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Medio siglo de ‘El País’

Prensa después de una dictadura

Mayo, 2026

El periódico español El País cumple cinco décadas de existencia. Si bien a lo largo de estos años ha tenido épocas de esplendor, también es verdad que ha tenido bandazos que, parafraseando el refrán, no manchan pero tiznan: desde censurar a algunos columnistas —por ejemplo, fue muy sonado el caso del filósofo y ensayista Fernando Savater— hasta mentir flagrantemente a sus lectores —escandaloso fue el reciente caso, en su edición en inglés, de aseverar en una nota periodística que el entonces presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, había dicho que buscaría la reelección, algo que por supuesto jamás pronunció; una frase eliminada casi de inmediato de su edición digital sin ninguna explicación de lo ocurrido. Al final, sin embargo, y como ellos mismos apuntan en un texto reciente: “El diario que nació como «independiente de la mañana» es hoy «el periódico global», con ediciones internacionales y otras específicas en Chile, México y Colombia”. Y añaden: “La historia del primer medio siglo de vida de este periódico es el relato de los profundos cambios políticos, económicos y sociales de un mundo convulso”, de nuestro tiempo. A propósito de esta efeméride, el periodista Víctor Roura ha redactado estas líneas.

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¿Qué es la buena prensa?

Cuando el franquismo por fin se diluyó en España —a la muerte del dictador el 20 de noviembre de 1975— dejando tras de sí una estela mortuoria pavorosa, el nuevo gobierno (llamado de Transición), que se pretendía democrático, estuvo dispuesto a coadyuvar presupuestariamente con la mejor prensa realizada en esa nación, de modo que los periodistas empezaron a practicar un modelo ejemplar de información, teniendo como consecuencia la creación de medios éticos irreprochables, como lo fue en su momento, por ejemplo, El País, que saliera a la calle por vez primera hace medio siglo, el 4 de mayo de 1976.

La “mejor” prensa, no la mediana, ni la regular, ni la frívola, ni la tendenciosa, ni la lambiscona, ni la partidista (de derecha o de izquierda, que a la mera hora acaso son centristas según de donde venga el dinero), ni la del “corazón” (como nombran los ibéricos a la prensa dedicada a auscultar la vida privada de las personas). La “mejor”, aunque fuese crítica del comportamiento de los funcionarios políticos; o, mejor dicho, porque precisamente la “mejor” prensa debía ser crítica, hacer crítica política fundamentada, no una prensa golpeadora, que esto ya es otra cosa: se “golpea”, como se ha vislumbrado aquí y allá, para tratar de conseguir la recepción de sobornos y dádivas de la persona o la institución “golpeada”, una práctica muy común, digamos, en México (no en balde hay articulistas muy prestigiados que reciben “sueldos” superiores por sus “críticas” golpeadoras o dadivosas, según cómo se comporte el clientelismo político), práctica que no finalizara ni en el actual morenismo a pesar de la evidente molestia que causaba al gobierno la contrariedad opositora a la que calificaba, raudo, de “conservadora”.

Ese fue el subrayado fundamental en España: se apoyaría el trabajo de la “mejor” prensa. En México jamás ha ocurrido tal cosa, porque el gobierno, de manera disciplinadamente sucesiva, ha dispuesto de su dinero (el erario) para compartirlo no con la “mejor” prensa sino con la “amigable”, con la inofensiva, con la que dice compartir su misma ideología, con la que no le da dolores de cabeza, con la que departe complicidades y comparte favoritismos: ¿cómo no iba a acordar, por ejemplo, con Mauricio Ortega, director de La Prensa hasta mediados de 2017 cuando, por fin, fue descubierto sustrayendo enseres de los jugadores de futbol americano luego, aprovechándose de su cargo, de finalizados los superbowls?, ¿puede uno imaginar, entonces, la clase de periodista que era cuando estaba al frente de un periódico popular como La Prensa?, ¿ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón?

Por desgracia para el buen periodista, esta situación también ha ocurrido durante el morenismo: el mismo padecimiento con otros nombres. No en vano una maravillosa canción de 31 Minutos dice, sin cortapisas: “Yo opino que el gobierno está en lo cierto y también equivocado, dependiendo de qué lado”, por supuesto, se halle el opinante: nunca como en el sexenio de López Obrador se vio tanto enfado, tanta ira, tanta incontinencia… y todo por la ausencia de dinero para unos y la desmesura de dinero para otros: la misma gata nomás que revolcada.

La historia de esta idónea mancuerna (prensa-gobierno: parcialidad-compensación: pacto-retribución) data de tiempo atrás. Álvaro Obregón decía que nadie resistía un “cañonazo” de cincuenta mil pesos, porque el periodismo, de acuerdo con el general, tiene un precio (y consecuentemente todo periodista también); José López Portillo, cuyo sexenio abarcó los años 1976 a 1982, afirmaba que él no pagaba a la prensa para que le pegaran, sino todo lo contrario. De hecho, nombraba “enanos del tapanco” a los que ejercían el oficio periodístico.

¿Toda la prensa, en efecto, tiene un precio?

¿Por eso apreciamos (o apreciábamos, ya que cada vez hay menos papel en la calle), a veces, un alud de publicidad gubernamental en diarios de intensa medianía?, ¿por eso contemplamos (o contemplábamos) proselitismos partidarios en algunas específicas publicaciones, que exhibían con claridad los métodos francamente interesados y coercitivos de la política mexicana?

¿Es cierto que cada nación puede definirse y retratarse mediante el ejercicio de su prensa?

No se diga del empresariado privado que repartía su millonaria publicidad sólo a los consorcios donde podía hallar contubernios e intereses comerciales (y confidenciales), sin importar los contenidos de los medios en donde difundía y proyectaba su respectivo negocio. De ahí que fuera notoria la aparición de la poderosa industria incluso en revistas casi porno sostenidas por la acaudalada vía televisiva, que no requeriría, si lo vemos en un plano sin remilgos económicos, de apoyos financieros del gobierno, pues lo que le sobraba era justamente el dinero; pero los medios electrónicos hacían revistas, a veces sin saber hacerlas, para proseguir recabando su inmensa fortuna a sabiendas de que el empresariado, sin importarle el tipo de publicación donde fijaba sus anuncios, aportaría con cientos de miles de pesos la aventura felizmente emprendida por sus adinerados colegas.

Ilustración vía El País.

El gobierno obradorista, a diferencia de las administraciones priista y panista, no dejó —durante todo su sexenio— de hablar peste y media de las mentiras vertidas en las empresas informativas pero, sobre todo, en los medios televisivos nacionales (que son dos, Televisa y TV Azteca), pero, de igual modo, no dejó de alimentarlos: Televisa recibió, en los seis años, el 10.2 por ciento del total de su monto presupuestario ($1,877,086,817.11) y a TV Azteca le otorgó 200,000 pesos menos que a La Jornada ($1,596,571,703,61, el 8.7 por ciento), pues a Salinas Pliego, a pesar de su adeudo multimillonario a Hacienda, le dio $1,340,695,986.63, el 7.3 por ciento de un monto completo de 18,377,908,687.03 pesos erogados sólo en esos gastos publicitarios. Aunque la diferencia es enorme (Peña Nieto dio a Televisa, de donde el priista extrajo a su bella esposa justamente por seis años, algo así como 10 mil millones de pesos), el caso es que dichos medios nunca han dejado de percibir dinero gubernamental, porque se sabe que en México los conductos mediáticos (periódicos, revistas, portales, radio, televisión…) requieren, para su sobrevivencia, financiamiento económico, de ahí que la promesa de López Obrador, jamás cumplida, acerca de equilibrar los montos causara esperanzas en los periodistas honorables, mismos que hoy están apartados del camino, igual que cientos de puñados de gente inmersa en la cultura. Lo que el obradorismo demostró fue la reafirmación del dicho aquel que dice que el que mucho abarca, poco aprieta, o del plato a la boca se cae la sopa, o el que reparte y comparte se queda con la mayor parte, o del dicho al hecho hay mucho trecho, o una cosa es la teoría y otra la práctica, o el papel lo aguanta todo, o, sencillamente, la teoría sin la práctica es estéril lo mismo que la práctica sin la teoría es ciega, etcétera.

Era una vergüenza, cómo no, mirar la publicidad de empresas que se decían, o se dicen, nutritivas o sanamente bancarias o deportivas en revistas, ahora en portales, donde se exalta la vulgaridad y el desprecio a los lectores, donde sólo tienen cabida el morbo y el sometimiento femenino.

¿Qué es para el empresariado mexicano una buena, o “mejor”, prensa?

¿Qué significa hacer una buena prensa, finalmente, en México?

¿Algún día el Estado mexicano, como lo hiciera alguna vez España, proclamará por (o estimulará a) la creación de una prensa crítica y veraz?

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Cuando en septiembre de 2014 murió Emilio Botín, el magnate fundador del Banco Santander, el madrileño Juan Luis Cebrián (quien cumplirá 82 años este 30 de octubre de 2026), el funcionario del Grupo Prisa que mantiene entre otros medios al diario español El País, apuntó que el banquero lo buscó para, incondicionalmente, decirle que admiraba su trabajo periodístico. Y sin pedirle absolutamente nada a cambio, ningún requisito, ninguna petición formalizada, ninguna solicitud, le ofreció dinero, mucho dinero, para que nivelara su mediano sueldo. Y no nada más el suyo, sino agregó varios millones de (la entonces moneda nacional) pesetas más para que mejorara los salarios de los que conformaban su equipo. De súbito, sin él pedirlo, Cebrián se halló en un estado perfecto de gracia —porque por supuesto aceptó el aporte pecuniario silenciosamente, como un acuerdo bajo las sombras—: su mecenas había bajado del cielo de manera divinamente inesperada. Ya si después este afamado comunicólogo se acostumbró al confort y le vino la mezquindad con sus empleados no fue responsabilidad de su dador Botín, que su botín —el que Cebrián se guardó para sí a partir del que le ofreciera Botín— ya estaba esparcido en una hermética caja fuerte. (Por lo demás, ya sabemos que no sólo Pelé y Cuauhtémoc Blanco fueron enriquecidos por Santander.)

Asimismo, en varias cintas (sobre todo) norteamericanas, como La resurrección del campeón o Los gritos del silencio o El precio de la verdad o Los secretos del poder (sólo por mencionar cuatro que recuerdo en mi pronta memoria, porque hay bastantes otras), el buen periodista —el que escribe en las publicaciones de papel, jamás electrónicas, según estas películas— siempre es buscado, y recompensado, por su rectitud (lo contrario a Stephen Glass, el periodista que es el personaje de El precio de la verdad, un impostor y plagiador que es descubierto en su afán mitómano que, antes de su estrepitosa caída, se había convertido en un hito del periodismo de investigación, ¡convertido luego, este periodista mentiroso, en un celebrado best seller!). Los medios lo disputan —al buen periodista, no a Glass—, sus pares lo admiran, la sociedad lo respeta… y evidentemente los tramposos, como Glass, los falseadores, los calumniadores, los calcadores, los argüenderos periodistas caen, siempre, en los pantanos de la miseria, del olvido, del desprecio (ya Glass hoy no es nada).

Películas tenían que ser, al fin.

Porque en la práctica cotidiana, por lo menos en México, las cosas no suceden así: infinidad de Glasses pululan en los medios con bastante éxito.

Ahora los académicos, que ni siquiera han pisado una redacción periodística, son (o eran, por lo menos antes del obradorismo, no en vano la mayoría de los opositores de López Obrador provenía no justamente de la clase política sino de la académica, muchos de ellos con disfraz de periodistas) los que recibían más moche, trastupije, mordida o sueldo no sólo en las empresas informativas sino también del gobierno, junto con los conductores de noticias televisivos (que no necesariamente son periodistas: se cuentan con los dedos de una mano los que sí ejercen el oficio) y algunos oportunistas y acomodados reporteros que se han mantenido así o se han vuelto columnistas a las órdenes de los patrones.

En México tampoco hay Botines que leen a los buenos periodistas, sino sólo a los que los halagan y a los que miran en sus pantallas digitales, aunque, a decir verdad, a éstos tampoco los leen —si acaso escriben— sino nada más los escuchan (y a veces ni eso, sino únicamente los oyen, que es distinto).

Alguna vez, dispuesto a corroborar la desemejanza de lo ocurrido con Cebrián, luego del fallecimiento de Botín, llamé a Santander, en la sucursal mexicana, para pedir una audiencia con su director general. Mi intención era pedirle publicidad para continuar con uno de mis proyectos periodísticos culturales, pero no hubo respuesta ninguna. Las personas que me atendían telefónicamente nunca entendieron para qué quería entablar una conversación con su director general si yo no quería entrevistarlo ni sostener una plática de negocios con él. Yo no existía, no existo, sencillamente, en su perspectiva visual… como ahora también soy inexistente para el funcionariato cultural morenista. En Banamex, que tenía entonces —un lustro antes de la pandemia— una fundación cultural para respaldar supuestamente proyectos culturales, tampoco estuvieron dispuestos ni siquiera a sentarse a dialogar. La cultura para estos funcionarios se basaba sólo en editar libros millonarios de arte y donar cifras de seis ceros al Teletón.

Sede de El País en la calle Miguel Yuste de Madrid (2012). / Foto: Daniel Lobo (Wikimedia Commons).

En el filme Los secretos del poder el personaje central, un periodista encarnado por Russell Crowe, denuncia valerosamente a su amigo político encumbrado en el poder, lo que crea en torno suyo un aura de respetabilidad. Incluso el político, su amigo, lo manda matar, pero el periodista, más diestro que su probable asesino, se salva debido a sus milagrosos reflejos… ¡que lo definen no sólo como un buen periodista sino también como un buen maromero! En la realidad mexicana, los amigos de los políticos jamás los delatan (después de la barbarie de Ayotzinapa nadie decía conocer al presidente municipal de Iguala, por ejemplo). Y a un periodista, por más experto en artes marciales o en defensa personal que sea, aquí lo matan, aunque esté protegido por las instituciones del gobierno. Fernando Benítez fue admirado, y lo sigue siendo, pese a que toda su vida fue cobijado por los políticos. Carlos Fuentes nunca le retiró su amistad a Luis Echeverría Álvarez, a pesar de los crímenes que se cernían sobre el presidente durante su mandato. Igual sucedió con Carlos Salinas de Gortari, a quien Fuentes veneraba. Octavio Paz viajó por el mundo con viáticos permanentes que le proporcionaba el erario nacional, de allí que, en uno de esos gratos periplos, conociera al juez sueco cuya calificación pesaba en el orbe castellano (y se hiciera gran amigo suyo) que a la postre lo designara Nobel de Literatura en el año 1990. Los columnistas, ya se sabe, enjuician a ciertos políticos hasta el momento en que éstos se convierten en sus amistades. Hay periodistas que incluso vacacionaban aprovechando los préstamos de los yates y los aviones privados de sus acaudalados amigos, los que jamás fueron temas de discordia, evidentemente, en sus escritos.

Una vez un compañero del oficio me contó de las mansiones (una incluía un breve río en su jardín) de distintos columnistas (¡estuve a punto de escribir erradamente comunistas!) y académicos que se dicen periodistas. Yo no dije nada. Cada quien, pienso, hace con su dinero lo que le venga en gana.

Así que sí hay Botines también en México, pero nunca vienen a uno, como el original Botín con Cebrián, sino hay que buscarlos, o sufrirlos, o tratar de rastrearlos, si bien esto último es casi inútil (como con los desaparecidos en el país, cuyo rastreo también es inútil por tanto simulacro corruptor).

La prensa en México, si no se convive con medianías, se padece a solas.

3

Por esta dualidad monetaria es que los directores de los medios se convierten, o ya son, en empresarios, y a veces pasan por verdaderos libertadores de la expresión, viviendo cómodamente de los dineros públicos, como lo fuera, por ejemplo, Carlos Payán en México, amigo de Salinas de Gortari y de otros mandatarios priistas (ya se sabe que el director de un medio tiene que estar atento y congraciado con los políticos, los que en realidad lo enriquecen: recuérdese cómo Julio Scherer García estaba preocupado porque no lo recibía Gustavo Díaz Ordaz después del asesinato masivo del 2 de octubre de 1968, pues quería saber, el director de Excélsior, cómo había visto el presidente de México el comportamiento del diario que entonces dirigía Scherer), además de López Obrador, quien lo beneficiara económicamente comparándolo nada menos que con el ilustre periodista del pasado Daniel Cabrera (Puebla, 1858-1914), fundador del periódico crítico El Hijo del Ahuizote, obligado a cerrar en 1903 por la presión y hostigamiento del régimen de Porfirio Díaz, que no aceptaba una oposición periodística. El morenista, antes de que muriera Payán Velver el 17 de marzo de 2023 a sus 94 años de edad, lo alimentó bastante bien a lo largo de su sexenio, a pesar de que Payán ya no vivía en México considerando a La Jornada en el segundo puesto monetario en la repartición publicitaria gubernamental, sólo abajito de Televisa con casi 300,000 pesos menos que al emporio de Azcárraga con un total de $1,596,571,703 pesos en el sexenio obradorista, con lo cual quiero decir que es eso justamente lo que espera cada directivo en cada nuevo sexenio, de ahí que gente como Fernando Savater guardara cauto silencio cada vez que El País lo censuraba por no convenir, su texto, a los intereses de la empresa periodística, asunto que, con su recatado silencio, Savater comprendía muy bien, pues no por ser El País dejaría de recibir caudaloso dinero, además de que Botín ya está bien muerto y enterrado, como decía irónicamente Serrat de Carlos Marx a los pobres que esperaban ilusoriamente algo de la riqueza de un acaudalado.

Por esta necesaria, para el empresariado, dualidad económica (prensa-gobierno), probablemente Cebrián se reiría de, o se enojaría con, los probables huelguistas de El País, como en México lo hiciera Manuel Becerra Acosta en una anécdota que he contado ya algunas veces: cuando el periódico unomásuno se quiso poner en huelga, Becerra Acosta (1932-2000) se mofó del suceso llamando “pendejos” a los sindicalistas porque no sabían, éstos, que levantaban una huelga en contra del que les daba de comer (el gobierno, finalmente). De ese viejo unomásuno saldría Payán Velver (el alimentador de aquel diario, el intermediario entre el gobierno y la prensa). Julio Scherer también sabía que un medio no podía sobrevivir sin el recurso monetario del gobierno, cosa que quedó absolutamente clara cuando López Obrador decidió cancelar la agencia periodística Notimex para beneficiar a los huelguistas: no hubo entonces ninguna duda acerca de quién manejaba, repartía, distribuía el dinero.

Cebrián jamás dijo nada sobre las censuras a Savater en El País sencillamente porque convenía a los intereses de aquel diario, que ahora cumple medio siglo de vida.

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