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La crítica ‘cool’ de la realidad social

La crítica social se ha fusionado con la crítica de cine. Cuestión que, en los tiempos que corren, resulta cool. Pero que quede claro, nos dice Juan Sotos, el problema no es el cine, sino cómo se ha estado pensando y discutiendo el cine de masas dentro y fuera de las universidades a últimas fechas. El problema es entender que el cine de masas no puede ser un punto de partida, sino que tendría que ser uno de llegada en términos de la reflexión y de las discusiones (académicas y sociales), pues si la crítica social toma como punto de partida la imagen cinematográfica, la realidad es desplazada por el espectáculo.


Nadie duda hoy, como en el transcurso del siglo XIX, sobre el valor artístico de la fotografía. Ni tampoco sobre el del cine, aunque la polémica sobre su valor artístico estuvo propiamente situada en el siglo XX. En el argot callejero al cine se le refiere como el séptimo arte. Hoy es un conocimiento de sentido común. Y si bien el filósofo y crítico literario de origen alemán Walter Benjamin no se equivocó al decir que estas disputas fueron el signo inequívoco de una transformación de alcance universal, y que representaron el surgimiento de una nueva época —la época de la reproductibilidad técnica del arte—, se puede decir que también formaron parte de su asimilación. Es decir, de la manera en cómo la fotografía y el cine se fueron asimilando en diversos ámbitos de la vida social y cultural hasta transformarlos. Se puede decir que dichas disputas representaron un proceso que implicó su aceptación generalizada.

No obstante, en los dominios de la vida cotidiana, fuera de los espacios académicos y artísticos, esas discusiones no sólo pasaron casi inadvertidas, sino que ni siquiera parecieron prefigurar en términos de importancia. Como forma de entretenimiento, espectáculo e industria cultural el cine triunfó en la sociedad de masas. Como prácticas culturales, ir al cine y mirar películas (antes unidas íntimamente, hoy ya no) arraigaron como parte de la vida social. Ir al cine hoy día es, más que otra cosa, una forma de relación social e, incluso, de reafirmación de los vínculos afectivos (entre parejas y familias, por ejemplo). Sí, las más de las veces, la gente asiste al cine por razones extracinematográficas.

Si la obra de arte cinematográfica surge, como decía el mismo Benjamin, sólo a partir del montaje, es algo que al público —digamos no especializado— le tiene sin cuidado. Y la especializada discusión sobre algunas tendencias del montaje (la orgánica de la escuela americana, la dialéctica de la escuela soviética, la cuantitativa de la escuela francesa de preguerra o la intensiva de la escuela expresionista alemana) es propiamente algo chocante en los dominios de la vida cotidiana. La apreciación cinematográfica, en un sentido estricto, no es lo que mueve a la gente a acercarse al cine.

Sin lugar a duda la aparición del cine implicó un cambio en la sensibilidad colectiva. Y quizás el cineasta estadounidense Frank Capra lo entendió mejor que muchos al decir que el drama no es cuando llora el actor, sino cuando llora el público. Y también lo entendió el gran director de cine británico Alfred Hitchcock al referirse al suspense como una situación en la que el público sabe que debajo de la mesa que mira en la pantalla hay una bomba que estallará a la una mientras faltan quince minutos para que eso ocurra, en tanto que los personajes sentados en dicha mesa no lo saben. No sólo el cine trajo consigo una nueva retórica de las imágenes, sino nuevas formas de comprender dicha retórica.

Apreciación cinematográfica y gusto por el cine no necesariamente van de la mano. Este último puede prescindir de la primera. Se puede disfrutar del cine sin comprenderlo del todo. Y en este sentido podemos decir que es probable que a las personas no les gusten los mismos géneros cinematográficos, pero difícilmente podríamos encontrarnos con alguien a quien no le guste el cine (apreciarlo es otra cosa). A diferencia de otras épocas, ya no es necesario acudir a una sala de cine para mirar películas. Se pueden mirar por televisión. Y gracias a las plataformas de distribución digital de contenidos multimedia pueden mirarse a través de una diversidad de dispositivos móviles e inteligentes. Mirar películas a través de las pantallas móviles en el metro, en los aviones, en las salas de espera de los consultorios médicos, en los baños, en los autobuses, en los cuartos de hospital, etc., se ha convertido en una práctica cotidiana bastante extendida de nuestro tiempo.

A escala mundial el cine ha tenido una aceptación insospechada. Y no sólo como espectáculo o como forma de entretenimiento. Casi desde su nacimiento, a finales del siglo XIX, la cámara de cine se utilizó con fines de investigación antropológica y etnográfica. La célebre película del explorador y cineasta estadounidense Robert Flaherty de 1922, Nanook of the North, es un excelente ejemplo de ello. Sea por su valor artístico, por la armonía con los enfoques interpretativistas y fenomenológicos en la investigación social o por su capacidad para entretener a las masas, el cine se encuentra bien posicionado (y a veces sobrevalorado) en distintos espacios sociales, tanto artísticos como de investigación y de convivencia. La cinefilia de nuestra época es evidente. Sin embrago, hay un problema con el cine de masas.

El cine como industria cultural (hoy denominada industria creativa) es capaz de imponer gustos y cultivar opiniones. Theodor Adorno y Max Horkheimer, dos de los más destacados representantes de la Frankfurter Schule (escuela alemana de teoría social y filosofía crítica), en clara oposición a las ideas de Benjamin sobre el cine, escribieron en su Dialéctica de la Ilustración que el cine (y la radio también) no eran sino negocio y que servían de ideología para legitimar la porquería que se produce deliberadamente por parte de los dirigentes. Aunque debe reconocerse que Benjamin olió ese tufo a podredumbre cuando dijo que a causa del capital invertido en el cine las oportunidades revolucionarias se encontraban convertidas en contrarrevolucionarias, y que el culto a las estrellas era promovido no sólo por el capital sino por el público también.

Desde otra trinchera, pero con el mismo tono mordaz y en clara alusión al espectáculo, el filósofo francés Guy Debord sentenciaba que el cine había muerto, que ya no podía haber films. No obstante, ese culto a las estrellas promovido por el capital y secundado por el público parece ser uno de los problemas menores del cine. Camille de Toledo, ensayista francés, en clara alusión a Debord señaló muy atinadamente que el problema es que la crítica social se ha fusionado con la crítica de cine y esto ha dado como resultado una crítica generalizada de la representación. Cuestión que, al fin y al cabo, es cool. Es decir, esta cinefilia nos ha resultado bastante cara y ha resultado ser, por decir lo menos, asfixiante. ¿Por qué? Porque al fusionarse la crítica social con la cinematográfica entonces la discusión sobre la realidad se traslada hacia la discusión sobre la imagen. Porque la oposición ya no es a la injusticia, sino a la explotación espectacular de la injusticia. Porque la resistencia ya no es al comercio, sino a los simulacros del comercio. Y esto es sólo el aperitivo.

En agosto 2019, The Joker, la película dirigida por Todd Phillips, se convirtió no sólo en un éxito de taquilla, sino que suscitó sesudos debates y análisis en radio y televisión donde, recurrentemente, participaban académicos serios y respetables (o al menos eso decían ser). Dentro y fuera de las universidades se organizaron mesas de discusión, charlas de cine-debate, sesiones de análisis, etc., cuyo centro de reflexión fue esa elogiada película de clasificación R (primera en este rubro). Incluso suscitó la aparición de diversas publicaciones que versaron desde el análisis psicológico del personaje hasta el análisis psicosocial, sociológico y antropológico de la desigualdad, la injusticia, la distribución de la riqueza y la desintegración del tejido social según vociferaron algunos expertos. Por si fuera poco, The Joker no sólo fue la película con el mayor número de nominaciones al Óscar en su año de estreno, sino que está inspirada en los cómics. Es decir, sobre la capa de irrealidad de los cómics encontramos la capa de irrealidad de la película y, sobre estas dos, la capa de realidad de las discusiones académicas y profesionalizadas. Eso sí, fusionada e indistinguible. La crítica al espectáculo desplazando a la crítica social o, más bien, confundida con ella. Incluso bien acopladas.

En septiembre de 2021, casi dos años después, se estrenó Ojingeo Game, mejor conocida como El juego del Calamar, la serie de televisión más vista en Netflix hasta el momento. Después de los primeros 23 días de haberse estrenado, Netflix estimó que 87 millones de personas habían terminado de ver la serie completa y que unos 111 millones de personas habían comenzado a mirar la serie en octubre de 2021 (mes en el que el valor de impacto de la serie estaba calculado en cerca de 900 millones de dólares mientras que su producción tuvo un costo total aproximado de 21.4 millones). Y, como quizá ya lo adivinó, esta serie de televisión también suscitó desde debates académicos hasta publicaciones especializadas en tono sociológico, antropológico, psicosocial, etc.

En la primera página de La sociedad del espectáculo de Debord aparece un epígrafe del filósofo alemán Ludwig Feuerbach que indica que nuestro tiempo prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser. Y que, para nuestro tiempo, lo sagrado es la ilusión mientras que aquello que es profano es la verdad. Pero que quede claro: el problema no es el cine, sino cómo se ha estado pensando y discutiendo el cine de masas dentro y fuera de las universidades a últimas fechas. El problema es entender que el cine de masas no puede ser un punto de partida, sino que tendría que ser uno de llegada en términos de la reflexión y de las discusiones (académicas y sociales, por ejemplo).

Si la crítica social toma como punto de partida la imagen cinematográfica, la realidad habría sido desplazada por el espectáculo. ¿Será que a muchos académicos que gustan del cine les falta aprender de apreciación cinematográfica para no confundirse ni aventurarse a hacer afirmaciones tan lejanas de la realidad cuando los invitan a bañarse debajo de la luz de los reflectores mientras hablan de la película o la serie de televisión de moda? ¿Será que les hizo falta leer a Benjamin, Adorno y Horkheimer, Debord, De Toledo, etc., para comprender que si la crítica de las apariencias sustituye a la crítica social, el espectáculo gana y la realidad queda intacta?

Si la desigualdad, la injusticia, la distribución de la riqueza, la desintegración del tejido social devienen espectáculo y entretenimiento, cualquier discusión está perdida en tanto que garantiza que su origen quede intacto. Lo peor es que, sin lugar a duda, seguramente se estará ya rodando o escribiendo, en estos momentos, una nueva película o serie de televisión que vuelva a convocar a académicos y expertos a sesiones de debate, análisis y discusión. Mientras la crítica cinematográfica siga desplazando a la crítica social o fusionándose con ella, el espectáculo habrá ganado y la realidad habrá perdido. Y eso es cool.

Post scriptum: mientras los pobres mueran en las pantallas y esa representación siga ofendiendo al intelecto, millones de ellos podrán morir frente a nuestras narices y nadie se incomodará con ello. ¿Ahora es más claro?

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One Comment

  1. Hola Juan, tu escrito me hace mucho sentido, no había encontrado la argumentación (en parte supongo porque no he leído a los sujetos que citas) para expresar la forma en la que me he sentido cuando, por ejemplo, en redes sociales se empezó a hablar un buen sobre la serie que fue traducida al español “Las cosas sin limpiar”, y muchas de mis contactos (algunas feministas, otras no) hicieron sus análisis de la serie sin tocar siquiera sus/nuestras propias vidas. Parece ser que siempre es más fácil hablar de los problemas a sociales situados en la vida de otros (la otredad), antes nuestros vecinos, amistades, familiares, y ahora los personajes de las series o del cine (ficticios), antes que de nosotras mismas. Así, como dices, nos indignamos de que una mujer actriz no haya logrado representar a una trabajadora del hogar de manera “correcta”, pero dejan de indignarnos todas las dificultades que hay detrás del trabajo domestico pagado y no pagado que muchas de nosotras conocemos bien, porque es el pan nuestro de cada día en nuestras vidas.

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