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“Mi novela trata sobre la revolución fracasada”

El escritor español Javier Pérez Andújar fue el más reciente Premio Herralde de novela —en su edición 39, otorgado en noviembre pasado— con El año del Búfalo. “Es una obra sobre cuatro artistas de una generación sin suerte que, tras haber perdido los sueños e ideales, se encuentran recluidos en un garaje donde un buen día aparece una extraña criatura que les propone un pacto siniestro”, escriben los editores en el libro. Con él, con Javier Pérez Andújar, es la siguiente entrevista…


Aunque el eje o trama principal de El año del Búfalo, la última novela de Javier Pérez Andújar, sea la de los cuatro personajes de Folke Ingo encerrados en un garaje, el autor también narra la exhumación de Franco o habla de quien consiguió el récord Guinness por estar un montón de horas bailando el hula hoop. En la novela puedes escuchar la música de Manhattan Transfer y la voz de Andújar, como si estuviera sentado a tu lado, diciendo: “Las efemérides son como sombras que vuelan sobre la gente” o “El destino es el muro con el que nos estrellamos cada vez que vamos a dar un paso”.

Hace unos días, nos sentamos en una terraza del barcelonés barrio de El Raval con Javier Pérez Andújar para hablar sobre El año del Búfalo.

El escritor Javier Pérez Andújar. / Foto: Laura LB. (Anagrama). 

—A muchos lectores les ha costado catalogar esta novela, pero puede ser que no sea necesario etiquetarla.

—Es que no hay que catalogarla. A ella le pasa la acción y la trama y, entonces, se la podría catalogar en el área de traumatismo porque le pasan cosas a ella misma, como objeto. Por ejemplo, como trata de golpes de Estado, las notas al pie dan un golpe de Estado y suben al corpus de redacción. Ellas mismas desplazan el argumento hacia abajo (donde están las notas) y cogen el mando y tiran de la trama desde arriba. Pero cuando trata de revolucionarios que dan golpes de Estado, el propio corpus literario vuelve a dar un golpe, derroca a las notas y las devuelve al pie… Es decir, a la novela le pasa lo que cuenta. Es un libro vivo al que le suceden cosas como constructo.

—Las notas narran varias historias paralelas y puede parecerse a la manera de escribir de Borges.

—Puede que lo sea, aunque Borges no solía poner notas. El gusto por la precisión absurda o la erudición insólita es muy borgiano. Realmente sí que lo está porque mi formación gira en torno a él y a Tintín.

—También es una novela con muchos narradores como Ugo, la madre, la traductora…

—El Club de amigos del escritor y periodista Gregorio Morán, el Ministerio de Humanidades, la presidenta del Cineclub de Amigos del Búfalo…

—¿Cuál es el motivo para utilizar tantos ?

—Es una polifonía. Imagínate que es una música antigua. Son varias voces que hacen una melodía y una superposición de melodías que dan lugar a una canción. A lo mejor es como el canto gregoriano, pero en este caso dan lugar a una novela polifónica en la que cada una va contando una historia diferente que convergen en la novela que no termina de contar una historia única pero da un estado único: el estado emocional que sientes al leerla.

“En la novela hay mucha gente hablando porque estoy como una regadera y de la cabeza salen muchos chorritos diferentes con agua, pero la regadera es una y el agua única. Salen por diferentes lugares para explicar historias diferentes: no es lo mismo lo que cuentan los padres de Basilitz o lo que cuenta la traductora. Ellos van explicando lo que piensan de lo que les sucede en vez de lo que se cuenta porque como pasa en la realidad, lo menos importante es lo que sucede sino lo que se opina. Lo que ocurre es que en la realidad es grave y en la novela es una broma”.

—Y en esa realidad están los políticos de los dice que no ven más allá de lo que les sucede a ellos, como si no estuvieran en el mundo real.

—No tienen en cuenta todo lo que no les pasa alrededor de su ámbito. El mundo exterior no es los países del tercer mundo. Para ellos es lo que está más allá de la Carrera de San Jerónimo.

—Y en ese mundo exterior, usted ha escrito sobre lo que ocurrió en los países más pobres.

—Sí, pero todo eso está sacado de lo que yo veía de pequeño en televisión. ¿Te acuerdas del programa Reporteros? Estos temas salían todos los miércoles por la noche o en los titulares que leía en el periódico. No estoy desvelando nada que no se sepa.

—Pero la gente más joven no lo sabe.

—Es cierto que saben más de Las Cruzadas que de la Independencia de Angola. Pero que se informen, que saben. De Juego de Tronos sí que se encargan de buscar información

—¿Cómo se ha documentado?

—Por acumulación de artículos o reportajes y por los libros que reflejo en las últimas páginas. Principalmente, la novela que está detrás de El Año del Búfalo es Tintín y los pícaros aunque también ha sido muy importante la Guía del Tercer Mundo. Este libro siempre le he llevado encima porque te describe los países y en él aparecen la biografía de todos los guerrilleros y revolucionarios. Aunque se ha quedado obsoleto, siempre he pensado que todo lo que cuenta es una novela de la revolución.

—¿Como El Año del Búfalo?

—Sí, pero mi novela es la de la revolución fracasada.

—¿Por qué gira alrededor de 1973?

—Porque se produjo la crisis del petróleo que, aunque no es que fuera decisiva, fue la metáfora o el símbolo de todas las crisis. Por ejemplo, la del gran desencanto que vivimos en 1976 cuando fracasan los ideales de Mayo del 68 y del “hippismo” y en donde el optimismo se convierte en rabia. Los últimos que quedan, en vez de retirarse, pasan a la acción armada y comienzan los años de plomo. De esa rabia surgen la Baader-Meinhof o las Brigadas Rojas. Más tarde, en los ochenta llega el gran fracaso porque se derechiza el mundo con Reagan, Thatcher y el Papa Wojtila: es el final. Pero también es el final con la aparición del sida: la primera pandemia que precede a la que está ahora.

—¿Dónde se emplazaría Suburbia?

—En cualquier suburbio.

—Sí, pero, ¿Suburbia es un garaje o el garaje está en Suburbia?

—El garaje está en Suburbia, que es un polígono en donde los bajos del bloque de pisos hay locales comerciales.

—Habla de tantas cosas en la novela. Nombra a tantas personas y personajes…

—Es por lealtad a lo que es uno. Lo que hay que hacer es respetar como cultura lo que tienes, independientemente si se considera o no conveniente. No podemos pretender valernos de lo que los demás consideran cultura y pensar que lo necesitas. Para el trabajo creativo, y en este caso para escribir, lo bueno es lo que tienes y lo que eres porque es la única forma plasmar tu verdadera personalidad, lo demás es usurpación.

—Vamos a hacer un pequeño homenaje a Almudena Grandes y le voy a preguntar sobre algo que ella contaba sobre la vida que iba teniendo una novela mientras la escribía. Decía que hay novelas que te pesan y te aburren y luego hay otras que comienzan a correr y tienes que ir detrás de ellas con la lengua fuera. ¿Cómo ha sido su experiencia mientras escribía El Año del Búfalo?

—Fue como un remolino y yo estaba en el centro viendo lo que daba vueltas o lo que se hundía e iba contándolo. Pero está escrito desde el ojo del huracán y esta novela es el huracán que gira en torno al lector que está flipando porque de la silla le lleva al sofá y hasta aparece una cabra. Es un huracán que pasa por la cabeza.

“Si el viento es el aire en movimiento, el huracán está hecho de las ideas en movimiento. Si aparece una idea que me va bien para lo que estoy contando, recurro a ella (independientemente de si está sancionada por la cultura o no) por si me va bien para hablar de hombres gordos con bigote porque cuando era pequeño había muchos hombres gordos con bigote”.

—Y hablando de hombres gordos con bigote o de hombres que fuman puros como Gregorio Morán en la novela, he hablado con Gregorio Morán, el real, y me ha dicho que esta novela es un artefacto y que no la puede valorar, solo juzgar, pero que le ha gustado.

—¡Claro! ¿Qué va a decir? ¡Soy amigo suyo! Morán es el prototipo de aquella generación que todo lo que tocaba lo convertía en política y que todo lo vivió a través de la política: hablaban de libros o de cine y acababan hablando de política. Aunque Gregorio es un hombre letras, fue militante clandestino del Partido Comunista y le pilló la época en la que fueras lo que fueras, eras político. Nadie como él (y es un exageración laudatoria pero en señal de respeto) ha sabido comprender la política y explicarla.

—Entonces El Año del Búfalo es un homenaje a Gregorio Morán.

—Es un homenaje en toda regla.

—Me han pedido que le pregunte si ha tenido que hacer un parón durante la escritura o si le ha provocado una úlcera como a José Donoso cuando terminó de escribir una de sus novelas.

—La hice del tirón, en cuatro meses y durante la pandemia. Y no, no me he puesto enfermo como Donoso. Ha sido como conducir con una mano mientras que ves el paisaje.

—¿Con qué historia del tercer mundo se queda?

—Con ninguna en concreto; pero si me quedara como una figura (que no personajes porque no forman parte de la ficción, personalidades porque tienen poder y lo ejercen o figuras históricas) sería con Lumumba. Primero, por su integridad, por su grandeza y por el dolor que dejó tras su muerte. Segundo, por la nobleza con la que luchó en la época que le tocó vivir. También por la potencia de su acción y el impacto que causó internacionalmente, incluso en nuestra cultura popular.

—¿A cuál de los personajes del garaje de Suburbia adoptaría?

—A los del garaje no hay que adoptarlos porque somos mis amigos y yo.

—Pero, ¿sus amigos viven en su casa?

—No, pero nos conocemos desde hace 50 años.

—Y, ¿les ha gustado la novela y se han sentido identificados?

—¡Espero que no se hayan sentido identificados! No hace falta que les guste, somos amigos y nos queremos. Es un homenaje secreto a nosotros mismos.

—¿Cómo le sienta el Herralde?

—[Se le ilumina la cara] Estoy contento. Estoy muy feliz porque me han premiado cuando me he sentido más libre escribiendo. En las anteriores novelas me sentía esclavo de lo que me gustaba y aquí me he sentido yo mismo. Es un premio que he admirado siempre y no me creo que me haya tocado a mí, siento que me han prestado una bici y que la tengo que devolver.

Texto publicado originalmente en La Marea; es reproducido aquí bajo la licencia Creative Commons.

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