Ilustración de J. J. Grandville (dominio público).

Ilustración de J. J. Grandville (Dominio público).

La estupidez

“Esta vez el sensacionalismo no vino sólo de los medios, sino de los vecinos… o de usted”.


No es el pánico lo que hace que las personas tengan reacciones desaforadas frente a las emergencias sanitarias, sino la estupidez.

En 1981 se publicó Die erfundene Wircklinchkeit (La realidad inventada), una compilación lograda por el filólogo y filósofo austriaco Paul Watzlawick. En su traducción al español, el largo subtítulo de esta obra (Wie wissen wir, was wir zu wissen glauben? Beiträge zum Konstruktivismus) se redujo a ¿Cómo sabemos lo que creemos saber? Lo que significa la palabra “creer” en la pregunta del subtítulo fue el tema del libro. Más que un texto sobre el constructivismo (la segunda parte del subtítulo podría traducirse como Contribuciones al constructivismo), es sobre la indagación de la realidad (y no está demás decir que a Watzlawick la palabra “constructivismo” no le sonaba bien).

Uno de los dos capítulos que incluyó en el libro —al que contribuyeron con textos originales, modificados o adaptados Ernst von Glasersfeld, Heinz von Foerster, Jon Elster, Gabriel Stolzenberg y Francisco Varela, entre otros autores— lleva el sugerente título de “Profecías que se autocumplen”. Aunque la idea de una profecía que se autocumple ya no representa algo completamente extraño para el sentido común, aún incita a confusiones. Una profecía que se autocumple, aseguraba Watzlawick, es una suposición que, por la sola razón de haberse hecho, convierte en realidad el suceso supuesto, esperado o profetizado y de esta manera confirma su propia “exactitud”.

No obstante, la definición es exagerada. No basta con decir “hoy seré feliz” para que eso se cumpla. Sería estupendo. Para admitir ideas como éstas habría que mandar muy lejos, de un puntapié, años de lógica y filosofía en la historia. Sin embargo, a la hoy denominada psicología positiva (que tiene poco de psicología y está plagada de simplismo) y a los optimistas estas ideas les vienen bien. El coaching, por ejemplo, ha logrado hacer de la psicología simplista (positiva), un negocio rentable. Así que no basta con la enunciación de la profecía para que ésta se cumpla (sólo las personas con un alto grado de estulticia podrían admitir, sin chistar, lo contrario). Pensar así, es pensar mágicamente: bajo la presuposición de que se puede pasar de golpe de una causa a un efecto (como atinadamente lo dijo Umberto Eco); donde la eliminación de la larga cadena de las causas y efectos representa su poder de fascinación (o más bien de seducción).

A pesar de haber definido las profecías que se autocumplen de una manera un tanto exagerada, Watzlawick alcanzó a reconocer que “la experiencia cotidiana nos enseña que sólo muy pocas profecías se autocumplen”. ¿Qué hace posible que una profecía se autocumpla? Nada más complicado y complejo que crear las condiciones para que el suceso esperado ocurra (tarea nada sencilla). ¿Dónde se esconde el elemento profético de la enunciación? En que hace posible una realidad que no se habría dado sin la enunciación misma. Es decir, sin la profecía. Y cuando una profecía se cumple, es como si el futuro enunciado se hubiese adelantado al presente (como si el efecto pudiese incidir sobre la causa). De ahí su capacidad de asombrar a los estultos. Una es la profecía (cualquiera puede enunciar una). Y otra la profecía que se autocumple (que son muy pocas).

El ingenioso Watzlawick, escudriñando en las ideas de filósofos como Karl Popper y Paul Feyerabend, se dio a la tarea de tratar de demostrar cómo es que las suposiciones anticipatorias, por ejemplo, son las que guían la investigación. Y nos recuerda uno de los célebres experimentos del psicólogo Robert Rosenthal, en el que los más de 650 alumnos de una escuela fueron sometidos a un “test de inteligencia” antes de comenzar el año escolar. Después, a las maestras les comunicaron que, según el test, había un 20% de alumnos que durante el año escolar tendrían rápidos progresos y un rendimiento por encima de la media. Además, se les entregaron los nombres de los supuestos superdotados (lista que se realizó al azar). Al terminar el año escolar, se realizó el mismo test y resultó que la inteligencia de los supuestos superdotados fue superior. El cuerpo docente, conformado por 18 maestras, señalaba que esos niños aventajaban a sus compañeros también en conducta, curiosidad intelectual, simpatía, etcétera.

El mismo Rosenthal, antes de publicar Pygmalion in the Classroom al lado de Lenore Jacobson, refirió un experimento análogo donde en vez de alumnos había ratas. Cuenta que a doce participantes de psicología experimental se les dictó un curso sobre investigaciones que demostraban que la cría selectiva de las ratas podía influir en las “experiencias de aprendizaje” de los roedores. Seis de los estudiantes recibieron 30 ratas con un supuesto historial genético de antología, lo cual las hacía buenas e inteligentes. A los otros seis estudiantes se les dieron otras 30 ratas con supuestos historiales genéticos empobrecidos. Los sesenta roedores fueron sometidos a los mismos experimentos de “aprendizaje”. ¿Ya se adelantó a los hallazgos? Bueno, los estudiantes a los que se les había dicho que trabajaban con ratas superdotadas, llegaron a la conclusión de que éstas eran particularmente inteligentes y que, incluso, se habían comportado desde el principio de un modo muy superior a sus primas disminuidas genéticamente. También Watzlawick nos recuerda que los investigadores Cordaro e Isan, en 1963, fueron más lejos: ellos cambiaron las ratas por lombrices y el resultado (ya lo supo) fue el mismo.

Pero salgamos del laboratorio. En marzo de 1979, dice Watzlawick, los periódicos comenzaron a publicar noticias sensacionalistas sobre una inminente reducción en el suministro de gasolina, lo que lanzó a una gran cantidad de desesperados californianos a consumir las reservas de combustible llenando sus tanques semivacíos. De la noche a la mañana (ya lo supo también), esos estólidos californianos habían hecho posible el pronóstico de escasez de combustible. ¿Vio a la gente comprando de manera desmedida en los centros comerciales anticipándose a la cuarentena anunciada por el gobierno para tratar de disminuir la letalidad del SARS-CoV-2, mejor conocido en los medios como covid-19? ¿Se convirtió en una de esas personas haciendo largas filas con el carrito del supermercado abarrotado de víveres y productos de limpieza?

Bueno, ahora ya tiene la explicación. Además, esta vez el sensacionalismo no vino sólo de los medios (que han difundido imágenes de largas filas y estantes vacíos), sino de los vecinos… o de usted. Como dijimos al principio: no es el pánico lo que hace que las personas tengan reacciones desaforadas frente a las emergencias sanitarias, sino la estupidez.

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