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La locura intelectualizada del ajedrez

Nació en Viena en 1881 y falleció hace 80 años ahora, en febrero de 1942. Stefan Zweig fue uno de los escritores más polifacéticos de la primera mitad del siglo XX. De origen judío, estudió en Berlín y Viena, tras lo cual acabó viajando gran parte de su vida. Durante la primera gue­rra mundial se trasladó a Zurich, donde se adhirió a las causas pacifistas del escritor francés Romain Rolland. Más tarde volvió a su país, concretamente a Salzburgo, pero el nazismo le obligó a exiliarse en 1934. Así Zweig y su segunda esposa se instalaron primero en Londres y más tarde en Brasil, donde, profundamente desilusionados por el ambiente bélico que imperaba en todo el mundo, se suicidaron en 1942. Tras algunas décadas en las que sus obras se vieron inexplicablemente ignoradas, hoy es un escritor enormemente popular, tanto en su faceta de ensayista y biógrafo como en la de novelista. Aquí lo recordamos…


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Hace ocho décadas moría en Brasil, el 22 de febrero de 1942, el austriaco Stefan Zweig, nacido en Viena el 28 de noviembre de 1881.

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Así como para Lushin, el personaje de La defensa de Vladimir Nabokov, la vida es una partida de ajedrez, en Una partida de ajedrez el doctor B, personaje de Stefan Zweig, se desquicia si la vida no es —y valga la triple redundancia— como una jugada perfecta de ajedrez. Así como Patrick Süskind en su cuento “Un combate” hace intervenir a una persona que mueve las piezas por corazonadas pero cimbra al círculo selecto de ajedrecistas, en la noveleta de Zweig (editada por el Conaculta en su colección “Clásicos para Hoy”, número 29) el doctor B juega de acuerdo a sus lecturas ajedrecísticas, no contra su contrincante.

“En Una partida de ajedrez —comenta Rodolfo Bucio en el prólogo— encontramos a un típico personaje zweigiano: el doctor B es un austriaco que se mueve en el mundo de la corte (pues un tío suyo es médico de cabecera del emperador), abogado prominente que lleva asuntos confidenciales de miembros destacados del clero y el gobierno. Al invadir los nazis su país, es apresado. Dada la relevancia de la información que puede proporcionar, se convierte en un prisionero importante. Es recluido en un hotel, donde recibe una tortura particular: estar aislado, sin ver ni hablar más que con sus interrogadores. El doctor B es, en sus propias palabras, ‘un esclavo de la nada’. En medio de esa locura, el ajedrez surge como un bálsamo. Gracias al hurto de un libro donde se reseñan partidas famosas, el doctor B aprende y luego repasa una y otra vez, hasta llegar a estados febriles, los encuentros de varios campeones mundiales. Su mente encuentra en el ajedrez el asidero que lo salva de una locura para sumirlo en otra”.

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Para desarrollar esta atractiva idea literaria, Zweig inventa una trama igualmente fascinante: en un trasatlántico rumbo a Buenos Aires, en el que viaja el aparentemente apacible doctor B, viaja también Mirko Czentovic, campeón mundial de ajedrez que acaba de recorrer Estados Unidos, de este a oeste, y ahora se dirige a Argentina “en procura de nuevos triunfos”. Aproximadamente un año atrás, narra Zweig, “Czentovic se había colocado de repente a la altura de los más expertos maestros consagrados del arte del ajedrez, como Alekhine, Capablanca, Tartakower, Lasker, Bogoljubow; desde la presentación, en el torneo de Nueva York de 1922 del niño prodigio de siete años llamado Reshewski, nunca la entrada brusca de un jugador absolutamente desconocido en el glorioso gremio había despertado una sensación tan unánime. Porque las dotes intelectuales de Czentovic no parecían augurarle una carrera tan brillante. No tardó en revelarse el secreto y difundirse la noticia de que el flamante maestro del ajedrez era incapaz, en su vida privada, de escribir una frase sin faltas de ortografía, en el idioma en que fuese, y, según el decir burlón y rencoroso de uno de sus colegas, su ignorancia era en todas las materias igualmente universal”.

Czentovic era hijo de “un paupérrimo remero del Danubio del mediodía eslavo, cuya barca fue echada a pique una noche por una lancha a vapor cargada de cereales”. El párroco del apartado lugar, en un acto de piedad, recogió al niño de doce años y “se esforzó honradamente para compensar a fuerza de paciencia lo que el niño, avaro de palabras, apático y de ancha frente, no era capaz de aprender en la escuela de la aldea”. Pero cómo miraba el niño, cómo retenía, a escondidas de todos, las partidas de ajedrez que veía jugar al párroco con el sargento de gendarmería, y en una ocasión en que le pidió el párroco que terminara la partida, ya nadie detuvo a ese niño prodigio, ahora joven silencioso, de pocas palabras, introvertido, malhumorado incluso, que rodaba por el mundo enriqueciéndose con sus estrategias ajedrecísticas.

Ilustración de Elke Rehder para el libro de Stefan Zweig.

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Enterados en el barco de que con ellos viajaba el campeón mundial, un grupo de amigos invitó al famoso ajedrecista (mediante 250 rigurosos dólares que exigía Czentovic dada su estatura internacional) a jugar una partida con ellos. “Al hombre le asiste toda la razón del mundo cuando fija esos precios —explicaba a sus amigos McConnor, quien pondría sin dificultad el pago al campeón—; en todos los oficios, los más entendidos son a la vez los mejores comerciantes… Mirándolo bien, ¿cuántas veces he perdido más de 250 dólares en una tarde en nuestro club? Para jugadores de ‘tercer orden’ no es vergonzoso quedar vencidos por un Czentovic”.

Dicho y hecho.

Al otro día los amigos se enfrentaban con el lucido estratega, que los barría literalmente… hasta la aparición, también prodigiosa, del doctor B, que dirigió a los amigos con una portentosa defensa hasta llevarlos a las tablas con el sorprendido campeón. Viendo la destreza del recién conocido, McConnor no tuvo empacho en desembolsar más dinero, de tal modo que al otro día enfrentaría a ambos asombrosos contendientes.

Antes de la confrontación, Zweig refiere la torturante historia del doctor B que con el libro hurtado modificó su vida “porque el juego del ajedrez posee la magnífica ventaja de no agotar el cerebro, pese al esfuerzo mental más intenso, pues reduce el empleo de las energías espirituales a un campo estrechamente limitado, aguzando más bien la agilidad y elasticidad de la mente”.

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El doctor B memorizó las 150 partidas de campeones mundiales incluidas en el libro, al grado de posesionarse de él “otra” persona con la cual arremetía imposibles estrategias. Tan ensimismado estaba en su obligado encierro el doctor B con sus teorías ajedrecísticas que sufrió una “irritación aguda de los nervios”, lo que lo liberó de la perfidia hitleriana, ocupado entonces en la invasión a Checoslovaquia, por lo que dejaba en paz momentáneamente a Austria.

Pero la “crisis del ajedrez” estaba ya muy bien instalada en la cabeza del hombre.

Crisis que vino a presentarse nuevamente en la partida contra Czentovic porque el doctor B, simplemente, no estaba jugando contra Czentovic sino contra aquellas magistrales partidas memorizadas en la lectura del libro hurtado, que lo salvara efectivamente de una locura para sumergirlo definitivamente en otra… la locura intelectualizada del ajedrez.

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