Tartufos también son aquellos críticos silenciadores

Cuatrocientos años de Molière…

Utilizando técnicas de lingüística computacional, en 2019 dos investigadores del Centro Nacional para la Investigación Científica y de Ecole Nationale des Chartes analizaron los textos teatrales de Jean-Baptiste Poquelin, es decir: Molière. La principal conclusión a la que llegaron, tras más de un siglo de debate, es que el dramaturgo, actor y poeta francés fue el único autor de sus numerosas obras maestras. Así que, sí: Molière nunca pasa de moda. Quizá porque en sus obras supo condimentar con exactitud la denuncia y la sátira, la ridiculización y la corrección de las costumbres exageradas de la Francia de mediados del siglo XVII. Considerado el padre de la Comedia Francesa, en este enero de 2022 se cumplen 400 años de su nacimiento. Aquí queremos celebrarlo…


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Nació en París hace 400 años: vio la luz primera en Rue Saint Honoré el 15 de enero de 1622. Abandonó este mundo el 17 de febrero de 1673, rebasando el medio siglo de vida.

Todos lo conocían como Molière, tierra grasienta y pantanosa, una fina cantera de piedra, un dramaturgo visionario.

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Es sabido que Jean-Baptiste Poquelin, llamado “Molière”, tardó cinco años en poder montar su pieza teatral El Tartufo (1664), a la cual se opuso, con denodado empeño, la Compañía del Santo Sacramento, “institución religiosa de carácter seglar que antes incluso de su estreno —apunta el español Mauro Armiño— se había impuesto una tarea en sus anales: trabajar para lograr la supresión de la malvada comedia del Tartufo”.

Son muchos los avatares que sufrió la obra desde el año de su aparición hasta el de su estreno definitivo, el 5 de febrero de 1669: en ese lustro, Molière “ha sufrido amenazas, ataques, denuncias de impiedad y de ateísmo, peticiones de excomunión contra el cómico (y contra todos los que representen o vean la representación de la pieza) a quien se tilda de diablo trajeado de hombre. Y por parte de Molière, intentos y más intentos por levantar la losa de la prohibición; de nada le sirvió la picardía de representarla con otro título: Panulfo, en ausencia de Luis XIV de la corte, porque las autoridades civil y religiosa que controlan París en ausencia del monarca tardaron un día en lanzar una la prohibición y la otra las excomuniones”.

Tampoco le sirvió a Molière alegar que el rey había accedido a su puesta en escena: “Por más que recurrió —dice Armiño en el prólogo a dicha obra, editada por el Grupo Multimedios— a un personaje tan poderoso como el príncipe de Condé, que pese a la prohibición había pagado por lo menos cuatro representaciones privadas del Tartufo, se estrelló contra el mismo muro”. La embajada de cómicos que Molière envía a Lille, “donde el rey asiste a los últimos coletazos del asedio de esa ciudad en manos de las tropas españolas, no surte demasiado efecto: Luis XIV promete resolver el problema a su vuelta. Pero el monarca regresó a París y El Tartufo permaneció dos años más prohibido”.

Y es que el personaje Tartufo no es sino, en palabras de Armiño, “el retrato de un hipócrita; es el retrato burlesco de un hipócrita devoto que, en nombre de los intereses del Cielo, se entromete en el seno de las familias con el objetivo de dominarlas, controlarlas en nombre de esa parcela de cielo que ha vendido al crédulo burgués y quedarse con su hacienda, si no con la esposa de un Orgón pintado por Molière con los rasgos del idiota”.

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El mismo Molière sabía que sus comedias hacían mucho ruido. En su prefacio, el dramaturgo parisino escribió que “los marqueses, las preciosas, los cornudos y los médicos han sufrido con paciencia que los sacaran a escena y han fingido divertirse; pero los hipócritas no entienden de burlas; al principio se alarmaron, y les pareció extraño que yo tuviera la osadía de escenificar sus monerías y de querer denostar una profesión a la que se meten tantas personas honradas. Crimen es ese que no podrían perdonarme; y todos se armaron contra mi comedia con furor espantoso. Mucho se cuidaron de atacar por el lado que los ha herido: son demasiado políticos para eso, y saben sobradamente vivir sin dejar al descubierto el fondo de su alma”.

Siguiendo su loable costumbre, estos hipócritas e impostores han cubierto, dice Molière, “sus intereses con la causa de Dios; y El Tartufo, en su boca, es una pieza que ofende a la piedad. Está llena, de principio a fin, de abominaciones y no hay en ella nada que no merezca el fuego. Todas sus sílabas son impías; hasta los gestos son en ella criminales; y la menor mirada, el menor movimiento de cabeza, el menor paso a derecha o a izquierda oculta misterios que bien se las arreglan ellos para explicar en mi contra”.

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Molière se mostraba sorprendido ante tanta violencia, verbal y física, contra su obra: “No puedo negar que hubo padres de la iglesia que condenaron la comedia —puntualiza el autor francés—; pero tampoco se me puede negar que también los hubo que la trataron con más suavidad. Así, con esta división de pareceres, queda anulada la autoridad en que pretenden apoyar su censura; y la única consecuencia que puede sacarse de esa diferencia de opiniones en espíritus esclarecidos por iguales luces es que examinaron la comedia de modo distinto, y que unos la consideraron en su pureza mientras otros la contemplaron en su corrupción y confundida con todos esos viles espectáculos que, con razón, se han denominado espectáculos de liviandad”.

Molière, ya en el siglo XVII, sabía muy bien que hay “espíritus cuya delicadeza no puede soportar ninguna comedia; que dicen que las más honestas son las más peligrosas; que las pasiones que en ellas se pintan son tanto más emotivas cuanto más llenas están de virtud, y que las almas se enternecen con esta clase de representaciones. No alcanzo a ver qué gran crimen sea enternecerse viendo una pasión honesta, ni qué alto grado de virtud esa total insensibilidad a que quieren que ascienda nuestra alma. Dudo que exista una perfección tan grande en las fuerzas de la naturaleza humana; y no sé si esforzarse por rectificar y templar las pasiones de los hombres es mejor que pretender eliminarlas por completo”.

Caray, “ni siquiera las cosas más santas están a cubierto de la corrupción de los hombres —decía Molière—: vemos a perversos que abusan a diario de la piedad y la emplean de manera malvada para los mayores crímenes. Mas no por eso dejamos de hacer las distinciones que es menester hacer. No envolvemos en una deducción falsa la bondad de las cosas que alguien corrompe y la malicia de los corruptores”.

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Y, bien, El Tartufo no es, ciertamente, una obra impía, ni mucho menos, sino una mirada a la falsedad, a la impostura, a la simulación, del hombre: no toda la gente que se persigna es necesariamente buena.

“¿Son acaso nuestra vecina Dafne y su maridito los que hablan mal de nosotros? —pregunta la astuta Dorina, la dama de compañía de Mariana, la hija de Orgón, a quien quiere dar por esposa a Tartufo—. Los que más mueven a risa con su conducta son siempre los primeros en murmurar del prójimo; nunca dejan de captar al momento la chispa aparente del menor afecto para difundir alborozados la noticia prestándole el cariz que quieren que se crea; con los actos del prójimo, teñidos con sus colores, piensan que autorizan en sociedad los suyos, y con la falsa esperanza de algún parecido creen prestar inocencia a sus propias intrigas o lograr que caigan en otro lado algunos de los dardos de esa censura pública que les pesa demasiado”.

Y Tartufo, ese hipócrita que clama al cielo bondad y compasión, es un inmisericorde discreto: se va a casar con la hija de Orgón pero a quien pretende es a Elmira, la esposa del propio Orgón (“¡ay!, no por ser devoto soy menos hombre —cavila Tartufo cuando mira, a solas, el sinuoso cuerpo de esta señora—; y, cuando llega uno a contemplar vuestros celestiales encantos, el corazón se deja prender y no razona”).

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Tartufos los ha habido en todos los tiempos, incluso con paradójicos comportamientos, como los ocurridos en agosto de 2002 en México con la ingente propaganda que se efectuó previo al estreno del filme El crimen del padre Amaro: con su exaltada, obcecada y alterada intervención, el representante de ProVida y algunos jerarcas de la Iglesia católica, ingenuos y sutiles reaccionarios (término acaso ya extemporáneo, pero justo), coadyuvaron de modo determinante al objetivo astutamente trazado por los publicistas de la película: el mercado del escándalo cubrió, correctamente, todas las expectativas contempladas: el prurito tartufiano cumplió a cabalidad el fragmento que le faltaba por llenar al rompecabezas del marketing, y ni a quién le importara las razones cinematográficas de tanta jovialidad en un confesor que puede tener todo… excepto el oficio de un cura convencido.

Tartufos ahora asombrados por las palabras pronunciadas por quien debía, siempre, guardar silencio. Porque los Tartufos no forzosamente están ligados a los compendios religiosos, sino a la hipocresía global asumida hoy… ¡incluso por críticos que se han visto rebasados en sus propios decires, literalmente comprimidos en sus contradictorios discursos, opresores de las libertades que antes comulgaban como suyas!

Tartufos también son aquellos para quienes no hay otras voces, sino las suyas propias.

Tartufos también son aquellos que no miran más allá de sus narices.

Tartufos también son aquellos críticos silenciadores, cómo no, para quienes la libertad expresiva sólo puede provenir de sus mandatos… o mandamientos.

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