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Murió una época: un adiós a Mauricio Davison

El pasado jueves 30 de junio el actor de origen chileno, aunque hecho en México, partió de esta tierra. Decir que sólo actuaba es quedarnos cortos: lo que Mauricio Davison hacía sobre las tablas era (siempre) una cátedra.

Julio, 2022

De origen chileno —aunque hecho en México—, el pasado jueves 30 de junio partió de esta tierra el primer actor Mauricio Davison, sin duda alguna un imprescindible en el teatro mexicano. Bajo la ordenes de Juan José Gurrola, Salvador Garcini, Eduardo Ruiz Saviñón o David Olguín —entre otros—, actuó en más de 80 obras en las que mostró su excelsitud histriónica dando vida a personajes inmortalizados en el quehacer escénico. (Tan sólo en los últimos años su Shylock, en El mercader de Venecia, era apabullante). En estas líneas escritas a manera de despedida, el crítico teatral y periodista Fernando de Ita es claro: “Todo era actuado en él, pero no ficticio; solo antinatural y ese fue su manera de ser un actor distinto”.

La muerte del actor de origen chileno, pero hecho en México, Mauricio Davison (Chile 1940-México 2022), divulgada la noche del jueves 30 de junio del año en curso, es el fin de una manera, de una forma de interpretar el fingimiento de la vida que es el teatro. En el caso de Mauricio, esa falsedad era más bien una simulación. Por algo fue el actor emblemático de Juan José Gurrola, quien dijo una y otra vez que el teatro es un simulacro de lo real; la manera en la que el artista edita, recompone, dramatiza y simula la vida. Gurrola y Mauricio, Juan José y Davison representaron de distinta manera la diferencia que hay entre un ser normal y un hombre de teatro. Gurrola actuaba por instinto; Mauricio por manierista. Ambos fueron extraordinarios simuladores de sí mismos.

Davison llegó a México a finales de los sesenta, de manera que no fue un exiliado político sino un joven chileno que deseaba ser piloto y aterrizó en tierra azteca por motivos que hoy he olvidado pues me los contó de pasada hace muchos años. Con esto quiero decir que lo que escribo ahora mismo no es una nota necrológica sino una reacción emocional a la muerte de un artista singular, con quien coincidí en un tiempo y un espacio geográfico y teatral que me marcó la vida. Como crítico había seguido su periplo gurrolesco y me había asombrado con su capacidad para actuar como si la vida fuera un espejo de la ficción y no al contrario. Aunque lo entreviste por primera vez en los ochenta por un divertimento de Héctor Mendoza llamado La historia de la aviación, en la que el héroe de la jornada era el constructivismo aéreo de Alejando Luna porque la obra en sí era banal. Pero Mauricio estaba feliz porque por fin pudo volar un aeroplano y no morir en el intento.

Mauricio Davison. / Foto: Centro Cultural Helénico

En las brevísimas semblanzas de Mauricio en internet se le menciona únicamente como el actor de Gurrola, ignorando que Davison fue sobre todo un actor de sí mismo. Eduardo Ruiz Saviñón, quien trabajó con él en muchos montajes y fue su amigo por hartos años, lo sabe de sobra. En Cuernavaca, Mauricio era nuestro Laurence Olivier de provincia, un lujo inmerecido para los aprendices de teatro que estábamos por debajo de sus capacidades histriónicas. A él le debo que mi primera puesta en escena no fuera un fracaso y, sobre todo, un consejo malévolo para que la crítica no me destrozara; su razonamiento era impecable:

—Fernando, llevas varios años sangrando a figuras del teatro. Si firmas este estreno con tu nombre te van a cobrar las afrentas. Pon en el boletín de prensa que la obra es de un autor rumano y que tú sólo la diriges.

Y sí: lo hice y surtió efecto. Mis colegas me perdonaron la vida y La enfermedad del amor tuvo una exitosa temporada en el Teatro Ocampo de la capital de Morelos, ya con mi nombre como autor, más dos temporadas en el Teatro Santa Catarina de la UNAM (en la Ciudad de México). Debo agregar que la escenografía de Jorge Ballina y las interpretaciones de los actores fueron determinantes para tal advenimiento. Aunque la estrella fue Mauricio actuando a un personaje inspirado en Balthus, el pintor de las niñas eróticas. Él no era un hombre perverso, sólo un actor capaz de transgredir en escena la moral establecida, con esa parsimonia de actor inglés, arrastrando sus diálogos hacia adentro de sí mismo con un histrionismo insoportable en otro actor que no fuera él. Mauricio era un hombre blanco, alto, fornido, guapo, pero sobre todo introspectivo. Ahora pienso que aquello que le daba credibilidad a su fingimiento era la afectación de sus gestos, de su enunciación, de sus emociones. Todo era actuado en él, pero no ficticio; solo antinatural y ese fue su manera de ser un actor distinto.

Esa diferencia entre su gremio tuvo su momento áureo en el montaje de Gurrola, El hacedor de teatro, de Thomas Bernhard, un autor maldito montado por un director proscrito y un actor infame: ¡qué milagro!

Murió de viejo Mauricio Davison. No es fácil para un actor llegar tan lejos cuando ha vivido tantas vidas que terminan antes, noche tras noche en el escenario. Viéndolo en escena uno diría que era el tipo de actor que se lleva el personaje a su casa, que duerme con él, come con él y se lo lleva de paseo. Cierto y falso. Mauricio se ponía al personaje encima de sí mismo a sabiendas que era falso. Esto es, que era la única manera de ser auténtico para una persona dedicada a vivir la vida como un simulacro.

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2 Comments

  1. Fue mi tío abuelo… lo conocí en achulé hace más de 25 años y aún recuerdo su forma de hablar que marcaba bastante, gran persona y muy agradable.
    Que triste…

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