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“Vengo de una generación donde todo estaba prohibido”

La primera edición ilustrada en castellano de la novela 1984, de George Orwell (1903-1950), llega a las librerías con una nueva traducción de Ariel Dilon y con las descarnadas estampas del artista argentino Luis Scafati, ilustrador insignia del catálogo de Libros del Zorro Rojo. Escrita en 1948, esta obra presenta una crítica demoledora de los regímenes totalitarios, que tiene indudables resonancias diacrónicas. Estamos ante un manifiesto de nuestros tiempos, un clásico que percute con fuerza renovada en este presente en el que somos esclavos de la tecnología, de las fake news y de un puñado de gigantescas corporaciones. En esta entrevista, el maestro Scafati habla sobre la obra y su vigencia en un mundo que (nos) amenaza sin cesar.


Libros del Zorro Rojo ha publicado otra obra que enriquece la biblioteca y la vida de los lectores. Con ilustraciones del gran artista argentino Luis Scafati y la destacada traducción de Ariel Dilon, que aporta profundidad de sentido novedosa y cercana, la obra cumbre de George Orwell impresiona en su carácter visionario. En un mundo afiebrado por la pandemia, aterrado por la amenaza de una tercera guerra mundial entre potencias con un poder devastador, aterido por la manipulación mediática que sobremalinforma y deforma la conciencia y atrofia la sensibilidad, leer, y releer, 1984 nos invita a maravillarnos con la capacidad visionaria que puede portar una obra de arte.

En vísperas de las bombas caídas sobre el Dombas, el maestro Scafati tuvo la gentileza de dialogar con nosotros sobre la novela, su labor y las impresiones con las que observa la actualidad.

—El primer cuarto de siglo nos convoca con una pandemia, lo veíamos en la literatura, la pintura, pero estábamos lejos de visualizarlo realmente. A esto le sumamos la posibilidad de una catástrofe mundial bélica.

—Aparece sorpresivamente, pero si nos ponemos a mirar con más detenimiento, se viene gestando hace mucho y es una llamada de atención para el mundo occidental, en el sentido de que hoy el capitalismo no hace lo que se le canta. Se siente que en Europa hay mucho miedo a que se transforme en una guerra mundial. Lo artístico se adelanta muchas veces a estos fenómenos y funciona como alarma a lo que se está gestando. Para mí, esa es la función del arte, si es que tiene alguna función. Todo esto se manifiesta en lo artístico. El cine es una especie de documento de lo que está sucediendo.

—En 1984 hallamos la guerra como aparato narrativo de manipulación. ¿Hoy presenciamos algo semejante?

—Lo que escribe Orwell en 1948 lo vemos hoy en diferentes planos. No solamente a nivel planetario sino también a nivel institucional de este pequeño lugar llamado Argentina. Parece ficción y es una ilustración grotesca de 1984 y cómo se arma un relato. La manera en la que el macrismo se movió en los últimos años. Se ha ido incrementando descaradamente la forma de mentir, de armar y desarmar situaciones. Participan de eso todos los medios hegemónicos: La Nación, Clarín y una colección de radios y canales de televisión. Orwell tuvo otro punto de partida, yo pienso que no imaginó esto. A veces lo artístico, que parte de una persona, después se transforma, misteriosamente. El Guernica de Picasso tiene un significado muy profundo como pintura, es algo increíble porque es una ruptura pero no solamente visual, coincide una ruptura también de época. Creo que esas obras no fueron pensadas por una persona sino que actúa otro factor que le da cuerpo y le da la contundencia que traspasa años y épocas.

—En la novela de Orwell el Estado y el Partido tienen el poder absoluto. En las últimas décadas ese lugar parece haber sido ocupado por las corporaciones.

—El Big Brother que aparece en los carteles es algo que no se sabe si existe realmente. Hoy uno no sabe qué es lo que está detrás de no sé qué poderes. Aparecen ciertos personajes que vienen de otros lugares, de otras circunstancias. Es muy extraño. A veces esa frase “la naturaleza imita al arte” toma carnadura en esta realidad hoy.

—Orwell trabaja la idea del panóptico a través de enormes telepantallas de las que no se puede escapar en ese espacio distópico. En la actualidad incorporamos pequeñas telepantallas de bolsillo por propia elección. ¿Qué lugar ocupa la intimidad en la cultura actual?

—Este auge de registrar todo, accidentes, el mundo, es también señal de que nos están mirando así como nosotros miramos. Hoy esa privacidad que uno pretende ya no existe más. No hay telepatía y magia, hay una tecnología que está trabajando. Así como es lindo saber qué está haciendo un pintor en China o en África, también hay otra cosa que está mirándonos potencialmente como cosa económica.

—¿Cómo trabajar con una estética grotesca cuando la infamia se normaliza?

—Somos receptores de un lenguaje que se va instalando. Captamos y usamos ese grotesco, que no inventamos sino que empezamos a registrarlo. Uno es una esponja que absorbe y devuelve. Yo no puedo elegir muchas veces ser de otra manera. Aunque me gustaría tal vez. Uno es lo que es a pesar de uno mismo. Yo me expreso con ese lenguaje, dentro de ese satírico, grotesco; inclusive lo voy perfeccionando, lo vuelvo más contundente. Pero no es que inventamos, usamos lo que estaba.

—En sus obras de 1984 hay un manejo de la sexualidad que no se corresponde con el erotismo. Las dos escenas más fuertes son el encuentro bosque, donde debería haber Liberación y sin embargo nuestro escudriño funciona como encierro; y otra es en la cama matrimonial. La rata escondida ¿está mirando hacia nosotros como proyección de telepantallas?

—En este caso, la sexualidad está utilizada por el mismo Orwell de modo que en ningún momento llega a ser erótica sino que están transgrediendo algo prohibido. Ha jugado con el tema de la censura, el pecado, el bien y el mal. Lo interpreté así. El lugar que tiene la rata, bajo la cama, es inquietante. Estoy explicitando eso. Sucede en una especie de prisma, de cubo, que se supone aislado del mundo, pero no, era parte de él. Toda esa pretensión de querer aislarse, hacer algo muy privado no era real. Y la rata parecía saberlo. Es ancestral, no es cualquier animalito. Era la que se comía las provisiones, la que traía las pestes.

—En las obras que ilustran la novela la sexualidad está muy disociada del erotismo.

—Es el contexto. Vengo de una generación donde todo estaba prohibido. Hice un libro de dibujos eróticos que se llama Cabeza fresca en homenaje a aquella revista que a los pibes nos calentaba y era una porquería. Hoy cualquier publicación tiene imágenes mucho más contundentes sobre el tema sexual o “erótico” que esa revista que era “prohibida”. Mi generación vivió el sexo con la palabra prohibido. Hoy es al revés y me asombra ver la transformación de todo eso en tan poco tiempo. No tengo prejuicios, al contrario. Pienso que se canalizó toda esa energía que estaba latiendo, a pesar de que sigue habiendo machismo imperante en algunos sectores, se va despojando en la medida que se va mostrando. ¿Cuál es el significado, hoy, de mostrar un desnudo femenino o masculino? Pienso en La maja desnuda de Goya. Pintó la mujer desnuda pero había hecho además otro cuadro con la misma maja vestida y estaba superpuesto, escondiendo y ocultando al otro. Todo eso es parte de la cultura. Cómo se va transformando es inquietante.

—¿Qué forma ha tomado la “policía del pensamiento”?

—Existe lo políticamente correcto. Lo transmiten vía medios. Se pierde la dimensión del otro, el otro desaparece. Es el sálvese quien pueda. Mayorías aplauden a quien les va a sacar lo poco que tienen. Eso, para mí, es una policía que está trabajando internamente en su subjetividad. Hay palabras que son parte de esa policía. Cuando hice la colimba me pasó algo rarísimo. Hacíamos orden cerrado, que era correr como loco. Un chico que iba adelante cayó porque no daba más, entonces yo me detuve a ayudarlo porque me salió naturalmente. Me dieron un baile infernal y quedé catalogado como “el comunista”. Comunista era y es una mala palabra. Me resulta hasta gracioso ver que sigue siendo palabra prohibida. Es gracioso. Me maravilla el nivel de ignorancia y la militancia dentro de esa ignorancia. Sin hacer eufemismos: Macri. Es la ignorancia en estado puro. Eso para mí es una alarma. Llega a ser un grotesco tan grande que yo, que trabajé gran parte de mi trayectoria en revistas de humor, digo: “¿Qué haríamos hoy con todo esto?”. Son caricaturas en todo sentido; y es muy difícil caricaturizar a una caricatura. Es redundante, ya no sirve.

—Hay en sus obras la denuncia de la miseria, de soledad en tumulto. Hacen que la lectura aprecie la belleza pero no puede ser superflua, únicamente apreciación del objeto estético sino que implican sensibilidad y reflexión.

—La Ilustración la entiendo como una especie de amplificación de la lectura. Primero leo el libro en su totalidad, después empiezo a trabajar con la memoria, a recordar qué partes se quedaron pegadas. Y a partir de ahí trabajo plásticamente. Muchas veces, lineal con lo descrito, con lo narrado; y otras son metáforas de eso. En esta historia hay mucha violencia de todo tipo. Los dibujos giran en torno a esa violencia. Los ojos mecánicos que circulan en 1984 son collage. Cuando leí, pensé: “Acá hay ojos que nos están mirando”. Tenía unas fotos hermosas de ojos de vidrio, de alguien que fabricaba muñecas en otra época. Las tuve guardadas por lo menos 20 años para una ocasión. Esa ocasión llegó.

—¿Había leído la novela?

—No la leí antes pero era un adjetivo, como decir Kafka. Fue conmovedor encontrar que está describiendo una situación con tanta anticipación, porque no es una novela de ciencia ficción, creo que ya es otra cosa. Es más, para mí el único error de 1984 es el título. Es algo que estaba en el inconsciente colectivo y se fue desarrollando y amplificando. Nos maravilla cómo se legitima la mentira, el lugar que ocupa. El nivel que ha alcanzado la tecnología es maravilloso. ¿Qué le ponemos adentro?

—Hoy, teóricamente, estamos en la era de las comunicaciones, ¿qué lugar tiene el amor?, ¿cómo se ve afectado el amor?

—Está muy presente la soledad. Hay un culto al individualismo. El amor te hace. El amor de pareja, el amor al prójimo significa siempre el otro. En cambio, cuando piensas como individuo, individualmente, o sea yo me salvo, la cosa se complica mucho y la palabra amor no tiene mucho espacio.

—Julia, la chica amante del protagonista, en un momento le dice “no pueden meterse dentro de ti”. ¿Estamos rodeados? ¿Hay escape?

—Julia, Winston, los antiguos subversivos, nos están hablando de un enemigo muy poderoso. La salida va a estar por lugares que tal vez no sean los que esperamos. Esto que pienso tiene un ingrediente de pesimismo pero estamos a la puerta de algo catastrófico.

—Si bien se nos socava mucho nos seguimos riendo, ¿no?

—Reírse es casi un gesto de la desesperación muchas veces. He practicado el humor desde muy joven porque realmente viví haciendo chistes con los dibujos, así que yo siento que es muy importante porque es lo que te mantiene entero. Si te dejas llevar por el pesimismo que está circulando eso no te ayuda a mejorar ni a cambiar las cosas, todo lo contrario, te lleva en un declive. Entonces, yo rescato el humor y trato de mantenerlo vivo dentro de mí.

Fuente: Agencia Paco Urondo (APU). Texto reproducido aquí bajo la licencia Creative Commons.

Puede leer un fragmento de 1984 de George Orwell (editorial Libros del Zorro Rojo), en el siguiente enlace: aquí.

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