El curioso caso de licantropía de la señora Pérez


Coincidencia o no, esa noche de luna llena Isabel Pérez, o doña Chabela, comenzó a reflejar los primeros síntomas de una curiosa mutación. Noche, primero con lluvia y relámpagos; luego, de un suave vientecillo con un tufo a tierra húmeda mezclada con desperdicios, al menos así lo podían percibir los vecinos de las cercanías del Mercado Sonora.

Ese viento maloliente comenzó, en las alturas, a despejar los nubarrones y su caudal de agua; primero cautelosa, luego imponente asomaba una luna tremendamente rolliza y luminosa.

Doña Chabela en su cama ardía en fiebre y se retorcía como posesa y enferma de náusea. Su nuera, Leoba Reyes, la veía con desconfianza, pena y preocupación.

—¡Ora sí se pasó, doña Chabela!, mal hizo usted en pelearse con esas pinches brujas dizque santeras —le dijo la nuera, reclamándole con angustia, y continuó—. No sé, pero para mí que le hicieron un “trabajito”, mal de ojo o algún mal de su mentado vudú…

—¡Cállate, pendeja! —espetó Mario, el hijo de Chabela—, mi jefa no se iba a dejar, desde que apareció la gallina descabezada tirada en el local empezó la guerra. ¡A huevo querían el local de mi jefa para vender sus pinches monos culeros, y sus velas negras! Negra tienen la conciencia, pero mi jefa no se iba a dejar. Ella es la más chingona de las yerberas del Sonora.

—¡Pues sí!, pero, ¿ya viste?, le están saliendo hartos pelitos…

No sólo eso, cuando la luna alcanzaba el cenit una ambulancia pasó con su lastimoso ulular por la avenida, algún perro aulló y doña Chabela se erigió como impulsada por un resorte e hizo lo mismo: aulló mientras se desgarraba el blusón y se sacudía su crespa cabellera; luego cayó, como catatónica en su cama.

—¡Madre santa, Mario, mejor lánzate por don Filomeno, el chamula, que si no la mata la cura. Esto es un “trabajo” serio.

Para entonces doña Chabela comenzó a experimentar un nuevo cambio: su faz, su mandíbula se alargaba, y se podían visualizar unos filosos colmillos caninos que brotaban; las uñas de pies y manos, igualmente crecían.

Si de por sí ya tenía fama de ser una verdadera perra que, según algunos, movía o lideraba a una ranfla de trinqueteros yerberos y dizque curanderos que no hacían más que “limpias”, verdaderos encueres de dinero a los crédulos, ahora literalmente se estaba convirtiendo en una perra o, peor, en una loba…

Saltó por la ventana haciendo añicos cristales y luego no supieron de ella.

A la mañana siguiente Mario caminaba tomado de la mano de doña Chabela, quien aún tenía la mirada encendida, pero se veía fuerte la señora. Caminaban entre los puestos que comenzaban a instalarse fuera del mercado. Se detuvieron justo a la entrada de donde venden los animales, y donde además había dos patrullas, una ambulancia y hasta una camioneta con jaula, evidentemente una perrera.

No había más que destrozos y animales muertos y ensangrentados por doquier. Mario sintió cómo le apretaba su mano doña Chabela y siguieron adelante, con fuerza, hasta que la mujer se detuvo frente al puesto de su vecina, una mujer obesa, morena como costeña, y cuya vestimenta blanca no hacía más que pronunciar su piel oscura. Se miraron con recelo, casi desprecio.

Doña Chabela sacó del delantal un amasijo de pelos, algunos ensangrentados y se los arrojó a la mujer diciéndole:

—Ni creas que me has vencido, prieta alimaña hija de yaguana o de tu chingada familia.

—¡Perra Chabela, ahora también hay luna llena! —le devolvió, socarrona, la mujer.

—Puede ser, ¿pero no sientes que se te quema la cabeza? Mírate cómo sudas…

En casa de Chabela, Leoba, con parsimonia y dedicada, pasaba una muñeca por encima de una fogata mientras sonreía con perversidad, una muñeca alevosamente preparada por Filomeno, antiguo amante de la mulata.

La batalla continuaba.

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