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Cuando se quedó dormido, su escritura todavía estaba allí

Augusto Monterroso es considerado un maestro del relato breve y un gigante de la literatura hispanoamericana. Pasó la primera etapa de su vida entre Honduras y Guatemala, hasta que en 1936 su familia decidió quedarse en Guatemala, país cuya nacionalidad adoptó. Fue allí donde inició su formación literaria autodidacta y sus contactos con el mundo de las letras. En 1941 publicó sus primeros cuentos. Vivió también en Bolivia como cónsul, en Chile y en 1956 se instaló definitivamente en México, donde desempeñaría trabajos editoriales y académicos. En 1959 decidió reunir en un libro los cuentos que ya había escrito y así vio la luz Obras completas (y otros cuentos). Desde este primer libro incisivo, provocador, centelleante, Monterroso se instaló, como quien no quiere la cosa, en primera línea de la literatura en lengua española, e inició, sin prisas, su particular cruzada contra la solemnidad. Como apuntó el jurado del Premio Príncipe de Asturias de las Letras —que obtuvo en el año 2000—: “Su obra narrativa y ensayística constituye todo un universo literario de extraordinaria riqueza ética y estética, del que cabría destacar un cervantino y melancólico sentido del humor”. Víctor Roura aquí lo recuerda, ahora que se cumple su centenario natal…


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Augusto Monterroso nació hace un siglo, el 21 de diciembre de 1921, en Tegucigalpa, Honduras, abandonando este mundo a sus 81 años de edad en la Ciudad de México, el 7 de febrero de 2003.

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En su antología personal El poeta al aire libre (colección “Confabuladores”, Universidad Nacional Autónoma de México, 2000), Augusto Monterroso —nacido en Honduras, radicado en México pero guatemalteco por voluntaria adopción— seleccionó 19 relatos entre los que no figura “El dinosaurio” (“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”), el cuento de una línea que lo encumbró —primero entre sus amistades y luego rebasando ese pequeño, aunque decisivo, círculo— a la fama literaria.

—Es cierto —dice Monterroso a Mempo Giardinelli en el epílogo del volumen—, he publicado cuentos breves y brevísimos, para bien y para mal. Para mal: mucha gente se imagina que es lo único que hago, y si lee uno de esos cuentos da por leído todo lo demás; para bien: no han faltado críticos que vean en ellos cierta originalidad y me den una palmadita. Brevísimos, de una línea, he publicado únicamente dos, y uno de ellos, “El dinosaurio”, pasa ya hasta por novela; en cuanto al otro, “Fecundidad”, acaba de aparecer en inglés, ¡como ensayo!, en The Oxford Book of Latin American Essays. ¿Qué pensarán los lectores de este libro que nunca han leído nada mío, cuando vean que mi “ensayo” es de una línea?

Su ensayo dice así: “Hoy me siento bien, un Balzac; estoy terminando esta línea”. Por supuesto, como dice Monterroso, los lectores que no lo conozcan se sentirán profundamente engañados (o consternados) sin considerar que tal incursión al mundo “ensayístico” es una decisión completamente ajena al autor, como también lo es de la frecuente y excesiva campaña a su fervor “moralista” del cual el propio narrador no deja de asombrarse. Por el solo hecho de escribir fábulas, al fabulista se lo tilda automáticamente de moralista.

Pero Juan Domingo Argüelles, en el prólogo de esta antología (curiosamente su otro florilegio personal, editado por el Fondo de Cultura Económica en 1975 tampoco incluye “El dinosaurio”, lo que habla de su aversión, o hartazgo, hacia él), deja, por fin, claras las cosas: “Lejos de los humoristas profesionales (que ejercitan la burla y el escarnio, a través del chiste y la ocurrencia, para conseguir del lector la carcajada) y lejano, también, de los fabulistas o autores de apólogos (que escriben con la intención de presentar, en forma amena, verdades útiles y lecciones severas), Monterroso proviene de la sátira (de Horacio y Juvenal), que practica la crítica de las debilidades humanas, sin juzgar ni enseñar, ni mucho menos pretender enderezar, en el entendido de que el escritor satírico no está exento de esas debilidades y que antes, por el contrario, puede padecer los mismos males que unas veces retrata con cordialidad y otras con compasión pero siempre con sinceridad. En todo caso, la literatura de Monterroso es alegórica, sin que por ello tenga la obligación de explicar sus simbolismos”.

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Augusto Monterroso, afirma Juan Domingo Argüelles, “es todo lo contrario de un moralista; por ello, cada una de sus fábulas es lo que menos se parece a una fábula o, al menos, a una fábula convencional, las de Esopo, las de La Fontaine o las de Iriarte (cuyo propósito es moralizar) que él confiesa no haber querido releer mientras escribía su libro a fin de no prejuiciarse, y porque en realidad no le interesaban en la perspectiva de la imitación”.

A diferencia de los moralistas, Monterroso “no propone un comportamiento alternativo para lograr la felicidad —dice Domingo Argüelles— o enderezar el camino de quienes, de una u otra forma, son de ese modo y no los puedes cambiar”.

Sin ironía ninguna, el propio Monterroso advierte: “Corregir las malas costumbres de la gente es una tarea demasiado fácil que hay que dejar a las autoridades. El escritor debe ocuparse de lo verdaderamente arduo: el buen uso del gerundio, por ejemplo, o de la preposición a, que se acostumbra emplear mal. Yo me gano la vida corrigiendo esta mala costumbre”.

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Mempo Giardinelli le pregunta si la brevedad es como un escudo, una autodefensa, por el miedo natural que produce en el escritor enfrentarse a la escritura.

—Sí —responde Monterroso—: he hablado del miedo a escribir; pero esa palabra, así, sola, suena como muy grandiosa si uno no sabe que se trata más bien de dudas, o de inseguridad a la hora de hacerlo; en cuanto al miedo, también me lo da la gente, sea en forma de una persona o de varias que formen un público; o cualquier lector. Sobre todo, existe en mí el temor a publicar cuando pienso que ya hay muchos libros y mucha basura como para aumentarla, y por eso mis libros son tan escasos y están tan llenos de hojas en blanco, o llenos de vacíos, para usar un bonito oxímoron.

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Si bien el escritor hondureño-guatemalteco-mexicano es uno de los autores más antologados en lengua española, que lo mismo lo encontramos en volúmenes de prosa que en los de poesía, en cuento que —tal como nos lo advirtiera el mismo Monterroso no sin cierto pasmo— en ensayo, El poeta al aire libre tiene la ventaja de ser un libro con los textos seleccionados por su autor (al igual que el del Fondo, un cuarto de siglo atrás), lo que da pie para conocer el propio gusto literario del narrador. El libro comienza con el maravilloso cuento “El eclipse” y acaba con “Las ilusiones perdidas”, donde se detalla la desgraciada vida de Michael Malloy muerto varias veces por sus amigos que pretendían salir de la pobreza cobrando el seguro de vida del desfalleciente Malloy, siempre renacido, siempre en las orillas de la muerte. El cuento que da título a esta antología cruza la fina línea de la ironía: un poeta recita su poesía un domingo en el parque frente a medio centenar de personas que lo escuchan atentas o despreocupadas o corteses; alrededor del poeta se oye el ruido de los autos que pasan haciendo sonar sus bocinas y a una banda interpretar la obertura de Guillermo Tell. “Esto y aquello echaba a perder un tanto los efectos que el poeta buscaba —nos cuenta Monterroso—; pero con cierta buena voluntad podía entenderse que decía algo de una primavera que albergaba en el corazón y de una flor que una mujer llevaba en la mano iluminándolo todo y de la convicción de que el mundo en general estaba bien y de que sólo se necesitaba alguna cosa para que el mundo fuera perfecto y comprensible y armonioso y bello”.

Monterroso también incluye “Leopoldo (sus trabajos)”, un cuento que es una sátira a los escritores que no saben escribir pero nadie puede retirar de la escritura. Siempre están escribiendo un libro, aunque nunca lleguen a terminarlo. Siempre tienen un tema en la cabeza, aunque nunca puedan desarrollarlo. Siempre están investigando en las bibliotecas para no errar en el tema escogido, aunque luego no acaben sus propuestas originarias. Mas en su respectivo diario personal hallamos a los verdaderos literatos: “Martes 12. Hoy me levanté temprano, pero no me sucedió nada. Miércoles 13. Anoche dormí toda la noche. Cuando me levanté estaba yoviendo [sic], así que no tengo aventuras que anotar en mi querido diario. Solamente que como a las siete hubo temblor y todos salimos a la calle corriendo, pero como también hoy estaba lloviendo, nos mojamos un poco. Ahora, querido diario, te digo hasta mañana”.

Y de este tipo de escritores, ¡ay!, está lleno el reino literario.

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En su relato “El eclipse” —que abre la antología editada por la UNAM y es el segundo que Monterroso selecciona para el libro del Fondo de Cultura, originalmente incluido en Obras completas (y otros cuentos)—, el narrador dice que “cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido, aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de Los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora”.

Al despertar, Arrazola “se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo”.

Se medio daba a entender en la lengua nativa. No habían sido en vano los tres años que ya tenía viviendo en el “nuevo mundo”. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas. “Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.

“—Si me matáis —les dijo— puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

“Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén”.

Dos horas después, el misionero español yacía muerto. El corazón “chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado) —finaliza Monterroso—, mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles”.

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