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Las siete décadas y media de Ry Cooder

De fifís y discriminación.

Agosto, 2022

Posiblemente su nombre no sea muy conocido —mediáticamente hablando—, sin embargo no hay duda de que Ry Cooder es uno de los grandes artistas estadounidenses dentro del ámbito musical. Compositor de canciones y bandas sonoras, es conocido sobre todo por su trabajo con la guitarra slide. (De hecho, su nombre suele aparecer —y con justa razón— en todas esas listas del tipo “los 100 guitarristas más grandes de todos los tiempos”). Por otra parte, ha ejercido también de productor musical y es un apasionado por las músicas tradicionales de su país —como la música folk, el blues, el tex mex, el R&B o el gospel, géneros que ha dejado registrados en su frondoso historial de grabaciones. En este 2022, Ry Cooder ha llegado a las siete décadas y media de vida; Víctor Roura aquí lo celebra…

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En la historia de la world music existe un álbum que es la crónica de una represión discriminatoria contra un barrio habitado por mexicanos en Los Ángeles, California, a mediados del siglo XX, localizado justamente donde ahora está levantado el Estadio de los Dodgers, inaugurado en abril de 1962, la construcción más grande en Estados Unidos para el beisbol con cupo para cincuenta y seis mil aficionados.

La zona habitacional conocida como Chávez Ravine, dividida en tres barrios de extracción proletaria: Palo Verde, La Loma y Bishop, extenso terreno donde cientos de mexicanos construyeron sus viviendas desde principios del siglo XX, barrio afamado por la eclosión de cholos, bukis y pachucos. De no haberse fundado el poblado Chávez Ravine tal vez no existiera esta leyenda de los pachucos, ni la película Zoot Suit de Luis Valdez en 1981, ni Tin Tan la hubiera podido haber recreado en sus personajes más celebrados.

Pero la autoridad estadounidense, siempre racista, decidió acabar de una vez por todas con aquella pacífica comunidad con el argüende de que ahí precisamente era el sitio idóneo para el estadio beisbolero de los Dodgers, estos gandules del bat, o esquivadores de vaya uno a saber qué tanta cosa. Justamente ahí donde convivían los mexicanos. Allí mero, y en ningún otro lado. Roosevelt, Truman y Eisenhower se encargaron de limpiar el área. Faltaba más. Y entonces vino la horrísona represión, la brutalidad policiaca, la intolerancia norteamericana. Tal como los españoles demolieron, sin piedad alguna, las ciudades de Mesoamérica en el siglo XVI, los estadounidenses, porque sí, destruyeron sin miramiento alguno el barrio sin importarles, mínimamente, el futuro de estos incómodos inmigrantes.

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Y no fue otro sino el ilustre roquero Ry Cooder, nacido justamente en Los Ángeles el 15 de marzo de 1947, quien en su disco intitulado Chávez Ravine nos cronica la cruenta historia de la difuminación del barrio otrora orgulloso de su hábitat e integrado por completo a un país que no era el suyo.

Después de haber grabado el disco, en 2003, Mambo Sinuendo con el cubano Manuel Galbán, Ry Cooder puso manos a la obra en su versión sobre lo acontecido en aquel tramo vil de la historia estadounidense, que nadie contaría si no se ponía él al frente del proyecto, que vio la luz en junio de 2005, álbum en dos idiomas, como debía ser, con personalidades de altura como Lalo Guerrero y el texano Flaco Jiménez (1939), que interpretan, con verdadera conmoción, aquellos actos de vileza demoledora. Lalo Guerrero no pudo ya mirar el disco porque murió, a sus 88 años de edad, tres meses antes de que saliera al mercado, pero estuvo presente en esta grandiosa obra con su desgarradora y potente voz, nunca resquebrajada, en su último proyecto artístico luego de una larga y provechosa carrera musical (un poco antes de inmiscuirse en este álbum de Cooder grabó con Los Lobos un grato cuento para niños con música de rock). En México este gran hombre, nacido en Arizona en diciembre de 1916, es conocido sobre todo por sus versiones navideñas con unas ardillas traviesas con Pánfilo como símbolo de la irreverencia.

Ry Cooder en una imagen de 2018. / Foto: Joachim Cooder.

Es Lalo Guerrero el compositor que apunta en ese iluminador disco: “En la historia del boxeo has ganado o has perdido, pero en Chávez Ravine todo quedó en el olvido. Nadie sabe los secretos que quedaron escondidos”. Y en otra memorable canción, firmada por él mismo, testigo de aquella masacre, con un bello y tristísimo acordeón de fondo del Flaco Jiménez, canta vehemente: “Viejo barrio, barrio viejo, donde un día hubo casas, donde vivió nuestra raza, sólo quedan los escombros de los hogares felices, de las alegres familias, de esa gente que yo quise. Por las tardes se sentaban afuera a tomar el fresco, yo pasaba y saludaba, ya parece que oigo el eco. Cómo está, doña Juanita. Buenas tardes, Isabel. Hola, qué dices Chanita, ¿cómo están Arturo y Manuel? Viejo barrio, barrio viejo, que en mi infancia te gocé y con todos mis amigos iba descalzo y a pie. Dicen que éramos pobres, pues yo nunca lo noté. Yo era feliz en mi mundo de aquel barrio que amé. Por la calle del convento la casa destruida quedó como monumento al gran amor de mi vida. Pobrecito viejo barrio, cómo te debe doler cuando en nombre del progreso derrumban otra pared. Viejo barrio, barrio viejo, yo también ya envejecí, y cuando uno se hace viejo nadie se acuerda de ti. Vámonos muriendo juntos, que me entierren en tu suelo y seremos dos difuntos rodeados de mil recuerdos”.

Pocos meses después de haber grabado esta conmovedora canción con Ry Cooder, don Lalo Guerrero murió.

Es probable que ésta fuera su última canción.

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Y es en este homenaje al barrio viejo donde Ry Cooder incorpora la canción “Muy fifí” con Chucho Valdés en el piano: “—Mi hijita, por Dios te lo pido, no salgas con ese tipo. Traje guango y se le ve el filero. Le gusta el pleito y es callejero. Te trae de la oreja, lavándote la mente. ¡Cómo te vistes, hija, no es decente! Tu falda apretada, la trais hasta aquí. Tu greña toca el techo, te crees muy fifí. (Muy fifí, te crees muy fifí.) —¡Ay, mamá, por qué te apuras! Cuando estoy con Smiley me guarda sin duda. Si salimos del barrio, los demás lo respetan. Nunca estoy en peligro, y los bukis me aceptan. —¡Cierto! Su raza es ruidosa y se wacha loca y muy baja. Pero confío en que llegue en un carrazo a la casa. —Puro güiri güiri, ya me voy al borlote. La música en vivo con mi Smiley chulote. Sabes que es jueves, y no nos cierran las puertas. No me voy a desvelar, pero voy a dar mis vueltas. (¡Mírala, mírela, muy fifí! ¡Wáchala, wáchala, muy fifí! ¡Cómo se mueve, se nos suben las ganas! ¡Sus ojos comiendo como si fuera piraña! ¡Se cree muy fifí!)” Y al final se oye una voz que parlotea asegurando: “Se cree muy fufí porque es muy fifí la muñeca, pues”.

La canción define perfectamente a la fifí. No nos deja ninguna duda acerca de la ansia denotativa de la chica por sobresalir, presumida que es por creerse más que sus congéneres. El diccionario lo dice bien: fifí es un adjetivo coloquial por el cual se nombra a una persona que “tiene modales y actitudes delicados y exagerados”, si bien el término también puede ser despectivo (es despectivo, más bien) al llamar fifí a “una persona presumida y a la moda”. Por eso fifí es, digamos, Lady Gaga o las actrices o actores y cantantes (mujeres u hombres) que se mueren por estar a la moda, por ser motivo de súbito trending topic. Como la fifí de la canción, que quería, o aparentaba, o deseaba ser lo que en realidad no era.

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