En nuestro México, todos los hemos visto alguna vez: “Se ponchan llantas gratis” o “Respete mi entrada y yo respeto su coche”. Botes y letreros amenazantes de no estacionarse en los frentes y lados de casas y oficinas. Gritos de guerra con los que los humanos-primitivos-animales-superiores exigen que nadie se ponga en “su” lugar. Porque, como nos dice Pablo Fernández Christlieb en este texto, psicológicamente no hay distinción entre uno y su territorio: “Pareciera que el sentido del tacto se extendiera hasta los límites, no de la epidermis, sino del lugar, como si el lugar fuera el propio cuerpo vivo y tuviera sensitividad y uno sintiera con esos límites, sobre todo cuando algún extraño se pasa de la raya”.


Hay que empezar por el gato del tejado porque el asunto es un poco animal, por mucho que se esté hablando de gentes del siglo XXI. Los animales, se sabe, son brutos, no se diga las cochinillas y los tlaconetes, sino también los inteligentes como los perros y los gatos, porque no reconocen, por ejemplo, dónde termina su pata o su hocico y dónde empieza el perro de junto: no entienden cuándo acaba su piel y su cuerpo y cuándo comienza el resto del mundo. Por eso los animales creen que ellos son del tamaño de su territorio, que es el lugar que ocupan y en el que se mueven: el gato cree que todo lo que lo rodea también es gato, no azotea, así que cuando la traspasan siente que lo maltratan y refunfuña y saca las uñas y pela los dientes. Eso hacen los gatos, que son los más humanos de los animales, pero eso hacen los vecinos, que son los más animales de los seres humanos. Lo más refinado de los animales es lo más primitivo de los humanos.

El ser humano, que llegó más tarde a la naturaleza que todos los demás, o las clases medias, que llegaron a la sociedad después que el resto de la gente, para poder alcanzar a ser una especie hubieron, antes que nada, de hacerse un lugar en el mundo, un nicho en la naturaleza, un rumbo en la ciudad, de modo que su mera existencia depende de su lugar, y su ser se confunde con su espacio, y por lo tanto su carne se les confunde con su territorio. Es por ello que se da el curioso efecto de que la sensación del tamaño del cuerpo se extiende hasta el tamaño del territorio que pueblan: por ejemplo, si alguien se recarga en el poste que uno usa para recargarse, lo resiente como una transgresión, porque ése es su lugar. Es como si los espacios usados estuvieran recubiertos por la propia piel, y si alguien toca ahí, se siente en carne propia. Psicológicamente, no hay distinción entre uno y su territorio. Pareciera que el sentido del tacto se extendiera hasta los límites, no de la epidermis, sino del lugar, como si el lugar fuera el propio cuerpo vivo y tuviera sensitividad y uno sintiera con esos límites, sobre todo cuando algún extraño se pasa de la raya.

Y por ende, los que no son de ese lugar, de ese país, ciudad, calle, casa, no son considerados de la misma especie, sino como alguna otra clase de seres o animales, o estorbos, que no hay que comprender ni tomar en cuenta, sino nada más expulsar. Ya con esto están las bases de dos de las principales animaladas humanas, bastante complementarias: los imperialismos y los nacionalismos, según los cuales uno va haciéndose cancha cada vez mayor para moverse y hacerse más grandote, “más alguien”, y al mismo tiempo, irse sintiendo ultrajado en su identidad, en su “alguienidad” por cualquier extraño extranjero que se meta. Así son las historias mutuas de Inglaterra y las Malvinas, de España y Cataluña, de Israel y Palestina, pero también las historietitas de los residentes aposentados en sus colonias clasemedieras y un mercado sobre ruedas que se les pone en su banqueta, una nueva construcción en su calle, un restorán que abre, algún vagabundo junto a su puerta, una ruta de camiones que les pasa enfrente. “Violar” significa meterse a fuerzas en la piel del otro, y cada vez que alguien les gana su lugar en el estacionamiento, creen que les hicieron eso.

La civilización que inventó la propiedad privada fue dándole poco a poco a cada uno (no todos alcanzan a ser “uno”) unos papelitos escritos, y por eso se llaman escrituras, y también porque son casi sagrados como la Biblia, en donde decía hasta dónde llegaba el territorio de alguien (no todos alcanzan a ser “alguien”) y hasta dónde podía llegar su sensitividad para sentirse horadado en su integridad si otro se metía dentro. Además, lo cual resulta más civilizado, inventó los espacios públicos, comunes, como las esquinas y las bancas de los parques y los lugares para estacionarse en la calle, que no son de nadie y sí son de todos y donde cualquiera (y sí: todos alcanzan a ser “cualquiera”) puede estar.

Pero no contaban con las clases medias emergentes y ascendentes, esos humanos-primitivos-animales-superiores que llegaron tardíamente a la categoría de “álguienes” de la sociedad, que, como perros o gatos, no entienden las nociones de espacio público ni de derechos constitucionales ni de nada que los estorbe a la hora que ven un lugar para hacerse más para allá y que incorporan todo lo común que se les pone en el camino, colocando rejas, plumas y vigilancias “privadas” (su palabra favorita), cadenas y pinturas amarillas y botes y letreros amenazantes de no estacionarse en los frentes y lados y enfrentes de sus casas y oficinas, y cuando un coche o transeúnte desconocido profana con sus plantas su suelo se sienten violentados en lo íntimo de su personalidad y les entra una rabia como de instinto de supervivencia y se defienden como gatos panza arriba. “Que nadie se ponga en mi lugar”, es el grito de guerra casi ontológico. Porque vale para un coche estacionado y para su existencia en este mundo.

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