Emiliano Zapata. / Ilustración de Luis Fernando.

A un siglo de su muerte: Emiliano Zapata, el héroe incómodo

En la Hacienda de Chinameca, Morelos, el 10 de abril de 1919, hace ya cien años, es muerto Zapata a los 39 años de edad. La cobardía había triunfado, una vez más.

Por una argucia cavilada, una traición simulada con fusilamientos sórdidos, Jesús Guajardo convenció a Emiliano Zapata de que se uniría a él contra el federalismo carrancista. La emboscada resultó perfecta: en la Hacienda de Chinameca, Morelos, el 10 de abril de 1919, hace ya cien años, es muerto Zapata a los 39 años de edad. La cobardía había triunfado, una vez más.


Históricamente han existido, por lo menos, dos maneras en las que el poder en México ha representado a los héroes de la nación. La primera ha consistido en su mitificación, en su consagración en el santuario de las virtudes laicas, en el que, unidos por la indiferencia de los siglos, conviven tirios y troyanos, amigos y enemigos, víctimas y victimarios, todos aliados en pos de la elevación moral de la patria. La segunda, característica de las últimas décadas, aunque siempre asociada con el pensamiento conservador, se ha ocupado, por el contrario, de “desacralizar” a los personajes históricos, de presentarlos como seres de carne y hueso, plenos de defectos, de contradicciones, de dudas; de convertirlos en seres pusilánimes, de empequeñecerlos, e incluso de ridiculizarlos, caricaturizarlos.

La primera caracterización es propia de la fe en el Estado y su eficacia institucional. El régimen posrevolucionario hizo uso y abuso de esa estrategia en la que los héroes (expropiados de cualquier rasgo de peligrosidad) aparecían únicamente como preludio inevitable de la construcción estatal, ansiosa de una justificación gloriosa a falta del entusiasmo que no suelen generar los ministerios de Estado. En el recuento final, tal parecía que los héroes de las distintas fases fundacionales (la Independencia, la Reforma, la Revolución) habían luchado para erigir un régimen de partido hegemónico, orgulloso de su estabilidad económico-política.

La segunda caracterización, por su parte, tenía (y tiene) como finalidad la defensa irrestricta del mercado internacional y sus intereses privados. La “desacralización” de los héroes no es, por supuesto, un esfuerzo genuino por repensar la realidad histórica en toda su complejidad (aunque así lo propongan los “intelectuales” neoliberales, siempre anhelantes de un Maximiliano transnacional), sino la única forma que se encuentra de romper la hegemonía ideológica del Estado nacional para concluir con la superioridad de la economía mercantil globalizada.

En ambos casos, la vitalidad y la relevancia de los actores históricos quedan desfiguradas, y se los convierte en personajes inofensivos o ridículos, que, lejos de atentar contra los poderes establecidos, los justifican de una u otra manera. Los verdaderos héroes, sin embargo, los que contribuyeron a cambiar históricamente el país, son siempre personajes incómodos para los distintos poderes establecidos. Tal es, particularmente, el caso de Zapata.

En primer lugar, Emiliano Zapata no fue ningún personaje improvisado, motivado por una irrefrenable ansia de poder o por una acuciante rebeldía interior. Por el contrario, Zapata fue un verdadero representante del pueblo, elegido el 12 de septiembre de 1909 como portavoz de Anenecuilco, Morelos, para que le diera rostro a la lucha por la devolución de la tierra que les había y les seguía siendo arrebatada por las haciendas porfiristas. La relevancia del apellido Zapata en la región se remontaba a sus antepasados, que habían luchado contra la Intervención Francesa y habían ocupado, más tarde, puestos de elección popular. Emiliano Zapata dio, poco antes, sus primeros pasos en la política apoyando la candidatura de Patricio Leyva (un opositor al régimen de Porfirio Díaz) al gobierno de Morelos, pero su derrota catastrófica le demostró que ése no era el camino para cambiar las cosas.

En su defensa irrestricta de las causas del pueblo, Zapata luchó sucesivamente contra los gobiernos de Díaz, Madero, Huerta y Carranza. Nunca estuvo satisfecho con ninguno y a ninguno se sometió. Al estallar la revolución contra Porfirio Díaz, principalmente en el norte, organizó a los pueblos de la región para coordinar una lucha armada contra las haciendas por la devolución de las tierras. Su lucha fue acompañada por otros líderes de la zona, que también aglutinaron fuerzas militares importantes, pero con el paso del tiempo la coherencia de sus principios, la intransigencia de sus reclamos, la carencia de intereses personales y su respeto absoluto por el derecho de los pueblos lo convirtió en el líder indiscutido de Morelos y, más tarde, de toda la lucha revolucionaria en el sur del país.

Lejos de la imagen promovida por la derecha y los medios conservadores (el 20 de junio de 1911 El Imparcial encabezaba su edición con la leyenda “Zapata es el moderno Atila”), Zapata no fue ni un salvaje, ni un borracho, ni un saqueador descontrolado. En sentido contrario de sus perseguidores más férreos y sanguinarios (Victoriano Huerta, Juvencio Robles y Pablo González), quienes acostumbraban quemar pueblos enteros, concentrar a las poblaciones en zonas militarizadas y asesinar indiscriminadamente a hombres, mujeres, niños y ancianos que consideraban simpatizantes de los zapatistas, Emiliano Zapata exigió en todo momento a sus tropas y seguidores el respeto a los derechos de los pueblos. No siempre se pudo cumplir este propósito, ciertamente, pues en las revoluciones es imposible mantener un control absoluto sobre cada uno de los participantes, pero los principios eran claros y evidentes los contrastes con los enemigos. El propósito de los zapatistas y de su jefe fue, en todo momento, el de ocupar las regiones campesinas para devolver las tierras a las poblaciones originales, siempre en respeto de los usos y costumbres de cada zona.

Cuando Madero llegó al poder y se negó a llevar a cabo el reparto agrario por el que habían luchado los hombres del sur, Zapata y sus tropas no vieron otra alternativa que desconocer a Madero como representante de la nación y continuar la lucha armada para lograr la tan anhelada devolución de las tierras a los campesinos y pueblos. Así nació el Plan de Ayala (25 de noviembre de 1911), redactado por Otilio Montaño y firmado por el propio Zapata.

Esta lucha, sin embargo, no llegaría a su fin con la redacción del artículo 27 de la Constitución de 1917, que, aparentemente, significaba el triunfo legal de las expresiones campesinas y sociales más importantes de la revolución (las de Zapata y Villa). Desde 1916 Carranza había combatido sanguinariamente a las fuerzas zapatistas y había nombrado al general Pablo González para que llevara a cabo una ofensiva aniquiladora contra ellas y los pueblos que las apoyaban. Desde el fiasco de sus relaciones con Madero en 1911, Zapata no volvió a confiar nunca en los poderes establecidos y decidió que sólo una acción directa que llevara a cabo la reforma agraria de mano de los pueblos tendría éxito. Esto, por supuesto, lo volvió un personaje incómodo para el poder establecido, que no podía aceptar que ningún individuo ni grupo se arrogara semejante derecho.

Por lo demás, Zapata jamás buscó ni luchó por el poder. Siendo un campesino acomodado de Morelos, poseedor de buenas tierras, animales y herramientas de trabajo, no tenía ninguna necesidad personal para lanzarse a una empresa tan enorme y arriesgada como a la que finalmente se aventuró. Su lucha fue siempre en defensa de los pueblos y sus justos reclamos, por lo que su interés no era el de ocupar un cargo de gobierno ni, mucho menos, llegar a la presidencia de la República. Cuando se acercó el momento de la toma del poder, después de la ruptura con las carrancistas tras la Convención de Aguascalientes, y una vez consolidada su alianza con Villa, optó por apoyar al presidente nombrado por la misma convención. Es de sobra conocida su negativa a sentarse en la silla presidencial cuando él y Villa ocuparon Palacio Nacional.

El símbolo más poderoso de la incomodidad que aún genera la imagen real, genuina, de la lucha de Emiliano Zapata es el de su intransigencia a la hora de defender los principios revolucionarios contra todo intento de manipulación o tibia reforma; su intolerancia contra los poderes que buscan perpetuarse a costa de los derechos de los pueblos; su negativa a rendirse por una simple limosna. La imagen, la voz, el pensamiento, la conducta íntegra de Zapata fueron ayer, son hoy y serán siempre el más puro emblema de una revolución aún no concluida.

Publicado originalmente en la revista impresa La Digna Metáfora, abril de 2019.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *