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De la ejemplar primera novela periodística en México

Nació hace exactamente un siglo: el 10 de febrero de 1922. Fue escritor —incursionó en la novela, el cuento, el ensayo, el teatro y la poesía—, periodista —publicó en varios de los más importantes suplementos culturales mexicanos— y editor —trabajó cerca de 20 años en la Editorial Novaro, pionera del cómic en Latinoamérica—; pero además, Luis Guillermo Piazza —argentino naturalizado mexicano— fue el autor de La Mafia, libro en el cual —en formato de novela— retrataría al grupo intelectual mexicano que a partir de los años sesenta ejerció su poder centralizador en el ámbito cultural, social y político del país. Víctor Roura aquí lo recuerda…


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Nació en Argentina hace un siglo: el 10 de febrero de 1922, y falleció, en la Ciudad de México, hace ya tres lustros, el 17 de agosto de 2007, a los 85 años de edad, muerte casi esquivada por la mayoría de los medios por haberse tratado del “verdugo” de los componentes de la “mafia” cultural a la que denunciara en su libro intitulado precisamente así: La Mafia, que saliera a la luz un año antes de los aires recalcitrantes de 1968.

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Por haber dicho lo que dijo hacia finales de los sesenta del siglo XX, Luis Guillermo Piazza fue desterrado del mundillo cultural. Su libro La Mafia (“Serie del Volador”, Joaquín Mortiz, 1967), en su momento, significó un escándalo y un atropello contra los protagonistas de la élite intelectual, que se sintieron “ofendidos” por esta novela, “la primera”, según la propia editorial, “estrictamente psicodélica que se publica en castellano”. “Novela periodística”, al mismo tiempo que gente como Norman Mailer o Truman Capote, en Estados Unidos, escribían sus “novelas de no ficción”, que derivaran en el denominado “nuevo periodismo”.

Por supuesto, y esto fue silenciado a la hora de su salida de las imprentas, el volumen La Mafia es divertido y arriesgado a la vez porque exhibe a un escritor valeroso y desmitificador, además de un excelente cronista. La Mafia mostró a un escritor sagaz, irreverente, notable. Pero, curiosamente, la novela que lo definiera, o encumbrara, como un exacto escritor es la misma que lo desalojara del visible camino literario. Porque los personajes de su libro, los propios integrantes de “La Mafia” cultural mexicana, jamás perdonaron su atrevimiento de haberlos “aireado” tan… tan… tan realistamente.

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Piazza habla, y los coloca en su verdadero sitio, de Fernando Benítez, Carlos Monsiváis, José Luis Cuevas, Carlos Fuentes, Juan García Ponce, Salvador Elizondo, José Luis Ibáñez y Octavo Paz, et al. Escrita a modo de un collage —se lee en la contraportada de este libro, ya descatalogado en beneficio de “La Mafia”, que aún ejerce su poder centralizador, aunque lentamente sus fundadores vayan desapareciendo del mundo por el inexorable paso del tiempo—, “organiza no sólo diferentes aspectos y experiencias de un curioso grupo cultural predominante sino las palabras mismas reensambladas de diversos personajes (protagonistas o no), libros, periódicos, cartas, conversaciones”.

La Mafia, como obra literaria, intenta una desmitificación de ese poderoso núcleo intelectual “en cuanto supuesta intelligentzia conspiradora, todopoderosa, orgiástica y con rígidas consignas (confesadas e inconfesables)”. Las figuras incluidas, acota el editor, “son como están aquí y no como parecían ser”. Y Piazza, fiel a su escritura, no se detuvo ante nada.

De Monsiváis, por ejemplo, escribió: “Miente en tantas cosas, es tan misterioso, nos contará una vez más que no va a entregar su nueva autobiografía, le propondremos una vez más que haga tres o cuatro versiones, Rashomon, Citizen Kane, Los Evangelios según San Lucas, según Carlos, según su mamá, según su mejor amigo, según sus mejores enemigos, hablará él de todo lo que ha visto este día, en el transcurso del día ha visto a todos todos (los que valen la pena; los que no valen la pena, la valdrán)”.

De Juan García Ponce: “Él era jurado de pintura, es escritor, y le dio el premio a su hermano, es pintor, hizo bien, dijo ¿por qué siempre Caín iba a ser Caín para Abel, por qué eh?, y dijo muy bien”.

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Incluye Piazza aquel comportamiento denigrante de La Mafia con el chileno José Donoso (1924-1996): “Vino, vivió en San Ángel en lacasadeatrás de Carlos Fuentes, leyó a los escritores locales, paciente impacientemente a casi todos (lo cual no deja de tener su mérito) y se atrevió a ponerlos-en-tela-de-juicio. Un buen día apareció su nota crítica semanal (hablaba de G. Ponce, Melo, Pacheco, Elizondo, Fuentes con-serias-reservas) en conocido suplemento, con una singular frase que le fue añadida al final, inesperada:

⠀⠀⠀⠀“MUY BUENO PARA CRITICAR, PERO ES UNA POBRE BESTIA.

“¿Quién fue? ¿Por qué lo hicieron? ¿Cómo? ¿En qué momento del intrincado trámite de la edición a la impresión? La lista de los acusados es casi idéntica a la de los personajes que aparecen en esta nostálgica memoria”. Despidieron a un linotipista. “El por entonces sindicado como Jefe Indiscutido de La Mafia, Fernando Benítez, estuvo a la altura de las circunstancias y produjo una de sus mejores crónicas explicando el caso del linotipista patriótico que ya estaba cansado de que un extranjero se metiera con figuras consagradas y dignas de consideración y respeto, especialmente tomando en cuenta la difusión del libro mexicano que representa una importante fuente de divisas ya que como es sabido en cualquier otra parte se lee más. Y hay momentos de la vida en que uno debe aceptar las explicaciones (véase Informe Warren). Sobre todo cuando nosotros y la mayoría de los otros coincidimos en un culpable”.

La Mafia no perdonó a Piazza.

Poco a poco fue siendo difuminado de las letras nacionales. A sus 45 años, el argentino —naturalizado mexicano— Luis Guillermo Piazza, por su valentía y arrojo literarios, fue eliminado del panorama de las letras nacionales… ¡pese a ser un importante editor y creador del Premio Novela México! Igualito que su colega José Donoso, que fue prácticamente corrido del país luego de su “atrevimiento” crítico. Piazza tuvo más carácter, en este sentido. Donoso no aguantó más. Dicen los que lo conocieron que, después de dicho acto de La Mafia en su contra, se descompuso literalmente. Nunca entendió la mezquindad de quienes consideraba sus amigos (de ahí su crecido odio hacia “lo mexicano”, que se detecta sobre todo en su último libro: Donde van a morir los elefantes, novela publicada por Alfaguara en 1995, donde el estudiantado latinoamericano en una universidad norteamericana es alegre, receptivo, solidario, inteligente… ¡menos los mexicanos, que resultan odiosos, reprimidos, envidiosos, cerrados!)

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Piazza, pese a su desaparición física de las letras, prosiguió haciendo sus cosas. Es cofundador, por ejemplo, del programa televisivo Para gente grande que condujo Ricardo Rocha y en 1988 fue designado cronista oficial de la Zona Rosa, de cuya oficina fue desalojado en 1999 por la administración de Cuauhtémoc Cárdenas al tomar la gubernatura del entonces llamado Distrito Federal (que porque les hacía falta espacio a los perredistas y un cronista podía trabajar incluso desde el estudio de su casa).

Si bien La Mafia es su gran libro, Piazza no dejó de escribir. Por algo, el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes le entregó la denominada “beca artística” en ese mismo 1999, consistente en poco más de 15,000 pesos mensualmente durante tres años.

Sin duda, Piazza se la merecía.

—No sabe, Roura, qué bien me acaba de caer esta beca —me dijo vía telefónica—, voy a poder comprarme sin dificultades las medicinas que me hacen falta…

Y yo digo que, efectivamente, para eso sirven las becas (no le editaron jamás ningún libro posteriormente, ni se sabe qué fue de su material literario mientras fue becario, ni nadie le publicó nunca más ningún artículo en la prensa con excepción, en sus últimos años, de la sección cultural de El Financiero para la cual entregó con disciplina —aun en silla de ruedas, dictándolos— sus textos hasta su muerte, ocurrida el 17 de agosto de 2007 ante el ominoso silencio de su partida en los medios de comunicación), y qué bueno que el jurado del Fonca resolvió entregarle aquella vez una mesada tanto a Piazza como a Otto-Raúl González, probablemente los dos artistas —de los cincuenta y pico que premiaron en aquella ocasión— que en verdad la merecían —y la necesitaban— porque, sencillamente, falta les hacía para medianamente ir completando los gastos, ya que, si de escribir se trata, con o sin la beca ambos escritores continuaron haciéndolo. Porque la beca NO es un estímulo para crear, sino para bienvivir.

Trescientos ochenta y cuatro meses después, a sus 77 años de edad, Piazza por fin era revalorado por la cúpula del poder cultural, la misma, aunque ya con nuevos nombres incorporados, que él criticara con audacia y ejemplaridad.

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