obra despierta en los jóvenes, el comienzo de la inmortalidad?

—No me hago esa ilusión. Pero, por lo pronto, es agradable.

Eliseo Diego. / Ilustración de Rapi Diego.

La poesía, ese necesidad

—En un mundo en el que cada vez se lee menos, ¿cuál es el papel de la poesía?

—Sobre la poesía como género en decadencia y el fin de la novela, se ha especulado bastante. Yo diría como aquel poeta: “Los muertos que vos matáis, gozan de buena salud”. Y es que la poesía no es un lujo, sino una necesidad que debe satisfacerse. Comencé a escribir cuando sentí la nostalgia de lo que me faltaba. Lo hice como una necesidad.

“Decir Poesía, con mayúscula, es decir creación. El término Poesía viene de una palabra griega que significa ‘acto de crear’. Abarca todas las artes: la música, la pintura, la literatura, el teatro… y no sólo al género literario que conocemos como tal.

“Hace ya unos cuantos años, un escritor hoy casi olvidado, Georges Duhamel, escribió su libro En defensa de las letras. Entonces no existía la televisión, pero sí había cine, radio, libros ilustrados. De manera que no es reciente la preocupación por la muerte, la decadencia de la literatura, aunque se acrecentó a partir de la televisión… El ser humano es capaz de muchas sorpresas y el interés por la lectura podría intensificarse pese a la fuerza y la atracción de la imagen en movimiento”.

—Muchos de los que lo visitan dicen que entrar en su estudio es como estar en otro mundo, un mundo aparte. Fuera, el calor, la agitación, el ruido, la lucha por la subsistencia. Dentro, la calma, un tiempo que transcurre fuera del tiempo. ¿Hasta qué punto vive Eliseo Diego al margen de las contingencias cotidianas?

—No vivo ajeno a nada. En efecto, yo tengo mi mundo. Aquí escribo, aquí están los autores que leo, me rodea esa atmósfera que tal vez adviertan los que me visitan. Me aíslo, o trato de hacerlo, en ese mundo. Pero de eso a decir que vivo ajeno a la realidad del país, va un trecho largo.

—Un poemario suyo lleva por título Entre la dicha y la tiniebla. ¿Vive así Eliseo Diego?

—No lo sé. Hay alegrías y tristezas y entre esos dos polos transcurre la vida humana. Viene la muerte de los padres, la de los amigos más queridos… eso sería la tiniebla. La dicha… bueno, la luz, una buena conversación, la poesía. Solo existe la buena poesía.

“Uno de los poemas más trágicos de la lengua castellana lo escribió una mujer, Gabriela Mistral. Se titula ‘Nocturno de José Asunción’: Una noche como esta noche, / de Circe llena, esa sería / la noche de José Asunción, / cuando a acabarse se tendía… taladrada por la corneja / que en la rama seca fingía / la vertical del ahorcado / con su dentera de agonía…

“Unos versos tremendos, un poema trágico, sin duda, que me consuela en mi angustia. Si estás angustiado, te consuela un poema como ése, no un poema de amor ni satírico ni festivo; te reconforta un poema en el que alguien con la palabra fue capaz de dominar la angustia y convertirla en consuelo. La vida es trágica, pero vale la pena. Eso fue lo que quise decir con ‘entre la dicha y la tiniebla’…”

—¿Cómo escribe, Eliseo?

—Como y cuando me da la gana, al igual que casi todos los escritores de raíz hispánica. Lo hago a mano, muy lentamente, tachando. Cuando mecanografío un poema necesito que salga de la máquina como algo pulcro, sin mácula. Sólo así puedo decir si es bueno o no.

A través de mi espejo

—Usted ha dicho que la poesía queda demostrada, se realiza en la opinión ajena, en el asentimiento que provoque en el lector.

—Un poema, en realidad, es una conversación en la penumbra. Sólo se completa en el otro que lo recibe y recrea.

—Entonces, a su juicio, tan autor del poema es el que lo crea como el que lo recibe. ¿Exige, como Octavio Paz, la abolición del poeta que lo escribe para dar nacimiento al poeta que lo lee?

—El propósito de un poema es compartir la experiencia que se tiene de una misma realidad, y la realidad es una fuente inagotable de enigmas. Cuando se logra trasladar a la palabra uno de esos enigmas, es para compartirlo con otro. Y la única forma de que esa participación se lleve a efecto es que ese otro, el lector, recree a través de lo que está escrito la experiencia que quien lo escribió pretendió atrapar.

“Por eso no creo en la poesía totalmente explícita, de pura superficie. La poesía es una forma de significados posibles que permite al lector extraer la experiencia de que parte el poeta. Si todo está dicho en la página, nada tiene que hacer el lector”.

—Quisiera hacerle una pregunta que usted mismo se formuló ya una vez: ¿para qué escribir poesía si el esplendor de la realidad no será visto nunca sino a través de un cristal, oscuramente?

—El esplendor, la gloria de una planta, de una mañana, de un niño, de una muchacha, son de tal naturaleza que uno empieza por renunciar a atraparlos, pero, parejo a ello, trata de hacerlo. La dificultad que implica atrapar el esplendor se convierte en un incentivo, si bien es cierto que no se logrará sino a través de un cristal. Cuando Andersen dice: “Ah, los días del verano”, sabe que no podrá atraparlos en su cuento. A partir de esa imposibilidad, se siente el estímulo. Como decía fray Luis, “la música extremada”, es decir, extremarse al máximo para atrapar una realidad.

—Eliseo Diego, Premio Juan Rulfo 1993 [2]. ¿Qué viene después de ese galardón?

—Quién sabe. Trabajo en un nuevo poemario aún sin título, y es posible que recoja en otro algunos de los poemas que permanecieron al margen hasta ahora. Salón de rechazados quizás resulte un buen título para ese libro… Tengo inéditos algunos ensayos. Dos o tres. Uno de ellos sobre Catulo, el gran poeta latino, y su amante, Claudia, una de las mujeres más bellas de Roma, una mujer maléfica de la que Catulo se enamoró perdidamente.

“La humanidad está en deuda con Catulo: él fue quien primero imprimió en latín la palabra beso. Hasta entonces a la acción de besar se le denominaba con una palabra de origen celta: ósculo. ¡Qué horrible! Catulo tiene un poema dedicado a Claudia donde dice: ‘La punta de su pie inclinado en la sandalia esbelta’. Lindo, ¿verdad? Todo un hallazgo. Con ese poema quiso celebrar la entrada de la muchacha en la casa que un amigo le prestaba para sus citas. Parece que, al igual que nosotros, los antiguos tenían ya problemas de vivienda…

[1] Esta entrevista fue publicada originalmente en CubaPoesía: web del Festival Internacional de Poesía de la Habana.

[2] Fundado por la Universidad de Guadalajara como Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, fue entregado con esta denominación en sus quince primeras ediciones. De 2008 a la fecha, se le conoce como Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances.

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