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Las ocho décadas de Hugo Hiriart

Nació hace ocho décadas, en abril de 1942. Es, sin duda alguna, uno de los mejores escritores de México de los últimos 40 años. También, sin duda alguna, uno de los más polifacéticos. Y es que, paralelamente a su sobresaliente quehacer teatral, don Hugo Hiriart ha incursionado de manera magistral tanto en el ensayo como en la novela, la narración infantil o el guión cinematográfico; sin dejar de lado, además, sus (imperdibles) colaboraciones en los distintos medios por los que ha transitado a través de estas últimas cuatro décadas. Aquí, en Salida de Emergencia, desde luego nos queremos sumar a la celebración…


Nació en la Ciudad de México el 28 de abril de 1942. Personaje de múltiples inquietudes, y con una inquebrantable vocación por las letras, don Hugo Hiriart es, hoy por hoy —y sin duda alguna—, uno de los mejores escritores de México de las últimas cuatro décadas. También es, sin duda alguna, uno de los más polifacéticos. Y es que, paralelamente a su sobresaliente quehacer teatral, don Hugo ha incursionado de manera magistral tanto en el ensayo [Disertación sobre las telarañas (1980), Acerca de la naturaleza de los sueños (1995) y Los dientes eran el piano (1999)] como en la novela [Galaor, Premio Xavier Villaurrutia 1972], el cuento infantil o el guión cinematográfico (Premios Ariel por Novia que te vea). Sin dejar de lado, además, sus (imperdibles) colaboraciones en los distintos medios por los que ha transitado (Nexos, unomásuno, Vuelta, La Jornada, Letras Libres o Revista de la Universidad). Pero, lo más importante, en este abril de 2022 está celebrando sus 80 años de vida.

Que se abra el telón

En esta pieza periodística —aunque parece teatral—, Hugo Hiriart habla sobre La torre del caimán y Rosete se pronuncia: obras teatrales en las que, con engañosa inocencia, retoma a dos héroes clásicos: el huidizo Jonás y el arriesgado Odiseo. Combinando recursos de la literatura universal con la realidad actual, Hiriart realiza dos sátiras atemporales para el México de nuestros días.

(Año 2008. La escena transcurre en una sala de junta; hay una mesa de oficina y varias sillas. Hugo Hiriart sentado en un extremo, con una taza de café y vapor saliendo de ésta; el reportero, en otro extremo, con una grabadora, un par de hojas garabateadas, un vaso con agua. Una luz fuerte ilumina el lugar.)

REPORTERO: Aunque ya lo describes un poco en el prólogo, ¿cuál es la génesis de estas dos obras de teatro?

HUGO HIRIART: (Sonriendo.) Caray, creo que el prólogo ha hecho innecesarias las entrevistas…

REPORTERO: O al menos innecesaria la primera pregunta, casi siempre inevitable: la génesis de una obra.

HUGO HIRIART: La génesis verdadera es que no se puede dejar de escribir; uno tiene que estar escribiendo porque tiene esa inclinación. Y, entonces, uno escribe primero una obra y luego otra y así. Fíjate que, pese a lo que se piensa, las obras de teatro tienden a ser muchísimas. ¿Sabes por qué? [El reportero niega con la cabeza.] Porque tu realidad, tu propia percepción, las lecturas y todo lo que hay alrededor lo sugieren: que hay ciertas cosas que podrían darse muy bien para la escena; mejor dicho, que ciertas cosas, situaciones, personajes, historias, podrían crecer muy bien en escena o ser una obra de teatro; a veces es cierto, a veces no; pero en el camino haces la obra.

REPORTERO: (Jugando con una pluma en su mano.) ¿Pero no es arriesgado escribir por escribir?

HUGO HIRIART: Por supuesto. Beckett, por ejemplo, que escribió poquito, decía que eso no se debe de hacer; decía que hay que cortar la inclinación a escribir todos los días… No lo sé. Lo que sí sé es que el escritor que sigue mecánicamente escribiendo, porque tiene esta compulsión, lo va haciendo cada vez más mal… Se registra una especie de degeneración de la capacidad creativa. Hay que resistir esa tentación hasta que de verdad salga algo que sientas que valga la pena.

REPORTERO: A veces esa compulsión es inevitable en el escritor… Y, me atrevería a decir, la mayoría de las veces es imperceptible, ¿no?

HUGO HIRIART: Sí, es verdad. Yo mismo me lo he planteado en más de una ocasión. A veces pienso que a lo mejor ya debería parar. Tengo horror, miedo, a escribir de más, a empezar a hacer cosas cada vez más sosas, que ya no me salgan bien… Me parece que existe un momento, en la vida de todo escritor, en el que hay que detenerse para no hacer el ridículo.

REPORTERO: (Sonriendo. Luego, con gesto irónico.) Quizás uno deba hacer lo que Arreola y Rulfo, decir esto es todo lo que pude hacer y no más…

HUGO HIRIART: (Riéndose.) Sí, es cierto; sin embargo, no lo hacemos porque pensamos que quizá lograremos algo mejor. Pero, en realidad, cada vez cavamos una fosa más profunda…

(Risas. El reportero bebe un sorbo de agua. Continúa.)

REPORTERO: La mayor parte de tu obra está escrita sin crítica política ni social; sin embargo, en Rosete se pronuncia sorprende cómo éste despotrica contra la realidad de su país.

HUGO HIRIART: (Sorbe un trago de su café.) Así es, la realidad se ha impuesto sobre mí y me ha arrastrado a hablar, ya que el país está en una situación terrible. Ser profesor de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México me ha permitido estar un poco en contacto con las clases depauperadas de la ciudad, que son los alumnos, y con las zonas depauperadas de la ciudad, como Tláhuac o Iztapalapa. Hablamos de un México denso y latente, que gime en un estado de miseria como generalizado y que no conocen los políticos; o sea, todos estos mensos que hablan de problemas económicos la verdad es que no saben cuáles son las necesidades que tiene la gente.

REPORTERO: En otras palabras, el escritor no debe ser ajeno a su tiempo.

HUGO HIRIART: Por supuesto; si no, de dónde vas a escribir, de dónde vas a sacar las historias. Es más: un escritor debe hablar de lo que sabe y conoce… Muy peligroso es que un escritor hable de lo que no sabe, ni ha visto y ni conoce; de hacerlo, entonces sus fuerzas se amenguan notoriamente.

REPORTERO: A mí me parece que en literatura cuenta mucho la sinceridad, la autenticidad con la que se hacen las cosas…

HUGO HIRIART: (Dando un ligero salto de su silla) ¡Es que eso es lo importante! No hay que tratar de ser un gran escritor, en lo absoluto; eso es muy cursi. Hay que tratar de ser un escritor lo más sincero posible… Si alguien te dice que qué bien escribes, que le gusta mucho lo que tú haces, pues le das las gracias pero no te la crees. Uno debe concentrarse en hacer bien su trabajo, y, si se puede, con cierta alegría y gusto; si es bueno o no, eso ya no es asunto tuyo, difícilmente tú lo vas a saber. Además, todo siempre es subjetivo. Muy subjetivo.

(Sonidos de camiones llenan la sala. Los papeles se cambian: ahora es Hugo Hiriart el que pregunta.)

HUGO HIRIART: Y a ti, ¿te divirtió el libro?

REPORTERO: (Un poco indignado.) Por supuesto; tanto La torre… como Rosete… aunque en esta última la mala suerte del capitán da pena ajena.

HUGO HIRIART: (Sonriendo.) Pero, ¿no hay gente así?

REPORTERO: Claro.

HUGO HIRIART: Abundan. Y hay países también así.

REPORTERO: Como México.

(Risas. Más sonidos de camiones. El reportero vuelve a tomar la palabra. El fotógrafo toma una placa. Se oye un click.)

REPORTERO: ¿Trabajas mucho a tus personajes, es decir, su psicología, sus situaciones…?

HUGO HIRIART: En realidad, yo no trabajo mucho nada. Yo me siento a escribir y escribo como va saliendo. Nunca hago un plan, ni tomo notas, ni dibujo estructuras o glosarios. Yo me siento a escribir y así como va. Ni tampoco corrijo. Para mí lo escrito, escrito está. Porque tengo la impresión, por los amigos que corrigen mucho, que una vez que corriges no sabes bien si lo de antes estaba mejor que lo que has escrito después; entonces la frase, o lo que corriges, se queda en un limbo estético, que por tortura, ya que no lo puedes resolver, está ahí acusándote de tu ineptitud. Además, creo que el mucho corregir también está relacionado a la mucha vanidad.

REPORTERO: (Removiéndose en la silla.) No sigas; parece que estás hablando de mí…

HUGO HIRIART: (Riéndose.) Oscuro el borrador y el verso claro, decía Lope de Vega. Ja. Tú pon que haya escrito 800 comedias y no las más de mil que dicen; pero yo tengo 20 y ya me creo un pulpo de la escena. Lo que quiero decir es que la primera cosa para poder escribir, más o menos como Dios manda, es controlar tu vanidad y restarle importancia a lo que haces.

REPORTERO: (Con los ojos en blanco) ¡Uy, pide un imposible!

HUGO HIRIART: (Riéndose.) ¡Ya lo creo!

REPORTERO: (Con la mirada puesta en las hojas.) Lo cierto es que, luego de leer el prólogo del libro, da la sensación de que el teatro es vocación…

HUGO HIRIART: Pues si has escrito entre 15 o 20 obras, y las has montado, es porque te gusta…

REPOTERO: A lo que voy es que si aún no se ha convertido en profesión para ti…

HUGO HIRIART: A ver. Siempre he pensado que nuestras vidas las mueven fuerzas extrañas que te llevan a un lado, te llevan a otro, sin que uno lo decida ni sepa por qué. La vocación es parte de ello: tú, yo… nadie sabe a ciencia cierta por qué tenemos esa especie de destino, que puede ser a veces tan sorprendente. En cuanto al teatro en sí, mi amigo, hay que ser sinceros: nadie vive del teatro en México. El teatro tiene de bueno que es una actividad en la que no hay dinero, que no le importa a nadie, en la cual se puede circular libremente. En Nueva York tú montas una obra, la ven críticos y periodistas, y si al crítico del New York Times le parece letárgica (como es muy usual), ya te amolaste, seguro pocos van a ir. Casi es un hecho que duras poco y que ya te hundiste… Aquí en México no hay ni crítica; hay uno o dos y es todo. Tú escribes una obra, la estrenas, y a nadie le importa. Nadie la comenta, nadie nada… Hay varios grupitos que se han apoderado de todo el teatro y hacen lo que quieren: ponen una obra, y otra, y son pésimas, y siguen y siguen; no hay nadie quien les diga: ya párenle, abran un poquito espacio; dejen que otros hagan cosas…

REPORTERO: Lo sorprendete, en todo caso —y de ahí la pregunta sobre la vocación—, es que tú mismo has dicho que ni te gustaba, ni te gusta especialmente, el teatro…

HUGO HIRIART: (Sonriendo.) Y es cierto. A mí no me gustaba el teatro, nunca fui al teatro ni leí teatro, pero hacía muchos juegos de imaginación. Un día decidí escribir y montar una obra de teatro, sin haber estudiado con nadie, y lo hice como si hubiera estudiado, como si supiera qué hacer. Y salió bien… Además, de niño y adolescente siempre fui un distraído, siempre estaba imaginando cosas…

(La sala de juntas se difumina poco a poco. Un último click de la cámara del fotógrafo se escucha en el lugar…)

Nota bene

Este texto fue publicado originalmente en las páginas culturales de El Financiero, en 2008. Ha sido editado, actualizado y ampliado con algunos pasajes de la entrevista que se quedaron en el tintero. Recupero el texto para celebrar las ocho décadas de don Hugo Hiriart, uno de los autores más sobresalientes de entre siglos en México. Por cierto: Rosete se pronuncia es una obra satírica de la política mexicana en tiempos de Vicente Fox. Por otra parte, La torre del caimán es más complicada en estructura, pero más divertida. La obra es de inspiración japonesa, pero su carácter es mexicano, escrita a manera de corrido, en versos octosílabos. Ambas obras de teatro están contenidas en un libro, publicado por Editorial Almadía. Reconvertido al catolicismo, el más reciente libro de Hugo Hiriart es Lo diferente: 16 ensayos donde confiesa su amor a Dios, explica cómo concibe la religión y aterriza reflexiones de pensadores como William James, Rudolf Otto, Simone de Beauvoir, Romano Guardini y sus maestros José Gaos, Luis Villoro y Gallegos Rocafull. (José David Cano)

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