“Creo firmemente en una vida perdurable”

Homenaje nacional a Dolores Castro…

El próximo 7 de mayo, a las 19:00 horas, se ha programado un homenaje nacional a Dolores Castro, quien falleció el 30 de marzo pasado cuando estaba a unos días de cumplir 99 años. Organizado por la Secretaría de Cultura y el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, el homenaje tendrá como sede la sala principal del Palacio de Bellas Artes. Por esta razón, y para enaltecer la palabra de la poeta nacida en Aguascalientes en 1923, Salida de Emergencia recupera y recrea algunas pinceladas de la ganadora del Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Lingüística y Literatura en 2014.


Dolores Castro pasó la mayor parte de su vida en la misma casa. Una casa sencilla, de clase media, que aun cubierta por la sombra de árboles y plantas estaba siempre llena de luz. En un principio, su casa era muy parecida a la de sus vecinos, pero conforme transcurrían los años comenzó a distinguirse porque a su alrededor crecían, desvergonzadas, las ramas de lo árboles, las hojas de las plantas, las flores indiscretas; también, unos laberínticos arbustos fueron cercándola. Llegó un momento en que ya no se sabía bien a bien si Dolores Castro era quien habitaba esa casa o era esa casa quien habitaba a Dolores Castro. Ahí vivió con su esposo. Ahí crecieron sus siete hijos. Ahí germinó la mayor parte de su obra. Y también ahí doña Cástula acompañó a la señora Lolita durante más de medio siglo:

… Emparentada con la hierbabuena, el anís,
la hojasanta
madre y hermana de la madreselva y el limonero,
alegría del siempre sediento
jardín.

(‘…las plantas, tienen sed/ y ellas, las pobrecitas, no saben hablar’)

alma del jardín
alma de la casa,
reina en su territorio, la cocina,
brilla en el comedor,
multiplica
panes y peces.
Es compañía en duelos y pesares,
sabia en consejos, justa
cada día.
Se llama Cástula
y como el agua de San Francisco es
casta, limpia, clara, diáfana.

Estos versos que Dolores Castro le dedicó a Cástula reflejan, sí, diáfana, clara y limpiamente lo que es el resto de su obra poética; una obra construida de la sencillez a la cotidianidad, de las dudas a la contemplación, de la sensibilidad al pensamiento. Nacida en Aguascalientes el 12 de abril de 1923 —en la Segunda Calle de Primo de Verdad, número 26—, Dolores Castro falleció el 30 de marzo pasado. Estaba por cumplir 99 años. Y mientras llega el homenaje nacional que la Secretaría de Cultura y el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura han preparado, para el 7 de mayo, a las 19:00 horas, en la sala principal del Palacio de Bellas Artes, en Salida de Emergencia celebramos la voz de la autora de poemarios como El corazón transfigurado y ¿Qué es lo vivido? Los siguientes fragmentos son memoria de su palabra: temas que abordamos, en un par de ocasiones, con ella, con la maestra Dolores, con la ganadora de la Medalla José Emilio Pacheco 2016 por trayectoria y del Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde 2013.

Lo vivido

Es lo que guardamos en la memoria. Lo vivido es lo amoroso, los descubrimientos que uno hace de lo que está alrededor y también de uno mismo. Porque de pronto uno puede decir: “Ay, qué generoso soy”. Pero luego voltea y dice: “¡Eh, no es cierto!”. Ja-ja. Eso de regañar y poner en su lugar hasta a la misma conciencia es también lo vivido. Lo vivido es también lo que leí, lo que escuché y que se me quedó profundamente grabado, la forma de ser de mi padre y de mi madre, lo que fue la vida de mis hijos cuando estuvieron conmigo, la compañía de mi esposo… y la cercanía de doña Cástula, quien me acompaña desde hace más de 50 años, por lo que es de mi familia.

Lo escrito

Todo lo que he escrito, o casi todo, significa lo vivido. Uno puede desayunar, comer, cenar, dormir y todo eso, pero lo vivido es otra cosa. Lo vivido es lo consciente, lo que queda en la memoria. Eso es lo vivido. De eso está hecho lo que escribo.

Ser poeta (o poetisa)

Me ha permitido que, al contemplarlas, las cosas puedan entrar más profundamente a esta alegría de vivir, a esta capacidad de entender a los demás y a la misma naturaleza. Gracias a la poesía he podido ver al mundo con ojos más penetrantes y, por tanto, descubrir que la vida es un don inapreciable, que uno debe estar en ella con todos sus sentidos, con toda su inteligencia, viviendo de veras. Es decir, la poesía me ha dado la posibilidad de entrar en verdadera relación de seres humanos con otras personas.

La contemplación

Hay maneras de ver, hay maneras de observar, y también hay maneras de contemplar. La contemplación es llegar al fondo de lo que estoy viendo y entenderlo. Por ejemplo, escribí un poema sobre las piedras. Llego al fondo de lo que es una piedra: fría, porosa quizá, pero que fue ígnea. Tenemos la capacidad de ver todo vivo, como nosotros, y después todo se apaga, como nosotros. Nos volvemos piedra para poder contemplarla. Contemplar es una manera amorosa de ver. Así como la palabra “compadecer” significa padecer con otro, contemplar es tratar de encontrar la sustancia o la vida de lo que uno está contemplando. Y este acto tiene mucho que ver con el amor. Porque el amor es desinteresado: trata de entender todo lo que dice San Pablo sobre el amor, que es maravilloso.

Los límites de la existencia

Llegar a los límites de la existencia es conocer. Y la poesía también es conocimiento. Un conocimiento de todo lo que existe y, muy importante, de uno mismo. Entonces es necesario que este conocimiento nos conduzca a una vida de acuerdo con lo que uno sueña. Porque el poeta siempre sueña y hace una comparación entre lo que debería o podría ser y lo que es. Entonces esto que debería o podría ser, que es el sueño máximo de la poesía, se debe cumplir tratando de que la vida coincida en su actuación personal con lo que sueña.

Correspondencia entre la vida y la obra

A veces esa correspondencia no existe. Pero todo poeta debe aspirar a que coincidan su manera de comportarse (su manera de ser en general) con su obra. En la vida del poeta debiera haber congruencia entre su sueño, su inteligencia, su sensibilidad y su conducta. Aunque desde luego que hay poetas cuya vida es verdaderamente terrible.

Sueños y realidad

Si un poeta no vive la realidad, sus sueños se le vuelven humo. Lo que uno sueña está íntimamente ligado, primero, con la experiencia, y después con un puente de imaginación que permite la creatividad. Pero si no se tiene esta experiencia y nada más se tienen puros sueños, se convierten en tonterías.

Poesía y filosofía

La filosofía está ligada a la razón. Su método tiene que ser lógico. En cambio, la poesía está ligada a la intuición, al sueño, a la sensibilidad humana. Los descubrimientos de la poesía son semejantes a los descubrimientos de la ciencia, aunque sus métodos sean tan distintos. La poesía descubre muchas cosas nuevas sobre el hombre, sobre su manera de ser, de sentir, de amar. Pero la poesía tiene que ser también, además de sensible, inteligente.

Preguntas y afirmaciones

Preguntas, muchas. Sin duda. Pero ¿cómo puede hacer grandes afirmaciones una persona que todo lo ignora: el origen, el transcurso en el mundo y el final? Entonces, una gente que escriba poesía se tiene que hacer preguntas. No tiene que describir. Nada más decir, más o menos, lo que intuyó.

La escritora Dolores Castro. / Fotos de Juan José Flores Nava.

Reconocimientos

Tardaron un poco en llegar. Pero se lo atribuyo básicamente a tres cosas: que fui una niña y una mujer morena, que nunca me gustó hacer relaciones sociales y que jamás me interesó aprovecharme de mis amigos que hicieron política. [Acerca de su color de piel, Dolores Castro dice en la primera página de Río memorioso, un libro con su obra completa publicado por la Universidad Autónoma de Aguascalientes en 2009: “Hace poco encontré la carta-sorpresa en donde mi mamá le comunicaba que yo había nacido. Mi mamá agregaba en la carta: ‘…tu nueva hija es muy morena, pero tiene los ojos muy vivos’”].

La voz humana

Es el sonido que más me agrada: la voz humana. Es cierto que uno escribe, pero si el poema no conserva algo de la voz humana, está muerto.

La sencillez

Empecé escribiendo con mucha necesidad de hacer hermosas imágenes y llegar hasta el origen y todo. Pero encontré que mi camino era la sencillez, la necesidad de comunicación, decir lo esencial de estar viviendo. Eso es lo que he tratado de hacer en todo lo que he escrito. Hay recuerdos de mi primera infancia, de la casa en la que he vivido por más de 60 años; hay recuerdos de mi marido, al que quise muchísimo y con quien fui muy feliz, de mis hijos, pero también de tantas cosas que he podido contemplar. Uso palabras que son de mi infancia. Uso palabras de todos los días. No es tan fácil como parece. Porque para hacer adornos tengo toda mi experiencia lectora, pero para decir las cosas en su esencia y que sean una verdad emotiva y de todas clases, eso sí es difícil.

El miedo a mostrar lo escrito

Mi papá me había dicho que las mujeres somos muy cursis y que escribimos cosas sin importancia. Yo empecé a escribir poemas muy irónicos, hasta líricos. Esos nunca los mostré ni los entregué a quien iban dirigidos. Recuerdo que cuando entré a la Facultad de Filosofía y Letras el primer poema que escribí era sobre la vida y la muerte. Tenía mucha influencia de José Gorostiza. Con este poema gané un primer premio de la Sociedad de Alumnos de la Facultad. Estaba muy feliz.

Feminismo

Yo no soy feminista, pero sí creo que la mujer debe liberarse de una serie de situaciones que ha habido en el trato con los hombres y con la sociedad. Y esa forma de liberación es la libertad para tener educación y trabajo. Pero para que esto favorezca la vida de hombres y mujeres.

La Ciudad de México

Como mi papá no sabía nada de la Ciudad de México, llegamos a casa de uno de sus primos que vivía en la colonia Guerrero, en la calle de Moctezuma. Era una casa sombría y fea. Hasta que un hermano de mi mamá también llegó a vivir a la ciudad y nos llevó con él a su casa de Las Lomas. Ahí las cosas cambiaron un poco porque recuerdo que yo podía subirme a un árbol que había en esa casa. Cursé primer año de primaria en una escuela francesa que no me gustaba ni le entendía. Luego, en Las Lomas había una escuela de unas señoritas de apellido Beltrán, de Toluca, y fui a dar ahí. Aquello era precioso: una sola maestra atendía primero, segundo y tercer grado, mientras otra atendía cuarto, quinto y sexto. Había siempre mucha lectura, algo de números y poco de escritura. Ahí gané mi primer premio con una composición para la primavera. Poco tiempo después regresamos a Zacatecas, donde terminé la primaria. Con el tiempo, cuando regresamos a México, ya estaba un poco más habituada.

¿La provincia o la ciudad?

Siempre he creído, y sostengo, que la infancia en provincia es mucho más hermosa. Porque uno tiene libertad, porque empieza a conocer diversas piedras, vegetación, cielo, animales, gente muy valiosa. Porque la salvación de México sí puede ser esa gente valiosa que ha tenido lo indispensable para vivir y que ha sido trabajadora y honesta. Por fortuna, en la Ciudad de México vivimos siempre en una colonia más o menos lejana de todo el ruido. En México terminé la preparatoria y estudié leyes y literatura al mismo tiempo. Amo la Ciudad de México, aunque es cada vez menos habitable: un tránsito espantoso y un ruido horrible siempre. Es el corazón de la República. También gracias a la ciudad tuve la oportunidad de conocer gente que de otra manera no hubiera conocido: a los refugiados españoles, a mis compañeros y maestros; pude ir a la universidad más importante del país que es la Nacional. Y vivir difícilmente, pero eso quizás es bueno.

Poeta marginal

Fue algo azaroso, no lo busqué, pero quien escribe, siendo mujer, tiene menos oportunidades de publicar. Luego me preguntan: “¿Por qué hay un lapso tan grande entre unos libros y otros?”. Lo que pasa es que yo sí escribía, pero no los publicaba. Siempre he escrito.

Vivir más de 90 años

Es bonito porque me gusta vivir. Este tiempo acumulado significa supervivencia. Nunca antes supe con tanta claridad que me gusta vivir. Pero también es triste porque los amigos se van quedando atrás, los va uno perdiendo. Sé que esto se va a acabar pronto, pero también sé que hay algo más. No sólo porque soy católica, sino porque nada se pierde. Hasta la materia es inmortal. Creo firmemente en una vida perdurable. Quizá duela dar ese paso. ¡Pero tantas cosas han dolido mucho más en esta vida! Por ejemplo, cuando perdí a mi marido. Así que estoy lista.

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