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«Nuremberg: El juicio del siglo»: una reflexión sobre la naturaleza del mal

Marzo, 2026

Tras el final de la Segunda Guerra Mundial, el psiquiatra del Ejército estadounidense, el teniente coronel Douglas Kelley, es asignado a evaluar a Hermann Göring y a otros altos funcionarios nazis mientras los Aliados preparan los (hoy) históricos Juicios de Núremberg. Sin embargo, su fascinación por Göring, y su obsesiva búsqueda por entender la naturaleza del mal, llevan a Kelley no sólo a un oscuro destino sino a enfrenta una cruda realidad: la capacidad de hombres comunes para cometer actos de maldad extraordinaria. En esta nueva entrega de La Mirada Invisible, Alberto Lima se detiene en el segundo largometraje del heterogéneo guionista y cineasta estadounidense James Vanderbilt, Nuremberg: El juicio del siglo, un drama sólido, por momentos grandilocuente, pero que nunca se desborda.

Nuremberg: El juicio del siglo (Nuremberg),
película de James Vanderbilt,
coproducción Estados Unidos-Hungría;
con Rami Malek, Russell Crowe, Michael Shannon,
John Slattery, Leo Woodall, Richard E. Grant. (2025, 148 min.)

En Hannah Arendt (Von Trotta, 2012), película biográfica sobre la filósofa judeo-alemana Hannah Arendt, la protagonista —luego de asistir en 1961 al juicio celebrado en la ciudad de Jerusalén para condenar al criminal de guerra nazi Adolf Eichmann— explica ante un grupo de alumnos su célebre concepto de “La banalidad del mal”, el cual se refiere a que el mal más grande el mundo es cometido por anónimos, por hombres sin motivos incapaces de pensar, sin convicciones, sin corazones crueles o intenciones malévolas, por seres humanos que se niegan a ser personas. En este sentido, a propósito de la cinta Nuremberg: El juicio del siglo, de James Vanderbilt, que aborda los pormenores de los juicios que se llevaron a cabo en contra de algunos dirigentes nazis al término de la Segunda Guerra Mundial, bien vale la pena examinar su sustancia fílmica a partir del concepto elaborado por Arendt.

En 1945 arriba a la improvisada y secreta prisión militar estadounidense, dispuesta en un hotel de la comuna de Mondorf, Luxemburgo, el afable psiquiatra militar aficionado a los juegos de magia con naipes y monedas Douglas Kelley (Rami Malek), quien luego de ser recibido por su traductor, el buena onda sargento Howie Triest (Leo Woodall), y entrevistarse con el severo coronel cara de piedra Burton C. Andrus (John Slattery), será enterado de que su misión allí consistirá en inspeccionar y garantizar la salud mental de los miembros capturados del alto mando nazi —aunque en realidad sea evitar que se suiciden como Hitler, Goebbels y compañía—, en tanto los países aliados (Rusia, Francia, Reino Unido y Estados Unidos) deciden juzgarlos gracias a la audaz y novedosa iniciativa legal e internacional propuesta por el juez estadounidense Robert H. Jackson (Michael Shannon), a través de la conformación de un Tribunal Militar Internacional. De este modo, el joven médico pronto será cautivado intelectual y afectivamente por el carismático pez extremadamente gordo, segundo al mando después de Hitler, el mariscal del Reich adicto a la codeína Hermann Göring (Russell Crowe), al grado de fungir como cartero para llevar y traer secretamente la correspondencia entre el nazi y su familia, y por momentos hasta de sentir un aprecio que le llevará a cuestionarse qué lado de la historia deberá elegir mientras el juicio en la ciudad de Núremberg sucede, y sus convicciones morales y vínculos profesionales con su traductor, el coronel y hasta con el propio juez Jackson, se pongan en entredicho.

Fotogramas de Nuremberg: El juicio del siglo, película de James Vanderbilt.

El apenas segundo largometraje del guionista y productor estadounidense James Vanderbilt (Connecticut, 1975) —miembro de la otrora opulenta familia Vanderbilt—, basado en el libro El nazi y el psiquiatra, de Jack El-Hai, es un drama sólido que nunca se desborda, aunque por momentos se vuelve grandilocuente al convertir un juicio en espectáculo, o por momentos cae en la tentación de humanizar a un monstruo moderno como lo fue Göring, si bien ajustado a un estilo ortodoxo para respetar la temática del mismo, el filme no resulta cansino pese a sus más de dos horas de duración gracias a la fotografía de paleta cálida del polaco Dariusz Wolski, que brinda una atmósfera de época adecuada para sustentar el rigor dramático, pero sobre todo es el trabajo de edición, eficaz y fluido, de Tom Eagles el que evita caídas de tensión, y mantiene un ritmo sostenido durante las distintas tramas que integran la cinta, que van desde las interacciones entre el psiquiatra y Göring, las del psiquiatra con la esposa e hija del mariscal, las gestiones y estrategias de la fiscalía antes y durante el juicio, las soledades y angustias de los prisioneros nazis, y la encomienda del psiquiatra que gradualmente se volverá intrincada y farragosa entre más y más estrecha es la supuesta amistad con Göring.

Un soldado estadounidense orina contra una esvástica mientras una nutrida columna de desplazados avanza en plano general; el juez Jackson y el chantaje hecho al papa Pío XII (Giuseppe Cederna) para apoyar la integración del Tribunal Militar Internacional, tras echarle en cara cuando en 1933 firmó un concordato con Hitler para reconocer su régimen; Göring fingiendo maravillarse ante el truco de la moneda realizado por el doctor Kelley durante el vuelo de traslado a Núremberg, para rematar diciéndole que él hará el verdadero truco de magia cuando no termine ahorcado por el Tribunal Militar Internacional; la presentación de auténtico metraje que documenta el horror de los campos de concentración nazis ante la incredulidad y espanto de los presentes. He aquí algunas imágenes valiosas que de algún modo logran acomodar a la película de Vanderbilt como una pieza explicativa e importante más —como lo es la excelente Juicio en Nuremberg (Kramer, 1961)—, acerca de un tema sensible, polémico e incomprensible hasta hoy, cuyo propósito moral confirma el concepto formulado por Arendt sobre la banalidad del mal, puesto que individuos como Göring y compinches siempre excusaron su acciones deleznables como un mero cumplimiento de órdenes. Y lo extraño de esta retórica es que ahora mismo excusas similares justifican intervenciones militares en Ucrania o Irán.

Si en La zona de interés (Glazer, 2023) atestiguábamos la maldad a distancia de otro monstruo como lo fue Rudolf Höss, aquí el narcisismo de Hermann Göring se magnifica, del cual el psiquiatra Kelley queda embelesado al diagnosticarlo como poseedor de un sentido exagerado de sí mismo, encantador, y hasta se sorprende de su capacidad para hablar inglés, y que resultará siendo su perdición luego de que la endeble e hipócrita amistad se diluya cuando el doctor entregue su cuaderno de notas a la fiscalía para ayudar a hundir al mariscal Göring, y entonces éste termine humillándolo al espetarle: “yo soy el libro; usted la nota al pie”. Así, al igual que aquel ingenuo y noble abad de Letras prohibidas, la leyenda del Marqués de Sade (Kaufman, 2000) termina loco y depravado a causa de su involucramiento con el marqués de Sade, o el joven y decidido agente policial de Pequeños secretos (Hancock, 21) que queda arruinado emocionalmente por un crimen irresoluble (interpretado de hecho por el propio Malek), aquí el doctor psiquiatra será estragado por ese personaje siniestro, símbolo del Mal, para acabar, luego del suicido de Göring y tras ser dado de baja en el ejército, causando lástima en un programa radial, ya abrazado de lleno al alcoholismo, presa de la paranoia y el desatino, para finalizar su existencia años después repitiendo la misma ruta suicida del cianuro, anticipada ya por su némesis teutona.

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