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Tom Waits: a medio siglo de su primera grabación

Los mandones de Kentucky...

Marzo, 2023

Closing Time, el álbum debut de Tom Waits, acaba de cumplir 50 años de haber visto la luz. Se trata de una obra maestra llena de canciones que hablan de la noche y la soledad, finamente envueltas en tonos de jazz y blues y folk rock. Víctor Roura nos habla de este bello álbum y de su autor, el indomable de Waits. (Por cierto, al igual que el año pasado cuando los discos Alice y Blood Money del músico californiano cumplieron 20 años, ANTI- Records ha preparado una nueva reedición en vinilo de Closing Time, la cual estará disponible en junio).

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En marzo de 1973, a un año de haber sido grabado, sale a la venta en el mercado discográfico el álbum Closing Time de Tom Waits, entonces de 23 años de edad, que lo definiría como un bluesista heterodoxo completamente diferente a cualquier otro exponente del rock: hace medio siglo se daba a conocer el compositor, cantante, pianista y cautivador músico vinculado a la generación beat y a la literatura bukowskiana que no cedía un centímetro ante los poderes establecidos de la época. El Tiempo Clausurado de Waits, a 50 años de su alumbramiento, continúa siendo un disco básico de la iconografía roquera.

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Tom Waits, como buen contador de historias —icono del surrealismo musical—, es un mentiroso nato, acaso el mayor mitómano del rock: dice haber nacido el 7 de diciembre de 1949 en el asiento trasero de un taxi amarillo en el estacionamiento del Hospital Murphy en Pomona, California, haberse acostado con tigres y leones y con Marilyn Monroe, por supuesto, y emborrachado con Louis Armstrong, lanzado los dados en Las Vegas y enseñado a Mickey Mantle todo lo que sabía de beisbol. Aunque hay pocas cosas que le asustan, según ha confesado, “como ir andando por Los Ángeles y caerme a una alcantarilla y encontrarme allí abajo con 500 músicos de bossa nova desempleados que tocan ‘La chica de Ipanema’ hasta matarme”.

¿Y la cosa que más detesta en la vida?

—No quisiera parecer desdeñoso, pero creo que lo único que odio es el bluegrass bien tocado —ha dicho al periodista Peter O’Brien—. Eso es lo que jode, cuando lo tocan bien. A mí me gusta cuando lo estropean. Me gusta ver a los músicos con los calzones bajados.

Y mirar los grafitis, dice, como leyó uno en un bar llamado The Dark Side of the Moon, en Saint Louis, que decía: “El amor es ciego; Dios es amor; Ray Charles es ciego; luego Ray Charles debe ser Dios”.

—¡Supe inmediatamente —exclamó— que me encontraba en una ciudad universitaria —luego de lo cual, precisa O’Brien, eructó sonoramente—. Oh, disculpa… de hecho, normalmente vomito. Siempre estoy enfermo, ya estoy acostumbrado. Me siento mal todo el tiempo, así que… tengo los pulmones mal, el hígado mal, el corazón roto, al cabo de un tiempo te acostumbras. Estoy pensando en abrir un centro nocturno: podrías entrar gratis en el club y, bueno, la máquina expendedora de cigarrillos estaría descompuesta, nadie hablaría inglés, y no conseguirías que te cambiaran un dólar. Mientras estás allí alguien se está llevando a tu esposa y robándote el coche, y un enorme luchador de sumo quiere romperte el pescuezo. Todas las chicas tienen una enfermedad venérea, y en realidad son travestis. La banda la forman seis borrachos elegidos al azar a quienes les han dado instrumentos electrónicos. Es un club para gente que no sabe pasarla realmente mal. No se cobra nada por entrar, pero has de pagar cien dólares para salir.

Ahí está el ideario waitseano. Tal como dicen que empezó —ya saben: estamos inmersos en el circo rodante de las fabulosas fábulas fecundas, underground sin clon, ni clown que lo pueda imitar— este cantante de voz tumultuosa, multitudinaria, desmañanadamente pastosa, nocturnamente bluesera (porque, claro, hay blues matutinos como los de Rod Stewart o vespertinos como los de John Mayall), que deja en cada pieza su garganta agonizante, voz y cantos en efecto poderosos para los cuales se han vertido ingeniosos adjetivos, como los siguientes:

Tom Waits fotografiado por Anton Corbijn (ANTI- Records).

⠀⠀§ una voz que hubiera hecho crujir la falla de San Andrés (Johnny Black),

⠀⠀§ a Bruce Springsteen le gusta cantar sobre los personajes y los escenarios que describe Waits en sus canciones (borrachos, putas, ladronzuelos, refugiados en pequeñas poblaciones, tugurios grasientos, viajes nocturnos, establecimientos de coches usados, tiroteos en hoteles), pero Waits canta como uno de ellos (Geoffrey Himes),

⠀⠀§ su voz podría guiar barcos a través de una densa niebla (Glenn O’Brien),

⠀⠀§ nada en él es tan asombroso como su voz: aquí sazonando una tierna balada, allí aullando al atravesar un círculo infernal, finalmente quedándose en un tono reconociblemente mucoso, aplastapulmones; nunca tendrá la garganta de Whitney Houston, pero él es sin duda mejor cantante (Mark Rowland),

⠀⠀§ la génesis del cambio se produjo cuando su voz, siempre un graznido empapado de ginebra, adquirió cualidades terroríficas, y descubrió que podía manejar cinco o seis estilos estrafalarios con un mismo juego de cuerdas vocales (Steve Pick),

⠀⠀§ cantaba con un bramido de profunda mucosidad o un resacoso susurro, con un fraseo que se arrastraba alrededor del ritmo (Jon Pareles),

⠀⠀§ hubiera sido la voz idónea del primer King Kong (Martin Yerim),

⠀⠀§ con esa voz, el pobre de Michael Jackson habría sido en verdad un fenómeno (Angela Simms),

⠀⠀§ posee una voz de sirena abollada, en algún punto entre las del Captain Beefheart y Howlin’ Wolf, y la usa para reflexionar y mugir y gritar y hablar suavemente e implorar y amenazar; puede que sea un instrumento rotundo, pesado, pero lo maneja con incongruente destreza; en ocasiones incluso ligereza (Gene Santoro),

⠀⠀§ es una réplica de Don Glen Vliet que durante sus 69 años cumplidos a la hora de su muerte se sintiera orgulloso y complacido de verdad que dejara en Tom Waits su voz, algo así como el hechizo de la villana Úrsula que despoja de la voz a Ariel con tal de prestarle un par de piernas pero al revés: le trasplanta a Waits la voz de Vliet para que éste, en vida conocido con el mote de Captain Beefheart, pudiera irse en paz de este mundo sabiendo que dejaba un clon rodando en su mismo ámbito roquero (Louis Carroll Parker Jr.),

⠀⠀§ pero si esa voz de sirena abollada hubiese sido oída por Ulises, Penélope habría muerto de soledad (Anthony Peck),

⠀⠀§ con una voz así me moría antes de que me matara el asesino serial (Aurora Tinajero Thompson),

⠀⠀§ es su voz la de un gato aterido que acaba de morir por novena vez (Thomas Berthold),

⠀⠀§ la mitad del impacto de las canciones de Waits proviene del modo en que las dice; cuando le preguntaron en la radio cómo había conseguido ese estilo vocal único, respondió: “Bebo mi propia orina” (Steve Packer);

⠀⠀§ la impresión de escuchar a Waits por primera vez es como estar en una fiesta gay, con los ojos vendados, y que te pusieran en la mano una salchicha (cómico y cantante británico Vivian Stanhall),

⠀⠀§ una voz que suena como si hubiese nacido viejo, como si hubiese nacido fumando (Jonathan Valania),

⠀⠀§ a veces su voz suena como si uno de esos perros de rescate de los Alpes se hubiera bebido el brandy (Valania, de nuevo),

⠀⠀§ canta como alguien que no puede librarse nunca de la lluvia estando permanentemente acatarrado (Frida Smith),

⠀⠀§ se hace difícil no describir su voz como ronca, áspera o macerada en whisky; dolida, solitaria y confiada; es un sentimiento, no una palabra; no lo sabes hasta que la escuchas y cuando lo haces suena ronca, áspera y macerada en whisky; pero también suena tierna, melancólica y enamorada; psicótica, desesperada y averiada como un automóvil tirado en una carretera interestatal (Mac Montandon),

⠀⠀§ él no es la voz del trabajador común; se parece más a la voz del monstruo de circo (Elizabeth Gilbert),

⠀⠀§ durante los halloween juego con mis hijos a que ellos son Jack Skellington mientras yo soy el zombi con la voz de Tom Waits bailando “Thriller” de Michael Jackson (standopero australiano Bob Gibb),

⠀⠀§ alguien dijo en una ocasión que yo no era músico, sino ingeniero de tonalidades; eso me gusta, pues es al mismo tiempo clínico y primitivo (Tom Waits).

Portada original del bello Closing Time de Tom Waits.

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Lo cierto es que este hombre —compositor, cantante, pianista, actor esporádico, poeta, encantador mitómano—, desde 1973 en que grabó su primer álbum: Closing Time, con una veintena de álbumes si incluimos sus propuestas teatrales y cinematográficas (con Coppola, Stallone, Jarmusch, Burroughs, Altman, Robert Wilson, Benigni), no ha dejado de cantar incorporando asombrosas (¡realmente asombrosas!) piezas al mundo roquero. Porque el rock en Tom Waits vuelve a tener —y a tomar, caray— sentido, distanciada su música de toda esa parafernalia popera, la cual rehúye con indiscreción y aspavientos comprensibles (“la belleza del negocio del espectáculo —ha dicho con su tradicional sarcasmo— es que es el único negocio en el que puedes mantener una carrera después de muerto”).

Cuando representó en 1992 a Reinfeld en el Drácula de Coppola, el periodista Valania —según consta en el libro Tom Waits / Conversaciones, entrevistas y opiniones, que recopilara Mac Montandon para Global Rhythm y traducido al castellano por Ignacio Juliá por esa misma editorial en Barcelona en 2008— le dijo que su acento inglés le había quedado perfecto.

—Dicen que debería estar interpretando a Shakespeare en vez de toda esa bazofia de música pop —respondió Waits, para quien la mercadología musical está diseñada únicamente por los mercaderes de la industria discográfica, muchas de ellas mejor preparadas “para vender electrodomésticos”.

—Pareciera con ello demostrar entonces que usted no sabe cuál es su público —le cuestionó Keith Phips.

—No lo sé realmente —respondió Waits—. Creo que uno ni siquiera debe suponer que tiene un público y dejar que eso se te suba a la cabeza.

—Tiene fama de ermitaño, ¿le molesta eso? —preguntó Phips, volviendo a la carga con el tema de la fama, tan ajeno a Waits.

—Para nada. Creo que es una buena reputación. Mantiene alejado a los extraños. Es como ser un apicultor. No, es mejor que la gente sienta aprensión a acercarse a ti en el supermercado, es bueno. No soy el Payaso Sonrisas. O Bono. No corto las cintas en las inauguraciones de supermercados. No me pongo al lado del alcalde. Tira tu pelota en mi patio y no volverás a verla.

Sin embargo, en 1999 vendió más de un millón de copias por su álbum Mule Variations (editado por la independiente empresa Epitaph), que al año siguiente recibió el Grammy al mejor disco de “folk contemporáneo”, dejando estupefactos a los hacedores de artistas pop en las disqueras tradicionales, que no aceptarían, en lo absoluto, a Waits en sus estudios de grabación por tratarse, según exclaman, de un artista ambiguo y excéntrico, un ser anómalo que por ende se burla de los cánones establecidos.

Ni el propio Waits entendió aquella inesperada venta masiva de su modesto álbum.

—¿Cómo se explica que pueda vender usted un millón de ejemplares de un álbum en una época en que la industria musical afirma que a la gente sólo le interesa los artistas que se venden fácilmente? —le preguntó Valania en 2004.

—No lo sé. Pero si en lugar de discos hubieran sido sillas de jardín, ¿qué significaría? Si fueran macetas con plantas, ¿qué significaría? Si fueran caniches, ¿qué significaría? Vivimos en un mercado libre…

Pero no lo programan en la radio del mundo, y ese es un hecho indiscutible.

—¿Qué clase de mordida sería necesaria para que los locutores programaran algunas canciones suyas? —le preguntó Steve Oney en 1988 para un cuestionario de Playboy.

—Habría que mandarles unos cuantos pichones congelados —respondió Waits, con humor, probablemente desinteresado en el tema—. Eso tal vez funcionaría. O quizás unos filetes spencer…

Sencillamente, le viene valiendo un carajo si su música es transmitida o no en la radio, como también hace a un lado todas aquellas pretensiones consumistas de propaganda usando a los famosos en los anuncios publicitarios: él ha rechazado ofertas como la de Honda (150 mil dólares) y Chevrolet (sin precisar el costo), al igual que Bruce Springsteen, quien rechazó 12 millones de dólares por aparecer en un anuncio de la Chrysler durante tres segundos.

—Es duro —ha declarado Waits—, porque somos tan consumistas que nuestra única senda espiritual parece proceder de la caza del dólar. Parece como si estuviera bien en el caso de que pagaran lo bastante. Venderse está bien visto mientras cobres lo suficiente.

No obstante, y sin proponérselo, en 1990 recibió 2.6 millones de dólares tras un litigio con la empresa Frito-Lay por el uso no autorizado de su música en un anuncio de Doritos efectuado en 1988, que le sirviera para comprarse una casa —aún no localizada por ningún periodista— en California, donde vive con su esposa y sus tres hijos.

—Nadie tiene derecho a reproducir tu música como apoyo para la venta de sus productos chatarra —ha dicho, y con sobrada razón.

Y también tiene cosas —ironías— que decir sobre la prensa, bastante provechosas: “Mi mujer y yo leemos el periódico y recortamos cientos de artículos, y entonces leemos el periódico de ese modo, sin todo lo demás. Es nuestro propio periódico. Hay mucho relleno en el periódico y el resto es publicidad. Si lo condensas y te quedas con las historias esenciales, como la historia sobre el pez con un solo ojo y tres colas que hallaron en el lago Michigan, renuevas totalmente tu relación con la prensa”.

Y vaya si no se sabe demasiadas cosas raras por estar sumergido en sus lecturas periodísticas, como aquella historia del hombre que murió atragantado con una Biblia de bolsillo de 287 páginas, o que los cláxones de los automóviles dan en tono de fa, o que la miel es el único alimento que no se echa a perder con el paso del tiempo. Y sabemos de sus lecturas porque todas estas historias se las cuenta a sus entrevistadores, que las reportan con puntualidad en sus textos.

—Recientemente —le contó a Jonathan Valania en 1999— un pescador coreano fue arrestado por alimentar a un banco de tiburones con su esposa tras una discusión acalorada. En Corea sigue estando prohibido por la ley usar a tu esposa como cebo.

Al mismo Valania le contó, más tarde, que se habían mudado de Kentucky porque en ese estado sigue imperando una ley por la cual los ciudadanos deben bañarse por lo menos una vez al año.

—Por eso nos fuimos —dijo Waits—. Eran demasiado mandones.

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