Obra de Winslow Homer (1836-1910).

“Te he puesto en mis ojos para observarte sin prisa”

Poemas de Eduardo Cerecedo (1962-2022).

Todo sucedió tan de repente, que a todos nos tomó por sorpresa: el pasado 9 de enero partió a otros mundos posibles el vate Eduardo Cerecedo. Tenía 59 años. “Era un poeta solar y un hombre de entusiasmo contagioso y extraordinaria nobleza”, lo despidió el escritor Armando González Torres en Twitter. Docente, tallerista, crítico literario y, sobre todo, poeta, Eduardo Cerecedo había nacido en Tecolutla, Veracruz, el 12 de febrero de 1962. Estudió la licenciatura en lengua y literaturas hispánicas y la maestría en literatura mexicana, ambas en la UNAM. Aunque en un principio quería ser narrador —contó él mismo en alguna ocasión—, al conocer los poemas de autores como Antonio Machado, Federico García Lorca y León Felipe redefinió su rumbo y abrazó la poesía, género del cual publicó más de una docena de libros. “¿Por qué leer a Eduardo Cerecedo? Por una razón sencilla pero maravillosa: el maestro ama la poesía; todo su quehacer está encaminado a honrarla, preservarla e inocularla”, destacó en 2019 la escritora Patricia Cervantes durante la presentación del libro Soplo de ceniza, en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia. “Los poemas de Cerecedo se ubican en la vegetación, andan entre el animalerío, hablan de los fenómenos meteorológicos, disfrutan o padecen los cambios climáticos, todo ello propios de una zona de bocas, de ríos y labios marinos. En la mayoría de sus libros se advierte el proceso de conocimiento y el crecimiento verbal motivado por la selva y las ceibas; lo que es más claro, existe una inmersión en la naturaleza que el mar complementa, ya que sumergirse en el paisaje no es cosa fácil”, escribió Armando Oviedo en el prólogo de Trópicos I, una antología personal que retrata con versos la naturaleza que desde su nacimiento lo había acompañado. “Yo nací en un lugar rodeado de agua, árboles y mangles, una naturaleza que me ha influenciado desde la infancia, uno vuelve a la posición de adulto, pero siempre se echa hacia atrás buscando esa vértebra que nos da firmeza”, explicó Eduardo Cerecedo cuando publicó dicho libro. Precisamente de Trópicos I (Fondo Editorial Estado de México, 2015) y de Soplo de ceniza (Literatura UNAM, 2019), hemos extraído estos versos para rendir homenaje al poeta mexicano.


Cuarto creciente

Para enamorarte
o para que me des el sí,
no voy a recurrir
a frases ya muertas por el uso.
No, te enviaré una flor de estación,
adjunto
una prenda repleta de kilates
con tu nombre en relieve;
para, cuando estrujes la rosa
con la suela del zapato y
la dejes a merced de la escoba,
tu mano sea quien me salve.

Media Luna

Te he puesto en mis ojos
para observarte sin prisa,
allí ver por tu mirada
los lugares que te aclaman,
la medialuna de tu ombligo,
las ciruelas campechanas
que crecen en tus pezones;
luego te desnudas en mi soledad,
sí, y cuando has salido,
recién bañada,
limpia, te has asoleado en las playas
que hoy recuerdo.

La pesca

Mi primer poema
lo hice a la mar,
vi cómo lo deglutía
el verde en cada verso.

Desde entonces
siento el hambre
de los peces retozar
en mi pulso.

Sonido de la lluvia

El platanar anuncia los pasos del aguacero,
la negrura de las nubes tiende su hocico de agua
en la algarabía de las ranas.
Amanecemos con norte. El manglar hace llegar
hasta aquí
su olor a retoños nutritivos.

Un vaho de aromas se levanta
de lo más recóndito del estero
y surde al jadeo de la iguana.

La ceiba

La ceiba apenas cabe en el cielo, un ventarrón
la roza,
la hace más grande en su voluta.
La tarde despliega sus bejucos para tocarla,
las nubes crecen en sus ramas de niebla,
todo es rumor en su corteza,
la humedad del bosque late en su silencio.
Cuando llueve y hace luna llena, la ceiba
se hace día, río, mar, cielo, eclipse de agua,
donde se esconde por segundos la selva entera.

Noches de marea

La oscuridad empieza a llenar las cuevas
de los cangrejos en la isla, platanera.

De un momento a otro sube la marea
con una fuerza, que hace crujir las marañas
de luz y hierba,
inclinadas por la tibieza
en qué aparecen las primeras estrellas
en los ojos de los peces
arrastrados en la corriente turbia del anochecer.

Las horas blandas resbalan por el acantilado
del río, que cubre las raíces del mangle
poblada de ostiones y almejas, a su vez,
sorben en su silencio parte de ese mundo
interno de aquellos ojos de agua crecida.

Sobre el viento cargado de limones surge la luna
más naranja que amarilla, azolvada de musgo y
de algas, y de tantas noches de marea
como ésta.

Río Tecolutla

Mientras escribo la primera letra va formándose
en la hoja un nacimiento, me moja los dedos,
crece, se levanta,
despliega su misterio húmedo, transparente.
Los peces saltan al terminar la palabra río,
kilómetros tras kilómetros desfilan
en una sola romería: agua.
Lleva el nombre primigenio
en su ribera, escultura tallada
por el mangle cóncavo.
Al nombrarte cubres esta página, inmersa
como la luz metida en los ojos,
después de luz se hace agua y silencio
para agrandar el gesto en la arena
que te ha de llevar al mar.

Aguacero con luna

La noche se hace viento, se recuesta en las matas
de plátano,
el día derrama su tibieza en la ribera
de los charcos, la selva de pájaros comba
con su garganta la huerta de niebla
a punto de naufragar en el estero.
La luz es una balsa que avienta su ancla
en el vado de su lejanía.

Víspera del norte

El canto de chachalacas aclara la mañana
del lunes,
la raya de monte es una panga que deambula
entre gargantas
y aleteos, cuyo ajuar no es sino la víspera
del norte.
Los papanes de vuelo lento chillan,
estremecen al acahual a esta hora sofocado
por la ventisca del mes.
El aire adelgaza el bramido de becerros lejanos.

Los plátanos de manzano colgados del caballete
de la casa de palma han cubierto de olor
mi memoria,
a través de su aroma oigo el silencio
en que maduran.

Allá ustedes

Si es que los peces
si es que los panes

se multiplicaron

¿Por qué el hambre continúa
haciendo estragos
sobre la tierra?

Acaso el haber probado
la manzana en un principio
aún fatiga en los hombros
el pecado.

Si es así,
entren en el huerto y elijan
la fruta a la manera de sus posibilidades.

El mar

El mar ha bramado desde la madrugada
y mi madre despierta, en vela quema
palma bendita frente a la imagen de los santos
donde la veladora como una torre nos protege
del mal tiempo.
Mis hermanos dormidos de cuando en cuando
se voltean de un lado para otro, mientras yo
escucho los rezos que poco a poco hacen de mi sueño
un árbol de tamarindos cargado de nidos que el viento
esculpe al ton ni son contra los árboles de cedros
como midiendo la dirección del viento.

VII

El tiempo, un puente que la noche tiende para saber
de su lejanía, anchura de nube, de vuelos, aleteos construyendo
el centro de los cafetos en sus tallos.
Flor de amarga dulzura sobre lo tierno del tiempo en el canto
de las horas, agazapadas en los matorrales; lleva el norte
el temblor de las horas. Temblor de agua sobre los ojos,
temblor de ojos en el agua.
De este vuelo de pájaros acumula su línea el río,
aprendiendo que la lumbre altera en estremecimiento el vuelo
que lo conduce; filo de navajas su canto. Alguien irrumpe
el momento; alerta.

VIII

La música sobre la mesa engrandece la estancia, abordada
ligeramente por esa imagen líquida del anochecer. Ramas expuestas
a un ritmo, a un colorido que a menudo irrumpa mi mano.
Imágenes rodeadas de sombra y de silencio. Una puerta
para que la luz abra esa tumba que de algún modo acomoda
el rumor de la noche sobre la vela. Instantes para que afirme el follaje
de la noche su caudal.
Se torna incauta la mies al ondear el tiempo, sobre el agua
crece la luna
crece la madera
crece la liviandad del crepúsculo;
crece un volumen de angustia, casi flor, de los vientos que habrá
de igualar los metales con el aroma de la rosa, pero, sobre
la mesa algo se debate. Quiero saber de la batalla
con la materia en estos momentos de calma, se rebela la luz contra el muro
del silencio.
Sólo imágenes que rodean
⠀⠀⠀⠀⠀⠀se rodean
⠀⠀⠀⠀⠀⠀de sombra y son bosque en premura
de que algo suceda, ¿pero qué?
⠀⠀⠀⠀⠀⠀Silencio
⠀⠀⠀⠀⠀⠀sombra
⠀⠀⠀⠀⠀⠀imagen
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀movimiento.

IX

Uno sólo
y la música sobre la mesa
un manjar que alguien deja en una charola de plata ya óxido
de primavera
ya canto.
Ya oración. Agua vertida en una ola de verdores:
la voz del poeta. De nuevo la música para en mi mano, para saber
que la frecuencia alcanza su vuelo.

X

Un abrazo del viento transfigura a la puta que la oscuridad
alberga en el corazón del solitario.
Mientras las calles navegan, un caudal de música refleja
en los vidrios el primer beso del que pagó;
para saciar algo de la noche en las ventanas, las sombras
esparcen el movimiento del cristal en los transeúntes que silban,
algo deja el ritmo, la lengua que nombra una acción en pasaje
bíblico.
Se alumbra de esta manera lo que falta de la noche.

XI

Se me ha dado la noche en el metro, en un terrón de azúcar
la mosca mueve el golpe de un segundo. Galopar de la luz
deja el instante sobre el cimbrar de un espejo.
Recibe
el cielo lo que el aire
revolotea en la herida;
es por demás
tal recibimiento.

Eduardo Cerecedo. / Foto: Libros UNAM (Twitter).

Poemas extraídos de Trópicos I (Fondo Editorial Estado de México, 2015) y de Soplo de ceniza (Literatura UNAM, 2019).

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