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Sexta ola: entre la ‘gripalización’ y la ‘covidización’ de la pandemia

Ante la sexta ola, los hay que abogan por “gripalizar” la covid y quitarle hierro (e importancia), y los hay que consideran que ese enfoque costará demasiadas vidas y que hay que apostar por la prudencia.


Salvador Peiró


La “sexta ola”, con sus grandes números de contagios y sus —no tan grandes— números de casos graves, ha traído una notable división en su interpretación y en las estrategias para abordarla. Y también en las estrategias para abordar el futuro más próximo. Caricaturizando un poco los enfoques, tendríamos una pugna entre gripalizadores, más o menos entusiastas, y covidizadores, más o menos irritados.

Unos, argumentando la “levedad” actual de la mayor parte de los casos, apuestan por el inmediato fin de la pandemia (no ya de la sexta ola, sino la pandemia) y su endemización. Un SARS-CoV-2, cada vez menos agresivo, se iría transformando (inevitablemente, siguiendo una suerte de teleología evolutiva) en un coronavirus similar a los causantes del resfriado. En este escenario, las estrategias propuestas pasan por el fin de las restricciones y la gripalización del abordaje epidemiológico y asistencial de la covid.

Otros, argumentando la enorme incidencia de casos y que las goteras de ese diluvio dejan mucha morbilidad, consideran que hablar de endemización es frivolizar una situación aún muy comprometida (incluyendo hospitalizaciones, fallecimientos, casos de covid persistente, etc.) y evocan el riesgo de repuntes y nuevas variantes. Apuestan por la “prudencia” y el mantenimiento de medidas restrictivas. Y lo hacen con cierto encrespamiento, porque consideran que la gripalización cuesta (y costará) muchas vidas.

El debate ha incluido la extrapolación de la evolución de la ola desde países en situaciones extremadamente diferentes (Sudáfrica), la confusión entre la (razonable) gripalización de la vigilancia epidemiológica de la covid con la (más discutible) gripalización de su abordaje práctico, bastante teleología evolutiva y otros muchos componentes.

Medidas con polémica

La polémica se ha trasladado a los aspectos más prácticos del abordaje de la pandemia. A la casi ausencia de medidas efectivas de reducción de interacciones sociales (más allá del aislamiento de los positivos, especialmente los sintomáticos), el restablecimiento de medidas de efectividad retórica (mascarillas al aire libre, certificado de vacunación) o las estrategias que alimentan expectativas inadecuadas (test de antígenos para incentivar las interacciones entre personas, certificado covid para mantener actividades —incluso grandes eventos— en espacios cerrados).

También hay debate sobre las medidas para contener la disrupción social y sanitaria producida por la transmisión masiva. Es decir, sobre la aceleración de terceras dosis, reducción de pruebas, abandono de trazados y cuarentenas y acortamiento de aislamientos. Para unos son excesivas. Para otros, insuficientes.

El debate, avivado en los medios de comunicación y redes sociales, tiene cierto voltaje. Con partidarios y contrarios apasionados, generando confusión, incertidumbre (consustancial al momento) y desconcierto en la población.

DA la impresión que el exceso de ruido contrasta con la ausencia de voces autorizadas —de las administraciones sanitarias, sobre todo— explicando la situación, sus previsiones y la racionalidad de las medidas que van adoptando (o desadoptando).

No es un tema menor porque algunas de esas medidas son, como poco, controvertidas. Decisiones hay que tomar, pero también deben explicarse.

¿Qué implica gripalizar?

Aunque nadie explica muy bien que es gripalizar, la diferencia esencial entre el abordaje de la covid y el de otras infecciones respiratorias de vías altas es el empleo del diagnóstico etiológico para aislar. Es decir, la identificación de casos mediante pruebas específicas para su aislamiento durante el periodo contagioso y la cuarentena de los casos sospechosos (periodo de incubación).

Covidizar o gripalizar no depende tanto del tipo de virus que encabeza el neologismo como de la relación entre transmisión y gravedad. Una situación de alta transmisión y gravedad obligaría a covidizar. Si la enfermedad es grave pero la transmisión es muy baja, podríamos ebolizar, como se hizo en algunos países durante los brotes de ébola de 2014. Una situación de transmisión alta y muy baja gravedad (ej., el resfriado común) permite gripalizar. Que implica no aislar a los casos, ni a sus contactos. No rastrear, ni testar.

La gripe, aunque dé nombre al neologismo, es de comportamiento incierto. Habitualmente la abordamos gripalizando. Aunque no vendría mal trasladar a su manejo algunas de las cosas que hemos aprendido con la covid. Pero probablemente no lo haríamos en una temporada pandémica, como la de 1918 o 1958. De hecho, en 2009, nos preparamos para covidizar la pandemia de gripe A (H1N1) que, finalmente, fue mucho menos grave de lo previsto por la OMS.

¿Es la covid actualmente una gripe estacional?

Por volumen de contagios es obvio que no. Pongo rápido como ejemplo el caso de España: se estima que la gripe de la temporada 2019-20 causó, en toda la temporada, 619 000 casos (490 000 la temporada anterior). Y fueron suficientes para saturar los hospitales. Como casi todas las temporadas de gripe.

La covid, en sólo este mes de enero de 2022, ha causado más de 3.5 millones de casos en España. Y ha dificultado notablemente la atención a otros pacientes. La covid no es una gripe. Y si alguna vez una temporada de gripe llega a dar estás cifras es dudoso que quisiéramos gripalizarla.

Otro dato del caso español: la temporada de gripe 2019-20 causó 27 700 hospitalizaciones. Sólo en el mes de enero de 2022, la covid ha causado 41 600. Y en cuanto a mortalidad, la temporada 2019-20 se saldó con 3 900 muertes atribuidas a la gripe. Una cifra similar a las muertes covid en enero, cuando aún la “onda” de fallecimientos no parece haber tocado techo.

¿Es la covid actual la misma covid que el invierno pasado?

Ni remotamente parecida. La protección frente a la covid grave que ofrecen las vacunas se mantiene (más aún con las terceras dosis) y ómicron, la variante actualmente predominante, parece ser menos grave.

Pese a las muchas infecciones, reinfecciones (en personas que habían pasado la enfermedad) e infecciones de “brecha” (en personas vacunadas), las hospitalizaciones, ingresos en UCI y fallecimientos han crecido lentamente en casi todos los países con alto indice de vacunados. Asimismo, las curvas de casos y casos graves se han desacoplado. Es más, también parecen desacoplarse las curvas de hospitalizaciones y UCI.

La covid no es una gripe, pero tampoco es la covid de antes de la vacunación masiva.

Muchos casos son asintomáticos o paucisintomáticos. Similares a la gripe no complicada. Pero son números grandes. Y los números grandes producen una importante disrupción social (incluyendo transportes, educación, sanidad…) y sanitaria (desbordamiento de la atención primaria y las urgencias, sumado a un incesante goteo de hospitalizaciones que dificulta la atención a los pacientes no-covid).

Esta disrupción social y sanitaria también es peculiar. La mayoría de las bajas laborales no se producen por el mal estado clínico del paciente, sino por el propio protocolo de aislamiento. La saturación y desborde de la atención primaria no se deben tanto a la gravedad de los cuadros o la necesidad de seguimiento clínico, como a la aplicación de una estrategia de diagnóstico etiológico (pruebas), seguimiento y gestión del aislamiento (incluyendo bajas, certificaciones laborales y escolares, y prescripciones de paracetamol) que es un tiro más en el pie de la atención primaria.

Si la covid de hoy no es “la covid de 2021” y tampoco es una gripe, ¿cómo la abordamos?

El goteo de casos graves de los muchos ya contagiados seguirá las próximas semanas. Y los muchos contagiados contagiarán todavía a mucha gente. Cada vez menos, pero es difícil predecir cuánto y cómo.

Esta ola, a diferencia de otras, no se cerrará abruptamente como consecuencia de restricciones, sino por agotamiento de susceptibles (y terceras dosis). También esperamos menos casos graves, una vez los casos producidos por la variante delta vayan siendo sustituidos por casos de ómicron y los no-vacunados —que han generado un enorme volumen de casos graves— se contagien.

La prudencia aconsejaría mantener —al menos un tiempo— algunas medidas efectivas de reducción de contactos menos intensas que otras veces: aislamiento de positivos y sintomáticos, teletrabajo, limitación de eventos masivos, mascarillas en el transporte público y espacios cerrados, etc. Y un discurso público que refuerce la adherencia de la población a estas medidas (antes que el despiste con las mascarillas al aire libre).

La coherencia aconsejaría abandonar las medidas retóricas, incluyendo aquellas que presionan sobre los no-vacunados. Aunque es cierto que han ocupado hospitales y UCI (consumiendo desproporcionadamente un recurso escaso, obligando a paralizar mucha actividad no-covid), desde el punto de vista de la transmisión su relevancia es cada vez menor. El levantamiento de medidas restrictivas asociado a la vacunación ha permitido una elevada transmisión y los no-vacunados no han contado esta vez con la “protección” que les ofrecían las restricciones.

Y también es aconsejable retomar la comunicación social. Dar explicaciones honestas de por qué se hacen o se dejan de hacer las cosas. Informar a la población del “plan”. En la práctica estamos pasando al autodiagnóstico, el autotrazado, el auto-aislamiento y los autocuidados. Esa transformación del abordaje de la covid requiere dar a la población el instrumental necesario para los autocuidados. Y eso implica una comunicación eficaz.

[Salvador Peiró. Licenciado y doctor en Medicina, y especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública. Fuente: The Conversation.]

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