Los paisajes alterados: crónica de epidemia

Un conocido apotegma dice que el periodismo es el primer borrador de la historia. Esta crónica-ensayo, escrita por Gustavo Ogarrio, es un buen ejemplo de ello. Tomada de su libro ¿En que país estamos, Agripina?, en ella el escritor y académico nos remonta a un pasado reciente: a los meses de la epidemia que se vivió sobre todo en México hace 13 años. “Es la noche del jueves 23 de abril de 2009 cuando emerge de las pantallas la amenaza implacable del contagio”, escribe al inicio del texto. Luego, lo descrito y narrado aquí por Gustavo Ogarrio es como si lo hubiera escrito apenas meses atrás…


El anuncio de la epidemia llega a través de la televisión, se transmite con rigor multicolor y hace del peligro compartido un amasijo de especulación, miedo advenedizo y sorpresa. Es la noche del jueves 23 de abril de 2009 cuando emerge de las pantallas la amenaza implacable del contagio. Empieza la metamorfosis en el flujo de las horas que están por venir y la primera certeza: el futuro cercano será también el paisaje alterado de la vida cotidiana en la gran ciudad.

El secretario de Salud del Gobierno Federal, José Ángel Córdova, anuncia el brote de influenza denominada en un comienzo como “porcina” y decreta el estado de sitio médico. El Distrito Federal y el Estado de México se transforman de golpe en el pretexto de una especulación apocalíptica, aunque a las pocas horas se le suma prácticamente todo el país: el contagio masificado de esta influenza atípica y anunciada casi como mortal será inminente si no se toman medidas sanitarias inmediatas y podría causar millones de muertos.

Conforme pasan las horas y los días, las órdenes institucionales se aclaran y se transmiten sin concesiones: se cerrarán escuelas, cines, restaurantes y prácticamente todo lugar público; se deben evitar conglomeraciones, se impone el uso del tapabocas y lavarse continuamente las manos será el pararrayos doméstico de la tribu. Los estornudos se vuelven el foco de las sospechas y de la desconfianza hacia los cercanos, es necesario remitirlos a la discrecionalidad absoluta, confinarlos por orden presidencial a que mueran y aniquilen su presunción de culpabilidad —con todo y sus partículas voladoras— en el ángulo siniestro que se forma en la inflexión del brazo. La moraleja sobre el estornudo acude presurosa para dejarse definir: “El infierno son los otros infectados e indeseables en el momento de la exhalación involuntaria”.

La Ciudad de México se cierra, el aislamiento de las multitudes será la utopía defensiva ante el virus. El paisaje urbano resiente, de manera pronta y expedita, la alteración y la ciudad conquista a pulso su estampa de soledad inesperada. Las calles se colman de la ausencia de las muchedumbres y los tapabocas son ya emblemas de la era de la epidemia. El uso del tapabocas es, por algunos días, el símbolo de época más visible y una respuesta cuya ambigüedad se debate entre la protección sanitaria básica y el gran recurso para expresar la polifacética manera de entender y desconfiar del encierro. En este uso creciente del tapabocas destaca su variedad en colores, leyendas, dibujos, consignas, en ironías aforísticas escritas bajo los ojos anónimos que rompen por breves segundos con la solemnidad decretada. La apropiación material y simbólica de los tapabocas es de tal alcance que todo se expresa a través de ellos, basta aludir a un breve registro de la iconografía que circula al respecto en diarios y en internet: cerdos con tapabocas; imágenes de un planeta Tierra con tapabocas; fotos de portada con cientos de tapabocas que ilustran esta polifonía contenida y estupefacta; calzones como tapabocas; desfiles de modas con modelos luciendo tapabocas; Benito Juárez con tapabocas en los billetes de veinte pesos; besos callejeros que se consuman con el tapabocas de por medio; el Metro de la Ciudad de México en la soledad de los tapabocas viajeros.

Si la televisión está el centro de la vida cotidiana y es también el referente para elaborar un registro de lo que no somos, durante los días de epidemia cumple con la función básica de dotar de imágenes a los habitantes de la Ciudad de México sobre los lugares a los que no se acudirá. Las imágenes televisivas de las grandes avenidas desiertas, los relatos de los que por necesidad se atreven a desafiar el encierro, acompañan y aumentan el deseo extraviado de regresar a la caótica normalidad urbana.

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¿Murmullos de información que llegan demasiado tarde para registrar la era de la epidemia? ¿Frases que se vuelven comunes y que anuncian lo evidente? ¿Palabras que languidecen ante la velocidad exasperante del contagio y de las temperaturas del cuerpo humano? ¿País de abismos con cubrebocas?

⠀⠀⠀• Las calles de la capital mexicana amanecieron desiertas el 24 de abril de 2009 ante la alerta prepandémica del virus de la influenza AH1N1. (CNN / Expansión).

⠀⠀⠀• La alerta se lanzó el 23 de abril a medianoche, por lo que establecimientos comerciales y escuelas decidieron suspender actividades. (Cuartoscuro).

⠀⠀⠀• La afluencia de clientes disminuyó en restaurantes un 70% durante el brote de influenza según la Cámara Nacional de la Industria. (CNN / Expansión).

⠀⠀⠀• Las recomendaciones de la Secretaría de Salud incluían aumentar la higiene personal; el 26 de abril los cubrebocas se agotaron en la mayoría de los expendios. (Cuartoscuro).

⠀⠀⠀• El 29 de abril comenzaron a colocar cámaras termográficas en los aeropuertos para medir la temperatura de los pasajeros antes de abordar un vuelo. (Cuartoscuro).

⠀⠀⠀• Los ingresos de México por turismo extranjero cayeron 15.1% en 2009 a tasa anual, golpeados por la recesión económica global y el brote de influenza AH1N1. (Cuartoscuro).

⠀⠀⠀• En la Ciudad de México se repartieron 5 millones de cubrebocas en las 175 estaciones del sistema de transporte Metro, cuyos vagones se limpiaban cada 24 horas. (CNN / Expansión)

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Días sin épica que, en su mansedumbre urbana, casi bucólica, nos ponen sin pedirlo ante el confinamiento. La epidemia enfrenta a los seres que habitan la Ciudad de México con los esplendores y las miserias de los espacios mínimos. La casa es el refugio impuesto desde el Presidencialismo de excepción y en guerra permanente, su condición de resguardo ante el embate salvaje del mundo exterior, globalizado e infectado, es ahora la supuesta isla salvadora del contagio. Los millones de niñas y niños sin escuela se transforman de golpe en los “problemas” a resolver bajo el encierro, las recomendaciones para su “entretenimiento” en las horas aciagas de la epidemia se multiplican en los medios electrónicos y escritos. La estrategia médica es que eviten el contacto básico con quien sea y ya la infancia en la Ciudad de México es la petición multitudinaria de que todo pase rápido y “de la mejor manera” para regresar pronto a la escuela.

Comienzan los conflictos propios de una sociedad que dentro de su definición espeluznante no está dispuesta a enfrentar la epidemia desde los espacios ahora claustrofóbicos. El encierro civil preventivo en los lugares entrañables o aborrecidos, el aprendizaje de la desconfianza en la era de la epidemia, el asueto inmerecido, pero nunca innecesario, la fuga de chilangos, todos sospechosos de estar contagiados de influenza, hacia las playas y poblaciones paradisíacas más cercanas. Todo esto es ya paisaje consumado en pocas horas y respuesta casi instintiva ante el virus. Sin embargo, en la medida en que se puede asimilar el miedo, surgen los rumores que ponen en duda la efectividad de las medidas sanitarias. Crece también el deseo de información y opinión que al menos mantenga a raya los excesos de las televisoras comerciales y la incapacidad didáctica del Gobierno Federal en materia de transmisión de información científica.

Al mismo tiempo, empiezan a vislumbrarse las repercusiones económicas. Se prevé una caída drástica de la economía nacional. Esta caída encuentra su precursor natural en la crisis de la economía mundial y sirve para que el Gobierno Federal se desmarque de la responsabilidad de todas las crisis. El triunfalismo médico se va gestando mientras la apología gubernamental de la Sociedad Civil es ya la certeza de que vendrá lo peor. Las declaraciones oficiales, las cifras médicas y los datos, se modifican, suben, bajan y se enclaustran en la especulación hogareña, deporte favorito del aislamiento, materia básica de las charlas intrafamiliares. La televisión, los periódicos, internet, la radio, convocan al mitin de la interpretación del fenómeno que se vive. Por todos lados circulan recomendaciones, noticias que se quieren descripciones científicas pero que muy a su pesar terminan por infiltrarse en el bostezo de la confusión. Los mitos instantáneos sobre el virus se agolpan en la imaginación popular, en el rumor indetenible y se oponen al fatalismo gratuito: la comparación entre la influenza humana y el antiguo “chupacabras”, como supuestas estrategias para distraer a los mexicanos de las otras catástrofes nacionales, se impone como el límite para vivir las fantasías de la epidemia.

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Quizás eran solamente algo así como profecías estandarizadas, con sus héroes institucionales sin comprobación empírica, operadores del día a día que al desinfectar los asientos salvaron a la especie humana; el impacto económico y sus lágrimas de tristeza… también hubo muerte, miedo…  y un Presidente mitómano y militarista que salvó al reino y también a la Humanidad entera:

⠀⠀⠀• Los operadores de transporte público debían desinfectar sus unidades al menos una vez al día, portar guantes para cobrar y utilizar cubrebocas. (CNN / Expansión)

⠀⠀⠀• El secretario de Salud, José Córdova estimó que el gobierno gastó 1,750 millones de pesos sólo para controlar y prevenir la propagación. (Cuartoscuro)

⠀⠀⠀• El costo para México fue de 57,000 millones de pesos, 0.7% del PIB y 67.5% del gasto del sector salud en 2009. La familia de los pacientes también pagó su parte. (Cuartoscuro)

⠀⠀⠀• La Organización Mundial de la Salud envió 2.4 millones de tratamientos Tamiflu, un antiviral efectivo contra la influenza AH1N1, a 72 países en mayo de 2009. (Cuartoscuro)

⠀⠀⠀• Para febrero de 2010 se reportaban 1,032 muertos y 72,233 casos confirmados con AH1N1 en México. (Reuters)

⠀⠀⠀• La OMS declaró el fin de la pandemia el 10 de agosto de 2010, el saldo total de muertes ascendió a 18,000 alrededor del mundo. (Cuartoscuro)

⠀⠀⠀• “El frente de batalla es México y en esta trinchera estamos defendiendo no sólo a los mexicanos sino a todos los seres humanos que en el mundo pueden contagiarse con esta nueva enfermedad”. Felipe Calderón, Presidente de México.

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Al final de estos días y conforme se acerca la hora en que se levantará el toque de queda médico y vengan el regreso a clases, la normalización laboral y comiencen a hacer lo suyo las crisis económicas, en la agonía de la mini-era del virus, denominado posteriormente como influenza humana o virus A/H1N1, crece de manera vertiginosa el deseo colectivo de inmersión en la vida social y de estar otra vez “todos juntos”, arremolinados en la caída milenaria de esta ciudad en el abismo y la ruina.

La avenida Insurgentes, la calzada de Tlalpan y la Zona Rosa son los primeros espacios nocturnos de la recuperación de cierta normalidad y el gran laboratorio en el que los hijos de la era de la epidemia probarán su nueva tolerancia ante la cercanía de los otros. Bares, restaurantes, comidas chinas, billares, cenadurías, entre muchos otros lugares, en el viernes previo al retorno a clases y a las actividades laborales, son los escenarios casi festivos del regreso masificado de los cuerpos al “espacio público” y todos juntos inauguran el fin del aislamiento.

Imposible extraer juicios definitivos sobre estos días de epidemia, tan sólo se dibujan, en los paisajes recompuestos de la Ciudad de México, revelaciones sobre la activación inesperada y vehemente de nuestros miedos y deseos. Acaso el encanto nostálgico de los cuerpos relacionándose otra vez y un susurro también inesperado que nos dice al oído: la cercanía con las y los otros también nos inventa.

[Gustavo Ogarrio ha escrito relatos, crónica, ensayo y poesía. Es profesor de literatura latinoamericana en el Colegio de Estudios Latinoamericanos (FFyL / UNAM).]
[Esta crónica forma parte de ¿En que país estamos, Agripina? (Nitro Press, 2020), libro que reúne textos varios que Gustavo Ogarrio ha ido publicado en el suplemento “La Jornada Semanal”, del periódico La Jornada, a lo largo de una década. El texto es reproducido aquí con autorización del autor.] 

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