ConvergenciasModus Vivendi

Los incultos

Julio, 2022

¿Qué es la cultura? Aventurar una definición de ella garantiza, más que un fracaso, una serie o un conjunto de imprecisiones. No es, desde luego, una cuestión sencilla definirla. Parece ser más fácil entenderla a través de su funcionamiento y operación. Eso no evita, sin embargo, que haya incultos, incluso si se dicen bien informados o si son esnobs.

La cultura no es lo que se obtiene estudiando a Shakespeare, escuchando música clásica o asistiendo a clases de historia del arte, dijo atinadamente ese antropólogo neoyorquino, Marvin Harris. Y agregó que más allá de esta negación imperaba la confusión. ¿Por qué? Porque decir qué es la cultura resulta demasiado problemático. Para algunos, decía, consiste en los valores, motivaciones, normas y contenidos ético-morales dominantes en un sistema social. Para otros abarca no sólo los valores y las ideas, sino todo el conjunto de instituciones por las que los hombres se rigen. Algunos, señalaba, consideran que la cultura consiste exclusivamente en los modos de pensamiento y comportamiento aprendidos, mientras que otros atribuyen una mayor importancia a las influencias genéticas en el repertorio de los rasgos culturales. Y, por último, dijo, están quienes opinan que la cultura consiste sólo en pensamientos o ideas mientras que otros defienden que se compone tanto de esos pensamientos e ideas, así como de las actividades asociadas a los mismos. Su postura iba encaminada a comprenderla como un modo socialmente aprendido de vida, propio de las sociedades humanas, que abarca todos los aspectos de la vida social y que incluye tanto el pensamiento como el comportamiento.

Cualquiera que haya tenido un mínimo acercamiento a la antropología podrá saber que establecer una definición contundente de ese resbaladizo término sigue siendo problemático. De hecho, aventurar una definición de ella garantiza, más que un fracaso, una serie o un conjunto de imprecisiones. No es una cuestión sencilla definirla. Parece ser más fácil entenderla a través de su funcionamiento y operación. Acerca de las definiciones de cultura están las descriptivas, que aluden a ésta como una totalidad comprensiva. Están las históricas, que la destacan como una especie de herencia social. Están las normativas, que enfatizan el aspecto conductual. También están las psicológicas (por cierto, las peores de todas), que la reducen al comportamiento. Ya sea como ajuste social, como aprendizaje o como una orientación debida a un “super yo”. Las estructurales la definen como un significante universal, es decir como un sistema abstracto y completo que no depende de ninguna “cultura concreta”. Y, por último, están las genéticas que se encargan de explicar la génesis y el proceso “evolutivo” de las culturas.

Y si pensó que todo terminaba ahí, se equivocó, pues más allá de los distintos tipos de definiciones de cultura están los conceptos que se derivan de los distintos enfoques teóricos dominantes. El concepto histórico-particularista apela al desarrollo de cada cultura y a la utilización del método inductivo y empirista. El funcionalista destaca la universalidad y homogeneidad de la naturaleza, considera que la cultura es algo secundario, una variedad de respuestas distintas a las necesidades de la naturaleza. El estructuralista apela al uso de los métodos de la lingüística para su estudio, oponiéndose fuertemente al empirismo y al método inductivo. Y así sucesivamente. Y si piensa en el cruce entre las definiciones y los conceptos, la cuestión se torna aún más compleja y emocionante. De este modo, se le invita a que la próxima vez que escuche decir a alguien que la “causa” o “razón” de algún acontecimiento, hecho, situación, circunstancia, etc., “es cultural”, no se aguante y atícele un zape. Ya tiene elementos para determinar con prestancia que alguien no sabe de lo que está hablando. Utilizar la noción de cultura como argumento para esgrimir “explicaciones causales”, por cierto, es inculto. “Es que es cultural” se les escucha repetir con un dejo de pericia a los incultos. Decir que algo pasa porque “es cultural” es como decir que la música es un estímulo sonoro o que el cielo es el espacio en el que se mueven los astros. Es como decir absolutamente algo incoherente.

¿Por qué, a diferencia de lo que ocurre en otras sociedades, nosotros no nos descalzamos antes de entrar a nuestros hogares? ¿Por qué algunas personas que fuman suelen golpear las cajetillas contra una de sus manos para “bajarle el tabaco” a los cigarros? ¿Por qué las parejas que, digamos, se quieren suelen darse de besos en la boca? ¿Por qué en una sociedad estratificada como la nuestra las personas suelen ponerle nombres “americanos” a sus hijos? ¿Por qué a las personas les gusta subir el volumen mientras escuchan música? ¿Por qué los beisbolistas mascan tabaco y usan gorras aunque sea de noche mientras juegan? ¿Por qué los raperos adoptan esas posturas corporales tan singulares y se “tocan” los genitales de manera frenética al cantar? ¿Por qué los estudiantes toman apuntes mientras toman clases? No. No vamos a responder estas preguntas. Sólo imagine que alguien responde: “Es que es cultural”. ¿Se fija? ¿Es claro lo que se quiere señalar? Que la cultura como argumento de explicación causal es algo absurdo. Y si bien es extremadamente difícil definir qué es la cultura, la preocupación aquí no está centrada en hacerlo como en ocuparnos de los incultos.

Desde que alguien dijo que las personas incultas no existían porque todas pertenecen a una cultura, los incultos respiraron tranquilos. No obstante, hay muchas formas de ser un buen inculto: pensando que Paulo Coelho es un buen escritor; declarando que el reggaetón es subversivo y contracultural como lo fue el rock and roll en su momento; suponiendo que Bad Bunny es un artista; pensando que todos los libros de metodología de la investigación son buenos; afirmando que ir a los museos lo vuelve más culto a uno; considerando que escuchar jazz, tomar una copa de vino y leer un libro de Vargas Llosa a la vista de todos es cool; pensando que sólo si se presenta evidencia empírica se está haciendo investigación o se está construyendo conocimiento; afirmando rabiosamente que la investigación de gabinete no es investigación; declarando que citar autores, como se ha hecho aquí con Marvin Harris, es recurrir a “dichos” para argumentar; estando convencidos de que el uso de argumentos es recurrir a puntadas; diciendo “está comprobado científicamente que”… y después completando con cualquier burrada; vociferando que leer literatura construiría un mundo mejor; poniendo en evidencia la incapacidad para distinguir un buen libro de un mal libro de literatura o una buena de una mala película o serie de televisión; reduciendo los procesos sociales a procesos neuronales en el momento de explicar los acontecimientos; reduciendo los procesos sociales a meras cuestiones individuales o de intención y voluntad; soñando con descubrir leyes del comportamiento humano que sean universales, es decir, eliminando las diferencias culturales de las sociedades; asegurando que Cantinflas era un excelente actor, que Pedro Infante era un estupendo cantante y que Arjona es un inigualable compositor; creyendo que estudiar bonobos o ratas nos llevará a la comprensión de la esencia de los comportamientos humanos; citando frases célebres de libros que no se han leído; llamando periodistas de espectáculos a los chismosos profesionales. En síntesis, haciendo de la vida social una extensa fastidiología (esta bonita palabra se la tomé prestada, sin que supiera, al querido colega y psicólogo social de origen venezolano Carlos Silva).

Si bien la noción de “incultura” podría agitar las conciencias de los progresistas al suponer que siempre que se mienta es porque se insulta o se agrede, más bien nos remite a dos formas. Bien a su negación, bien a su enarbolamiento edulcorado. Y, contrariamente a lo que podría pensarse, ambas son concepciones incultas de la cultura. No tomarla en cuenta, como bien hacen los psicólogos de consultorio y los neurocientistas, por ejemplo, conduce a aberrantes afirmaciones sobre los procesos sociales. Tomársela demasiado en serio, como hacen los esnobs, lleva a la adopción de concepciones elitistas que, en este caso, sirven exactamente para lo mismo. Se puede ser un inculto negando la importancia de la cultura en la vida social e ignorando las diferencias de tiempo y espacio en los procesos sociales, pero también se puede ser un inculto pensando que la “alta cultura” es la única vía posible de acceso al conocimiento y la educación. Es cierto, pertenecer a una cultura no le quita a nadie la posibilidad de ser un inculto.

Related Articles

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Back to top button