Componer para sí mismo

Narciso Yepes, un cuarto de siglo después…

Mundialmente conocido por su guitarra de diez cuerdas, Narciso Yepes fue uno de los grandes virtuosos de la guitarra clásica del siglo XX. Su infancia transcurrió en el campo, donde aprendió a comunicarse con la naturaleza, comunicación que marcó su vida. Pedagogo nato, transmitió a los que quisieron aprender de él lo mejor de sí mismo. Como apuntó en su momento Marysia Szumlakowska de Yepes, Narciso creó escuela para los que supieron aceptar su exigencia. Innovador de un repertorio tanto nuevo como antiguo, dejó constancia en los discos de su poder de transmisión; grabó más de cincuenta, muchos de ellos únicos, como la Obra integral de Bach para laúd y para guitarra. Fue, además, gran compositor. Nacido en España en 1927, partió de este mundo hace ahora un cuarto de siglo. Víctor Roura lo recuerda en estas líneas…


La guitarra, en el abandono

Narciso Yepes es parecido a Joaquín Rodrigo. Ambos guitarristas. De España. Y bajitos de estatura los dos. La diferencia es que éste es más conocido como compositor y aquél como intérprete. El instrumento de las seis cuerdas ha tenido en ese país reconocidos exponentes.

—Pero, por desgracia, en la actualidad no tenemos guitarristas —decía Yepes en junio de 1981, tres lustros antes de partir de este mundo, fallecimiento ocurrido el 3 de mayo de 1997, a sus 69 años de edad, en su España natal, donde vio la luz primera el 14 de noviembre de 1927—. Todavía no se puede hablar de un joven que domine el instrumento y que vaya despuntando en el género. O, por lo menos, yo no lo conozco. España ahora carece de guitarristas.

Al igual que Joaquín Rodrigo (Sagunto, España, 1901-1999), Narciso Yepes tampoco hablaba mucho. Sus frases eran cortas e incluso parecían cortantes.

—No sabría decirle por qué los jóvenes no se han distinguido en la guitarra —comentaba—. Saldrán cuando Dios quiera. No sé. La verdad es que en los Conservatorios no podría decir que se enseña muy bien pero, al final de cuentas, sí se imparten buenas clases. Me refiero a la situación actual porque cuando yo estudiaba no había clases suficientes de guitarra. Lo que creo es que, más bien, no ha salido aún la persona con suficiente fuerza interior, capacitada para llegar a sobresalir en el campo de la guitarra.

Sin embargo, agregaba Yepes, “el día menos esperado alguien, algún joven, nos dará una sorpresa”.

La guitarra de diez cuerdas

Cuando le conocí, su edad (53 años) era justa a su físico. Ya contaba con poco cabello, repartido a los lados, arriba de las orejas. Su calvicie era casi total. Narciso Yepes miraba constantemente hacia su derredor. Sus ojos eran enormes tras los lentes de aumento. Entonces surgió el nombre de Paco de Lucía (Algeciras, España, 1947-2014), que contaba en ese momento con un poco más de 30 años de edad.

—¿No será que los jóvenes músicos se inclinan ahora más a la música moderna y la instrumentación clásica es sólo repertorio para estudio?

—Yo oí a Paco de Lucía hace unos diez años, cuando él empezaba. Me gustaba mucho cuando tocaba flamenco. Después lo he perdido de vista. No lo he vuelto a oír. No sé qué es lo que está haciendo.

Miraba constantemente hacia otro lado. Tomaba su bebida. Whisky. Esperaba otra pregunta. Le dije, entonces, sobre su guitarra de diez cuerdas, característica que lo distingue de otros ejecutantes. Desde 1964, Yepes dejó de tocar la guitarra típica de seis cuerdas. “El guitarrista español —escribe el periodista Ricardo Rondón— comisionó a José Ramírez el diseño de un instrumento especial con cuatro cuerdas adicionales de resonancia grave (que llevan las tonalidades de Do, Si bemol, La bemol y Sol bemol). Este instrumento fue construido por Ignacio Fleta”.

—Sí —dijo Yepes—, desde entonces toco mi guitarra de diez cuerdas porque tiene todas las ventajas y ningún inconveniente.

—Eso representa más dificultades técnicas…

—Pero ese es problema mío, ¿no? —respondió Yepes con una sonrisa y dio el asunto zanjado.

Asuntos personales

Subrayaba sus palabras:

—¿Para qué voy a tocar la guitarra de seis cuerdas si de todas maneras mi instrumento de diez siempre contendrá seis cuerdas?

Narciso Yepes insistía en que ese era problema suyo y de nadie más:

—Si la técnica me ofrece más dificultades y las venzo es que, en realidad, sí hay facilidades en su dominio. Además, el resultado es infinitamente superior si lo relacionamos con la acústica.

A lo largo de su discografía no se observa a ningún compositor mexicano. ¿Qué opinión le merecía Manuel M. Ponce, por ejemplo?

—No he grabado nada, es cierto. Yo tengo mucha ilusión en tocar e incluso en grabar el “Concierto del sur para guitarra y orquesta” de Ponce, pero no sé por qué extraña razón no he conseguido todavía que alguien me proporcione la partitura de esa pieza. Desde hace 25 años la estoy pidiendo. La he buscado en ese mismo lapso. Pero no he dado con la correspondiente partitura. Desconozco las razones por las cuales se esconda ese concierto. La verdad es que me gustaría mucho tocarlo porque lo aprecio mucho. Pero no puedo, pues no tengo la partitura. De este modo no puedo estudiar la pieza.

—Se sabe que usted también compone. Sin embargo, sus obras no son conocidas. ¿Por qué?

—Porque compongo para mí. Ahora me dedico más a dar conciertos que a componer. Lo que hago es sólo para mí. Para nadie más.

Años nuevos en la España de Franco

De esta manera, el creador se aleja de alguna forma de su público, le comenté a Yepes.

—Por ese motivo muchos teóricos de la música consideran que en la actualidad existe un divorcio entre el público y las ideas del compositor…

—¿Quién dice eso? —se alteró un poco Yepes—. ¿Quién lo dice? ¡Esa es una barbaridad grandísima! No lo creo, absolutamente. No sólo no lo creo, sino lo niego rotundamente. Hay un entendimiento absoluto y total. Lo que pasa es que cuando se habla de público se habla de algo muy heterogéneo. Claro que si se van a referir a una gente que jamás ha escuchado este tipo de música y que por lo tanto no está acostumbrada a ella, pues el divorcio va a ser evidente.

Comentaba que sus interpretaciones eran varias y seleccionaba obras de muchos autores contemporáneos.

—Leo Brouwer, el compositor cubano, me dedicó recientemente una pieza de guitarra —declaraba.

Hablar de músicos sería interminable, decía. Y mejor guardaba silencio.

—Qué hay de la España actual. ¿La política cultural se ha modificado después de la caída de Franco? [Francisco Franco había muerto a finales de 1975, de modo que para principios de los ochenta esa nación apenas empezaba a modificar su estructura política.]

—Para hablar de ello no es momento todavía, porque ha pasado poco tiempo para saber cuáles van a ser los resultados reales, auténticos, de nuestra actual democracia, de la que estoy muy feliz y muy contento. Para hablar de resultados positivos todavía creo que es demasiado pronto.

Indicaba que él era muy joven cuando la guerra española.

—Tenía nueve años, entonces —aclaraba—. No salí nunca de España. Le repito, no han transcurrido los suficientes años como para observar de qué manera se han renovado las ideas. Hay que esperar un poco más.

De la misma manera como se tiene que esperar a que Yepes decida divulgar su obra inédita, publicaba yo entonces.

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