Grupo Kushíyava: el Poder, Rebeca Olagaray, Diana Unzueta, Antonio Monroi, en el centro Antonio Luquín.

“El artista en México es como una planta que aprende a sobrevivir en el desierto”

Antonio Luquín, pintor roquero, roquero pintor…

Antonio Luquín, renombrado artista plástico, es asimismo un roquero veterano con más de medio centenar de discos de estudio con su ya clásica banda La Sagrada Familia y ahora con su nueva agrupación Kushíyava: polifacético proyecto que une música con poesía, danza y coreografía, escenografía y pintura. Justamente hemos conversado con él —con Antonio Luquín: el “pintor que escribe canciones y el compositor que pinta cuadros”—, pues con esta nueva banda de tintes vanguardistas y garage rock ya tiene en su haber cinco producciones discográficas. Sí: toda una proeza…


Antonio Luquín, renombrado artista plástico, es asimismo un roquero veterano con más de medio centenar de discos de estudio con su ya clásica banda La Sagrada Familia y ahora con su nueva agrupación Kushíyava. Nacido en Guadalajara en 1959 cursó, sin embargo, todos sus estudios en la Ciudad de México, donde radica desde la edad de cinco años.

Quizá pronto su atención la concentre en las letras, porque su cabeza gira sin duda en torno a las concepciones creativas de la cultura. Dice:

—Me gustaría que sea mi trabajo quien me presente. Un trabajo realizado con mucho amor y dedicación a través de los años, citando de memoria algo que acuñé hace tiempo: “El pintor que escribe canciones y el compositor que pinta cuadros”.

Es, sin querer, o queriendo, una definición compacta de Antonio Luquín, con quien conversamos a propósito de los cinco primeros discos que ya posee su banda roquera vanguardista Kushíyava.

Antonio Luquín. / Foto de Pepe Sulaimán.

A un año del medio siglo de roquear

—Recuerdo que, antes de pintor, yo conocí a un Antonio Luquín, músico siempre ensayando cada que pasaba por su casa en la colonia Nochebuena Mixcoac de la Ciudad de México; pero lo particular de sus agrupaciones es que, desde un comienzo, se diferenciaban bastante del común de las bandas entregándose, éstas, a las audiciones en hoyos fonqui o en congregaciones masivas. ¿En qué momento surge la primera banda y qué objetivos se trazan que, de inmediato, se convierten en una asociación señera de rock mexicano?

—Dices bien, Víctor, al mencionar que nos diferenciábamos del resto de nuestros contemporáneos. No buscamos un público entonces y nuestra actividad era un quehacer privado al que sólo tenía acceso un pequeño grupo de amigos, una actividad divertida que nos proporcionaba placer y fortalecía, básicamente, vínculos de amistad entre nosotros. La primera formación de la banda data de 1972 y de esa fecha hasta 1985 lo que impera es la diversión, como te decía, pero, para mediados de la década de los ochenta, era evidente que la experiencia de todos aquellos años, componiendo canciones, había superado con creces el perímetro doméstico de esas reuniones variopintas. La inercia de todo ese trabajo, porque lo era, empujaba hacia afuera y volvió impostergable buscar otros ámbitos. A mediados de esa década, bajo el denominativo de El Uno, Dos, Tres, el nombre de la banda en aquel momento, finalmente, decidí buscar espacios y un público nuevo. Toda esa música tenía que escucharla alguien más.

Treinta y cuatro discos con La Sagrada Familia

—¿Entonces La Sagrada Familia es el segundo nombre para su creatividad sonora? Ese apelativo ya entra en la historia del rock con, no sé, ¿unos 15 discos grabados?, toda una proeza, por cierto, en los anales del rock mexicano, cuya música brota de influencias muy bien asimiladas que van, por favor corrígeme, de Peter Gabriel, el rock progresivo italiano, David Byrne, Sparks, Mike Oldfield y una serie de músicos de gran peso sonoro. La Sagrada Familia ha hecho historia en el país sobre todo por su clandestinidad alternativa muy respetable, ¿cómo se dio la configuración de la banda, de dónde salen los músicos, cómo se unifican en su criterio vanguardista?

—Bueno, con respecto al nombre, La Sagrada Familia fue la cuarta encarnación de la banda. Primero fueron Los Correcaminos, que corresponde al período de la adolescencia en los setenta. Luego vino el grupo Tiempo, que cruzó la década siguiente y para 1985 se integró El Uno, Dos, Tres. Esta banda de corta, pero ruidosa existencia, dio paso, en 1990, a La Sagrada Familia, toda una institución pues permaneció 27 años activa y produjo 34 discos en dicho periodo, sin contar con todo lo grabado de la producción anterior (unas 300 canciones, aunque no todas grabadas).

“Visto retrospectivamente, suelo tomar distancia de todo lo que hicimos y aún me asombra que ese material exista.

“Mencionaste algunas influencias y, para hablar de ellas, me gustaría, al mismo tiempo, comentar la configuración de la banda. Por supuesto, en los setenta vivíamos, tú lo sabes mejor que yo, encandilados por la ola inglesa (en lo particular fui y sigo siendo un ferviente admirador del cuarteto de Liverpool, solía desmenuzar el contenido de cada uno de sus discos). Mi amigo de toda la vida y baterista de todas las sucesivas encarnaciones de la banda, mejor conocido como el Poder, fue pieza clave en la formación de mi acervo. Ambos nos reuníamos cuando teníamos 13 o 14 años y escuchábamos y comentábamos sobre la música del momento. Lo que él aportó se sumó a todo lo que yo traía e intercambiábamos discos e información todo el tiempo (éramos asiduos de la revista Conecte). Por ejemplo, un buen día apareció el Poder con Olias of Sunhillow, de Jon Anderson, para quedar hechizados una larga temporada con su música; luego, llegué yo con Illuminations, de Carlos Santana ¡y casi nos volvimos devotos después de oírlo! Esa era la mecánica, recuerdo las tardes con Who y Led Zeppelin. Cuando llegó Rebeca Olagaray (que luego se convertiría en mi esposa) a este circuito cerrado de rock, ella aportó su gusto por el folk internacional y muy en particular por la música tradicional inglesa, siempre me sorprendía oírla cantar “Scarborough fair”. Además, aprendí a amar la música clásica gracias a ella (actualmente somos grandes fans del ensamble vocal británico Voces8 y de Arvo Pärt). Después vinieron y se fueron otros entusiastas hasta que llegó Pepe Sulaimán (compañero de la universidad) a apoyarnos, primero, como ingeniero de sonido y más tarde, en los noventa, como guitarrista líder. Con Sulaimán, más metalero que el Poder que era progresivo, escuché mucho AC/DC, Frank Zappa, Bruce Springsteen y un montón de bandas gringas setenteras tipo Aerosmith en las incontables horas de entre clase. Posteriormente, a través del Poder llegó Diana Unzueta, su esposa, y ese fue uno de los elementos que fortaleció la idea de que éramos también familia.

“Mientras tanto, yo seguía inmerso, analizando a detalle, grupos como Génesis, las atmósferas de Tony Banks y los discretos, pero efectivos, solos de Rutherford, así como la temática lírica de Pink Floyd, sin descuidar a los Bee Gees en el otro extremo del espectro. Luego escuché mucho a Scorpions, al mismo tiempo que me asombraba Fleetwood Mac que, secretamente, eran la encarnación de un motivo caro para mí: dos mujeres y un hombre repartiéndose las voces. Entonces llegaron después del 2000, Thaís (la tercera voz) y Marifer Olagaray, además de Toño Monroi (que se unió al grupo después de ser fan) para completar el octeto que cerró el capítulo de La Sagrada Familia, para darle paso a Kushíyava. Thaís nos sorprendió con su maravillosa voz y con ella, se reunieron al fin las tres voces que buscaba, María Fernanda completó las percusiones que podían haber faltado y el terrible Monroi en el bajo (amante del blues, actor y locutor acreditado), que con ingeniosas presentaciones en nuestros conciertos, suele sitiar al a veces distraído público presentando alguna canción.

“Por disímbolo que pareciese, y es, la formación de esa banda encontró en la música que producía en intensas jornadas de trabajo y diversión, su propio criterio de vanguardia.

“Hoy en día, cuando oigo a La Sagrada Familia y a Kushíyava, puedo escuchar todas esas bandas del pasado, reconfiguradas en un sonido absolutamente nuevo, donde las influencias se han disuelto en un caldo con sabor distinto y familiar a la vez”.

Diana Unzueta y el Poder. / Foto de Pepe Sulaimán.

El músico como cactus

—Antes de hablar de los cinco discos de Kushíyava quisiera referirme a la proeza de La Sagrada Familia al grabar tal cantidad de discos (¡34!), que no es nada común en una atmósfera, como la mexicana, que prácticamente va en sentido contrario al trabajo roquero. Ningún grupo ha logrado, ni va a lograr, tal proeza, Antonio. Vamos, y sin ninguna conexión con el arduo trabajo compositivo de ustedes, el Tri, que es el que más discos de estudio posee, cuenta con una veintena apenas. ¿Cómo lograron tal aventura discográfica, Antonio, conservando la indudable línea cualitativa de su material, que oscila, en efecto, entre el folk alternativo y el rock vanguardista? Ustedes no han figurado, que yo sepa, en Vives Latinos o en festivales metaleros, ni han sido teloneros de una agrupación como King Crimson, que vaya que se lo merecían. ¿Cómo ha sido caminar a verdadera contracorriente en el rock mexicano?

—Efectivamente, Víctor. No sólo en el medio roquero, el artista en México es como un cactus, una planta preciosa que aprende a sobrevivir en el desierto. Desde los 15 años comprendí que este quehacer del artista era una carrera de resistencia, tan larga, que más valía poner un pie frente al otro y caminar.

“Habría que hacer una precisión: la proeza de grabar tal cantidad de discos tiene que ver con la naturaleza de nuestro afán y convicción, registrar la mayor cantidad de obra posible en grabación directa al principio y con facilidades de multipista posteriormente. En cuanto a la línea de calidad, se puede apreciar la evolución que va, de una banda inexperta de garaje, en donde lo único que sobresalía con frecuencia era el bosquejo de una composición, hasta lo que hemos conseguido el día de hoy: mejores interpretaciones y mejor música.

“En 1978 visité las oficinas de RCA, casete en mano. Quería que escucharan mi música y conseguí una cita con los directivos, que me recibieron muy atentos, escucharon un par de piezas y me dijeron:

“—Es buena tu música, pero esa temática ya va de salida —dijo uno de ellos.

“Y otro agregó:

“—Suenas a Roberto Jordán…

“Escenas como esa se repitieron en varias ocasiones, pero nunca me afectaron significativamente. A través de los años he dedicado mucho de mi tiempo a desarrollar un lenguaje con toda la libertad que otorga estar lejos de contratos, aislado del mundo de la farándula y de los reflectores. Lo que sí me afectó fue cuando posteriormente conocimos espacios públicos, cafés, bares y antros de diversa coloración donde la gente iba a divertirse, sí, pero, por qué no decirlo, también a aturdirse. Subir todo el volumen a los amplificadores Fender no era cosa rara y cada concierto que ofrecíamos abría una interrogante dolorosa: ¿quién de estos escucha nuestra música? Entonces llegó la paga del soldado. Creo que fue en el Wendy’s Pub de Insurgentes, cuando se acercó a mí el morenazo encopetado que había estado tocando una soberbia guitarra antes que nosotros, con su trío de blues, para felicitarnos por la música que acabábamos de interpretar en el escenario. Aquel virtuoso de la guitarra era nada menos que Lalo Tex.

“Pero adivina qué, Víctor, mis amigos y yo, al margen de este ámbito amenazado de despropósitos y desaliento, seguíamos trabajando en nuestro laboratorio musical, apoyados en nuestros escasos, pero significativos reconocimientos y en ello poníamos lo mejor de nuestro esfuerzo. En los noventa regresamos al ámbito doméstico y abandonamos el escenario y las pretensiones de profesionalidad, aunque continuamos dando conciertos para amigos, construyendo juntos el sonido de La Sagrada Familia.

“Caminar a contracorriente ha sido, después de todo, un gran estímulo. El placer de crear un universo alrededor de una poética sui géneris que se basta a sí misma ha logrado, no obstante, que en los últimos diez años se congregue la gente, ahora sí, a escucharnos, sin intercambio de decibeles rompe tímpanos ni insensatos anhelos frustrados”.

“Kushíyava es sólo heredera de La Sagrada Familia”

—Por no aceptar presentarse en el programa dominical de Televisa, la banda La Comuna, donde tocaba los teclados el poeta Alberto Blanco, no sólo fue expulsada de la discográfica Peerless sino el director artístico, delante de ellos, destrozó las cintas de su primer disco que ya nunca se puso a la venta en los consorcios respectivos de venta. Esta mezquindad es común en los circuitos comerciales de la música. Imagino la fortaleza, Antonio, para continuar adelante independientes en el proyecto. Pero la proeza, insisto, es innegable. ¿Por qué se difumina La Sagrada familia para crear Kushíyava?, ¿qué los obligó a cambiar de nombre si la evolución de la banda continuaba prosperando? Es cierto que en Kushíyava el material sonoro es gratamente sorprendente, pero no podemos negar que detrás de esta nueva asombrosa banda está La Sagrada Familia…

—Es bien cierto lo que dices, Víctor, sin La Sagrada Familia no habría Kushíyava, al igual que sin la experiencia previa de El Uno, Dos, Tres no se entiende La Sagrada Familia.

“En la edición 1987 del certamen Rock en tu Idioma, El Uno, Dos, Tres, la tarde que se celebró nuestra tanda eliminatoria en Rockotitlán, nos presentamos, hicimos nuestro número (dos canciones originales y un cover) y mientras esperábamos el veredicto, uno de los jueces se acercó y nos dijo:

“—Ustedes ganaron, pero no van a pasar a la siguiente ronda.

“Según pudimos informarnos luego, el vencedor de la tarde ya estaba dado de antemano… Este tipo de situaciones son difíciles de manejar cuando tus pretensiones son serias y, más difíciles aún, cuando al interior de la banda comienzan los malos entendidos…

“El segundo lustro de los ochenta, que fue el de El Uno, Dos, Tres, acabó siendo muy importante para mí. Fortalecido por la experiencia, fue cuando conjuré el espejismo de obtener prestigio y decidí trabajar para un acervo, permitir que los egos desaparecieran en favor de la música y así lo planteé a mis amigos (sólo El Poder de El Uno, Dos, Tres y Rebeca, después de una larga ausencia, se integraron al naciente proyecto de La Sagrada Familia, en 1990; poco después se sumaron Pepe Sulaimán y Diana Unzueta).

“Yo veo a La Sagrada Familia, Víctor, como la colonización definitiva de un lenguaje, de un territorio de nuestra absoluta propiedad. Ese es el momento en que la música se ve fortalecida y donde cada uno de nosotros es el obrero del edificio en construcción. Fue a mediados de esa década que grabamos lo mejor de ese periodo. Todos, y cada uno, con su estilo y sello personales, le imprimieron un acento al sonido colectivo y donde la suma de todos es lo que hizo única a esta banda.

“En 2006, después de 15 años, nos reconfiguramos en un octeto con la llegada de Thaís, María Fernanda y Toño Monroi y alcanzamos otra cima de nuestra ‘carrera’ (más y mejores discos, conciertos, videos, entrevistas). Cuando en 2016 Pepe viaja a Los Ángeles y Thaís y María Fernanda se van a Canadá, es cuando decido que llega el momento de reinventarnos nuevamente, pero también hay una razón práctica: en las redes, el contenido de la banda se perdía con La Sagrada Familia de Antonio Gaudí y su formidable proyecto en Barcelona.

“Termino: Kushíyava es sólo heredera de La Sagrada Familia y continuación de un riguroso protocolo de excelencia en términos de idea musical. Sólo hacía falta rebautizarnos y un poco de maquillaje”.

Rebeca Olagaray y Antonio Monroi. / Foto de Pepe Sulaimán.

“Hay tormentas emocionales difíciles de traducir en palabras”

—No exagero si digo que los cinco discos a la fecha grabados por Kushíyava son creadores de atmósferas sonoras nunca antes experimentadas por grupo alguno mexicano de rock. Pienso, por ejemplo, que el diestro Jorge Reyes estaría fascinado por los logros que has alcanzado en la sonoridad de tu banda, que se desenvuelve en tres idiomas: el castellano, el italiano y el inglés. ¿Por qué escalar en estos lenguajes?

Escalar me remite a la palabra conquista y a eso voy enseguida. Antes una anécdota: un amigo mío le prestó el disco Radio Babel de La Sagrada Familia a Cecilia Toussaint; nunca se lo devolvió. Es que ¿nunca lo escuchó? O al oírlo ¿no quiso devolvérselo?

“Ahora sí, tengo que confesarte, Víctor, que los primeros años las letras de mis canciones eran terriblemente limitadas. Me avergonzaba releerlas y darme cuenta que las estructuras musicales eran muy superiores. Nada que ver con lo que vino después. Me tomó años llevar a un mismo nivel letra y música. Sin duda que, para lograr ese equilibrio, tuvo que ver mi amor por la literatura. Fue en tiempos universitarios cuando el letrista se volvió digno contrapeso del compositor, pues me di cuenta que, para repasar obsesiones de adulto, necesitaba un lenguaje de adulto. El idioma desarrolla el pensamiento y viceversa. Hay tormentas emocionales difíciles de traducir en palabras y que requieren de una aproximación más profunda.

“Siempre sospeché, por lo mismo, que no sólo era la falta de cultura literaria el desalentador panorama de las letras en el rock nacional sino el miedo a explorar nuestro mundo interno. En fin, retornando a tu pregunta, me pasó con el idioma inglés y con el italiano más tarde; apenas me siento más o menos dueño de una herramienta, la uso. Es curioso cómo ciertas expresiones y formas musicales te piden un idioma. Pete Townshend es un letrista inteligente, al igual que Peter Gabriel. Roger Waters nos ayudó a desafiar el mundo, John Lennon a ser francos y George Harrison la devoción. Con el italiano sucedió que mis amigos venían siempre con Premiata Forneria Marconi, Le Orme, Banco del Mutuo Soccorso y yo los remitía a Celentano, Dalla, Cocciante, Baglioni… los cantautores italianos, me parecía, tenían más la habilidad que yo necesitaba, que su contraparte progresiva. Literalmente, estaba escalando la lengua; además, el ámbito mediterráneo era más evidente en ellos.

“Música y letra, ambos, lenguajes escalados, conquistados, caminando uno al lado del otro. Con los años, letra y música han llegado a ser el maridaje equilibrado, el anhelo cumplido del otrora joven que aspiraba mejorar para ofrecer lo mejor de sí mismo a los demás.

“Me imagino, Víctor, que si no tengo en mi repertorio una canción en japonés es sencillamente porque no hablo tres palabras de esa lengua”.

La feroz belleza del mundo

—Pero con Kushíyava estás agregado, además, el elemento teatral no evidenciado en las anteriores bandas. ¿Por qué en esta ocasión está la incorporación del arte corpóreo, escénico, mímico? No es usual, repito, esta asociación de gestos culturales en el interés de una banda roquera. Digo, no en vano Rock en tu Idioma los descartó de su proyecto mercantilizado al observarlos con una dinámica cultural ajena a los disturbios mercenarios…

—No hay nada más misterioso que una máscara y el silencio que impone. Me gustaría que Kushíyava reflejase en el escenario el ambiente carnavalesco a la manera veneciana, en donde las facciones inmóviles de la máscara, el maquillaje y el vestuario transformasen la atmósfera total de nuestras presentaciones y que el público participase de este mundo paralelo. Que siendo los mismos fuéramos otros y quien nos escucha también.

“¿Sabes una cosa, Víctor? Fuimos, y somos todavía, Rebeca y yo, grandes fans del teatro-danza de Silvia Unzueta. Contemplábamos sus coreografías con la mirada azorada de un niño, deseando que nuestro acto proyectara algo de esa magia. Cuando pudimos, llevamos a Pepe, al Poder y a Diana esperando contagiarles nuestro entusiasmo. El Poder, por ejemplo, comenzó usando máscaras en el escenario hace algunos años, Diana nos sorprendió siempre con su vestuario y sus danzas, pero es desde que comenzamos a hacer videos donde ya se notan elementos de lo que estamos hablando. En ellos, esta idea resulta más evidente. Magia, misterio, símbolos que ayudan a entender y enfrentar mejor la atroz realidad que nos circunda… pero, sobre todo, humor.

“Tú lo sabes bien, Víctor, el maquillaje no es nada nuevo en el rock: Black Sabbath, Alice Cooper, Peter Gabriel, Kiss. El atuendo kitsch de Elton John, el extraterrestre de Bowie, la lista es interminable. Pero el teatro es más bien escaso. Me imagino que, asumirlo cabalmente, cuesta una fortuna.

“En ese sentido he escrito varias canciones que esperan su puesta en escena: ‘Zapatillas de ballet’, ‘La danza de los maniquíes’, ‘Payaso’ y tantas otras de donde un coreógrafo podría partir.

“En fin, niños en un parque, locos, poetas ebrios de ‘la feroz belleza del mundo’, como diría Adriano Celentano, eso es Kushíyava, querría serlo siempre, una expresión interdisciplinaria que uniese música con poesía, danza y coreografía, escenografía y pintura”.

Arte visual

—La feroz belleza del mundo, en efecto, no ha sido abordada territorialmente en el rock mexicano. Armando Nava, guitarrista de los Dug Dug’s, se pintaba la cara para salir en el escenario, pero no había gestualidades ni inclinaciones teatrales, acaso Jorge Reyes deseaba conjuntar en su arte otras figuras artísticas, ciertamente, mas la intención soberbiamente teatral en un grupo de rock la recuerdo, sólo, en Toncho Pilatos, cuando su cantante se arropaba en gestualidades y actuaciones mímicas que, tal vez, no acabaron de concretarse nunca. La intención de Kushíyava, en este sentido, es realmente inédita en México, acaso por tu carácter cultural diverso. O, antes de saberte roquero, miré impresionado tus óleos sobre los Beatles en el Museo del Chopo…

—Sí, cómo no, recuerdo la capa azul brillante de Armando Nava en aquél legendario caos que fue el concierto con Black Oak Arkansas y Deep Purple. Y, ya que mencionas a Los Beatles, las nupcias del pintor y del músico se da en la famosa serie de réplicas que hice (y sigo actualizando) de las portadas de los de Liverpool. Han sido mi academia, todo un ejercicio plástico. Por cierto, Víctor, nuestra generación creció viendo, analizando y hasta oliendo los muy creativos diseños de portadas. Cuando llegaba un disco nuevo nos rolábamos la portada mientras escuchábamos la música. Desde las multi-analizadas y comentadas del Sargento Pimienta y de Abbey Road hasta las muy atrevidas de Sticky Fingers Some Girls de los Stones. Después, en los ochenta, el arte de Lionel Koechlin para Duke de Génesis y la “exposición colectiva” organizada por los Who para su disco Face Dances donde participaron Pete Blake y David Hockney entre otros.

“Antes de que existiera un solo casete completo de nuestra banda, ya existían divertidas portadas que diseñaba con la finalidad, ahora lo entiendo así, de organizar el material que iba acumulándose año con año. Mis amigos me decían:

“—A ver, déjame ver el nuevo disco…

“Y entonces rolaban de mano en mano estos diseños embrionarios de portada. En ese renglón se puede verificar la evolución del diseño gráfico que acompaña nuestros proyectos. Toda esa experiencia de décadas alimenta la imagen y la unidad de diseño que puedes ver ahora en los cinco discos de Kushíyava”.

Fila del frente: Antonio Monroi, María Fernanda Olagaray, Thaís Olagaray, Antonio Luquín y el Poder. Tras las rejas: Diana Unzueta, Rebeca Olagaray y Pepe Sulaimán. La Sagrada Familia en una imagen de 2012. / Foto de Alejandro Cuevas.

“Prepararse para estar desprevenido”

—Arte visual que no compagina con la visualidad de las redes sociales, por ejemplo, que ha extraviado un tanto el aprecio por la artesanía gráfica para remplazarla por otros factores acaso más contagiosamente reproducibles. Si hacemos un conteo expedito, Antonio, los discos de las sucesivas bandas roqueras que has creado suman o rebasan el número 40, acaso una media centena de grabaciones de estudio, que es mucho decir en un ámbito no acostumbrado a ellas por no tratarse, el rock mexicano, de un producto comercializado apto para la radiofonía nacional. En síntesis, Antonio, casi medio siglo en el rock, que no es poca cosa como para no ufanarse de ello. Y acaso cuatro décadas como artista plástico consagrado. Sé que la pregunta es ambigua, mas en caso de una urgencia inesperada, ¿quién supliría a quién: el pintor al roquero o el roquero al pintor?

—Ahora voy a eso, pero antes quisiera reiterar que sí, efectivamente, se cuentan por decenas, entre casetes, cintas de carrete y discos compactos, ¿50? no lo sé. Lo que resulta paradójico es que, frente a esa voluntad de mantenernos en el anonimato, la inercia de todo ese trabajo nos está obligando, sin embargo, y por cauces inéditos, a responder por él desde hace algún tiempo. Sabemos que el ambiente roquero no es el más propicio para difundir una obra totalmente marginal, que ha roto con los paradigmas del medio que se supone le es propio. Pero entonces surge la pregunta: ¿esta música es solamente rock?

Hay que esperar lo inesperado” rezaba una sentencia que escuché en un capítulo de la serie Kung Fu en los 70 y que luego hice mía. Yo creo que, respondiendo a tu pregunta, ni el pintor ni el músico, ninguno, desaparecerá hasta que se evaporen totalmente los dos. Pero, entonces, quedará la obra.

“De niño, mientras dibujaba en clase, seguía con la boca y la lengua algún ritmo que mis pies acompañaban. Cuando empecé a componer mis primeras piezas, a los 12 años, los acordes me transportaban a lugares misteriosos y geografías inusitadas que literalmente podía ver, como si el pintor tuviese una base rítmica y el músico enmarcara sus sonidos en coloridos paisajes.

“Hace muchos años una amiga mía juraba que cuando yo fuera viejo sería escritor. ¿A dónde quedarían el músico y el pintor? ¿En mis textos, en mis memorias? Porque si una obra de arte forma parte de una biografía y del pasado, ésta vuelve, siempre vuelve, no está sujeta al tiempo lineal. Si quedó atrás, reaparecerá adelante tarde que temprano. Así que hay que tomar las cosas como vienen y aprovecharlas de la mejor manera, estar preparados y más, como diría Pete Townshend: ‘Be prepared to be unprepared’. Es decir, prepararse para estar desprevenidos”.

Para conocer más de cerca a la banda, Kushíyava tiene su propia página de Facebook y su canal en YouTube. Asimismo, La Sagrada Familia tiene su canal de YouTube.

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