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“Hoy, toda la literatura que se publica depende más de la mercadotecnia que del talento de los autores”

Novelista, cuentista, traductor, periodista, actor, creador de guiones de cine y televisión, e incluso de historietas —fue el continuador de Fantomas que inaugurara Gonzalo Martré—, el pasado 8 de enero, a los 83 años, Gerardo de la Torre partía de esta tierra. Originario de Oaxaca —nació el 15 de marzo de 1938—, De la Torre fue un escritor prolífico —dejó una treintena de libros publicados—, además de profesor de varias generaciones en la Escuela de Escritores de la Sogem. Sirvan estas líneas como un homenaje al narrador mexicano…


“Primero muerto que jodido

El pasado 7 de enero, a los 83 años de edad, partía de esta tierra el querido y talentoso escritor Gerardo de la Torre.

Su hija Yolanda de la Torre, en su cuenta de Facebook, dio la noticia un poco antes de la medianoche, faltando sólo un par de minutos para el cambio de día: “Mi papá ha muerto. Mi hermano [José] y yo estamos huérfanos”.

Casi de manera inmediata, a través de la misma vía, a través de las redes sociales, las condolencias, los pésames, las despedidas, las palabras de apoyo y aliento, los mensajes amorosos, comenzaron a publicarse y a circular. Desde escritores a editoriales, pasando por funcionarios, instituciones literarias o antiguos y nuevos alumnos, las palabras para el escritor y su familia circularon durante las siguientes horas.

Uno de los primeros mensajes fue el del escritor Mauricio Carrera: “Chinga, murió Gerardo de la Torre. Hace apenas unos días hablé con él. El Obrerito Mundial se nos fue, carajo. Un estupendo escritor, un gran traductor, una buena pareja de dominó, un hombre lleno de anécdotas y buen humor. De aspecto rijoso, en realidad era un tierno. En sus últimos meses perdió la visión de un ojo y luchó contra el covid y sus consecuencias; para alguien como él, tan lúcido, tan peleador de todo y para todo, esos males, más la vejez, debieron haber sido una gran afrenta. Contendió con gallardía y llegó al último round. Choco mi vaso de vodka con el tuyo de whisky, Gerard. Un abrazo fuerte y solidario a Yolanda De La Torre”.

También Julio Ramírez —poeta, narrador, periodista cultural, director del Fondo Editorial Cantera Verde— le dedicó unas palabras: “Gerardo de la Torre Morales se ha ido, ya no alcanzó a lanzar su bola curva ni ahorcarle su mula de seises a la vida. Se cansó de los juegos, aunque se resistió. Tartamudean mis manos porque mi mente llora. Las letras mexicanas nuevamente de luto. Oaxaca, su tierra natal, Cantera Verde, familiares y amigos, estamos sin palabras. Descansa, primo”.

Omar Delgado —editor y escritor— apuntó a manera de obituario: “Irte al otro barrio el mismo día que se fue Juan Rulfo debe ser un privilegio de pocos. Descanse en Paz el gran Gerardo de la Torre, uno de los últimos rudos de la literatura nacional”.

Sergio Olhovich Greene —director, guionista, actor y productor de cine— también se despidió de su camarada: “Acaba de morir mi querido amigo Gerardo de la Torre… de izquierda, marxista, un hombre sensible, escritor, luchador y compañero de muchas parrandas. Aun quedamos varios para proseguir la lucha a la cual tú comprometiste toda tu vida”.

Julián Herbert —poeta, novelista, cuentista y ensayista— narró una brevísima anécdota en su tuiter (la cual, sin embargo, retrata de cuerpo entero la generosidad del escritor fallecido): “Una vez, en los 90, Gerardo de la Torre se sentó conmigo más de dos horas a corregir frase por frase la puntuación, la sintaxis y los guiones de diálogo de un cuento (‘Ángel de la mañana’) de 5 cuartillas: una masterclass exprés. Así de generoso era. Buen viaje, querido maestro”.

Hoy sabemos, por la propia Yolanda de la Torre, cómo fueron las últimas horas de su papá. En un (amoroso) artículo —publicado en el diario Milenio una semana después del deceso—, Yolanda escribió:

“El viernes 7 de enero, antes de medianoche, mi padre, Gerardo de la Torre, tuvo un primer infarto; lo habían estabilizado cuando le sobrevino otro. De la segunda reanimación ya no regresó. No hubo sufrimiento: papá se desvaneció de pronto, inconsciente hasta el final. Toda la tarde estuvo en el hospital Star Médica de Cuautitlán Izcalli, adonde fue a consulta en compañía de mi sobrino Miguel. Había terminado de merendar cuando quiso levantarse y ya no pudo. Fue una jornada que pasó feliz, acompañado, contando historias hasta que su enorme corazón se detuvo. Yo no estuve ahí, las restricciones pandémicas lo impidieron, pero el jueves le di un beso en la frente y nos mantuvimos juntos largas horas. Después supe que tras su infarto ocular de hace unos meses [esta vez] no tuvo covid: lo suyo fue una insuficiencia cardíaca que comenzó a manifestarse en su dificultad para caminar y respirar, a la que se sumaron daños irreversibles en su otrora impecable maquinaria que nunca iban a permitirle ser de nuevo el hombre fuerte e independiente que le gustaba ser. Papá decidió irse, estoy segura, porque primero muerto que jodido”.

En su artículo, la también escritora añadía:

“Ese viernes los De la Torre —una amplia familia de locos, como los muchachos locos de tantos veranos que vivió mi padre en la Narvarte, donde conoció a mi mamá y a José Agustín, cuyos padres y hermanos lo acogieron desde chamaco— perdimos a nuestro patriarca”.

Narrador de oficios varios

Aunque nació en la ciudad de Oaxaca —el 15 de marzo de 1938—, Gerardo vivió los primeros años de su vida en Minatitlán, Veracruz. Nada raro, considerando que su familia era de tradición petrolera. Sin embargo, los De la Torre se trasladaron después al entonces Distrito Federal. Gerardo terminó la primaria, pero dejó a medias la secundaria cuando entró a trabajar, en 1953, a Petróleos Mexicanos, donde permaneció 18 años en los talleres de la refinería de Azcapotzalco. Ahí conoció las luchas, las pasiones y el particular modo que tienen los obreros de ver la vida. (Algo que, a la postre, sería esencial para toda su obra literaria.)

Casi al mismo tiempo, Gerardo entró a la literatura por las puertas del teatro, a través de unas clases que impartía el Seguro Social a sus afiliados. De hecho, comenzó su trajinar en la vida cultural como actor (y escribiendo “obritas” de teatro). Autodidacta, de allí saltó a publicar con sus amigos del Café San José La hoja literaria, y con Anya Schroeder Nuevas letras.

Más tarde participó en el taller de Juan José Arreola al lado de José Agustín, René Avilés Fabila, Alejandro Aura, Roberto Páramo, Jorge Arturo Ojeda, Elsa Cross, Eduardo Rodríguez Solís y Antonio Leal, entre otros. En este taller escribió la mayoría de los cuentos que aparecieron en su primer libro, El otro diluvio, publicado en 1968.

Obrero, escritor y comunista —Gerardo de la Torre perteneció al Partido Comunista Mexicano desde 1959, año en el que se afilió a él, hasta la disolución del mismo, en 1981—, era inevitable que tuviera una enorme admiración por José Revueltas, icono de la generación del 68. Esa mezcla de factores lo llevó a definirse en favor de la literatura social, ésa que habla de los trabajadores y sus grandes gestas. También, esa mezcla de factores —obrero, comunista y escritor, sumado a la tradición petrolera de su familia— le granjeó el apodo —ideado por María Luisa “La China” Mendoza— de “El obrerito mundial”.

Los escritores José Agustín y Gerardo de la Torre. / Fotos: Secretaría de Cultura.

Sin embargo, a partir de esa época —y, sobre todo, abierto el grifo literario—, a Gerardo de la Torre ya nada lo detendría. Así, a su bibliografía se sumarían luego las novelas Ensayo general (1970) y La línea dura (1971); después el libro de relatos El vengador (1973).

Durante las siguientes dos décadas —entre novelas y cuentos y con variados resultados—, vendrían libros como Viejos lobos de Marx, Muertes de Aurora, Los muchachos locos de aquel verano, Relatos de la vida obrera, La casa del mono y otros crímenes o Morderán el polvo.

Aunque fue un prolífico escritor —dejó casi una treintena de libros publicados—, y fue un autor fundamental en la narrativa mexicana contemporánea, Gerardo escasas veces obtuvo el reconocimiento del statu quo literario y de las instituciones oficiales de este país. Algo que a él, por otra parte, poco o nada le importaba. Después de todo, se sabía querido y apreciado por todos aquellos escritores que pasaron por sus clases o sus enseñanzas; y, dese luego, se sentía querido y apreciado por sus múltiples lectores.

Eso sí: además de narrador, desde los setenta —desde 1972, año en que renunció a la petrolera con la descabellada idea de querer vivir de la escritura— Gerardo de la Torre ejercería oficios diversos. Fue, por ejemplo, traductor: lo mismo le encargaban grandes autores como Hemingway, hasta novelas condensadas para Selecciones y otros libros insalvables que muchas veces tenía que rehacer —como él mismo me lo contó un día—; también fue periodista: escribió en varios de los más importantes medios tanto crónicas como crítica literaria; fue, asimismo, creador de guiones de televisión —Plaza Sésamo, Tony TijuanaHora Marcada, entre otros—, e, incluso, de historietas —fue el continuador de Fantomas que inaugurara Gonzalo Martré.

Amigo durante poco más de 40 años de Felipe Cazals —cineasta recién fallecido en octubre de 2021—, colaboró con él en Kino y en una historia que ganó el premio de guión inédito en el Festival Cinematográfico de La Habana en 1997 pero que nunca se filmó: Los niños de Morelia.

Además de actor ocasional, Gerardo de la Torre también fue un apasionado del béisbol —él mismo fue un beisbolista aficionado—, y, sobre todo, un generoso Maestro —así, con mayúscula—: forjó a varias generaciones de narradores en la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (Sogem).

Aun con esta enorme trayectoria, Gerardo de la Torre nunca perdió su sencillez ni su generosidad. Siempre abría las puertas de su casa para charlar. Y para beber (cuando el cuerpo se lo permitía). Sobre todo, como fue mi caso, cuando aún vivía en la colonia Narvarte.

Ahora veo a muy poca gente en la calle leyendo a Tolstoi y a Poe

Son casi la una de la tarde, y Gerardo de la Torre se mueve con parsimonia por la sala de su departamento de la colonia Narvarte; va de un lado a otro, se sienta a la computadora, me mira, y dice: “En un momento estoy contigo”.

Afable y cordial —a ratos irónico—, estoy con él ya que los expositores del Tianguis Para Leer en Libertad reeditaron La línea dura —una de sus novelas primerizas—, y también porque le fue otorgado el Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos por su obra inédita Nieve sobre Oaxaca.

Es un día cualquiera de octubre de 2009.

Luego de terminar de leer, corregir y guardar el texto que tiene en la computadora, Gerardo de la Torre se sienta cómodamente en un sofá, estira las piernas y, tras un ligero suspiro, dice: “Venga, ¿de qué quieres que hablemos?”

Bueno, para empezar —le digo— hablemos del premio (que fue una sorpresa para todos que lo ganara).

De la Torre hace una confesión de pirata:

—Me dio mucho gusto ganarlo —me dice— ya que de pronto veo que los jóvenes ganan premios, por aquí y por allá, y luego hasta lo ven a uno con desdén, con altanería, muy engreídos; a lo mejor creen que los concursos es exclusividad suya… que los escritores como yo no tenemos derecho a participar. En mi caso, no es que no entre a los premios: lo que pasa es que no me entero. Supongo que hay gente que se la pasa concursando, escribiendo estrictamente para entrar a ellos, y en una de esas gana… Mi premio, en cambio, fue casi de casualidades: casualmente había terminado esta novela y casualmente vi la convocatoria. La envié, y gané.

Según el jurado, decidió otorgarle el premio a Nieve sobre Oaxaca por considerar que en ella “se percibe dominio del oficio, una propuesta brillante del género de novela negra”, así como “una evocación certera de una región del país, sin que por ello pierda su apuesta universal”.

—Sí, es una novela policiaca —corrobora De la Torre—, con una condicionante: me interesaba explorar más a mi personaje oaxaqueño que el homicidio: él es alguien que recorre las calles de Oaxaca por aquí y por allá, y que sueña con una nevada; es un personaje que además anda metido en algunos casos policiacos no porque sea detective sino porque es lector de novelas policiacas; también cuenta con un cuate en la sección de homicidios, un exalumno, ya que mi personaje (que más o menos tiene mi edad) es maestro jubilado, excomunista, tiene aún esos resabios izquierdozos y esos desplantes que le salen a uno de vez en cuando, pero que ya son como gestos inútiles.

No es la primera vez que Gerardo de la Torre se acerca al genero: “Ni será la última —me aclara—; a mí me gusta mucho lo policiaco. Y me gusta ya que son como ejercicio de ingenio, en donde juegas a ver un crimen y ver cómo lo resuelven, cómo lo descubren y cómo se van acercando… pero, como te digo, me interesaba sobre todo el personaje”.

Gerardo reconoce que el premio llegó en buen momento, pues le da cierto colchón en estos tiempos difíciles:

—Llega en buen momento, insisto, pues como dijo alguna vez José Emilio [Pacheco]: siempre hay que pagar a médicos. De hecho, los míos, es decir mis médicos, se pondrán felices: ya tengo algo de dinero para tratar mis dolencias, ja-ja. Aun así, me siento en buenas condiciones; además, ya eliminé a cuates alcohólicos y cantinas…

Aquí lo interrumpo: No estarás hablando en serio, ¿o sí?

—Ja-ja. Sí; lo que pasa es que eso no significa que no siga bebiendo: lo sigo haciendo, pero ahora ya más tranquilo (y si se puede, en casa). Mi vida es absolutamente tranquila, está despojada ya de fiestas y rebumbios… Me levanto todas las mañanas a trabajar (es decir, ya sabes que hay trabajos para ganarse el pan), y eso consiste en traducir sobre todo libros. Después, ya puedo hacer lo mío, lo que me gusta; o sea, continuar los proyectos de libros que tengo pendientes. Voy combinando las dos cosas, y luego, si me sobra tiempo, me salgo a vagabundear…

—Veo que trabajas en computadora [recordemos: estamos en 2009]; ¿crees que este armatoste ha provocado este exceso de literatura que vemos hoy en día?

—No lo sé, no lo sé… Lo que sí creo es que esto siempre ha existido, la única diferencia es que ahora lo publican todo. Yo siento que hay muchos libros descuidados; descuidados en el contenido: por lo que tratan, por lo que cuentan, por lo que abordan. Lo que digo es que el mercado de libros está saturado de simplezas de superación personal… lo peor es que la gente los busca; le gusta leer cosas del tipo “Cómo ganar amigos e influir”, o “Cómo ser mejor persona”, libros místicos-religiosos. Veo en la calle a muy poca gente leyendo a Tolstoi, Dostoyevski, Poe, a Philip Roth…

—Estarás de acuerdo que no sólo es “culpa” de la gente…

—Sí, en eso estoy de acuerdo. Es un hecho que ahora toda la literatura que se publica (desde relatos hasta la saturación personal) depende más de la mercadotecnia que del talento de los autores. Si eliminas las obras de escritores de prestigio comprobado (justamente porque han demostrado su capacidad literaria), lo demás termina vendiéndose no por el hecho de que sea bueno sino por el hecho de que los anuncian, por esas campañas de marketing que están al servicio de ellos. Es terrible: antes el editor era el que decidía si se publicaba o no un libro; hoy lo decide un consejo de mercadotecnia; ahora se rigen por el análisis de mercado…

“Aún conservo el espíritu chocarrero

Como tantos de sus personajes, Gerardo de la Torre parece mirar las cosas desde una cierta distancia, incluido su propio proceso creativo. Esa distancia, empero, no implica frialdad, ni siquiera desapego, sino una percepción aguda de todo lo que puede haber en su literatura. Cuando le pregunto, por ejemplo, cuánto ha cambiado su escritura, lanza un leve silbido; se toma su tiempo:

—Ha cambiado, sí, pero también sigue aún una línea… es decir, no se ha apartado demasiado de esta línea, digamos, progresista, justiciera, de posiciones políticas, de posiciones de vida. Sin apartarse mucho de esto, sí ha cambiado la concepción de mi literatura, desde luego. Por ejemplo, antes pensaba en la novela como un género que contaba historias largas… ahora la veo como otra cosa… la veo más interesante y absolutamente distinta del cuento; la razón de ser de la novela, diría Kundera, es sobre todo expresar una visión del mundo. Y lo consigue mediante unos personajes, mediante una serie de acontecimientos que van ocurriendo, pero también mediante un lenguaje, una estructura, mediante un todo: es ese todo que encierra el escribir.

También ha cambiado, explica, la forma en la que ahora se acerca al lenguaje:

—Si bien antes uno se atropellaba ante la urgencia de escribir, ante la urgencia del contar, con el tiempo eso se va corrigiendo… Ahora uno ya cuida más la forma; o sea, se preocupa uno de lo que dice, pero no solamente de eso, sino también de la forma en la que lo está diciendo; se utiliza un lenguaje cada vez más rico, complejo, cada vez más poderoso (hasta donde da uno, ya que no siempre se puede lograr).

—Por cierto, ¿qué queda de aquel Gerardo de la Torre que escribió y publicó La línea dura, libro casi primerizo, publicado en 1971…?

—Pues, según yo, ahí estoy de cuerpo completo… Claro, como escritor, no como personaje. A mí me sirvió en su momento para ir encontrando (como se dice usualmente) mi voz. No digo que sea una voz importante, pero es mía, es la única que tengo: 40 años después, no sé qué les pueda decir la novela a los lectores de ahora. Yo sé qué quise decir en aquel momento; desde luego, era un juego primordialmente, y también una critica. Estaba muy fresco lo del 68, la muerte del Che; estaba muy de moda aquello que llamaron el “foquismo” (que no era otra cosa que un grupo de gente que, estando sola, podía representar un foco rebelde, revolucionario, que despertaría a las masas para que se lanzaran a la lucha). Y eso fue lo que intenté hacer: una crítica de ese absurdo… aunque la novela, claro, tiene otras lecturas también.

—Pero, entonces, ¿si se reconoció en el libro?

—Por supuesto. Al releerlo, claro que me reconocí por ese espíritu chocarrero que conservo. No creo que me haya vuelto una persona seria; de hecho, aún hoy me la paso echando relajo y albureando con mis amigos y mis alumnos. Burlase de todo, hasta de uno mismo.

Pero hay algo más, me dice Gerardo de la Torre:

—No sólo me reconocí en el libro, también me recordó que me cayeron pedradas por él, incluidas pedradas de mis amigos, ja-ja. Lo que pasa es que, cuando publiqué mi primera novela en 1970, me fui apoderando de una serie de recursos o de maneras de hacer literatura que se correspondían a mis lecturas (desde Revueltas, pasando por Faulkner, Hemingway, Dostoyevski, entre otros más); de pronto, al terminar con ese proyecto, se me ocurrió hacer una novela sin andaderas, es decir, yo solito, agarrándome nada más de mí, sin tratar de imitar a equis o ye escritor que admiro. Y me lancé. Y salió esta barbaridad que es La línea dura.

“El libro estaba lleno con los nombres de mis cuates; después de todo, no la había escrito con el afán de publicarla, sino que la escribí como un juego, como un divertimento; por eso estaba llena con esos nombres. Así que algunos se molestaron, porque los puse como miembros de una comuna donde intercambiaban mujeres y los hijos eran colectivos… ja-ja. Te imaginarás que a varios de mis amigos nos les gustó nadita.

“Por eso ahora que se reeditó, le quité y le cambié varios nombres; para empezar, por una especie de pudor post mortem (algunos de mis amigos ya desaparecieron). Además, los nombres finalmente no le daban el valor narrativo al libro (si es que éste lo tiene); lo que le deba y le da valor narrativo es el hecho mismo de lo que ocurre ahí y la manera en la que está contada la historia”.

—¿No será que con la edad uno se vuelve más pragmático?

—Yo creo que con la edad… Mmm… Mira, en cuanto uno ve venir a la señora de la guadaña, lo que se convierte es en más sabio; uno ve las cosas de otra manera. Ojo: no quiero decir con esto que uno ve las cosas más color de rosa o más negras, sino que las ves con más objetividad.

“Y sí, a veces también te vuelve más pragmático porque piensas: bueno, ya estoy en las últimas, así que, qué haré con esto y lo otro. En mi caso, por ejemplo, pienso: qué haré con este departamento, o con mis discos, o con mis libros… Y, sobre todo, creo que te vuelves más pragmático cuando, como decimos en mi gremio de cuates, uno está más cerca de ir a ver crecer rábanos y zanahorias… Ja-ja. Ya sabes: especies que crecen hacia abajo… Así que te das cuenta que la vida es muy corta… Como dice la frase: la vida es una enfermedad que se cura con la muerte.

—Entonces, te preocupa la vejez…

—Bueno, me preocupa en tanto que yo siga vivo pero no pueda ser independiente: eso de que tengas la necesidad de que alguien te dé de comer, te bañe, incluso que te limpien como a un bebé. Vaya, ser un inútil, un inválido… Realmente, eso sí me aterraría.

—No recuerdo dónde leí que los fantasmas regresan a los lugares que frecuentaba las personas en vida. ¿Dónde andará el fantasma de Gerardo de la Torre cuando ya no esté aquí?

—¡¿Cómo que dónde?! Pues en las cantinas. Y no estaré solo sino estaré acompañado de una gran flota.

Adiós, Gerardo de la Torre

Víctor Roura

Quizá hablamos de mediados de los noventa del siglo pasado cuando llegamos Gerardo y yo al Bar León para continuar la noche ronera, que ya empezaba a alargarse. Al mirarnos entrar, el cantante y director de Recuerdos del Son nos dio, mediante el micrófono, una calurosa bienvenida. Apenas acomodándonos en nuestros asientos, se acercó un periodista para saludarme ignorando, porque no lo conocía, al narrador, asunto que enmendé de inmediato presentándolo de inmediato, cosa que no hubiera hecho ya que ambos ni siquiera se miraron.

Estando de nuevo los dos solos, proseguimos la charla donde la habíamos dejado, pero la desavenencia entre el periodista y el novelista no sólo había sido formal sino también visual: no dejaban de mirarse, de mesa a mesa, con rencor inaudito, al grado de que el periodista volvió a acercarse nada más para insultar al querido Gerardo de la Torre, quien contestó, con premura, la ofensa. Entonces me puse de pie y le dije al periodista, amigo de años, que se controlara, que estábamos ante una eminencia literaria que nada hacía para recibir tal caterva de juicios soeces, entendiendo, al parecer, su grosera actitud… que sólo fue momentánea porque ambos, acaso confabulados en una extraña descortesía asimétrica, siguieron mirándose con inaudita cólera acabando, en un momento en que decidí acudir a los sanitarios, en un zafarrancho en el pasillo de la entrada moliéndose ambos a golpes salvajemente hasta que pude separarlos de manera milagrosa dado el duro enfrascamiento de su incontrolada ira. Al levantarse del suelo, Gerardo llevaba un sobresaliente moretón en la frente, pero me decía que nos retirásemos pronto de ese “pernicioso” sitio, así me dijo, que hicimos dando grandes pasos hacia el aire nocturno.

Me veía yo mortificado por el hecho de abandonar el lugar de esa fea forma, pero Gerardo me decía que no me preocupara, que él había saldado la cuenta cuando dirigí mi camino al baño, que cambiara mi pesadumbre, que él me invitaba otras copas en un recinto menos agraviador, mas le recordé que el dinero se nos estaba acabando, y su sonrisa fue entonces triunfal, de inobjetable alborozo, cuando de la nada sacó un fago de billetes de su bolsillo…

—Pero… —alcancé a decir, incomprendiendo la situación, resolviéndome, raudo, Gerardo la duda: mientras se liaba a golpes con el periodista, miraba cómo su agresor dejaba caer su dinero, sin querer, durante la contienda, mismo que Gerardo recogía atinadamente.

Sorpresas que da la vida.

Nos introdujimos a un bar, desde donde le llamé a una amiga para contarle el bochornoso asunto para ver si tenía la gentileza de venir por nosotros y auxiliar al golpeado Gerardo de la Torre.

Cuando oyó el nombre de Gerardo de la Torre, a mi amiga no le importó que fueran las 3 de la mañana: en diez minutos estaba en la puerta del bar en su carro para llevarse a Gerardo y atenderlo, como era debido, de la aparente golpiza que había sufrido.

Los vi irse con algarabía, como dos personas que ya se conocían de tiempo atrás.

Gerardo nunca se movió en círculos, por eso mismo la mafia cultural lo tenía desatendido en la peligrosa línea fronteriza de la literatura mexicana, donde incluso la mediocridad era exaltada, ni pertenecía al gremio de la cúpula intelectual, donde unos pocos vivían con privilegios mientras la mayoría apenas sobrevivía en esta jungla de intereses y demonios.

La obra de Gerardo de la Torre vive sola por méritos propios.

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