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La lectura amplía las posibilidades vitales

Junio, 2023

Publicado originalmente en Paidós en 2006, ya circula una nueva edición del Los días y los libros, ahora bajo el sello de Océano. En él, Daniel Goldin, su autor, reúne textos signados por la voluntad de motivar la conversación, íntima y pública, alrededor del libro, la lectura, la formación de ciudadanos, las historias de la literatura y la infancia, y el valor de un gesto arcano: la hospitalidad. Juan José Flores Nava recupera este texto sobre este libro y su autor, el editor, bibliotecario, escritor y pintor mexicano Daniel Goldin, quien por cierto en este 2023 ha llegado a los 65 años de vida.

En 1988, a punto de ser padre por vez primera, Daniel Goldin recibió el encargo de diseñar y dirigir el programa de publicaciones para niños y jóvenes del Fondo de Cultura Económica (FCE). Su trabajo como editor de obras infantiles y juveniles fue, ahí, tan atinado y extenso que nadie, entre quienes lo han precedido en el cargo hasta ahora, ha logrado siquiera aproximarse a la riqueza, variedad y sobre todo calidad del catálogo de obras que Goldin forjó. Una experiencia que repetiría, tiempo después, en la editorial Océano, con la colección Travesía.

Todo esto resulta más significativo cuando uno se entera de que, al iniciar su aventura en el FCE, le resultaba desconocido por completo todo lo referente al campo de la literatura para niños y jóvenes. Sin embargo, la idea, en aquel momento, de establecer un circuito que llegara a un nuevo lector e incidiera en su formación como ciudadano le resultaba provocadora y altamente atractiva:

“Me parece que si queremos dar cuanta de la forma en que se constituyen los niños como sujetos a partir del contacto con la literatura debemos poner el acento en la apropiación”, escribe Goldin en Los días y los libros / Divagaciones sobre la hospitalidad de la lectura, una obra publicada en 2006 por el sello Paidós, y de la cual la editorial Océano lanza ahora (2023) una nueva edición.

Pero ¿qué quiere decir Daniel Goldin con esto de la apropiación? Pues se refiere a la manera en que cada lector, desde el más pequeño hasta el más grande, hace suya cada historia. Si bien los autores, al escribir sus obras, piensan inevitablemente en la forma en les gustaría que sus textos sean leídos e interpretados, los lectores no siempre (o quizás casi nunca) responden a ella.

Un caso típico es el de Los viajes de Gulliver, pues Jonathan Swift escribió el libro como una sátira contra su entorno político, pero los niños se apropiaron de la historia de Gulliver, ni siquiera de todo el texto. Tal vez para escapar de estas intenciones a priori, el fantástico Gianni Rodari propone, en su cuento de “La gran zanahoria”, tres finales. Así, sus pequeños lectores podrían decidir cuál final les iba mejor: el que causa risa, el que invierte la historia o el que lleva moraleja, aunque, reconocía Rodari, en estos tiempos ya no se hacen cuentos con moraleja.

Claro, hay padres primerizos (primerizos como lectores, quiero decir) que aún suponen que la literatura para niños debe servir para educarlos, normar sus costumbres o convertirlos en modelos morales, pero cada vez más los niños hacen suyas obras que cuentan cosas distintas y rechazan (o trastocan) aquellas que se les quieren imponer.

El mismo Daniel Goldin ha dicho que durante el tiempo en el que estuvo al frente del programa editorial para niños y jóvenes del FCE, una de las cosas que más lo sorprendía es la capacidad que tienen los niños de afrontar retos como lectores, una cuestión que hasta hace algunas décadas solía despreciarse, pues se pensaba que los libros para niños deberían tener un final feliz, reconciliador o cerrado. Pero hoy muchos niños aceptan un final fuerte, no conciliador o incluso abierto. Como lectores, están muy conscientes de que el autor procura hacerlos pensar.

Por lo mismo la oferta editorial en este sector en la actualidad es mucho mayor de lo que era en 1988. Y fenómenos como los de Harry Potter, de J. K. Rowling; o Mundodisco, de Terry Pratchett; o la interesante y variada obra de Neil Gaiman (The Sandman, Coraline, El océano al final del camino, Buenos presagios, etcétera); o, incluso (y usted perdone), el Diario de Greg (Diary of a Wimpy kid) nos hablan de que hay un público dispuesto a leer un texto de 200, 300, 500 y 800 páginas y que también hace uso, por cierto, de videojuegos, televisión, computadora, celular o pantallas de cine.

El editor, bibliotecario, escritor y pintor mexicano Daniel Goldin.

En Los días y los libros, Goldin ofrece una serie de ensayos que fueron escritos, en su mayoría, para ser leídos como conferencias. Son textos en los que el autor intenta conciliar distintos campos relacionados con la cultura escrita para esclarecerse algunas de las razones del porqué, especialmente hoy día, es cada vez mayor la importancia otorgada por gobiernos y sociedades a la formación de más y mejores lectores.

“Los días y los libros”, “La paternidad y los libros: divagaciones sobre la hospitalidad de la lectura”, “La invención del niño: digresiones en torno a la historia de la literatura infantil y de la infancia”, “La debilidad radical del lenguaje: reflexiones sobre la formación de lectores y la formación de ciudadanos”, entre otros ensayos, son un aliento para el pensamiento crítico y la acción responsable. Porque, como lo señala su autor, cada vez está más convencido de que más importante que los propios libros, es la lectura que se haga de ellos:

“Lo que importa es que esa lectura forme parte de nuestra propia vida. Es decir, que a través de las palabras y de las ideas de otros sea posible detonar un proceso de pensamiento, un proceso de reflexión en el que se amplíen posibilidades vitales”. Con mayor razón, desde luego, si se trata de niños y jóvenes.

Hay que añadir, por último, que en el mundo de la literatura infantil y juvenil la ilustración suele ser muy importante, por lo que se ha desarrollado mucho. Es casi un lenguaje complementario e, incluso, a un tiempo también protagonista del mundo editorial para niños.

Hoy en día, por ejemplo, señala Goldin, el libro-álbum interrelaciona el lenguaje escrito y el de las imágenes de una forma mucho más inteligente y rica. Propone una modalidad de lectura más completa, en donde el ritmo a que obliga la lectura de las palabras, una tras otra de principio a fin, se rompe con la propuesta de ir contemplando las imágenes.

Los libros, en fin, son ventanas a otros mundos, a otras culturas, a otras voces. Son, también, caminos que conducen a momentos de interioridad, de reserva que nos predisponen no sólo a conocernos y reconocernos de una manera distinta, sino a recibir a otros, distintos, ajenos, distantes, provocando esa frescura de pensamiento que sólo la circulación de las ideas puede dar.

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