Del periodismo improvisado a la canción humorística

Centenario de Piporro…

“¡¿Qué pasó, raza?!” En este 2021 se celebra el centenario natal de Eulalio González, conocido como “Piporro”. Iba para medicina, pero desistió. Se licenció en contaduría, sin embargo nunca ejerció. Lo que sí hizo, en cambio, fue desempeñarse en oficios diversos: fue reportero, locutor, guionista, compositor y “bracero musical”, interpretando sus canciones. Como cantante, se especializó sobre todo en los géneros de música norteña y mariachi. Era “difícil” describir su personalidad; intentó una vez autodefinirse: “Pues puede uno pecar de ‘adornado’, o de falsa modestia, pero en general soy alegre, cuando no me enojo; activo, a excepción de cuando duermo. Parlanchín o ruidoso, despierto; aunque quieto cuando estoy dormido”. En su centenario —nació el 16 de diciembre de 1921 y murió el 1 de septiembre de 2003—, Víctor Roura aquí lo recuerda…


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A los 81 años de edad, el 1 de septiembre de 2003, partió de este mundo el neoleonés Eulalio González Ramírez, mejor conocido como Piporro, músico y actor, o actor y músico, o, mejor, humorista y cantante, quien participara en casi 70 películas de 1951 a 1989. Había nacido en Los Herrera el 16 de diciembre de 1921, hace justo un siglo.

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Piporro, a veces conocido como Eulalio González en el medio artístico, publicó en mayo de 1999 su Autobiogr…ajúa y anecdo…taconario (Editorial Diana), libro en el que, a través de casi 500 páginas —incluidas 291 fotografías, reproducidas deficientemente—, hace un elogio de quienes lo acompañaron a lo largo de su carrera. Escudado en la idea de que “no hay amargura que no superara”, Piporro no se mete en problemas. Aunque no faltaron los que le llenaron el “sombrero de piedritas”, dice, o decía, no guardar ningún rencor. Cuenta, apenitas, cómo sus propios compañeros de la asociación de actores (cuidándose de no nombrarlos) le advertían que se “disciplinara” si quería continuar rodando películas: “Lo del veto iba en serio, por mi indisciplina, como fue interpretado por la Junta de Consejo el hecho de no agachar la cabeza y de defenderme del mentado productor que, después de año y medio de tenerme ‘parado’ con un contrato de exclusividad (que obligaba a los firmantes a hacer tres películas por año y que al no filmarlas tendrían que pagarse), alegara recurriendo al mañoso pero infantil argumento de: ‘¿Cómo quieres cobrar sin trabajar?’ ¿Y si hubiera sido al revés? Suponiendo que yo me hubiera negado a hacer las películas en cuestión o violara la cláusula de exclusividad yéndome, para sobrevivir, a trabajar con otra empresa… júrenlo que me hubiera mandado a la silla eléctrica, sin previo juicio de sus aliados de la Junta dictaminadora, ¿o no?”

Jesús Sotomayor es el nombre de esta persona que le hizo a Piporro la vida de cuadritos.

Pese a esta forzada separación de los sets cinematográficos, Eulalio [“Bien Hablado” por la etimología griega, según su tía Eduwiges: Eus: bien; laleo: hablado] González filmó un total, según la numeralia del propio autobiografiado, de 67 películas, la última dirigida por Sergio Véjar: Ni parientes somos, de 1990. (Tiene en su haber acaso un récord nacional: en sólo dos años: 1958 y 1959, intervino en 17 películas.)

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En los 72 capítulos que comprende el grueso volumen, en una prosa deshilachada, “anorteñeada”, con demasiada paja en su escritura granjeadora, Piporro no deja de asombrarse de su hazaña artística: “¡Quién me lo iba a decir! Sin soñar en ser actor, logré hacer carrera como tal; y, sin premeditarlo tampoco, encontró mi presencia lugar en los escenarios del cine, el teatro, los discos y la televisión. Y en un contrapunto emocionante, aquel pueblerino de mis primeros años llegó con el tiempo a alternar con personalidades tan notables como las que el destino puso frente a mí para llenar a su lado páginas que nadie podrá arrancar de mi vida”.

Y es que, ciertamente, Piporro camina del brazo de una suerte inconmensurable. El director de la Academia Zaragoza, donde termina sus estudios de contador privado, se le “ocurrió” presentarlo a Jesús Cantú Leal, director de El Porvenir, quien le dio —porque sí, por la recomendación de su amigo— trabajo de periodista. Entonces, Eulalio González se olvidó de su carrera profesional para ejercer el impensado oficio periodístico, el mismo que una tarde le abriera el paso a otro desconocido camino: al cubrir el segundo aniversario de la estación de radio XEMR, el maestro de ceremonias —gerente también de la radiodifusora— Enrique Serna Martínez “expresó pomposamente que la transmisión se veía honrada con la presencia de autoridades civiles y militares, la banca y el comercio y de la prensa”, cuando en realidad Eulalio González era el único representante —en ese momento— de la prensa que cubría el acto. El gerente lo llamó “apremiantemente” para que dijera algo por el micrófono y el periodista únicamente pronunció su deseo de que dicha “celebración sea sólo el primer eslabón de una gran cadena de éxitos”, lo que le bastó para que Serna Martínez, en “voz baja”, le dijera que había nacido para la radio… y al día siguiente ya tenía una chambita de locutor en las cabinas de esa difusora. Luego, gracias a este nuevo trabajo, fue maestro de ceremonias en su Nuevo León (donde nació el 16 de diciembre de 1921, “el mismo día de igual mes, pero años antes, nació Beethoven, nomás que él sacó lo músico y yo… ¡lo sordo!”), y en una de esas agraciadas noches fue el presentador de Pedro Infante, quien años después lo ayudara a colocarse en la Ciudad de México como maestro de ceremonias, primero, y luego a introducirse de actor en series radiofónicas y, por último, como el personaje “Piporro” en la versión cinematográfica Ahí viene Martín Corona, en 1951.

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El prestigio de Piporro se concentra, sobre todo, en su humor… musical, pese a no ser músico.

Paradójica su carrera, en realidad.

A pesar de haber realizado numerosos filmes de “humor”, ninguno de los cuales es memorable (porque, a decir del crítico Jorge Ayala Blanco, el gracioso personaje está muy por encima de las películas que hizo), Piporro es, sin embargo, un destacado compositor de canciones norteñas que no tiene parangón en la historia de la música popular mexicana. Piporro, tal vez de manera involuntaria, efectuó diversas grabaciones (por cierto hizo falta, en el libro, su discografía completa) que sobresalen del panorama musical porque en ellas despliega un “humor personal”. En este sentido, Piporro sí creó un “estilo”, cosa que no aconteciera ni en el cine, ni en la radio, ni en sus intervenciones teatrales. Como compositor, aun sin saber música (“como dato curioso —acota Piporro en su autobiograjúa—, varios de los grandes compositores de música popular tampoco han sido músicos y no sólo eso, algunos ni siquiera llegaron a tocar la guitarra. Entre ellos, para no citar a muchos, Tomás Méndez”), se cuenta entre los grandes del humor mexicano, a la altura de un Chava Flores (1920-1987), de un Lalo Guerrero (1916-2005) y de un Tin Tan (1915-1973). Porque no es fácil, no ha sido nunca fácil, hacer canciones humorísticas. Quizá, por eso mismo, el capítulo dedicado a los compositores en su libro sea de los más divertidos.

—¿Como cuánto hacemos de aquí a Querétaro? —le preguntó a José Alfredo Jiménez, una tarde en que ambos iban a ese estado para participar en un mismo festival.

—Como dos botellas de tequila —contestó el insigne guanajuatense.

En otra ocasión, con el mismo José Alfredo, circulando por la Avenida Chapultepec dieron vuelta a la izquierda en una callecita, casi enfrente del edificio de Televicentro, hoy Televisa, cuando los detuvo un agente de tránsito.

—¿Qué dice el disco? —preguntó la autoridad.

—Pues ahí, vendiéndose poco a poco —contestó José Alfredo.

—No, el disco de aquí del camellón. ¡Clarito se lee que no hay vuelta a la izquierda! —rezongó el policía.

Y seguramente Piporro tuvo que dejar en el tintero muchas otras deliciosas anécdotas.

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El pueblo Los Herrera, en Nuevo León, tiene un magnífico pasado: fue la antigua capital de Grecia. “Desgraciadamente —cuenta la tía Eduwiges—, al ocurrir aquella gran hecatombe que separó el mundo en dos, con mares intermedios, cuando hasta el Coloso de Rodas rodó y el Partenón se partió cayendo en el mar, cambió tanto todo: el Partenón quedó en Atenas y en el pueblo… la pura piedra bola”.

Así que Piporro, nacido en Los Herrera, tiene raíces gloriosas. Griego por su pasado remoto.

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En su libro cuenta que, en la década de los cuarenta del siglo XX, cuando fungía de maestro de ceremonias, los miércoles nocturnos en la Arena Monterrey, aconsejó al debutante solista Gilberto Urquiza (que había llegado a México como miembro del Trío Habana) que empezara con guarachitas picosas como ésa que decía que “soy de Culiacán, pero no me gusta el pollo”, a lo que el guitarrista se negó.

—Mira —interrumpió a Eulalio González, con su característica voz grave y tartamuda—, mi número lo manejo yo muy bien; primero les ofreceré una canción que les toque la fibra sentimental. Empezaré con “Cariño verdad”.

—Noooo… este público no tiene alma ahorita —insistió Eulalio González, a quien le faltaba todavía una década para llamarse Piporro.

En vano.

El personal estaba alborotado. El cubano comenzó a cantar: “En una casita chiquita y muy blanca, camino del puerto de Santa María…” Y del público, con voz sonora y estridente, alguien lo interrumpió para recordarle que ahí, en esa casita chiquita y muy blanca, vivía la tiznada madre del cantor, con el festejo alharaquiento del resto de los asistentes. “Después de una pausa que el artista hizo, con ademanes suplicantes solicitó a los presentes cordura y respeto para continuar con su actuación. Los de las gradas, que se pintaban solos para hacer la faramalla, callaron sus risas simulando un silencioso comportamiento que hizo confiar al cantor para volver a tomar el hilo interrumpido de la canción… habita una vieja muy linda y muy santa, muy linda y muy santa que es la madre mía”.

Y el del primer grito remató: “¿¡No te lo dije?!”

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En su autobiograjúa cuenta la primera vez que se enfrentó al público como cantante. Mediados de los cincuenta. Teatro Esperanza Iris. Había debutado “un fenómeno musical de aquella época: Ernesto Hill Olvera, y el teatro se llenaba noche a noche, pues el músico invidente despertó una verdadera conmoción entre los espectadores que lo aclamaban, considerando su actuación como verdaderamente ‘milagrosa’. Claro, era muy difícil salir después de Hill Olvera; tanto, que los demás artistas evitaban por todos los medios imaginables presentarse en seguida de él”.

Y sucedió que una venturosa noche, Viruta, quien junto con Capulina se habían convertido ya en una pareja estelar, “se acercó a mí en forma por demás política y embaucadora, solicitándome, como compañeros que éramos, que entrara yo en lugar de ellos para hacer su presentación más temprano y poder así llegar a tiempo a un programa de televisión que les ofrecieron. Yo —dice don Eulalio González—, que no tenía un sitio determinado en el programa y que había adoptado la costumbre de no ver el resto del espectáculo, para no impresionarme demasiado con el éxito de los demás y para hacerme a la idea de que el show empezaba conmigo y conmigo terminaba (recurso que sin duda me evitaba presiones), no tuve ningún inconveniente en aceptar el cambio de lugar. Y que salgo a escena después del mago del órgano y no… ¡hubieran visto la rechifla que se desató!”

En medio de “aquel mar de chiflidos y mentadas”, desde el centro del escenario empezó don Eulalio González a “hacer airados ademanes supuestamente dirigidos hacia ‘cajas’ o a entretelones, como protestando en abierta forma por obligarme a salir en contra de los deseos del público, sin pronunciar palabra, pero en el gesto se me adivinaba que las mentadas que recibía las estaba endosando a otros que permanecían ocultos”.

Cuando amainó la tempestad, “y se hizo el milagro del silencio absoluto”, el artista ofendido dijo: “Buenas noches, raza [y era la primera vez que Piporro usaba dicha expresión, repetida después por innumerables personajes]. No me tocaba salir a mí, ni nadie quería salir después de este pelao que toca tan bonito; de haberlo sabido, les hubiera presentado un número musical raro también: toco dos clarinetes al mismo tiempo, uno me lo pongo de este lado de la boca, el otro de este otro lado; toco ‘Naranja dulce, limón partido’, precioso, por un lado hago la ‘primera’, por el otro la ‘segunda’ y por en medio… ¡ái les escupo las semillas!”

No es que el chiste fuera bueno, reconoce Piporro, “pero surtió efecto, tal vez por la manera como lo dije; el caso es que allí nació ‘otro’ Piporro, el bronco, aventao y audaz; y de allí pal real. Se empezaron a fijar en mí, a entender mi humor provinciano y a aceptar mis canciones como algo tan mexicano que disipó las primeras dudas cuando, al salir con un acordeón y una guitarra, muchos pensaban que iba a cantar tangos, ¡haiga cosa! Así de ignorado estaba lo norteño”.

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Una vez, Ernesto Riestra amenizaba un gran baile en Acapulco pero su pianista estaba ausente. Para subsanar tal conflicto lo suplieron con el Pajarito, un pianista que tocaba con otro conjunto tropical, en ese momento libre, tan libre que en ese momento andaba bastante “alegrito”. El Pajarito llegó “con uno de esos cuetes de mirada fija y procurando no hablar para ver si así no se le notaba lo que a leguas denunciaba, y se sentó al piano que ya tenía al frente todo el repertorio del programa bien ordenado”. Cuando Riestra dio la orden de arrancar, el Pajarito “se soltó el pelo, más bien los dedos, agregando de su cosecha delirantes arpegios que sobresalían de la tónica general del resto de los ejecutantes. El Pelón Ernesto Riestra, sin perder la sonrisa disimuladora de su encabronamiento, recurso que le permitía ocultar al público su enojo, se acercó al emergente pianista hablándole entre dientes, sin dejar de sonreír:

“—Aténgase al arreglo… no invente…

“—No se nota —contestó con voz ‘barrida’ el del son tropical.

“—¡Cómo no se va a notar! Te estás descuadrando de a madre…

“—Digo que no sé nota, no sé pa qué me ponen tantos pinches papeles enfrente, ¡nomás estorban!

“—¿Qué? ¿No sabes leer? —le dijo Riestra esforzándose por conservar su sonrisa cada vez con mayor dificultad.

“—Sé leer… sé escribir y… me sé partir la madre también… —y el Pajarito se levantó del asiento del piano para cumplir como hombre su bravata”.

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¿Quién iba a pronosticar que, medio siglo después, en efecto el buen Piporro, con acentos y deslizamientos tonales importados de La Pampa, grabaría cuatro tangos? Convencido y persuadido por el vidente —no por veedor sino por táctico estratega musical— Modesto López, director de la discográfica Pentagrama, Eulalio González, a lo largo de poco más de un año (en estudios de Veracruz, Monterrey y Ciudad de México), grabó 28 cortes, mismos que fueron repartidos en dos volúmenes compactos, intitulados Pa’ coleccionistas, donde lo mismo hace nuevas versiones de viejas composiciones suyas (“El tragabalas”, “Chulas fronteras”, “El taconazo”, “Natalio Reyes Colás”, personaje que, al ir a probar suerte a Estados Unidos, cambiara su nombre norteamericanizándolo por el de Nat King Cole) que canciones inéditas, todas de su autoría. Acompañado de correctas y excelsas dotaciones musicales (conjuntos como Pregoneros del Recuerdo, Los Morales, Los Alazanes de Hipólito Rosas y el Mariachi del Norte e individualidades como el arreglista Nicho Hinojosa, los guitarristas Ángel Chacón, Gabriel y Fabián Henríquez, los acordeonistas Juan Silva y Amador Lozano, el pianista Víctor Zúccoli, el bandoneonista César Olguín, además del palomazo de Óscar Chávez en la canción “Viva mi general”), Piporro —entonces prácticamente olvidado por la industria avorazadamente mercantil del disco, que lo tenía relegado como una inamovible pieza de museo, descalificado ya como “éxito radiofónico”— puso las cosas en su verdadero sitio: se volvió a descubrir un cantor sin par, inigualablemente humorista, ingenioso escribidor de temas por lo regular ignorados en el orbe musical, por cuyas venas corría la sangre aguda y espontánea —extinguida en el ambiente contemporáneo— de sus compadres Tin Tan o Chava Flores, artista, don Eulalio, en definitiva especialmente único.

Aparte de los cuatro sorprendentes tangos, Piporro (nombre que tomara de un personaje de la serie radiofónica ¡Ahí viene Martín Corona!, que protagonizara Pedro Infante todos los miércoles a las nueve de la noche por la XEQ y luego llevada al cine, en 1951, por los mismos actores que le daban voz y vida por el dial) grabó redovas, polcas, boleros con orquestación sonera, un vals peruano, un corrido en rock [“Pancho Tamales”, acaso la menos apropiada a su estilo, tal vez por la ansia del grupo roquero Cabrito Vudú de sobresalir en un arreglo demasiado aceleradito, como para no perder “su” personalidad, en detrimento de la otra, la de don Eulalio González, cuya esencia rítmica en definitiva va por un camino paralelo, nunca en la misma avenida, al del joven grupo regiomontano, que no tuvo la humildad de ponerse al nivel “arrabalero” del admirable Piporro], tres temas country, un pasodoble flamenco, una emotiva pieza con violonchelo y sus típicos corridos, que ya forman parte, por derecho propio, del folclor mexicano. Vaya ganancia la de Modesto López al fichar, en el buen uso de la palabra, a este magnífico artista en sus últimos años de su vida. Mientras las grandes y globalizadoras disqueras se preocupan únicamente por el éxito inmediato, por la recuperación millonaria de su inversión (aunque las canciones “exitosas” queden en el olvido tres meses después porque ya fueron rebasadas por otros nuevos volátiles éxitos), una modesta disquera como la de Modesto López se ocupaba, modestamente, de registrar las canciones permanentes, como las de Piporro, que no se miden con los termómetros de las apresuradas ventas masivas sino con la perdurabilidad del tiempo.

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