“Camino con la boca cerrada…”

Leonard Cohen, un lustro después…

Cuando cantó “I’m ready, My Lord” (“Estoy listo, mi Señor”), con esa voz profunda que atravesaba carne y hueso, Leonard Cohen empezó a despedirse. Era su último disco. “Hasta a morir nos ha enseñado”, dijo Jorge Drexler sobre esa canción llamada “You want it darker” (“Lo quieres más oscuro”) que le daba nombre al álbum. Cohen estaba preparado para su hora final… Ha pasado un lustro de la muerte del poeta, novelista y cantautor canadiense —Leonard nació el 21 de septiembre de 1934 y partió de este mundo el 7 de noviembre de 2016—, y su ausencia todavía es notoria. Víctor Roura recuerda aquí a uno de los artistas más relevantes de las últimas décadas…


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Hace un lustro, el 7 de noviembre de 2016, partió de este mundo el compositor Leonard Cohen, nacido en Canadá el 21 de septiembre de 1934, quien comenzara su carrera roquera siendo un consolidado literato finalizándola como poeta cantor, justamente en sentido inverso a Bob Dylan quien comenzara como poeta cantor acabando su trayectoria como consolidado literato llevándose incluso el Nobel de esta especialidad en el año 2016.

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Hay cantores, como Nick Cave (quien se define como “escritor que hace composiciones musicales”), como Paul Simon, como Tom Waits, como Bruce Springsteen, como Jackson Brown, que traen consigo una intuitiva vena poética, pero hay poetas, como Leonard Cohen o Bob Dylan, que se introducen en los terrenos de la música dirigidos por un intuitivo soplo cantor. En 1956, a la edad de 21 años, Leonard Cohen publica su primer libro de poesía: Lets us to compare mythologies. El volumen habla de las interioridades religiosas que lo han conmovido:

Cuando yo era joven aprendí de los cristianos cómo sacrificamos a Jesús
como una adorable mariposa contra la madera
y cómo mis padres clavaron como un murciélago contra un granero.

Dice el español Alberto Manzano —quien ha traducido prácticamente toda la obra de Cohen al castellano, incluso elaborado, por propia iniciativa, Ilustrísimo Sr. Cohen, un bello volumen de 24 canciones del poeta Cohen con ilustraciones de ocho diestros dibujantes españoles, publicado en 2011 por 451 Editores— que los comentarios religiosos abarcan una buena parte del libro, “y casi podríamos calificarlo de ‘nuevo libro santo’ si no fuera por las también continuas apariciones de los dulces pechos y las bocas de miel de sus amantes. Pero a Cohen no le gusta ver su libro en las bibliotecas de sus amigos y familiares. No era asunto de ellos enterarse de cómo lucían los cuerpos de sus amantes a la luz de la Luna artificial de Stanley Street. Se sentía como si hubiese aparecido masturbándose en televisión, desprovisto de vida privada, de límites, de discreción. ‘Lo único necesario para ser generalmente amado es publicar las propias ansiedades —decía Cohen—. Toda empresa capital de arte es un despliegue calculado de sufrimiento’. Por eso, para expiar su pecado, y porque seguramente el libro no le daba lo suficiente para vivir, entra a trabajar en una fundición de cobre, en la ribera de la ciudad”.

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Sin embargo, la jornada laboral, de 7:30 a 17:30 con media hora para comer, y un sueldo de 75 centavos la hora, lo desquicia. Abandona Montreal, con el permiso de sus padres (prácticamente los creadores de todas las instituciones judías de esa ciudad canadiense), para asistir a la Universidad de Columbia, pero en lo que menos piensa es en estudiar. “Cohen se pierde por las calles de Nueva York —dice Manzano en su libro Leonard Cohen (Unilibro, España, 1978)—, estudia los grafitis garabateados en las paredes del Metro y descubre ese mundo tan terriblemente inhumano del que seguramente Lorca ya le habría hablado. Huye de Harlem, presencia un asesinato en la escalera del Metro, vomita de regreso a su habitación y se queda rígido sobre la cama. Imposible mover un músculo”.

Esta visión la escribiría, luego, en su novela de 1963: The favorite game: “Me tiene sin cuidado a quién hayan asesinado. Me tienen sin cuidado las cruzadas que se planean en históricos cafés. Me tienen sin cuidado las vidas destrozadas en los arrabales”.

Pero en los barrios hay, asimismo, hermosas mujeres. Descubre a una en uno de sus habituales paseos, y le escribe un poema:

Bajo mis manos
tus pequeños senos
son los vientres vueltos
de gorriones caídos y suspirantes.
Siempre que te mueves
escucho los sonidos de alas cercanas
de alas caídas.
Permanezco mudo
porque has caído junto a mí
porque tus pestañas
son las espinas de pequeños y frágiles animales.
Temo el momento
en que tu boca
empiece a llamarme cazador.
Cuando me llamas cerca
para decirme
que tu cuerpo no es hermoso
quiero convocar
los ojos y ocultas bocas
de piedra, luz y agua
para que atestigüen en tu contra.
Quiero que te entreguen la temblorosa rima de tu rostro
de tus profundos cofrecillos.
Cuando me llamas cerca
para decirme
que tu cuerpo no es hermoso
quisiera que mi cuerpo y mis manos
fueran estanques
para tu mirada y tu risa.

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Regresa a Montreal y en 1961 la Bahía de Cochinos es ocupada en un desembarco hostil al régimen de Fidel Castro. “Es un momento que reclama acción, y Cohen viaja a Cuba. Pero, una vez en la isla, se da cuenta de que él mismo es exactamente la clase de enemigo que los filisteos habían descrito: ‘Burgués, individualista, un poeta inmoderado’ y, dejando a un lado la revolución, ningún bando valía la pena por el cual luchar, convive con gente al margen de la política: alcahuetes, ambiciosos, prostitutas, casi todos los operadores de películas nocturnas y, entre chinos y técnicos checoslovacos, se siente el único turista en La Habana”.

También de esta experiencia extraería, después, varios poemas, sobre todo en sus libros Flowers for Hitler (1964) y The energy of slaves (1972):

Es una obligación para mí
lo más sagrado de mis días
más profunda que el opio negro
lo que me hizo ir más allá de mis lecciones
más estrepitosa que las cintas de fuego de Cuba
donde yo no maté al hombre.
Es una obligación para mí
y siempre que la encuentro
la pierdo la pierdo a menudo.
Soy un estandarte solitario
soy un soldado sabio.
Camino con la boca cerrada
y entro en el mundo a la deriva
atenazado por el honor.

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En el año que viajara a Cuba publica su segundo poemario: The spice-box of earth, donde prosigue su impulso religioso judeocristiano:

Entre las montañas de especias
las ciudades impulsan cúpulas de perlas y agujas de filigrana.
Nunca fue antes Jerusalén tan hermosa.
¿Por qué entonces ese loco de Isaías, que olía a desierto, rabiaba y gritaba
“Jerusalén está en ruinas
sus ciudades están ardiendo”?

Este libro hace viajar a Cohen a Europa, pues obtiene un premio que le reditúa un buen dinero, que lo gasta de inmediato en Grecia. Es una época fructífera para el poeta. Escribe sus novelas El juego favorito (1963) y Los hermosos vencidos (1966), aparte de su poemario contra Hitler (1964), que causará revuelo en Canadá. Es cierto que los nazis fueron vencidos, diría Cohen años después, “pero la idea nazi ha triunfado. Hoy, todas nuestras cabezas están llenas con la idea de la tiranía”. Cohen, en este libro, “no sólo tiene espíritu de violador de tumbas” sino se distancia, con rabia, del mundo espiritual, el mismo que lo había abrazado en sus anteriores volúmenes poéticos:

No sé si el mundo ha mentido.
Yo he mentido.
No sé si el mundo ha conspirado contra el amor.
Yo he conspirado contra el amor.
La atmósfera de la tortura no es confortable.
Yo he torturado.
Escuchen.
Habría hecho lo mismo.
Aunque la muerte no hubiese existido.

En La energía de los esclavos (1972), Cohen es de nuevo un poeta ambicioso:

Mi odio no conoce final
más que en tus brazos.
Por extraño que parezca,
soy el fantasma de Juana de Arco
y estoy amargado amargado
a causa de las voces.
Abrázame fuerte
o te pondré para que sudes
donde yo he estado.

Ya en su libro Los hermosos vencidos Cohen es un escritor irrebatible, que incluso acusa a la iglesia como institución por detener el avance liberal del hombre.

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Luego de haber alcanzado una indiscutible importancia en el ámbito literario, Leonard Cohen se sumerge en la música. Con su guitarra compone canciones y es Judy Collins la que lo presenta en el Newport Folk Festival ante 20 mil personas en 1967. Un poco después, en 1968, Cohen publica su primer disco. Buffy Sainte-Marie, de la revista Sing Out, escribe acerca de este acetato: “Las canciones de Cohen son de otro mundo y, a la vez, increíblemente ‘mortales’, como yo misma encuentro a Cohen. La mayor parte de sus melodías no son ‘asimilables’ inmediatamente, pero después de haberlas escuchado atentamente te encuentras de modo sorprendente iniciado en una fórmula mucho más amplia que la utilizada por la música folk y pop anglosajonas. Calificado de vago, sin objetivo, nublado, yo le estoy, por mi parte, agradecida de haberme elevado por encima del nivel musical corriente. Resulta curioso partir de un tono para encontrarse en otro, y no tener idea de cómo ha ocurrido”.

Justa crítica.

Después, Cohen se introduciría de lleno en los asuntos de la música (cuyas letras forman una hermosa colección poética, que se pueden constatar, por ejemplo, en el volumen Un acorde secreto, con traducción, sí, del español Alberto Manzano, publicado en 1996 por Celeste Ediciones), y la historia es un poco más conocida. Por eso, sin duda, su música no tiene nada que ver con la música pop contemporánea. Porque, sencillamente, un poeta se tropezó un buen día con el rock y se halló a gusto entre las marejadas de la frivolidad sin precisamente ser un simpatizante de la frivolidad.

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