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Contra la gente inferior

No hay duda: Fernando Benítez fue uno de los más importantes protagonistas del periodismo cultural en México —para bien y para mal—: ideó y organizó varios de los más importantes suplementos en este ámbito, pero, también, afianzó la “mafia” cultural que poco a poco fue construyendo hasta situarla en un lugar preponderante en el sistema institucional durante toda la última mitad del siglo XX. Periodista, escritor, editor, docente e historiador mexicano, en este enero de 2022 se celebra-conmemora el 110 aniversario de su nacimiento. Víctor Roura aquí lo recuerda…


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El 21 de febrero de 2000, a los 88 años de edad, muere Fernando Benítez, llamado [erróneamente] el “padre de los suplementos culturales” (pues el primero en realidad en dirigirlo, en 1948, fue Juan Rejano, español avecindado en México). Había nacido en la Ciudad de México el 16 de enero de 1912, hace 110 años. Un año después de Rejano, Fernando Benítez en febrero de 1949 comienza su labor de periodista cultural luego de haber sido despedido, por artimañas políticas, de la dirección general de El Nacional, el periódico del partido en el poder, mismo que animara a Benítez a proseguir con similares tácticas afianzando la “mafia” cultural que poco a poco iría construyendo hasta situarla en un lugar preponderante en el sistema institucional durante toda la última mitad del siglo XX: sólo el clan de Benítez sería visibilizado en premios, reconocimientos, componendas, respaldo económico, prestigio intelectual, financiamiento mediático, viajes alrededor del mundo, becas, publicaciones, conferencias, congresos, consentimientos a granel, prebendas a su disposición el resto de su vida, que se extinguiría en el año postrero de la centuria.

Sin embargo, estas son minucias puras, impertinencia social, en su prístina biografía, porque lo que la “mafia” ha dejado es una sustancialidad financiera que en estos momentos, de desmarcación pecuniaria por parte del Estado, que siempre había solventado a esta poderosa “mafia” cultural llevando permanentemente agua para su molino de manera dilecta y, por qué no, a veces indiscreta, finalmente era la “mafia” la que clasificaba el comportamiento del funcionariato, generalmente aprobado por la “crítica especializada”: las clases intelectual y académica (porque no necesariamente es intelectual la segunda ni el intelectual es forzosamente lo segundo)… ¡ni con los sucesos de Ayotzinapa habían manifestado su contrariado carácter como ahora lo están haciendo con la actual administración morenista!

Pero nadie habla de monedas cuando se habla de la integridad cultural, curiosamente.

La “mafia” no estaba acostumbrada a hablar de ello, finalmente, porque jamás tuvo problemas con el desembolso estatal: Fernando Benítez fue, era, es, el ejemplo perfecto del mantenimiento económico cultural basado en definidos perfiles políticos: ¿acaso alguna vez alguien incorporado a la “mafia” cultural sufrió un repentino descobijo financiero por alguna opinión ambigua mas arrolladoramente crítica?

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Una cosa cierta, irrebatible, era la inteligencia de los miembros de la “mafia”, numerosos y dependientes de la fortaleza que ellos mismos se habían construido a lo largo de los años, pero muy otra cosa eran los intereses encubiertos durante sus estrategias desplegadas en sus presentaciones y entrevistas que concedían, a gusto y amablemente, a los diversos medios que los buscaba con afán periodístico sin cuestionarlos, ni perturbarlos un ápice, acerca de las filigranas de su poder ensimismado, a grado tal que todavía hoy la prensa en general continúa guardando silencio —ya por no interferir en un pasado cubierto de gloria o por no incomodar a las figuras públicas que supieron mantenerse en los poderes administrativos durante varias décadas sin perjudicarse nunca pese a sus exhibiciones poco éticas (concesiones de premios arregladas tras bambalinas, libros no disimulados para congraciarse con los mandatarios en turno, giras alrededor del planeta de los mismos escritores, becas convenidas de antemano, libros mediocres de los mafiosos juzgados con exaltación por los mismos mafiosos, etcétera)—… continúa la prensa en general guardando silencio sobre estos sobresaltos convenencieros de su poderío financiero a resultas de su correcto y perdurable amasiato, pues así como los políticos callan las argucias de otros políticos del mismo modo los amafiados, de cualquier índole, encubren a los otros amafiados para no delatarse, o descubrirse, ellos mismos, enseñanza aprehendida en los escalones de la vida misma.

Por eso sólo la “mafia” de la cultura mexicana, y sólo ella, sabe de sus cortedades y cortes finos producidos en el centro de las instituciones a su servicio.

Nadie tenía, ni tiene, derecho a inmiscuirse en ellos.

Nadie, nunca, osó perturbar sus privilegios, y aquel que lo hizo pagó caro su audacia —como Luis Guillermo Piazza al atreverse a escribir un libro que intituló La mafia con el cual se ganaría el destierro definitivo de la élite cultural.

Pero la inteligencia y los intereses pecuniarios son dos cosas distintas que, ¡ay!, la mafia cultural supo discretamente vincular para su propio beneficio a espaldas de su numerosa audiencia, que siempre observó lo primero desdeñando lo segundo porque descartaba en automático, confiada en la ética de la inteligencia, lo segundo.

Pero…

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Una biografía más de Benito Juárez. Fernando Benítez se encargó de redactarla. Su libro Un indio zapoteco llamado Benito Juárez (Taurus, 1998) carece, en efecto, de las atmósferas narrativas que desprendían volúmenes como La ruta de Hernán Cortés o Ki: el drama de un pueblo y una planta, y ya no digamos sus crónicas noveladas El rey viejo o El agua envenenada, puntos culminantes de una prosa voraz y enriquecedora.

La literatura de Benítez vivió entonces una etapa diferente. No como al final de su existencia, cuando sus letras parecían ya no estar en reposo sino adquirían una tonalidad calculada, más cerca del dictado que del producto de una paciente elaboración gramatical.

Pareciera su biografía juarista más un dictado apresurado, en el cual hay descuidos imprudentes o, por lo menos, inesperados en un hombre con la cultura de Benítez. En la página 139, al hablar de los estudios de Juárez, apunta que lo nombran auxiliar de física, “y ahí expone sus recién adquiridos conceptos sobre la libertad de los pueblos. Miguel Méndez se convirtió en el joven maestro de la generación de Juárez. En su casa se discute de política y otros temas. Los estudiantes del Instituto escuchan los discursos liberales de Méndez. Juárez asiste a las reuniones, siempre callado y un poco distante”. En una ocasión en que se discute cómo debería de ser el hombre que encauzaría la vida política de Oaxaca, Méndez “tomó un velón que iluminaba la reunión y pronunció estas palabras que asombraron a los presentes:

“—Yo voy a enseñarles a ese hombre.

“Se encaminó a un rincón de la sala, donde la luz reveló de improviso la figura casi fantasmal de Juárez.

“—Este que ven ustedes —dijo Méndez—, reservado y grave, que parece inferior a nosotros, éste será un gran político, se levantará más alto que nosotros, llegará a ser uno de nuestros grandes hombres y la gloria de la patria”.

Transcrita la anécdota, Fernando Benítez se apresura, como lo hace una y otra vez a lo largo de las trescientas treinta y pico páginas que posee el libro, a “editorializar” la historia, a endilgarle una moraleja al caso referido: “El vaticinio, que con el tiempo se cumplió, nos permite darnos una idea de lo que era entonces y lo que llegaría a ser Benito Juárez: un hombre de muy pocas palabras, casi un fantasma; un indio al fin, inferior sólo en apariencia a los jóvenes criollos que atestaban la sala”.

Fernando Benítez. / Foto: Cuartoscuro.

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¿Un indio, al fin?

¿Los indios, pues, son casi fantasmas, inferiores sólo en apariencia?

¿Por qué su apariencia es inferior?

Pero lo que parecía un lapsus de un dictado con premura se diluye, lamentablemente, en las páginas siguientes, ya que el “editorialista” Benítez, continuando con su estilo ortodoxo, cartabónico, de hacer periodismo (son célebres en la práctica periodística sus gritos, regañadas, insultos y ofensas), se interpone en el propio relato para adjudicar su irremediable opinión, de tal modo que el lector, a la vez que va conociendo la vida de Juárez, también se va enterando de los calificativos que se van ganando los protagonistas de la historia. Así, en la página 22 leemos que el profesor de Juárez, José Domingo González, tenía tan mal carácter “que había nacido para ser rufián y no maestro”, y que Santa Anna en el transcurso de su viaje de Cuba a México, ni más ni menos, había dejado de “ser ladrón, tahúr y chaquetero que cambiaba de bandos con facilidad, para convertirse en genio militar” (más adelante también le dice, entre otras linduras, “bufón”).

El historiador es, asimismo, el calificador de las fechorías o glorias, según los casos, de los historiados.

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No sólo eso.

Hay también ciertas opiniones “incómodas”, fuera de lugar, que interrumpen la lectura.

Veamos.

Benítez habla de Vicente Guerrero. En el muelle de Acapulco estaba anclado El Colombo, con su capitán italiano Picaluga. “El presidente Bustamante, el ministro de Guerra y Marina, José Antonio Facio, y el ministro de Hacienda, Lucas Alamán, con el mayor secreto le dieron a Picaluga cincuenta mil pesos en oro con el fin de que invitara a conocer a Guerrero a bordo de El Colombo y lo hiciera prisionero. El confiado Guerrero aceptó la invitación y llegado a bordo los marineros lo aprehendieron y lo llevaron a Huatulco para entregarlo al capitán Miguel González, quien lo condujo a Oaxaca. Ahí se le formó consejo de guerra, fue condenado a muerte y fusilado en la villa de Cuilapan el 14 de febrero de 1830”.

¿Cuál es la moraleja?:

“En México —dice Fernando Benítez— ha sido frecuente, y lo sigue siendo hasta la fecha, que el enemigo político sea eliminado por medio del asesinato”.

Luego, en la página 60, apunta: “Como vemos, en todo este cúmulo de adversidades fueron la Iglesia, sus defensores, los gobernantes de los estados y las ambiciones políticas de Santa Anna los causantes de nuestra derrota. Tal era la descomposición de nuestro país”.

Y sin más, nada más porque sí, una feliz ocurrencia, asienta con gravedad: “En la conquista de Tenochtitlan fue el joven emperador Cuauhtémoc ‘el único héroe a la altura del arte’, y en 1847 fueron los ‘niños héroes’ los que salvaron el honor de México. Más de un siglo después, el 2 de octubre de 1968, fueron los jóvenes universitarios los héroes de la matanza de Tlatelolco. Por ello siempre son los jóvenes en los que debemos confiar nuestro destino”.

¿Qué tienen que ver los “niños héroes” con los “héroes universitarios de Tlatelolco”?

Sólo Benítez lo supo.

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En ese, por decir, “moralismo histórico”, Fernando Benítez es verdaderamente un líder. En la página 52 hay una sabrosa e inconcebible perla: “En ese maratón de locos codiciosos que nada sabían de leyes o de política, lo que salvó a Juárez fue el ser indio, heredero de los zapotecos que construyeron Monte Albán. Un indio habla poco, es impasible ante las peores circunstancias y nunca se queja; del indio se ha hecho la imagen de un hombre cubierto con su gran sombrero y su sarape, dormido bajo un árbol, pero en realidad está pensando en sí mismo y en la posibilidad de mejorar su vida espiritual”.

Bueno, si lo dice el autor de esa voluminosa colección bibliográfica Los indios de México (aunque haya llegado a ellos mediante helicópteros proporcionados por el gobierno federal, que consintió a Fernando Benítez en todas y cada una de sus peticiones), irremediablemente hemos de creerle. No se trata, pues, de una figura poética: los indios, cuando callan y están como ausentes, no es por la falta de hambre o por los siglos de opresión, sino porque están pensando en sí mismos para mejorar su vida espiritual.

El Benito Juárez de Fernando Benítez, por lo tanto, es uno de esos héroes sin parangón pues, como indio (¿o a pesar de ser indio?), ocupó el lugar más prominente que hombre alguno puede ocupar en el reino terrenal; ya después vienen sus ideas (¿no por algo, incluso, en el mismo título del libro quiso Benítez remarcar eso de Un indio zapoteco llamado Benito Juárez?) y sus a menudo “trágicas facetas de pacífico hombre común y encarnizado luchador”.

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