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“La información, hoy, tiene el objetivo de generar una sincronización continua e ilimitada, una pauta de control”

La visión histórica sobre el poder lo muestra como si fuera el mismo aquel que detentó un emperador romano que el que ejerció un señor feudal; el que practicó Hitler que el aplicó Stalin; el que muestra Putin al invadir Ucrania que el que exhiben Biden y la OTAN con sus amenazas, hasta ahora inoperantes, sobre Rusia. Pero no. El poder no es sustancial, es relacional: los poderes mudan, como los soles o los reinos, escribe Salvador Gallardo Cabrera en su libro La mudanza de los poderes / De la sociedad disciplinaria a la sociedad de control. A una década de haber sido impresa por primera vez, circula una nueva edición ampliada de esta obra. Por eso, Salida de Emergencia aprovechó la ocasión para platicar —gracias al cada día más anticuado correo electrónico— con el filósofo y poeta nacido, según se cuenta, en el Tanque de los Huizachez, Aguascalientes.


El poder no existe. Pero es reconfortante creer en él. La idea de que el poder es una sustancia nos resulta consoladora. Por ejemplo, que hay un solo Dios Padre todopoderoso. Porque entonces podemos suplicarle, reclamarle, negarlo, abjurar de Él o aborrecerlo. Y luego seguir viviendo convencidos de que tenemos una relación, sometidos a su voluntad, con ese Dios que todo lo puede. Cuando a esta situación la volvemos más terrenal, nos damos cuenta de que el planteamiento se confirma de manera cruda: el poder no existe; sólo hay relaciones de poder. Tal como lo señaló la fórmula Nietzsche-Foucault hace tiempo: el poder es relacional, no sustancial. Esto quiere decir que lo ejercemos siempre unos sobre otros, unos contra otros. Lo cual le permite ir mudando. Porque, como escribe Salvador Gallardo Cabrera en el libro La mudanza de los poderes, el poder no se define por sí mismo ni por una trascendencia infinita. Habría que entenderlo ya. O, bien, seguir durmiendo.

Encarnar el poder en un presidente, en un gobernador o en ávidos empresarios es lo que hace posible que los opinadores de los periódicos y los programas de televisión y radio lo critiquen, convenciéndonos de que las cosas mejorarán a partir de un cambio en la cúpula o de que los problemas pueden ser corregidos por medio de una reforma de la racionalidad política imperante. Una idea, en última instancia, tranquilizadora, pero que oculta el sueño del control: un poder sin afuera, sin relaciones.

—El poder no es un atributo que dimane de una “naturaleza humana” dada, ni de una disposición interior como el carisma —nos dice Salvador Gallardo Cabrera en entrevista—; no proviene de un monarca o de un pastor de almas omnipotente y caprichoso que puede gravitar próximo o lejano; no verticaliza el pacto social: el Estado como la fuente de toda justicia y legitimidad, la ley y las constituciones. El poder es relacional. De ahí que el poder que se ejercía en la antigua Roma o en el siglo XVIII en Europa o en el porfiriato no tenga la misma cualidad, la misma escala o densidad que las relaciones de poder de nuestros días. Como mostró Foucault, el poder, hoy, es un conjunto de acciones sobre acciones posibles, se inscribe en el comportamiento de los sujetos, produce, incita, facilita y no sólo prohíbe, teje una espesa red diferenciada, de recomposición ilimitada y continua, en la que se entrelazan las diversas instituciones de justicia, de policía, de información, de salud. Gobernar, hoy, es, entonces, estructurar el posible campo de acción de los otros, conducir conductas, generar un entorno de sustentación asistida. Aquí aparece la cresta de la mudanza de la sociedad disciplinaria a la de control.

Velocidad vírica de propagación

Salvador Gallardo Cabrera nació, según se cuenta, en el mítico Tanque de los Huizachez, en Aguascalientes, en 1963. Su padre, el poeta, editor y abogado Salvador Gallardo Topete, había nacido 30 años antes (1933-2017). Y su abuelo, el vate estridentista Salvador Gallardo Dávalos, lo aventajaba con 70 años (1893-1981). Puro año terminado en tres para el nacimiento de los tres Gallardo. Por eso no es extraño que a Salvador Gallardo Cabrera le haya gustado un año como 1983 para ganar el Premio Nacional de Poesía Joven y publicar el poemario Cadencia y desprendimiento. Profesor de filosofía en la UNAM, en 2020 Gallardo Cabrera fue reconocido como integrantes del Sistema Nacional de Creadores de Arte, en el área de letras, categoría de ensayo.

Justo en esta dirección apunta La mudanza de los poderes / De la sociedad disciplinaria a la sociedad de control, un libro que el sello Matadero ha puesto a circular en una nueva edición a la que el autor añadió un último ensayo. Cuando allá por 2011 Aldus imprimió por vez primera esta obra, La mudanza de los poderes estaba compuesta por cinco ensayos en los que Salvador Gallardo Cabrera analiza la manera en la que el poder se ha ido transformado a partir de la Primer Guerra Mundial. Para ello le sigue el rastro a Ernst Jünger, Michael Foucault, William Burroughs, Paul Virilio y Gilles Deleuze. El planteamiento general es que Jünger describe la armazón técnica del mundo que ahora vivimos; Foucault estudia las escalas en que se juegan las mutaciones e indica la dirección a seguir para entender el paso de la sociedad disciplinaria a la sociedad de control; Burroughs es el primero en cartografiar las sociedades adictas al control; Virilio advierte la amenaza de la velocidad absoluta de las tecnologías, la colonización de la biomecánica nano y la ciudad como espacio de control permanente; Deluze, por último, establece la lógica, el programa y las características de las sociedades de control y del capitalismo de superproducción.

El último de los ensayos, añadido para esta nueva edición, se intitula “Urorbe ciudad control”, un texto en el que confluyen todos los anteriores. Las urorbes son esas “urbes atravesadas por la ubicuidad y la inmediatez del orbe virtual, urbes que son orbes, con cien mil caminos”, de los cuales, por cierto, ninguno lleva fuera, porque las urorbes son agujeros negros que todo lo absorben y se alimentan de sus propios derrumbamientos.

Según nos explica Salvador Gallardo Cabrera, no es un asunto que tenga que ver sólo con un problema de tecnovigilancia, con las nebulosas teletecnológicas y las redes “sociales” que atentan contra nuestra “vida privada”, como piensan muchos, sino de una modulación de nuestros deseos, formatear las identidades, programar y editar los acontecimientos. De nuevo, dice, resulta más cómodo refugiarse en la hipóstasis de un ojo de todos los ojos o de un sensor de todos los sensores como en las películas de Hollywood o en las series televisivas estilo Black Mirror:

—Los poderes de control tienden a la unificación en ciertos espacios, como el mercado mundial, por ejemplo, pero, a la vez, están atravesados por líneas de dispersión casi psicótica, como las tecnologías de mercadeo. El control no produce una matriz totalitaria ni asfixiante; trabaja, incluso, con segmentos desconectados.

No se trata de moldear (que es modular de manera definitiva), sino de modular (que es moldear de manera incesante y perpetuamente variable). Terror puro. Por eso le comentamos a Salvador Gallarado Cabrera, vía correo electrónico, que hasta hace poco estaba muy claro: la televisión era el consenso por excelencia. ¿Sigue siendo así o con los medios digitales de intercambio de información (llamados comúnmente “redes sociales”) estamos ante un escenario menos sólido, más disperso, distinto?

—Sí, más disperso —nos responde—. Pero puede ser tan sólido como una modulación ambiental. La metáfora de lo líquido, acuñada por Bauman, opuesta a los medios sólidos, no se sostiene. Algunas grandes máquinas macromecánicas de la época industrial difundían fluidos o mensajes. Los medios digitales tienen una materialidad propia. Lo que ha mudado es que la información designa el estado asimilado de un acontecimiento, su medio es la velocidad vírica de propagación y su objetivo es generar una sincronización continua (no necesariamente homogénea), ilimitada, una pauta de control. Los hackers que trabajan en el “internet profundo” siguen ampliando la conexión. Como se ve, no es productivo hacer, tampoco, distinciones tajantes entre una ciencia de estado, canónica, o una tecnología normalizada, institucionalizada, y una ciencia nómada, menor, o una tecnología hacker, dislocante.

Abrazar el acontecimiento

Hace una década platicamos también con Salvador Gallardo Cabrera a propósito de La mudanza de los poderes, eran los tiempos de su primera edición. En aquellos días me dijo que a los laboratorios, sobre todo a los más importantes del mundo, los comités de bioética les dan risa. Hoy podemos comprobar de forma brutal cuánta razón tenía, pues sabemos que sólo el año pasado las ganancias de los 6 principales laboratorios productores de vacunas contra la covid-19 fueron de 3 mil 500 millones de dólares, lo que equivale al presupuesto total aprobado por el Congreso el año pasado para México, un país con más de 130 millones de habitantes. El acceso a estas vacunas en el mundo ha estado absolutamente al margen de cualquier consideración ética (ya no digamos médica o de salud). ¿Qué nos muestra todo esto?

—Lo que nos muestra —responde Salvador— es que el complejo industrial farmacéutico busca crear un continuum en recomposición constante que reformula las competencias físicas, psíquicas, sexuales y sociales tradicionales. Afianzadores que permiten coordinar esas competencias; medicamentos para modificar estados de ánimo o frenar la irrupción de lo extravagante; chips farmacéuticos para liberarse de sí mismo; refugios portátiles de anfetas toleradas; retardadores de la vejez que van de las arrugas en los párpados a la prestancia sexual y al recambio de órganos; acumuladores de memoria o de energía. ¿Cuántos millones de dividuales, sobre todo en las franjas industrializadas del mundo, recomponen sus vidas, parchan su yo, potencian sus cuerpos con una pastilla-segmento de ese continuum? A little bit of this -get you up, a little bit of that -get you down [un poco de esto -te da para arriba, un poco de aquello -te da para abajo] dice el estribillo de los controladores farmacéuticos. ¿Cuántos millones de dividuales recorren sus días bioquímicamente alterados con medicamentos prescritos y regulados? A los niños se les medicaliza por insuficiencia de la concentración cognitiva, a los viejos por dispersión u omisión de la memoria, a los jóvenes para salvarlos de la realidad desintegrada, a los adultos para programar sus competencias. “Sé activo”; “Concéntrate”; “Reaviva tu vida sexual”; “Duerme cuanto gustes”; “Despierta sin temores”. Y si lo artificial y la química te asustan, ¡puedes probar con la medicina alternativa o tradicional, con la acupuntura, con los cuarzos rosa! El continuum farmacéutico se extiende incluso sobre los parámetros científicos y, muy fácilmente, sobre las aprehensiones bioéticas; absorbe el medio viviente en una reformulación de las competencias físicas, psíquicas y sociales, y genera pautas de asistencia dirigida, controlada.

—No hay marcha atrás: el ruido es el medio, escribe en el ensayo final de La mudanza de los poderes. La antropausa provocada por la pandemia de la covid-19 provocó, como usted apunta, que se redujera en 50 por ciento el ruido sísmico del mundo, la parte humana de ese ruido. ¿Hemos perdido, para siempre, la opción al silencio? Y que conste que deja muy claro que no sólo hablamos del ruido sonoro. Ruido destituyente que desencaja los bosques. Ruido atmosférico que derrite los glaciares. Ruido aceitoso que poluciona los océanos. Ruido, incluso, de la computadora de quien trabaja sin distancia ni horario. ¿En qué nos convierte ese ruido incesante?

—Casi todos los escritores y “creadores” odian el ruido y no se diga aquellos que pomposamente se autodenominan “pensadores”. Le huyen como a la peste. Lo consideran el signo de todas las desgracias civilizatorias. No hay imagen más cursi que la de Heidegger atrincherado en su cabaña de la Selva Negra buscando escapar del ruido. El ruido, como trato de explicar en el último ensayo del libro, ha sido pensado y sentido como interferencia, contaminación, como la parte maldita de la información. Pero el ruido contemporáneo ya no tiene fondo ni puede adscribirse a una fuente localizada, exterior o interior, desde la cual reverbera; es vírico. No se sigue discontinuamente en una escala limitada ni en un periodo finito. Espero haberlo mostrado con fuerza y buenos argumentos: el ruido quebró la dimensionalidad del tiempo-espacio moderno: no se está bajo, sobre, fuera del alcance del ruido; el ruido es el medio. El ruido ya no es exterior: se enquista en todo lo que percibimos, sabemos, amamos; penetra incluso lo inerte. Los artistas y poetas de las vanguardias históricas lo supieron desde el inicio del siglo XX: ya que el arte contemporáneo no busca crear formas, sino conducir fuerzas, el ruido está presente en los poemas estridentistas, en las obras de Edgar Varèse o de Silvestre Revueltas, en las esculturas desencajadas de la forma de Germán Cueto, Alexander Calder o Constantin Brancusi. Los nostálgicos pueden construirse una cámara insonorizada; de cualquier modo los pulsos microelectrónicos y los ruidos de su propio cuerpo los perseguirán.

—¿Qué significa el acontecimiento como opción, “como fuente diferencial de nuevos modos de vida”? O atendiendo a lo que dice más adelante: ¿Qué significa “abrazar el acontecimiento” como divisa contra el control?

—Para seguir las crestas de mudanza de la sociedad disciplinaria a la sociedad de control, en mi libro trabajé desde las obras de cinco grandes escritores: Jünger, Foucault, Burroughs, Virilio y Deleuze. Los cinco escribieron en un mismo espacio de tiempo, desmarcándose del servilismo de los intelectuales que, frente al poder, deciden que éste es históricamente racional. Entre sus obras hay múltiples vías de tránsito, intersecciones, bordes, membranas de contacto y zonas de inaccesibilidad. Pero hay algo en que los cinco trabajaron con rigor luminoso: la filosofía del acontecimiento y la creación de los espacios acontecimentales. Los acontecimientos interdigitan la vida, el mundo, los signos. Están formados por múltiples pétalos y dimensiones: eso explica los diferenciales de potencial sin los cuales un acontecimiento sería una mera secuencia en un estado de cosas determinado. En un acontecimiento hay una coexistencia de planos, no una sucesión de “hechos”, la multiplicidad es el medio en que transcurren las cosas. Los poderes contemporáneos de control buscan conducir, programar, modular la fuerza intempestiva del acontecimiento. Buscan laminar el acontecimiento, editarlo y programarlo, estructurar el posible campo de acción de los otros en un entorno de sustentación asistida. Esos poderes buscan conducir la fuerza dislocante del acontecimiento, el advenimiento activo de la singularidad o tratan de absorberlo por medio de una asignación de subjetividad. Como se ve, la atención al acontecimiento no proviene de elecubraciones abstractas; son los potenciales de transformación de la vida los que están en juego. De ahí que abrazar el acontecimiento, la frase con Marco Aurelio iniciaba y terminaba sus días, pueda ser la divisa contra el control.

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One Comment

  1. Nada más provocador y fecundo para nuestra época que el asunto del poder, asociarlo a las dimensiones vivenciales de nuestro mundo. El poder no es sustancial sino relacional, ¿por qué insistir en sustancializarlo? Porque así es más fácil gobernar, conducir y programar toda voluntad pretendida como libre en nombre de una/s “libertad/es” impuesta/s y ramplona/s.

    Las exigencias sociales que centran –por ejemplo– sus embestidas hacia una entidad de la que dimanaría un poder absoluto y sustancial, no lo hacen sino a un espectro en el que hay nada. Esa es la relevancia de las inflexiones sobre el poder en nuestra época, en donde hasta las exigencias y protestas están moduladas para modular, para conducir el posible “campo de acción” de la inconformidad.

    Gracias por tan fecundo artículo, que además está compuesto –me parece– de un fino tratamiento textual, que permite interdigitar el asunto del poder con los grandes hechos de nuestro tiempo de manera provocativa.

    ¡Saludos!

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