Foto de A. Fujii - NASA.

La muerte es una ilusión creada por la especie humana

Sin duda, este concepto ha sido uno de los más polémicos en la historia de nuestra especie.


No le temo a la muerte. He estado muerto
durante miles de millones de años antes de nacer,
y no he sufrido el menor inconveniente por ello.
Mark Twain

A pesar de los miles de años que nos anteceden, los humanos seguimos atados al mismo fantasma de la antigüedad. Un fantasma que ha sido llamado “muerte” y que ha perseguido al hombre desde sus inicios. No obstante —sin importar el tiempo que transcurra— los fantasmas no dejan de ser fantasmas. Y la muerte no es la excepción, pues su realidad, su naturaleza, es la de una mentira: la muerte es una ilusión creada por la especie humana, un concepto que carece de sentido una vez puesto a prueba.

¿Qué representa la muerte para nosotros? ¿Un proceso natural definido por las características biológicas de un cuerpo? ¿Un paso necesario para acceder a una vida celestial? ¿Parte de un proceso de reencarnación eterna? ¿Un dios? 

Sin duda, el concepto de muerte ha sido uno de los más polémicos en la historia de nuestra especie. Es un concepto al que se le han otorgado muchos significados. Aun así, en la mayoría de ellos se observa un patrón común: la muerte es tratada como el inicio o el fin de algo.

Sabemos bien que todo cuerpo posee un límite biológico tras el cual las funciones básicas no pueden mantenerse por lo que irremediablemente perece. Sin embargo, también sabemos que después de esta etapa lo que sigue es la descomposición de dicho cuerpo y su reintegración al medio que lo rodea. Vista de este modo, la muerte no representa el fin de nada.

Por otro lado, gran parte de las culturas del mundo ven a la muerte como el fin de una vida y el inicio de otra. Al analizar esta idea con detenimiento, nos podemos dar cuenta que desde esta perspectiva, entonces, la muerte carece por completo de significado, pues si existe vida después ella resulta obvio que no hay muerte. Por lo tanto, la muerte no existiría, solo habría un ciclo eterno de vida.

Perecemos, desde luego, como parte del proceso biológico de todo ser vivo. Pero en esta misma medida es posible negar con contundencia que la muerte sea el inicio o el fin de algo. El cese de todo ser o de todo cuerpo sólo representa una parte más de un proceso natural que se repite en todo el universo, sin importar el cuerpo del que se trate. Nada muere, sólo pasa de una a otra forma. 

Formas de vida

Si la muerte es el cese de la vida biológica, ¿qué es eso que se conoce como vida? La vida se puede definir como un sistema que puede producir sistemas similares a él, pero independientes. Los seres vivos, nos dice Stephen Hawking en sus Breves respuestas a las grandes preguntas (Planeta), suelen contar con dos elementos: un conjunto de instrucciones que les dicen cómo continuar vivo y cómo reproducirse, y un mecanismo para llevar a cabo esas instrucciones, dichos elementos son conocidos en biología como genes y metabolismo.

Una de las principales características de la vida —al menos de la vida humana— es aquella conocida como “conciencia”, y la capacidad que ésta otorga para percibir la existencia propia. Con base en ella es que se puede decir que se está “vivo”, pero dicha conciencia sólo pertenece a los humanos (y quizás a algunos animales). Pero hay una gran cantidad de entes considerados como “formas de vida” que no poseen conciencia. El ejemplo más común son las plantas. Entonces, ¿qué define lo que está vivo y lo que no lo está?

Ha sido la especie humana quien se ha catalogado a sí misma como “forma de vida” y, en consecuencia, ha catalogado a todo lo demás como vivo o no vivo. Aquí, el concepto de vida se vuelve completamente relativo ya que depende de una definición creada por la humanidad que pierde sentido fuera de la propia percepción humana. Incluso sin la aportación de la conciencia humana, eso que llamamos “formas de vida” seguirán existiendo; desde luego sin una etiqueta, pero dicha etiqueta no es necesaria para garantizar la existencia.

Aun si la vida es en realidad una ilusión creada por el pensamiento humano y carece de sentido en un ámbito externo, dentro del fuero interno de nuestra especie es de vital importancia y las personas se aferrarán a ella, a la vida, siempre que puedan, ya que es, de momento, lo que da sentido a la existencia humana, lo que rebasa el simple proceso biológico. ¿Pero no, acaso, lo que en verdad debiera otorgar sentido a la vida humana son la pintura, la poesía, la música, la literatura, la ciencia, la religión y todas las demás formas de expresión que sólo nosotros hemos sido capaces de crear y disfrutar?

La razón por la que los humanos temen a la muerte es porque están tan acostumbrados a la vida y se aferran con tal fuerza a ella que les es casi imposible concebir un mundo sin vida. Pero, curiosamente, podría decirse que lo más común en el universo es la falta de vida. El universo entero está compuesto por incontables átomos carentes de vida: las estrellas, planetas, plantas e incluso los seres humanos son acumulaciones de átomos por completo indiferentes a la vida.

El miedo que los seres humanos presentan ante la muerte es equivalente al miedo que profesan los niños hacia los fantasmas. Tanto el miedo a la muerte como el miedo a los fantasmas es alimentado por los cuentos. Así como los fantasmas habitan en las historias fantásticas, la muerte habita en la ilusión que la humanidad ha creado sobre algo inexistente: la muerte como el inicio o el fin de algo. Después de todo, ¿qué significado tiene la muerte en un universo tan falto de vida como de muerte? 

Una acumulación imperecedera de materia y energía

No hay cabida en el universo para la muerte. Todo lo que hoy existe es el resultado de miles de millones de años de evolución cósmica, desde el inicio mismo del universo hasta la fecha actual. Durante todo ese tiempo la muerte no ha tenido ninguna participación. Desde el más básico de los elementos hasta el más complejo, todos han sido creados en los núcleos de incontables estrellas. Estos elementos son los que hoy conforman el cuerpo de usted, lector.

Cada uno de los átomos que constituye todo lo actualmente observable e inobservable comenzó su camino en el inicio mismo del universo. Primero como átomos de hidrógeno y helio, que después se condensaron formando así las primeras galaxias y las estrellas. Estas últimas, según nos cuenta Carl Sagan en su libro Cosmos (Planeta), son lo verdaderamente importante, pues en sus núcleos transmutaron los elementos básicos en elementos cada vez más complejos que fueron esparcidos por el universo entero. De ahí mismo provenimos nosotros.

En este sentido, la muerte no es nada. Lo más común en el universo es la falta de vida. En su nivel más básico, todo está conformado por partículas elementales cuya existencia es por completo ajena a cualquier concepto de vida. Y si no existe vida, tampoco existe muerte. A pesar de ello, todo funciona perfectamente: continúan la expansión del universo, la formación de nuevas estrellas y planetas, la transformación de elementos en el núcleo de las estrellas… Es decir, todo sigue sin que importen conceptos tan banales como vida o muerte.

Cuando se ve en una perspectiva racional, la muerte pierde completamente todo posible significado. El universo no está vivo ni muerto. Los átomos que componen el cuerpo humano tampoco lo están. Los seres humanos son sólo uno de los muchos agregados de átomos existentes que, no obstante, de alguna forma se han catalogado a sí mismos como seres “vivos” y “mortales”, conceptos que no tienen significado fuera de la propia perspectiva humana.

Finalmente, la vida sólo es una acumulación imperecedera de materia y energía —componentes elementales que conforman todo lo existente y  datan desde antes del Big Bang—; materia y energía que, durante un tiempo, experimentan un efecto llamado conciencia, lo que crea la ilusión de ser algo distinto a todo lo que existe. Vida y muerte son, pues, ilusiones creadas por la imaginación humana. Nada más. Nada menos.

*El autor es estudiante de la carrera de Física en la Facultad de Ciencias de la Universidad Autónoma de Baja California.

Publicado originalmente en la revista impresa La Digna Metáfora, julio de 2019.

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