El lunático y los kappas

Ryūnosuke Akutagawa, aniversario natal número 130…

Desde niño desarrolló un apetito voraz por la literatura japonesa tradicional, que en la adolescencia compaginaría con la lectura de autores occidentales. Estudiante brillante, ingresó en la prestigiosa Universidad Imperial de Tokio y comenzó a publicar con éxito sus primeros relatos: “Rashōmon” (1915) y “La nariz” (1916). En 1918 dejó su trabajo de profesor de inglés para dedicarse en exclusiva a la literatura, comenzando una época de producción muy fecunda. Considerado hoy como uno de los padres del cuento japonés, Ryūnosuke Akutagawa es sin duda uno de los más importantes escritores del Japón del siglo XX. Ahora que se cumple su aniversario natal número 130, aquí lo recordamos…


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Se fue de esta vida hace casi un siglo, el 24 de julio de 1927, cuatro meses después de haber cumplido 35 años de edad, el 1 de marzo de 1892, hace 130 años: Ryūnosuke Akutagawa vivió y murió en su Tokio natal.

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Cuatro meses antes de que se decidiera ingerir veronal para quitarse la vida, a sus 35 años, el japonés Ryūnosuke Akutagawa publicaba, en marzo de 1927, Kappa, donde ya denota cierto hastío por las costumbres humanas. “En una carta al poeta Mokichi Saito —dice el traductor argentino de origen japonés Kazuya Sakai, en un texto que data de 1959, en el prólogo al libro, editado por Me Cayó el Veinte—, Akutagawa confiesa que al escribir Kappa había pensado hacer un relato a la manera de Gulliver. Recordemos que Akutagawa se especializó en literatura inglesa en la Universidad de Tokio, de modo que es evidente que conocía bien la tradición literaria de obras como Utopia, News from Nowhere y Erewhon; además, dada su erudición en los clásicos orientales, no es difícil imaginar que conocía las obras de Furai Sanjin o de Bakin. Muchos críticos coinciden en que Kappa guarda cierta similitud con Erewhon, pero que sigue la tradición de la literatura fantástica oriental”.

Kappa es un animal imaginario que aparece frecuentemente en el folclor, nos ilustra el ya también desaparecido artista plástico Kazuya Sakai (1927-2001), “y es muy familiar para el pueblo japonés”. Existen varios libros “que contienen descripciones e ilustraciones de este animal anfibio que habita en los lagos, ríos y mares”. En dichos documentos “se describe al kappa casi de la misma manera en que lo hace Akutagawa, salvo algunas facultades que éste le otorga, como asimismo el hecho de humanizarlo hasta el punto de que constituye un pueblo civilizado”. El escritor nipón “imagina un país de kappas para criticar y satirizar el mundo de los seres humanos”.

Es curioso, escribió en su momento el narrador socialista Fusao Hayashi, “que la primera obra japonesa moderna que ataca y satiriza de tal manera a nuestra sociedad actual haya sido escrita justamente por un escritor que los propios socialistas o marxistas han atacado por su ideología”.

Sin embargo, Sakai dice que Kappa “no es una novela estrictamente social, como Hayashi pretende clasificarla. Se trata, más bien, de una obra en que Akutagawa plantea sus propios problemas personales, como si tratara de solucionarlos antes de su muerte, aunque sólo fuera en la ficción”.

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Quizás un kappa es como el kamaje de El viaje de Chihiro, la película de Hayao Miyazaki del año 2001, pero menos estrambótico, menos agigantado, tal vez menos afantasmado. En el libro de Akutagawa el narrador es el paciente número 23 del hospicio de dementes, quien, tres años antes de ser recluido en la institución hospitalaria, salió de su habitación del hotel de las termas de Kamikōchi con el propósito de escalar el monte Hodaka, que hizo tras serias dificultades físicas. “Sin embargo —dice—, la espesa niebla persistía en obstaculizar mi visión, aunque de cuando en cuando, en medio de tanta vaguedad, veía surgir gruesas ramas de hayas o abetos cubiertas de verdes hojas; también tropezaba repentinamente con caballos o vacas que pastaban en las cercanías. Pero la niebla los absorbía de nuevo con la misma rapidez con que antes los había descubierto. A todo esto, ya me estaba fatigando, y poco a poco el apetito se hacía sentir… el peso del equipo y de la manta se volvía insoportable, empapados como estaban por la neblina. Por último me di por vencido y, orientándome por el ruido del agua que corría entre las rocas, decidí bajar hasta la orilla del río”.

Ahí fue donde vio, por vez primera, a un kappa, “idéntico a los que había visto en dibujos”, ese animal “cuya real existencia se sigue discutiendo hasta el presente; pero desde el momento en que yo viví entre ellos ya no puede quedar ninguna duda sobre este punto. El kappa no se diferencia fundamentalmente de las descripciones del Suiko Koryaku [estudio sobre el tigre del agua, que es sinónimo de kappa] y de otros libros, o sea que tiene pelos cortos en la cabeza y una membrana entre los dedos de las manos y de los pies como los palmípedos. Mide más o menos un metro de estatura, y su peso es de 20 a 30 libras [de nueve a 14 kilos], aunque de cuando en cuando se encuentran kappas gigantes de más de 50 libras [23 kilos]. En medio de la cabeza tiene una especie de caparazón ovalado, cuya dureza, al parecer, aumenta con la edad. Pero quizás lo más extraño del kappa sea la coloración de la piel; no tiene, como nosotros, un tono constante, sino que cambia según las circunstancias. Por ejemplo, es verde cuando está en el pasto, grisáceo si está sobre una roca. Por supuesto, esta característica no es exclusiva del kappa, ya que la poseen en igual grado los camaleones”.

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Y así como Jonathan Swift, en Los viajes de Gulliver, crea a los houyhnhnms, esos seres caballunos perfectos, superiores a los humanos, del mismo modo Akutagawa recurre a los kappas, entes imaginarios (esta vez no inventados, sino tomados de la cultura popular), para ser implacable con los hombres, si bien el autor japonés redimensiona las situaciones al grado incluso de volverlas crueles e irracionales (como el asunto de los obreros despedidos a los que, para solucionar sus conflictos, matan en seguida y comen su carne: “Este mes despidieron a 64 mil 769 obreros, de manera que de acuerdo con esa cifra ha bajado el precio de la carne”).

Los kappas, a diferencia de lo que ocurre en nuestro mundo, son perseguidos, acosados, hostigados, literalmente correteados, por las kappas. Acaso por eso uno de ellos expresa, como si tal cosa fuese natural, que, “después de todo, el huevo frito que está ahí sobre la mesa es mucho más saludable que cualquier relación amorosa”.

Acostumbran, según el paciente número 23, “hablar animadamente bajo una potente iluminación eléctrica, y con frecuencia exhiben sus cualidades de superkappas. Un escultor, por ejemplo, hacía el amor descaradamente a una joven kappa ante una maceta de helechos; y recuerdo a una novelista que subió a una mesa y bebió 60 botellas de ajenjo; por supuesto, apenas vació la última botella cayó de la mesa y murió en el acto”. Como es sabido, “generalmente tanto la pintura como la literatura pueden ser expresadas en forma más o menos clara y comprensible para todo el mundo, de modo que su venta o exhibición nunca se prohíbe en este país —explica un kappa a su anfitrión—. En cambio, sí existe la censura para los conciertos, ya que cualquiera que sea el grado de injuria que atente contra la moral pública, esta música no es apreciada por aquellos kappas que no tienen oídos para escucharla”.

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Su fábrica de libros, en cambio, es impresionante: la producción anual asciende a siete millones de ejemplares. No obstante, uno podría preguntarse, con legítima duda, ¿para qué se hacían de cultura estos kappas si finalmente ajusticiaban a sus obreros ante la indiferencia de su pueblo? “Lo curioso —y lo narra el propio paciente número 23— era que los diarios matutinos no anunciaban ninguna clase de huelga”, tal como la efectuaban cada mes los más de 40 mil afectados. Porque los periodistas, sencillamente, son dominados por sus respectivos directores, que a su vez, ¡vaya coincidencias con el mundo humano!, son dominados por los empresarios, que son los que controlan la conducción del mando político.

Sí, la atmósfera kappana tiene cierto tufillo del enrarecido ambiente del mundo feliz huxleyano, pero el narrador de estas vicisitudes se volvió loco cuando retornó con los humanos. Pese a las evidentes contrariedades de aquellos animales, era preferible vivir entre ellos que entre los de su especie. Por eso tuvo que acabar sus días en un asilo de lunáticos. Porque no soportaba la realidad, su realidad, tal como Akutagawa, quien, a falta de un contacto con algún kappa que lo salvara del tedio cotidiano, decidió matarse con tal de no continuar mirando a sus semejantes.

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