‘In memoriam’: Alfredo López Austin (1936-2021)

El mito: un instrumento para vivir que vamos cambiando según las necesidades del día…

Investigador, historiador, académico y traductor mexicano. Licenciado en Derecho e Historia. Y, sobre todo, especialista en la antigua religión, cosmovisión, mitos, magia e iconografía mesoamericana. Don Alfredo López Austin, uno de los más importantes historiadores mexicanos, falleció el pasado 15 de octubre a los 85 años de edad. El mito y la cosmovisión fueron dos temas que dominaron la vida intelectual y académica del historiador chihuahuense. Porque contrario a lo que suele creerse, la creación de narraciones mitológicas no ha llegado a su fin. Sirvan estas líneas para homenajear aquí al maestro…


Nuestra sociedad (tan lógica, tan racional, tan técnica) siente un menosprecio por los mitos. Los acepta sólo como reflejo de un pasado al que no debemos volver. Un pasado salvaje. Un pasado en el que la luz del pensamiento del hombre moderno aún no brillaba. Para nuestra sociedad (tan avanzada, tan metódica, tan científica) los mitos son apenas registros ancestrales, quizá bonitos, de la manera en que en otros tiempos nos explicábamos y comprendíamos el mundo. Pero los mitos están más presentes y más vivos en nuestra sociedad de lo que a todos (tan positivistas, tan cuantitativos, tan irrefutables) nos gusta creer.

Para Alfredo López Austin, el mito es razón. Pero no un tipo de razón explicada en términos matemáticos o en fórmulas químicas, sino a través de toda una creación literaria. Por eso el mito no desaparece, no es algo muerto, no es un fósil que se pueda colocar y admirar en un museo. El mito está en constante cambio. El mito es como la cosmovisión: siempre va atrás de la historia intentando ponerse al día, pero nunca lo logra. Y la cosmovisión, decía López Austin, es una producción humana en transformación constante, nunca perfecta. Eso es precisamente el mito: algo que va detrás del día, que se repite constantemente; una tradición. Lo que significa que el mito puede verse como un costal cristalizado de cosas, un instrumento para vivir que vamos cambiando según las necesidades del día.

La cosmovisión y el mito fueron dos temas que dominaron la vida intelectual y académica del historiador Alfredo López Austin, quien nació en Ciudad Juárez, Chihuahua, el 12 de marzo de 1936 y falleció hace unos días en la Ciudad de México, el 15 de octubre. Porque contrario a lo que suele creerse (debido el dominio de la cultura occidental en el mundo), la creación de narraciones mitológicas no ha llegado a su fin. El mito, oral por esencia, sigue vivo, activo y reflejando en sus aventuras divinas las más hondas preocupaciones, los más íntimos secretos, las glorias y los oprobios de, por ejemplo, los indígenas de México y Centroamérica.

El árbol cósmico

Una falsa universalización de nuestra visión científica nos hace olvidar que el mito conserva aún sus funciones propias en la vida de un buen número de habitantes del planeta. “Dejemos, pues, de ubicar la mitología en una etapa ya superada de nuestra historia, y veámosla viva, en funciones”, escribió Alfredo López Austin en su libro El conejo en la cara de la Luna (INAH / Conaculta / Era), un volumen en el que reunió 18 ensayos sobre mitología de la tradición mesoamericana en el que muestra, de manera legible e iluminadora, que la presencia y la creación de mitos están vigentes. Aunque, a decir verdad, López Austin no sabía (ni pretendía) trabajar de otra manera: poseía un admirable talento para escribir textos dirigidos al público no especializado en el mismo tono con el que se dirige a sus colegas en foros académicos, rechazando con firmeza toda disertación magistral fundada en supuestas verdades inamovibles. Estaba convencido de que la mitología es un tema de interés general y, por lo tanto, de que su estudio debe ser divulgado.

Sobre todo porque como los mitos no los crean los grandes sabios, sino el pueblo, la comunidad, tienen una utilidad muy clara: resolver, contestar y exponer sus propios problemas. Y es que aunque el mito muchas veces no está expresado en un lenguaje transparente, siempre hace referencia a la vida cotidiana. Pongamos por caso el árbol cósmico de la tradición mesoamericana, tema que López Austin abordó en varios artículos. El árbol sagrado, camino de los dioses, prolongación del monstruo de la tierra, representación del poder, fue uno de los pilares más fuertes de culturas como la olmecas, maya, teotihuacana, huasteca y nahua, al menos desde el siglo VI aC pero que perdura hasta nuestros días en varios pueblos indígenas. En la imagen del árbol, estas sociedades creen descubrir las leyes de los procesos universales, un complejo sistema cosmológico cuyos vestigios aún se pueden percibir en los actuales cultivos de maíz, como apuntó López Austin. El hombre, entonces, necesita explicarse el mundo en el que está viviendo y, por lo tanto, se remite a otro mundo. Al final, ese otro mundo y sus aventuras no son sino un reflejo de las aventuras cotidianas. Los dioses mismos no son sino reflejo de la sociedad humana.

“El costumbre”

Un rasgo interesante de la concepción mítica del mundo es que, desde este lugar, la sociedad ocupa un segundo plano, a pesar de que es la propia sociedad la que crea el mito. Para López Austin esto es así porque la sociedad no es consciente de que ella es la productora de las innovaciones. Entonces, siempre se está remitiendo al milagro. Al menos en la mitología mesoamericana. Así que cuando uno penetra en este pensamiento e intenta ver quién o quiénes descubrieron tal o cual cosa, nos toparemos con que no fue un hombre sabio, mucho menos un científico, sino un sueño. Es decir, es parte de la idea de que son los dioses los que producen la inspiración del hombre, el conocimiento del hombre.

“En el conocimiento tradicional —me explicaba Alfredo López Austin en una charla allá por julio de 2012— se nos habla casi siempre de ‘el costumbre’ o de ‘la costumbre’. ¿Qué es ‘el costumbre’? Pues aquello que los dioses dijeron a los primeros padres, y que los primeros padres han transmitido. Por lo tanto, cuando hay una innovación evidente, por ejemplo una nueva medicina o un nuevo recurso de cualquier naturaleza, esta innovación se obtuvo a través de un contacto con los dioses. Lo que significa que no se concibe a la sociedad como creadora de soluciones, sino a la sociedad como receptora de los bienes divinos”.

El mito conserva, pues, sus funciones propias en la vida de un buen número de habitantes del plantea. Ahí están como ejemplo las hazañas del superlongevo patriarca Noé, presentes en los libros sagrados de las tres grandes religiones del mundo —judía, cristiana y musulmana—. No es de extrañar, por lo tanto, que en un inmenso territorio de lo que hoy es México y Centroamérica la tradición indígena contara (y siga contando hasta el día de hoy) cómo un agricultor que tala un bosque lo encuentra al día siguiente de nuevo crecido. El agricultor, al investigar las causas de este milagro, recibe la revelación de una divinidad en la que le advierte que las aguas invadirán la tierra, por lo que le da instrucciones para que construya una embarcación en la que ha de salvarse. De tal modo que el agricultor construye la barca, sube en ella y se mantiene navegando hasta que las aguas se retiran. Es frecuente, cuenta López Austin en El conejo en la cara de la Luna, que en la versión del mito se diga que el agricultor viaja acompañado de una perra, la que después se transformará en mujer, pero también que al descender asa y come los despojos de los peces que murieron al retirarse las aguas.

Una creación histórica

En todo relato mítico los seres creados poseen, desde su aparición, las características que les serán esenciales. Sin embargo, como afirmaba el historiador chihuahuense, el mito, lo que nos refiere en realidad, es un proceso: ¿cómo esto que está aquí, cómo esto que es ahora, adquirió su naturaleza?: “El pensamiento mítico —me decía López Austin al respecto, en la citada charla de 2012— tiene como característica que no acepta una transformación esencial. Ése es el gran problema del darwinismo, que chocó contra el mundo mítico al establecer que hay una evolución, una transformación. El mito no admite eso: habla de una esencia adquirida en el momento de la creación. Sí existe toda una evolución, pero sólo en el sentido de que las cosas se van preparando para ser lo que son. Así que una vez que el Sol sale por primer vez, todo se paraliza, ya no cambia, a menos que haya un milagro o un sueño”.

Esto significa que muchas veces en los mitos algo terriblemente complejo es explicado de tal manera que le permite al hombre desenvolverse. El mito, en ese sentido, no es simplemente una subproducción de la vida cotidiana, sino algo más importante: una guía para la vida diaria sumida en una tremenda complejidad. De ahí que Alfredo López Austin haya intentado explicar la mitología desde un punto de vista histórico; es decir, como una creación histórica que se va transformando en el tiempo. Ésta sería la razón por la que un mismo mito jamás lo encuentra uno de la misma manera en una cultura que en otra, en una época que en otra, incluso perteneciendo todos a la misma área. Y, con relación a Mesoamérica, López Austin nos dejó esto clarísimo.

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