Abril, 2026
Más allá de ser una ‘Chica Almodóvar’ —director con el que ha trabajado en cuatro películas—, en la trayectoria de María Dolores Dueñas Navarro, es decir: Lola Dueñas, hay por lo menos tres décadas de oficio actoral y más de medio centenar de obras entre cortos, largos, serie de televisión, pero, también, teatro. Actriz que no le hace feo a nada cuando se trata de trabajar en lo que más le apasiona, la intérprete española estará en México en estos días para recibir el Premio Maguey a la Trayectoria como parte del Festival Internacional de Cine en Guadalajara, que se lleva a cabo del 17 al 25 de abril. Para sumarnos a la celebración, el periodista Sergio Raúl López ha recuperado esta conversación con ella.
Asumir que una estrella reconocida con el premio a Mejor Actriz en festivales como el de Cannes o el de San Sebastián, poseedora de dos Goyas de la Academia de Cine española en la misma categoría además del Premio Platino y que pertenezca al exclusivo club de las “Chicas Almodóvar”, viva lejana a la sociedad, del glamur y gustos excéntricos, y con el medio —y el mundo— a sus pies, corresponde a los relatos a que Hollywood nos ha acostumbrado. Pero acá no sólo hablamos de una madrileña que ya desde muy niña recorría los escenarios y a la que nadie, nunca, llamó María Dolores.
Desde siempre, en sus recuerdos más profundos, ha sido Lolita. O la Lola. Una madrileña de cepa —aunque haya radicado recientemente en París, luego en una villa de Lisboa y actualmente en las Canarias— que ha cultivado una gran adicción por ir al teatro, salir toda la noche por más que algunas cañas o, simplemente, disfrutar de las actividades cotidianas como la cocina, los arreglos de flores, de forjarse sus cigarrillos o de mirar, sin más, la televisión, aunque prefiera, con mucho, las películas.
Risueña y pronta a la carcajada, suficientemente sagaz para soltar frases breves pero contundentes y sin haber caído jamás en la tentación tan pertinaz de la fama o el star-system, Lola Dueñas es hoy un rostro conocido por el público mundial. Sobre todo merced a un puñado de sobresalientes filmes, empezando por un cuarteto de melodramáticos títulos del gran director manchego Pedro Almodóvar, como Hable con ella (España-Estados Unidos, 2002), Volver (España, 2006) —con el que obtuvo el premio de Mejor Actriz en Cannes, junto con el resto del elenco, en el 2006—, Los abrazos rotos (España-Reino Unido, 2009) y Los amantes pasajeros (España, 2013); pero, también, por la dramática reflexión sobre la eutanasia que es Mar adentro (España-Francia-Italia, 2004), de Pedro Amenábar —ganadora del Oscar a Película en Lengua no Inglesa y que le otorgó su primer Goya a Mejor Actriz—, o la insólita comedia romántica Yo, también (España, 2008), de Antonio Naharro y Álvaro Pastor —que le mereció el premio a Mejor Actriz en el Festival de San Sebastián, el Donostia Zinemaldia y, posteriormente, su segundo Goya en la misma categoría—, además de series como la del grupo femenino de pop apocalíptico y sus loas a la salvación de La mesías (España), creada por Javier Ambrossi —que le dio un Premio Platino en 2024 como Mejor Actriz de Miniseries o TV Series—, además de su debut profesional en el cine con Mensaka (España, 1998), de Salvador García Ruiz, premio a la Mejor Actriz Revelación por parte de la Unión de Actores de España.
Así que esta es la historia de una mujer que, desde muy joven, supo que quería ser actriz y que, desde entonces, ha vivido consecuentemente; no buscando famas, riquezas o glorias efímeras sino trabajo, papeles de todo tipo en cine —con más de sesenta títulos—, teatro, televisión —ahí están Instinto o Veneno, además de La mesías— y hasta en comerciales.
El caso es que María Dolores Dueñas Navarro (Madrid, 1971), mejor conocida como Lola Dueñas, estará en nuestro país en estos días para recibir el homenaje del Premio Maguey a la Trayectoria como parte del cuadragésimo primer Festival Internacional de Cine en Guadalajara, el miércoles 22 de abril a las 18:00 horas en la Sala 2 del Conjunto Santander de Artes Escénicas de la capital jalisciente.
Esa es la razón por la que aquí se reproduce, completa, la entrevista que concedió en Guanajuato, ciudad que visitó para recibir el homenaje del primer Festival Internacional de Cine del Bajío (BJX Fil Fest), en octubre de 2021, recién reabierta la sociedad tras el confinamiento por la pandemia mundial y a pocos días de haber alcanzado, con gran vitalidad y certezas, los cincuenta años de edad (al igual que quien la realizó y esto redacta).

“Pasar la infancia dentro del teatro me permitió de pequeña, con biberón en el cuello, ver cosas alucinantes”
—¿Qué significa nacer y crecer en un medio al que tus padres ya se dedicaban, es decir a la actuación o a la representación de actores? ¿Qué tan natural fue llegar al Teatro de la Abadía a formarse, es decir, qué tanto en la vida te fue conduciendo? ¿Qué tanto tu carrera actoral fue una decisión tuya, propia? ¿Fue una inercia, visto en retrospectiva?
—Pues yo creo que pasar la infancia dentro del teatro fue una suerte increíble. Me considero una afortunada porque he visto cosas de pequeña, con biberón en el cuello, vamos, alucinantes. Luego lo pienso y digo, ¡ostras!, es que he visto debutar a tal actor, a tal actriz. Es que de pequeña estaba siempre por ahí y la niña era curiosísima. Y luego, ya de mayor, me he dado cuenta que el teatro y la gente del teatro eran un sitio de libertad, pero de eso me he dado cuenta después. De libertad total, era gente muy libre y educarme ahí yo creo que ha sido una bendición.
—Porque naciste todavía en el franquismo…
—Pero era muy niña y ya no me tocó. Ni el destape ni la movida, porque soy del 71.
—El proceso para formar parte del teatro le exige mucho a los actores desinhibirse totalmente, abrirse por completo.
—Es que era timidísima y entonces los textos con los que me presenté a la prueba de la Abadia nunca los había dicho antes en alto y esa fue primera vez que lo hice, que me atreví a hacerlo. Primero era un texto antiguo y en seguida uno moderno. Lo hice fatal con el antiguo y me querían echar, entonces les pedí oportunidad de hacer el moderno. Elegí uno de Dario Fo. Y me salvó. O sea, el de Dario fue el que me salvó. Ahí surgió algo que era salvarme.
“Dentro de mí, algo me dijo: tía, te atreves a hacerlo ahora o te vas a cagar la vida, fue sólo un momento y todo son muy deprisa, así que cuando acabé de hacerlo no supe cómo lo hice. No lo recuerdo. Ahora, me pasa mucho trabajando: entro en momentos puntuales y cuando cortan me pregunto si es que he hecho eso, pues no sé lo que he hecho”.
—Como un trance…
—Es muy fuerte decirlo así, pero cómo se le puede llamar si no.
“Como actriz, a mí no me apetece decir lo que me da la gana sino decir y hacer lo que me ponen; me gusta currarme el texto y hacerlo mío”
—Cómo es que funciona este asunto de la memoria en los actores, algunos tienen memoria fotográfica para la escena y en seguida lo olvidan todo y otros lo mantienen dentro de sus recuerdos.
—La memoria fotográfica la tenemos todos, pero además tienes que dejar sitio para lo demás. A mí me pasa que me acuerdo de todo. Te puedo de decir textos de mi primera película, enteros, y de todos los demás. Soy un archivo de guiones, como estos bancos de guiones y llega el momento en que digo: ¡hostia, en algún momento ya no va a caber más! Pero pues siguen entrando ahí.
—¿Qué tanto esta memoria de los textos te ayuda a conformar los personajes?
—Es que el texto tiene que estar, quiero decir, para eso yo soy una actriz muy obediente, a mí no me apetece decir lo que me da la gana sino decir y hacer lo que me ponen y entonces conseguir que parezca que yo lo digo. A mí me gusta currarme mi texto y hacerlo mío. Y me gusta mucho trabajar sola en casa con el texto. Me gusta muchísimo.

—En tus inicios hiciste a Carmen, en uno de los primeros episodios de la serie Periodistas (España, 1998-2002), ¿te dio cierta popularidad?
—Es que ahí empecé, hice un capitulito sólo y era muy joven. ¡Joder, cómo te has currado! Pero nada…
“Ahora, yo no me quedo con los personajes. ¿Sabes a mí cuándo se me va lo de la caracterización?: cuando me quito la ropa. Hago así [Lola levanta ambos brazos como si se despojara de un suéter o de la blusa], fuera. Es decir, no me quedo el personaje. Me lo puedo quedar cuando estoy preparando uno, es entonces cuando todo me parece que tiene que ver con eso, que también es una comedia; o sea, estoy preparando una cosa y en todas partes veo una venganza. Entonces aparece una señora y te dices: ¡ay!, esa manera de andar podría meterla o ese gesto podría ser o lees una poesía o ves una pintura y lo quieres utilizar… Y es que, claro, estás ya preparando esa película y todo lo cazas. Hombre, en el fondo los actores no hablamos sino de personas”.
“Un actor tiene que serlo en todo. Hasta de televisión y de comerciales, hay que hacer de todo. Yo creo que es bueno y sano”
—¿Qué pasa con tus personajes emblemáticos, con los que te han dado no sólo más premios, sino el reconocimiento del público? Esas figuras tan fuertes como la de Mar adentro o la de Volver, ¿qué relación tienes con ellos?
—Nada, les tengo mucho cariño y ya está, está hecho. Quiero decir, tú tienes que pasar a otra cosa en tu misma cabeza y tu mismo cuerpo, tú cierras, acabas tu peli y dices: ¡pumba! A mí no me da pena terminar las películas, todo el mundo llora y yo estoy feliz porque me gusta terminar las cosas. Desde una semana antes mi cuerpo ya quiere terminar, ya estás en el ansia. Ya quiero terminar y necesito volver a casa e ir al mercado, a la compra, cocinar, llevar flores, cosas muy normales, hacer mis guisitos, ver una película, en fin, salir de eso. Volver a tu vida regular, claro, a la vida regular, tranquilita.
—¿Pero qué pasa cuando se tiene que conciliar o convivir entre la vida citadina de lo cotidiano con el mundo del glamur que finalmente es el cine?
—Yo no lo convivo, ¿eh? Yo creo que eso es algo mucho más moderno. Por ejemplo, recuerdo que con Mensaka (España, 1998, de Salvador García Ruiz), mi primera peli, íbamos así en vaqueros y en camiseta, vestidos normal; tengo fotos de aquello. Y creo que después como que la moda ha irrumpido, no sé por dónde tomarlo. ¿Sabes?, a Cannes van modelos a la alfombra roja. Así que todo se ha mezclado. Una actriz española ha hecho una reflexión que me encantó, dijo: “A ver, ¿por qué tengo que conocer yo a tal diseñador? ¿Conocen ellos, los de la moda, a algún autor teatral?” Pero es verdad que se han entrelazado dos mundos pero yo ahí no he entrado. Ni he entrado ni voy a entrar.
—Con el auge de las series se están mezclando en los elencos las figuras de la televisión pero también las grandes figuras del teatro y del propio cine de autor y del independiente en la industria actual. En España, la industria está creciendo tanto que también está generando sus propias figuras internacionales…
—Está cambiando mucho todo con las series. Yo soy de ver películas, yo soy más de ver cine. El teatro me encanta y ahora lo echo mucho de menos, porque en Madrid iba todo el rato al teatro. Y cada vez que regreso voy al teatro, siempre, siempre.
—¿Cómo se mezcla el teatro y el cine?
—Pues es que un actor tiene que serlo en todo. Hasta de televisión y de comerciales, hay que hacer de todo. Yo creo que es bueno y sano. Es verdad que es más interesante el cine por el tiempo que tienes para preparar y hacer reescritura que hacer una serie. Pero aquí lo interesante es vivir tu vida como actor, tu vida entera, y hay que trabajar. Un actor tiene que estar trabajando.
“Lo que sé es que soy una chula. Me encantan las cañas. Los madrileños somos muy de taberna y de marcha”
—Regresando a la industria audiovisual española, en los últimos años ha crecido enormidades. Tal parece que vive un periodo de esplendor renovado…
—Yo creo que desde adentro no nos damos cuenta de eso. Lo que ahora está muy bien es que todo el mundo está trabajando mucho por las series y creo que eso es bueno, buenísimo. Ahora, todo es rápido e inmediatísimo. Un ritmo tremendo que implica que tienes que trabajar, no queda otra. Si me llamas para hacer un chino pues tendré que aprender chino. Quiero decir que me adapto a lo que hay porque lo que quiero es trabajar y ser actriz, a mí me gusta mi oficio. Es como a un zapatero, le dices que te haga un zapato y luego una bota y ahora me hace usted una zapatilla de deporte. Pues eso es lo que hago yo, lo que me piden.
—Y además adaptarse a las formas en las que dirige cada quien y a los compañeros que casi nunca se repiten.
—Todos los directores no tienen nada que ver unos con otros.

—¿Qué significa formar parte de este club de las Chicas Almodóvar?
—Sí, siento mucha felicidad porque me ha llevado a trabajar y ya está. Es una maravilla trabajar para él. Hay una cosa muy cierta que es que sus pelis se ven en el mundo entero. Entonces, simplemente abrir lo que antes se quedaba en España, de repente hace ¡pum! y se te abre el mundo entero. Y eso es alucinante, muy alucinante. Recuerdo que estábamos en Singapur, en la proyección de Mar adentro, cuando se encendió la luz vi una sala de cine llena de chinos llorando. Y era la historia de un señor de Galicia y pensé: ¡ostras, qué fuerte! Estaban todos muy emocionados. Y no es un asunto ni de economía ni de fama, sino de arte, dramático, de vocación.
—Regresando a la primera pregunta, entonces, ¿descubriste la vocación o ya lo intuías?
—Yo quería ser actriz desde pequeña. Desde siempre y ya está, sí. Siempre. Jugaba mucho sola y me recuerdo, por ejemplo, poniendo enfrente las muñecas y yo haciendo de mi profesora de inglés del colegio, con todo y uñas de plastilina. Ya de mayor me he dado cuenta que, en el fondo, no estaba haciendo de la profesora sino que estaba jugando a ser actriz. ¿Entiendes? Me ponía las uñas, cogía un casete, que es lo que ella hacía en clase, y pulsaba el botón; hacía todo con los muñecos puestos como si fuese en la clase. Pero en el fondo estaba jugando a hacer de ella, a actuarla.
—¿Fue una ventaja ser madrileña para desarrollar tu carrera?
—¡Ostras, pues nunca lo he pensado! No lo sé. Lo que sé es que soy una chula. Eso sí. Y me encantan las cañas, que me puedo tomar cincuenta y que no hay que me acueste, así somos los madrileños. Nosotros somos muy de taberna y de marcha, la verdad que sí.
—¿Qué significó para ti el pertenecer ya a esta cultura del destape español para desarrollarte?
—Lo que sí me tocó y que fue increíble fue mi adolescencia en Madrid. Fue muy potente porque en el momento que yo era adolescente había un alcalde, que era un profesor de universidad que se llamaba (Enrique) Tierno Galván, que era una persona alucinante, un tío culto y un tipo extraordinario. Entonces, en Madrid, durante la época de mi adolescencia todos los conciertos eran gratis. Era la leche ser adolescente. En mi época estábamos todo el día en la calle. No podían pasar los coches de la cantidad de gente que estábamos en la calle, por Malasaña. Todos los fines de semana tenemos concierto gratis de Los Ilegales, Los Rebeldes, Siniestro Total. Y muchísima libertad, un Madrid muy divertido que ya no existe.
—¿Qué fue lo que ocurrió?
—¡La derecha! [Risas nerviosas.]
—¿Y qué ocurre con estos tiempos actuales?
—Es que es una mierda. De verdad hay que tener mucho cuidadito, con todo esto, mucho cuidadito. Y en toda Europa está pasando también. Una regresión al conservadurismo. Y luego me hace mucha gracia que gritan libertad y es como dices, ¡hostia!, estamos perdiendo, estamos perdiendo todos la cabeza, directamente. Hemos perdido el juicio.
—Pero tú en lo personal estás muy bien.
—Estoy muy feliz, estoy en un momento de mi vida muy, muy feliz, muy pleno, que se nos noten las sonrisas, ¿no? ![]()



