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Los 80 años de ‘Casablanca’

La película Casablanca celebra este año su ochenta aniversario. Estrenada en 1942, dirigida por Michael Curtiz y protagonizada por Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, se llevó tres Oscar, encumbró a sus actores y pasó a ser considerada como una de las grandes obras del cine de todos los tiempos. La película —que se desarrolla en Casablanca, durante la Segunda Guerra Mundial— es una historia que sabe combinar a la perfección tres de las grandes temáticas del cine: la política, la guerra y el amor. Además de celebrar los 80 años del filme, al periodista Fernando de Ita la efeméride le sirve para narrarnos también una historia de drama, romance y confusión: “Era el año babilónico de 1971, y fue la única vez que los diez años de diferencia que yo le llevaba a Sara resultaron motivo de conflicto”, nos cuenta…


Ahora sí que fui a Casablanca porque, ahí, el duro de Rick Blaine (Humphrey Bogart) se enamoró como un perro de Ilsa Lund (Ingrid Bergman). También porque aquel puerto de la costa atlántica de Marruecos está a sólo 80 kilómetros de Rabat, donde Sara Butson quiso ir a conocer su destino. Era el año babilónico de 1971, y fue la única vez que los diez años de diferencia que yo le llevaba a Sara resultaron motivo de conflicto.

Ella tenía 19 años, yo 29. Pero la moza era canadiense y para mí era incomprensible que a su edad no hubiera visto la película Casablanca, filmada, según yo, a dos horas de donde una adivinadora berberé le aseguró que tendríamos tres hijos y un perro llamado Sófocles. Sara era una chica avispada que había leído a Henry Miller, y, sin comprender gran cosa de sus dos primeros libros, sacó en conclusión que el sexo era una de las maneras de conocer al otro. Nada más erróneo. Pero a esa edad el sexo lo es todo. El resto es añadidura.

La película —filmada en 1942, hace 80 años— ganó el Oscar en 1944, de manera que cuando la vi en Nueva York en 1970 ya era una película de culto. El guión —de Julius y Philip Epstein, Howard Koch y Casey Robinson— hace de la Francia ocupada por los nazis el set ideal para el romance entre un gringo descreído, autoexiliado en París por causas desconocidas, y una hermosa joven del norte europeo. Como exige el melodrama, en el momento en el que la felicidad de la pareja debe consumarse, Ilsa no llega a la estación del tren… y comienza el drama.

Sin embargo, lo que hace de Casablanca una comedia es el cómodo cinismo en el que viven sus personajes. El guión de la película está basado en la obra de teatro Everybody Comes to Rick’s, de Murray Burnett y Joan Alison, y, en efecto, buenos y malos, pobres y ricos, perseguidos y perseguidores, todos van al bar de Rick porque ahí se tejen y destejen destinos. Hay tres momentos áureos en el filme dirigido por Michael Curtiz: cuando la heroína no llega a la cita; cuando Ilsa le pide a Sam (Dooley Wilson) que toque “As times goes by”; y cuando el avión despega de Casablanca con Ilsa y su marido a bordo mientras Rick y el comandante francés de la plaza (Claude Rains) se pierden entre la niebla.

La música de la película es de Max Steiner, pero la canción que te rompe el alma, hayas o no hayas estado en aquel bar ficticio de la costa africana, es la que canta Sam al piano, provocando la ira de Rick que se dirige rabioso a reclamarle al cantante el desacato, y el pianista sólo mueve la mirada a dirección de Ingrid Bergman cuyo close up te deja deshojado, hecho mierda, como al propio Bogart. “As times goes by” no fue escrita por Herman Hupfeld para la película, pero se convirtió en el emblema de la batalla que libra el corazón entre la virtud y el engaño. Si Rick se va con Ilsa luego de saber que ella no llegó a su encuentro en París por una obligación patriótica, como era proteger a un héroe de la resistencia, Victor Laszlo (Paul Henreid), quien llega a Casablanca como marido de la Bergman, nadie le reclama nada. Pobre Laszlo, dice el espectador; Rick, tú llévatela, es la mujer de tu vida. Vamos, Bogart, eres el Halcón Maltés, uno de los primeros antihéroes del cine negro; tú debes, tú puedes pisotear el honor romántico a la Cary Grant, a la Rock Hudson, capaces de hacer lo correcto por dictado de su guionista. Pero no, lo terrible del caso es que el duro se ablanda, el cínico cae en el idealismo y la Bergman se va de sus brazos… para siempre.

Si la química que se dio entre Bogart y la Bergman no hubiera sido tan evidente, tan bien lograda, tan cinematográficamente perfecta, no se podría escribir este tipo de comentarios a 80 años de la filmación de la película. Lo que me regresa a mi viaje con Sara Butson. Como Leonard Kleinrock apenas estaba iniciando la invención del Internet, no tuve manera de saber que Casablanca se filmó íntegramente en Hollywood, así que arrastré a Sara a uno de esos camiones para mí tan conocidos del tercer mundo —pero que dejaban a la canadiense atónita por la cantidad de animales que llevaban los humanos entre el pasaje— para ir al puerto de Casablanca, que hoy es la ciudad más poblada de Marruecos, con más de tres millones de habitantes, pero que en los setenta era una aldea de pescadores que contaba, eso sí, con su Rick’s Bar en el que el atractivo principal era la danza del vientre de una señora entrada en carnes. Como tampoco había Blockbuster no le pude mostrar a Sara por qué Casablanca es una de las películas mejor ensambladas en la historia del cine, aunque tuvo un costo de sólo un millón de dólares, alto para la época pero insignificante para hoy.

La varita mágica

Primero fue la magia del teatro, luego la magia del cine. Se le dice magia a la capacidad que tiene la ficción de darle a lo real su sentido irreal. Sí, hay obras de teatro que nos transportan a Venecia, Ovejuna, Chicago, en fin, a muy diversas geografías del mundo sin llevarnos a ninguna parte. Ese viaje de la palabra y el cuerpo en el que se sube el espectador para salirse del teatro como contenedor y para irse al teatro como aventura de la imaginación es un acto de magia. Esa trasmutación de lo real en ficción, el cine lo llevó a campos visuales de una intimidad y una amplitud que sólo tiene la mirada humana. Sin duda la magia del cine está en que logró algo que la mirada tiene en sí, pero no mecánicamente, no como una posibilidad tecnológica sino ontológica; logró enfocar la mirada de tal manera que la vida en el cine es de planos secuencias compuestos por largas tomas de campo o por fragmentos de esa misma imagen que a lo lejos sólo deja advertir un campo de trigo pero que metiendo el zoom in puede descubrir el momento en el que ella muerde el labio inferior de su amante.

En el cine la magia de un romance a la Casablanca queda grabado para siempre. Cada vez que veas la película podrás enamorarte de las tomas de Ingrid Bergman porque son las mismas de la primera vez, idénticas. La magia del teatro está en que siendo cada vez distintas sean igualmente magníficas, lo que no siempre se logra. Digamos que son las repeticiones que requiere el cine para escoger la toma perfecta. Sería imposible montar en el teatro el Bar de Rick. Se puede llenar de mesas y sillas el escenario, se puede coreografiar el movimiento de los extras y los protagonistas, pero el solo hecho de que sea un acto en vida que ocurre en un espacio tridimensional —anchura, altura, profundidad—, al que se le debe añadir la dimensión del tiempo, acota, por así decirlo, la realidad. El cine rompe esa barrera con una trampa: la edición.

No recuerdo dónde leí por primera vez que el cine es mejor que la vida, precisamente porque se edita. Quien lo haya dicho por primera vez dio en el clavo. De nuevo, el origen de esa editora que en mis tiempos era de manivela, es la mente humana. Algo en ti escoge los momentos memorables de tu vida. Los buenos y los malos. En Freud el editor es el inconsciente. El éxito de Buñuel estuvo en dejar que ese inconsciente filmara sus películas. En mi romance con Sara Butson quisiera haber editado el bochorno de haberla llevado a descubrir el set de una peli fuera de serie y hallar un pueblo rascuache. Afortunadamente, Rabat compensó el mal viaje. Como sus orígenes están en el siglo III antes de la era cristiana, hay mucha historia en sus muros. Situada en la desembocadura de un río y en la costa atlántica, la brisa del mar mitiga en algo los 43 grados a la sombra que hay en verano. A Sara le volvió la sonrisa en la Avenida Mohamed V, en la que se podía apreciar la influencia que tuvo la arquitectura francesa en su medio siglo de dominio colonial (1900-1956), y en cuyos cafés pudo sentir por primera vez los efectos del Negroni. Ya en la casba, la medina de la ciudad, volvió a mis brazos, encantada por la cantidad de maravillas que te ofrecen los comerciantes en alfombras y telas de una suntuosidad incomparable. Sólo le pude comprar una mascada de tres dólares, pero fue como si Ingrid Bergman se hubiera bajado del avión que la alejaba de Rick, y en lugar de hacer lo correcto hiciera lo contrario.

Coda

Al terminar de escribir este artículo apareció —no lo busqué—, en mi página de Neflix, un film sobre Michael Curtiz que lo presenta como un húngaro genial y sombrío, depredador sexual, que para filmar la película debió lidiar con los dueños y ejecutivos de Warner Brothers y con el delegado del gobierno gringo que deseaba convertir la película en un llamado a las armas para los jóvenes conscriptos. Comparada con la ligereza de Casablanca, este “documento” es una piedra funeraria. Pero me llevó a saber que el verdadero impulsor del film fue el productor Hal B. Wallis, que al momento de hacerla Curtiz era llamado Money director por los éxitos comerciales que había logrado con un catálogo de 60 películas. Resulta que en plena filmación nadie sabía el final del drama, así que Ingrid Bergman suplicó: ¡Díganme por piedad de quién debo enamorarme, de Rick o de Victor Laszlo!

Y hay más: como el “código Hays” prohibía que se mostrara en pantalla a una mujer abandonada por su marido, los guionistas tuvieron que desechar la idea de que la Bergman y Bogart fueran felices. Los hermanos Epstein, por su parte, se la jugaron a su colega Howard Koch —guionista de La guerra de los mundos, la radio ficción que convirtió a Orson Welles en un acontecimiento—; les ayudó a escribir el final de la peli y no le dieron el crédito. Se desquitó escribiendo dos libros al respecto. Hay 10 anécdotas más. Termino con una ejemplar del Hollywood de los años cuarenta: naturalmente ni Bogart ni la Bergman fueron los primeros actores seleccionados. Cuando los jefazos del Estudio aceptaron que la heroína podía ser extranjera, pensaron en Hedy Lamarr, pero la MGM no la quiso prestar. Los guionistas, sin embargo, hallaron una solución muy Hollywood: “También puede ser una actriz norteamericana con tetas grandes”.

Aprovecho el epílogo para reparar una omisión imperdonable del autor de la nota. La fotografía de Casablanca, que logra meternos de cuerpo entero en un puerto africano, donde se juega el destino del mundo —en caso de que el amor de una pareja tuviera esa trascendencia—, es de Arthur Edeson. Y el capitán de meseros que es todo un poema de comicidad, llevó por nombre Szloke Szakáil. También está Peter Lorre, otro actor húngaro que tuvo su fama en Hollywood. Todo indica que Casablanca fue una película singular, fuera de serie, por las razones equivocadas. Pero nadie le puede negar a Curtiz que una de las películas históricas de Hollywood tuvo el más amplio reparto internacional de aquellos tiempos tan gringos.

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