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“En el trópico están mis raíces, así que en el trópico quebraré yo mis alas”

‘In memoriam’: Gilberto Romero Limón (1943-2022).

Julio, 2022

El poeta Lauro Acevedo escribió que Gilberto Romero Limón era un humanista enamorado de las artes bellas que nos hacía reencontrarnos con la vida y con ese (a veces) extraviado anhelo de armonía. En el siguiente texto, Juan José Flores Nava parece dar fe de estas palabras.

I

No te preocupes, luego nos ponemos amarillos, me dijo Gil la noche en que me recibió en su casa. Por ahora —insistió mientras preparaba un par de rones— lo importante es que no te me desencuadernes. Con ello quería decir que ya habría tiempo —que la vida nos daría tiempo— para ponernos a mano, para saldar las deudas, para arreglarnos; que por el momento —aquella noche al menos— lo primordial era brindar, sobrevivir, seguir adelante, dejar atrás la tristeza y el miedo, la incertidumbre y dolor que me estaban devorando lentamente. En esos días yo no tenía trabajo ni ahorros ni dinero ni bienes materiales con los que pudiera pagarle el alojamiento que generosamente me brindaba por tiempo indefinido. Peor aún: mis ganas de vivir hace rato que se habían ido. Pero entonces Gil terminó de preparar nuestros tragos y brindo conmigo por todo lo que viene. Porque todo lo que viene es bueno, chamaco, sentenció.

Y tenía razón. Gil tenía razón casi siempre. Era un viejo astuto. Claro, Gilberto Romero Limón, Gil, seguramente fue joven (o niño) alguna vez, pero cuando yo lo conocí ya era ese viejo dicharachero, sonriente, ojo alegre, eternamente contento y realista, amiguero, generoso, desinteresado y cuentero cuya principal ocupación era gozar de la vida. El día en que llegué a su casa, exiliado del mundo familiar que había habitado por 11 años, Gil me dijo que acababa de cumplir 73 años. Era mayo de 2016. Pero seguro mentía: con el paso del tiempo, con los años de convivencia, me fui dando cuenta de que Gil llevaba en este mundo acaso unos 300 años. No obstante, fue muy duro enterarme hace unos días que falleció. Porque él había programado su muerte para después del 15 de abril de 2054, cuando cumpliría, oficialmente, 111 años. Siempre andaba persiguiendo el número 11. Si sumamos los dígitos que contiene el año 2054 (2+0+5+4) dan 11. Quizá por eso, al darse cuenta de que la enfermedad que lo tenía postrado desde meses atrás no remitía, decidió abandonar su cuerpo el lunes pasado mientras estaba en su natal Tlacotalpan, Veracruz: nada menos que el 4 de julio de 2022 (el día 4 del mes 7, para que sumaran 11) (del año 2022: porque el 22 del final dividido entre el 2 del principio resulta que da 11).

No podía ser de otro modo porque Gil decía estar preparado. Aprendió a tener listas las maletas para cuando tuviera que realizar ese último viaje que algún día todos tendremos que emprender. Su larga relación con la muerte lo había obligado a ello: fue embalsamador, vendedor de ataúdes, director de un panteón, cuidador de enfermos terminales de sida, y lo más doloroso para él, lo que acabó de templar su carácter con relación a nuestra efímera existencia, fue el haberse entregado por completo, uno al lado del otro, a la lucha que el hijo más pequeño de su primer matrimonio decidió darle al maldito cáncer. A contracorriente de todo pronóstico médico, juntos le plantaron cara a la enfermedad por años. Hasta que el cuerpo del chaval no pudo más. La muestra física y espiritual, palpable y etérea de este aprendizaje, de esta batalla, por salvar a su hijo, Gilberto Romero Bolaños, quedó plasmada en El viaje, el único poemario que Gilberto Romero Limón, ese viejo de 300 años enamorado de las artes y de la literatura, publicó mientras vivía.

En este pequeño volumen, que apareció bajo los sellos de Ediciones Odra y el Seminario de las Artes de Baja California (que preside el poeta ensenadense Lauro Acevedo y del cual Gil fue miembro fundador), traza, primero, un recorrido desde su vida musical, alegre, tropical y jarocha hacia su infancia; y en un segundo momento muestra la partida del hijo, su fallecimiento como un trayecto que apunta hacia el origen (“el camino de luz es surco fértil para nacer de nuevo”).

En la primera mitad de El viaje, Gilberto Romero Limón relata su regreso, el vuelo a sus orígenes en Tlacotalpan: habla de pláticas juveniles de café, del menjul, de las coplas, de los portales, del pandero, del tablado, del taconeo y del son; es el ambiente del huapango, es el ambiente jarocho: la fiesta pura; ese ambiente que formó el basamento de su carácter, que le permitió ver las cosas no desde el dramatismo, sino desde el lado jocoso de la vida, de encontrarle el lado agradable, constructivo a todo lo que sucede. Eso fue lo que le enseñó Tlacotalpan. La segunda mitad de El viaje avanza en una dirección muy distinta: arranca con la luz azul de un monitor de hospital; es el viaje de su hijo Gilberto Romero Bolaños en retrospectiva desde el momento en que fallece y hasta su infancia. El hijo que le enseña al padre a ser compasivo, a ponerse en el lugar de la otra persona, a no hacer enemigos, a hacerle el bien a los demás, a encontrar la felicidad a pesar de las adversidades. Viajeros ambos, hoy recorren juntos otras dimensiones. Tal vez andan entremetidos en este texto. Tal vez los dos me miran y beben conmigo un ron mientras escribo y los recuerdo.

Primer movimiento, grabado sobre madera de Gilberto Romero Bolaños.

II

Gil estudió formalmente contaduría en el Instituto Politécnico Nacional. Pero en los 300 años que algunos suponemos que vivió debió haberle dado tiempo de aprender medicina, pintura, pedagogía, teología, jardinería, astrología, filosofía, literatura, periodismo y brujería. Tal vez hasta fue cura en algún momento. El hijo más pequeño de su segunda consorte le decía que usaba un lenguaje eclesiástico. Y no pocas veces lo vi escuchar, cual sacerdote en el confesionario, por horas y horas a mujeres que lo buscaban por teléfono o en su casa para hallar por fin un oído atento, una mirada comprensiva y un corazón que no las juzgara, que no las cuestionara con ataques, que las comprendiera, que les devolviera un poco de paz. Eso sí, no tenía un ápice de solemnidad. Incluso el arte y la literatura eran, para él, algo más relacionado con la celebración que con la pompa o la pedantería.

A Gil no le caía nada bien la seriedad. Y mucho menos esas etapas que nos lesionan, como la depresión o el estrés. Por eso cuando llegué a su casa con la orejas gachas y el alma todavía oscura, lo primero que hizo fue hacerme reír, contarme algunos chistes sobre hombres derrotados y decirme “no te me desencuadernes”, que era como decirme no te caigas, no te deprimas, no te vayas para abajo, no dejes que lo que te sucede te derrumbe. Y es que en algún momento de su vida Gil se dio cuenta de que la celebración es el estado ideal en que debe reposar el ser humano. No hay por qué preocuparse, abatirse o angustiarse por algo, decía. Y recordaba a los grandes filósofos de todos los tiempos: “No debemos angustiarnos por el día de mañana, pues cada día trae su afán”. Así que para él no tenía caso que uno anduviera buscando la forma de sujetarse a algo o a alguien porque ese algo o ese alguien nos va a lastimar cuando se nos vaya o cuando nosotros mismos tengamos que dejarlo.

—El apego a las cosas o a las personas nos provoca angustia y dolor —decía Gil—. Por eso busco esos ambientes, si no de regocijo, sí de tranquilidad. Ambientes de creación que me satisfacen internamente, aunque a veces tenga que esforzarme por lograr lo que quiero. Porque no es un esfuerzo que me lastime, sino de satisfacción, productivo, en el que hago lo que me gusta rodeado de un ambiente adecuado y del que siempre van a salir cosas buenas.

III

Sin duda el trópico era su destino. Aunque muy joven salió de Tlacotalpan, a los 17 años, Tlacotalpan nunca salió de él.

—Allá en el trópico es donde están mis raíces —decía—, así que allá quebraré yo mis alas.

Y así fue. El trópico siempre le atrajo porque es muy alegre, muy vistoso, tiene mucha música, mucho ambiente. Al trópico le atribuía su irrefrenable inclinación artística hacia la libertad y el regocijo, sus deseos de viajar. Un día me contó que cuando era un bebé se salió de la casa gateando y se lanzó a la calle. Como la calle estaba pavimentada con cáscaras de coyol, que es un material muy duro y muy cortante, se hirió sin remedio manos y rodillas. En primavera y verano, las calles de aquel Tlacotalpan de los años cuarenta del siglo pasado solían estar desiertas al mediodía. Así que nadie se dio cuenta de que avanzaba por la avenida hasta que su mamá y su hermana mayor notaron que había demasiado silencio en casa. Entonces comprendieron la razón de ese silencio y salieron tras el bebé a buscarlo. Lo hallaron metros adelante, sangrando pero sin detenerse. Gil atribuía ese suceso a su deseo de salir, de viajar, de conocer el mundo a pesar del dolor. Y sin rubor alguno reconocía que fue muy desmadroso desde chiquito:

—Mi hermana mayor me contó que un día mi mamá me dio una bofetada porque le mordí el pecho mientras estaba mamando. ¡Desde recién nacido andaba yo de desastroso…! Ja-ja.

Así era Gil desde pequeño: un viejo lobo de mar sin remedio. Un hombre que si bien al momento de fallecer tenía 79 años y no los 300 años de los que sus interminables experiencias y anécdotas daban cuenta, supo entregarse a los otros con generosidad. Vivir. Él me enseñó a vivir de nuevo. Cuando cumplí 40 años (hoy tengo 45) volvimos a brindar por todo lo que viene. Porque, como ya saben, todo lo que viene es bueno. Creo que ni viviendo 300 años, como él, podría ponerme amarillo, a mano, con Gil. Pero eso, aunque lo tuviera aquí mismo, hoy mismo, compartiendo, bebiendo, diciendo “salud”, no le importaría en absoluto. Nunca hacía un favor esperando a cambio una retribución. Lo que le preocupaba es que al marcharse de este mundo lo olvidaran. Ya sabes que hay dos muertes, me decía, la primera es cuando sepultan nuestro cuerpo; la segunda, cuando el último de nuestros amigos se olvida de nuestro nombre. Por eso mismo escribo este texto: para que nuestro recuerdo lo salve de esa segunda muerte. Ahora comprendo lo que advirtió con claridad en los versos iniciales de El viaje:

La tibia brisa del sur me llama,
la escucho
como lejano musitar de sones,
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀de arpas, de jaranas,
me dice que el trópico
es mi destino final.

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4 Comments

  1. Holaaa Juan José!
    Excelente artículo donde describes a Don Gil, QEPD, en una forma tan precisa y de manera poética.
    Gracias mil! Abrazos
    SHALOM.

  2. Si ese era mi tío Gilberto, hermano de mi papá, siempre alegre, y sobre todo, que trataba de contagiar su alegría a quienes lo rodeaban, no se la guardaba.
    Pero se adelantó en este viaje para estar con su demás hermanos platicando alguna anécdota de seguro.

  3. Que tipazo debió ser Dn Gilberto para que alguien pudiera escribir desde su alma palabras tan bellas de una esencia que ya partió…gozoso es como debe estar…QDEP

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