“No creemos que vender dos millones de discos nos haga seres superiores”

Las siete décadas de León Gieco…

No hay duda: es uno de los músicos y cantantes más importantes de Argentina —su país natal—, pero, también, de Hispanoamérica. Razones no faltan: en sus casi 50 años de carrera artística —que se inician en el año de 1973 con su álbum debut homónimo—, Raúl Alberto Antonio Gieco, conocido popularmente como León Gieco, ha editado 14 álbumes de estudio y ha compartido escenarios con Mercedes Sosa, Peter Gabriel, Bruce Springsteen, Joan Baez, Bono o Pete Seeger. Sin embargo, lo más sobresaliente de León Gieco es que sigue siendo un artista reconocido por su coherencia y compromiso. Ahora que llega a sus siete décadas de vida, Víctor Roura homenajea al músico argentino…


El argentino León Gieco (20 de noviembre de 1951) es el autor de la hermosa canción “Sólo le pido a Dios”, interpretada en el mundo entero. De raíces profundamente folclóricas, Gieco dice, sin embargo, que la gente prefiere oír a un roquero que a un político porque detesta los símbolos autoritarios en la sociedad.

La balsa

—A pesar de haber sido un movimiento underground, el rock en Argentina siempre ha conseguido una difusión expansiva…

—Pero eso fue mucho después —dice Gieco—. Todo depende también de la disposición “democrática” de cada país. Por ejemplo, el movimiento fue por muchos años ciertamente underground. Tanto así que a un tipo como Tanguito lo mataron. Había mucha violencia. Hasta que de pronto una persona que se llamó Litto Nebbia sacó una canción (que es de Tanguito, precisamente): “La balsa”, y se vendieron dos millones de discos sencillos. Eso dio pie para que el movimiento se expandiera por toda la Argentina. Si Litto Nebbia, que era un roquero, vendía dos millones de placas con un tema de rock, ¿por qué no lo podían hacer ese grupo y aquel otro? Así empezó la difusión del rock. Y comenzaron a crearse revistas especializadas (Pelo surgió en 1969). Es importante decir, también, que nunca hubo una censura estricta del rock en Argentina. A lo mejor en México no se armó su historia rocanrolera debido a la censura…

—Por eso mismo, quizá, la historia de la música popular argentina (ya no digamos exclusivamente de rock) sea interesante a partir de los setenta, porque es producida por personas que crean sus propias piezas, no atadas a las inventivas de las discográficas.

—Claro, ese es un punto básico. Pero también hay otro. Porque no podemos hablar solamente de un movimiento de rock, teniendo otros dos: el folclórico y el de tango. Son, entonces, tres corrientes folclóricas del país… porque al rock lo consideramos, ya, una música folclórica.

El folclórico Charly García

—Incluso usted mismo ha incorporado elementos folclóricos a su música.

—Pero no lo digo por eso. No importa eso. Charly García [otro ilustre roquero argentino que acaba de cumplir las siete décadas el pasado 23 de octubre] en ningún momento ha usado un instrumento autóctono y, sin embargo, yo lo considero mucho más folclorista que cualquier otro folclorista que toque guitarra y se vista de gaucho. Porque, a mí, Charly me ha dado mucho más que cualquier grupo vestido de gaucho. Y la juventud se da cuenta de ello. Por eso es que son tan folclóricos tan autóctonos, tanto el movimiento del rock como el movimiento del tango. Quizá sea porque los argentinos son diferentes al resto de los latinoamericanos. ¿Sabes en qué?

—No…

—En que al principiar el siglo XX hubo dos países en América que permitían ciertas emigraciones: Estados Unidos y Argentina. Quizás Argentina se la pasó viendo a Europa permanentemente y por eso se abrió antes al rock, y lo aceptó antes que México. A lo mejor aquí en tu país la cosa es más estricta. A lo mejor está más regido por las grandes televisoras y las grandes radios, cosa que no sucede en Argentina.

Ni en la radio ni en la tele

—¿Los medios no los han tocado?, ¿no han determinado los contenidos de sus carreras?

—No, los artistas de rock se manejan independientes. No dependemos de la televisión ni de la radio. Nunca nos pasan por esos medios.

—¿Cómo se fue conformando, entonces, esa audiencia masiva?

—Porque a la gente le interesó esa música. La gente tiene sus canciones que la representan eternamente. A mí no me pasan nunca por radio ni por televisión, pero la gente casi me ama. Me dice: “Te queremos, loco, hacé más cosas”. Ése es un incentivo de vida para que yo siga componiendo. Sin embargo, somos artistas masivos. A Charly García nunca lo pasan por radio ni por televisión. Y Charly va a tocar al Estadio de Luna Park y lo revienta…

“No creemos en los mercados”

—¿Fue determinante el asunto de la guerra contra Inglaterra por Las Malvinas, en 1982, para apreciar aún más su rock?

—No. En esa época hubo una ley, hecha por los militares, que decía que estaba prohibido pasar por la radio la música cantada en inglés. Como si los Beatles tuviesen algo que ver con la guerra de las islas Malvinas. Pero eso duró, aproximadamente, dos o tres meses. Después pasó a ser lo mismo de siempre. Creo que no sirvió para nada. Después de todo, la gente prefiere escuchamos a nosotros que oír a un político. A eso le llamamos el careteo. Por la careta. No tenemos careta, hermano. Nosotros hablamos, discutimos, damos nuestro punto de vista, componemos canciones y las tocamos. Y no creemos en los mercados. No creemos que vender dos millones de discos nos haga seres superiores.

Los exiliados

Conocido en el mundo de habla hispana sobre todo por su canción “Sólo le pido a Dios”, que ha interpretado con verdadera garra no sólo Mercedes Sosa sino también Bruce Springsteen, León Gieco es uno de esos artistas que no sucumbe a las persistentes estrategias promocionales que, ante la promesa de los dólares globalizados, debilitan drásticamente los espíritus intimistas de los autores que, en consecuencia, ya no aprecian a la música como el respaldo de su confesión creativa sino, nada más, como un escalón impersonal para acceder con facilidad a la fama y la fortuna.

Producto musical de la penumbra institucional de su país, Gieco surge, paradójicamente, en los años más aterradores de la dictadura argentina. Mientras en 1973 salía a la venta su primer disco, sus compatriotas empezaban a huir de sus hogares debido a las implacables represiones políticas.

En 1974 se inicia la más nutrida migración de perseguidos al grado de que, ya en 1981, alrededor de 11 mil argentinos radican en México, según anota Humberto Musacchio en su diccionario Milenios de México. Uno de estos nuevos residentes era Litto Nebbia —tres años mayor que Gieco y que Charly García—, el mismo que, con una canción de Tanguito intitulada “La balsa”, dio pie al finalizar los sesenta para que el movimiento roquero comenzara a expandirse en toda la Argentina.

Nebbia, sacando su enjundia quién sabe de dónde, editó más de media docena de álbumes en México en su corto lapso de exiliado. Avecindado, luego, en departamentos pequeñísimos, Nebbia no cejó nunca en su empeño roquero a pesar de que esta corriente, en el tiempo que le tocara vivir en nuestro país, estaba absolutamente prohibida. Mientras los grupos mexicanos se quejaban constantemente de la falta de estímulos discográficos, Litto Nebbia, en un incesante trabajo colectivo, ofrecía incansablemente numerosos conciertos para, con la ganancia adquirida en éstos, editarse disco tras disco en una labor de inextinguible creatividad artística. Lo que recuperaba de un disco lo volvía a invertir en la producción de otro: “Si no compongo ni registro mis canciones —me decía el buen Litto Nebbia a principios de los ochenta del siglo pasado—, me acalambro”.

El argentino grabó más canciones en un lustro que, por ejemplo, el Three Souls in my Mind —el primer grupo de Alejandro Lora— en una década y media.

En el polvo no hay oportunidades

León Gieco, por su parte, prefirió irse a Estados Unidos desde donde, viendo amargamente a la distancia a su país, compusiera en 1978 el tema “Sólo le pido a Dios” que, a cuatro años de su lanzamiento y a raíz del conflicto con Inglaterra por las Islas Malvinas, se consagraría en un himno apoteósico en su tierra originaria.

Pero he aquí que Gieco, un modesto cantor de hondura acústica, se metamorfosea, no tanto por su voluntad, en un adorado roquero cuando lo suyo parece provenir, en realidad, de las pampas profundas. A diferencia de las otras figuras clave de la nueva música argentina, que empezara a sonar al mediar los setenta, tales como el referido Litto Nebbia (considerado el primer roquero argentino), Moris, Claudio Gabis, Pappo’s Blues, Charly García, Gustavo Santaolalla, Spinetta, Nito Mestre, Raúl Porchetto o Juan Carlos Baglietto, León Gieco es el más trovador, una especie de campesino roquero que se niega a abandonar del todo los campos frugales de la música ensombrecida por los acordes de la urbe. Por lo tanto, Gieco nunca ha dejado de lado en su repertorio los tonos intimistas, lo cual lo acerca demasiado a gente como, digamos, el cubano Silvio Rodríguez, quien participara, por cierto, en el disco Semillas del corazón, de Gieco, editado en 1988, que contiene una curiosa versión de “Guantanamera”, ya en un periodo feliz por el retorno a su tierra natal, efectuado varios años atrás, etapa reconciliatoria que lo haría emprender, en 1985, la grabación de tres asombrosos discos con la compilación del proyecto “De Ushuaia a La Quiaca”, una gira de 205 conciertos en 350 días efectivos de viaje por 22 provincias a través de 115 mil kilómetros de recorrido.

A pesar de que ocupa, hoy, un sitio privilegiado en los dominios del rock en castellano, Gieco no ha extraviado la brújula de la sensibilidad folclórica. Su excelente disco Mensajes del alma, distribuido en 1992 ya por una disquera “globalizadora” como la EMI, León Gieco retorna y confirma sus orígenes: “Somos campesinos de la raza de altroqué, jamás un turista del famoso deme tres. Nacimos en el pasto asado y mucho vino, pero nunca seremos un gordito argentino. Nos gusta la tierra, odiamos la ciudad; mas sabemos que en el polvo no hay oportunidad”.

La canción literaria

A León Gieco, por cierto, lo tiene sin cuidado la búsqueda de las “frases musicales”. Pareciera que, elaborada una letra, no se le tiene que modificar nada posteriormente aunque la composición, ya en el documento discográfico, sufra de esfuerzos sonoros silábicos. Con Gieco, la rima es una formalidad extemporánea de los tangos de formol. Con él la música es dura, atrabiliaria, pujante, toscamente revitalizadora, como la tierra misma. Y lo comprueba fehacientemente con su grabación Orozco (1997, EMI), donde logra la proeza, con un endemoniado fondo percusivo, de contar una coherente historia de 1,049 palabras de las cuales un poco más de 500 son distintas, en 14 minutos con 41 segundos, con la inexistencia de las vocales a excepción de la “o”: tal expresión literaria no había sido concebida en los asuntos del rock en lo que, sin duda, se ha convertido en un indecible mérito de León Gieco, canción seguramente exaltada por don Óscar de la Borbolla, autor de Las vocales malditas. La canción de Gieco es un prodigio literario:

Nosotros no somos como los Orozco,
yo los conozco, son ocho los monos:
Pocho, Toto, Cholo, Tom,
Moncho, Rodolfo, Otto, Pololo.
Yo pongo los votos sólo por Rodolfo,
los otros son locos, yo los conozco, no los soporto.
Stop. Stop.

Pocho Orozco:
odontólogo ortodoxo, doctor.
Como Borocotó,
oncólogo jodón,
morocho tordo,
groncho jocoso.
Trotsko.
Chocó con los montos,
colocó Molotov. Bonzo.

Toto Orozco:
colocón, drogón como pocos.
Tomó todos los hongos.
Monologó solo como por dos otoños.
Botó formol por los hongos.
Tomó cloroformo, bols, ron, porrón, torronto, toso.
Norto con Bordón.
¿Lo votó o no?
Dobló los codos como loco.
¡Coño!

¿Sos vos Toto?
Corroboro: ¡socorro, cómo tomó
morfó hot dog, mondongo, pollo con porotos!
Lloró, lloró con dolor.
Por como lloró tomó como dos hongos.
Tocó fondo.
Tocó como loco.
Contó todo, todo, todo…
Bochornoso como Cóppolo.
¡Stop! ¡Stop!

Cholo Orozco:
mocoso soplón, moroso, bocón,
chorro como Grosso,
robó dos potros por Comodoro,
los montó, los trotó por Bolsón,
por los Toldos, por Chocón.
Doloroso.
¡Stop! ¡Stop!

Tom Orozco:
proctólogo morboso,
compró por los shops fotos porno,
compró como dos tomos.
Trozos.
Cosos.
Colchón roto.
Homós como Gomón.
Trolos gozosos con condón.
Pomos con moño rococó.
Todos polvos cortos.
Fogoso.
¡Stop! ¡Stop!
Nosotros no somos como los Orozco.
Yo los conozco, son ocho los monos:
Pocho, Toto, Cholo, Tom,
Moncho, Rodolfo, Otto, Pololo.
Yo pongo los votos sólo por Rodolfo,
los otros son locos, yo los conozco, no los soporto.
¡Stop! ¡Stop!

Moncho Orozco:
sólo probó porro,
voló con los ojos rojos por los polos,
voló por Bonn, voló por Hong Kong,
por London, soñó con Yoko Ono, lloró por John,
voló por vos,
voló por nosotros.
Brotó como flor bordó.
Roló pot, nos cont.
Los tronchos son grosos como los corchos.
Bocho borroso.
¡Stop! ¡Stop!

Rodolfo Orozco:
con voz como John Scott,
ronco, ronco.
Formó todos los coros.
Tocó: doblo con Mollo, bombo con moro,
tom tom con Porno, joropo con Tormo, bongó con Don Johnson.
Tocó con Toto, Los Lobos, los Doors, los Moscos.
Compró dos vox.
Tocó “Socorro” con Pol.
Nos contó con honor: “¡¡Toco con Bob! ¡Toco con Bob!”
Sopló corno, trombón.
Tocó son sonoro con los cocos,
rock, pop, folk, pogo.
Nos contó como oyó todos los: ¡Oh, oh, oh, oh, oh… !
Tocó con todos.
Por poco no tocó con Colón.
Coloso.
¡Stop! ¡Stop!

Otto Orozco:
con otros rollos,
con poco protocolo,
copó todo como los Born,
Troncoso, Don Floro o los Lococo.
Logró otro confort.
Ojo por ojo.
Controló todo.
Convocó por fono los otros Orozco.
Contó con todos.
Cobró todos los bonos.
Bocón.
Colocó montos grosos por Boston.
Cobró dos lotos.
Compró dos Ford, ocho Volvo, dos Gol,
oro, motos, toros,
compró los Coto, Rodó, Coconor.
Zorro.
¡Stop! ¡Stop!

Pololo Orozco:
gordo fofo con olor,
mormón, glotón con jopo.
Rostro poroso, rotoso,
como con motor roto.
Solo como croto.
Solo como topo.
Solo como Don Bosco con poncho.
Choto.
¡Stop! ¡Stop!

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